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El consejo de hierro, China Miéville

Reseña de Marco Granado. 

TÍTULO ORIGINAL: Iron Council.

IDIOMA ORIGINAL: Inglés.

EDICIÓN EN ESPAÑOL: Ediciones B, colección Nova Fantástica, 2018. 635 páginas. 

TRADUCCIÓN: Manuel Mata Álvarez-Santullano.

OTROS LIBROS RELACIONADOS: trilogía Bas-Lag.

  • La estación de la calle Perdido. Ediciones B, colección Nova Fantástica, 2017. 832 páginas. 
  • La cicatriz. Ediciones B, colección Nova Fantástica, 2017. 578 páginas. 

«En años que se han ido hay hombres y mujeres que están trazando una línea por la tierra polvorienta y arrastrando la historia consigo. Están inmóviles, con gritos de guerra sedimentados en los labios. Están en riscos y trincheras de roca, en bosques, en la maleza, a la sombra de los ladrillos. Siempre están llegando.»

Así comienza El Consejo de Hierro. Un comienzo que deja bien a las claras cuál va a ser el tono de la narración, el mismo que en las dos novelas anteriores de la trilogía: escritura en la que cada párrafo y cada frase están cuidados, que requiere la atención del lector y, a cambio, le recompensa con el placer de la alta literatura. Nada aparece de forma gratuita: ese comienzo anticipa, al estilo de Crónica de una muerte anunciada, el final de la obra.

El Consejo de Hierro es el tercer y último tomo de la trilogía Bas-Lag de China Miéville. Escrito en 2004, aparece por fin traducido al español, un año y medio después de La estación de la calle Perdido, una vez que el éxito de otras obras de Miéville (La ciudad y la ciudad, Embassytown y la más reciente Los últimos días de Nueva París, entre otras) hayan justificado el esfuerzo editorial. Para ser justos, existía traducción previa de al menos alguno de los volúmenes; eso sí, descatalogada y a precio de oro en los circuitos de segunda mano.

Una anotación importante para eliminar miedos de cara a afrontar las más de dos mil páginas de la trilogía: no se trata de una narración-río al estilo de El señor de los anillos o Juego de Tronos (malos ejemplos: Miéville atacaría físicamente a quién comparase su obra con cualquiera de estas), sino que cada libro cuenta y concluye su propia historia. De hecho, podrían leerse en cualquier orden, si bien recomiendo respetar el de aparición. Las referencias de uno a otro son mínimas, limitadas en su mayoría a hechos o personajes secundarios en forma de guiños al lector perfectamente prescindibles, pero, especialmente al abordar El Consejo, es útil el conocimiento de la metrópoli de Nueva Crobuzon que se adquiere con La estación.

El autor vuelve a llevarnos a un universo steampunk plagado de las especies que pueblan Bas-Lag: humanos enteros y rehechos, estos últimos presos transformados en cyborgs de formas enloquecidas para ser esclavizados por la industria; cactos, seres vegetales; los anfibios vodyanois; dracos alados, y muchas más que tuvieron su papel en los tomos anteriores y ahora aparecen de manera testimonial. Miéville usa las relaciones entre especies y grupos como un elemento más de la historia, que da hondura a la narración. En definitiva, el tipo de detalles que invitan a una segunda lectura.

Así como la idea central de La estación era las corrientes de poder en la sociedad y en La cicatriz el desgraciado rumbo de las utopías, en El Consejo es la revolución de los oprimidos (tema que Miéville conoce bien; su último libro de no-ficción, Octubre, es un ensayo sobre la revolución rusa de 1917). Miéville plantea una trama doble: por una parte, la creación del Consejo de Hierro por los esclavos rehechos, prostitutas y trabajadores del ferrocarril que pretende atravesar el continente; y, por otra, la revuelta en la ciudad-estado de Nueva Crobuzon, alimentada por la guerra nunca explicada contra la potencia extraña de Tesh. Ambas historias se alternan en la narración, con el añadido del largo flashback que explica el origen y la motivación de uno de los personajes principales, Judah, el golemnista capaz de animar con una vida breve a casi cualquier material. Porque la magia (taumaturgia en Bas-Lag) cobra en El Consejo un papel especial, más presente que en las anteriores novelas de la trilogía.

Miéville repasa y explora, a lo largo del relato, desde la creación de un nuevo estado (el Consejo de Hierro), la insurrección política (a través del Caucus y el panfleto «El Renegado Rampante»), pasando por el terrorismo activo (la subtrama de Ori y Toro). Y la respuesta inevitable y violenta por parte del poder. La manipulación a la que se ven sometidos los personajes, tan presente en La cicatriz, es un elemento continuo que subyace a todo lo que ocurre. Porque Miéville no es un autor complaciente, que ofrezca soluciones fáciles o moralejas simplonas. Si algo hay en estos libros, y especialmente en El Consejo, es complejidad y, quizás, cierta desesperanza. Los héroes no escapan a las maniobras de agentes dobles o personajes con motivaciones ocultas, y acabarán en el mejor de los casos en el ostracismo, cuando no muertos.

Se puede hablar de otras muchas virtudes de la trilogía: las descripciones preciosistas; los personajes profundos, difíciles de predecir pero siempre coherentes, con relaciones vitales y cambiantes entre sí (incluyendo de manera natural una sexualidad poco convencional; en este tomo, la homosexualidad de Cutter y la bisexualidad de Judah).

Creo que fue Denis Villeneuve, el director de La llegada y Blade Runner 2049, quien dijo algo parecido a «no entiendo a la gente que va al cine a ver siempre la misma película». Para la gente que busca algo diferente en el campo de la fantasía para adultos y la ciencia ficción, la trilogía Bas-Lag debería ser de lectura obligada. Hay más belleza e ideas originales en un capítulo cualquiera de Miéville que en muchas de las novelas que se publican actualmente.

En resumen, una gran obra que da fin a una trilogía excepcional.