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La danza del Gohut, Ferran Varela

Reseña de Yolanda López Aguinaga.

TÍTULO ORIGINAL: La danza del Gohut

IDIOMA ORIGINAL: Español.

PRIMERA EDICIÓN: Ediciones el Transbordador (2018) 116 páginas.

Cuanto mejor recomendada me viene una novela, más miedo me da. Incluso separando de entre las recomendaciones aquellas a las que les concedo la suficiente credibilidad de aquellas a las que asiento con la ceja en modo «sí, bueno, vale». Cuando unas y otras fuentes de información coinciden me pongo muy en guardia. Esta conjunción astral se da muy pocas veces y no suele auspiciar nada bueno. Pero como la última vez que sucedió semejante cosa me topé con La polilla en la casa del humo (Guillem López, Aristas Martínez 2016)… ¿qué puede salir mal?

La danza del gohut me ha entusiasmado tanto que me cuesta encontrar un discurso acertado con el que justificarlo. Y de nuevo, no sabría explicar del todo bien por qué, pero esto es, indudablemente, buena cosa. Porque cuando el lector despega y deja en tierra al reseñador es porque se lo está pasando teta. Y mi yo lector da de crédito a un autor que no conoce como mucho diez páginas antes de pasar a la siguiente cosa, mariposa.

El inicio es arriesgadísimo. Hay que tener una seguridad narrativa a prueba de balas como autor para contarle al lector el desenlace de la novela en el primer capítulo. Y donde pone «a prueba de balas» podría decirse «tenerlos cuadrados». Sucede que a mí darme como aperitivo una exhumación ritual con decapitación de cadáver al menos capta mi atención. El reto es mantenerla a lo largo de la trama en la que no se puede jugar con la resolución, si no con la graduación de la tensión hacia este final que ya está escrito.

La trama es sencilla: una familia noble contrata los servicios de una tutora de baja extracción social para la reeducación de su primogénito, al que creen traumatizado después de haber permanecido años secuestrado por la horda de gohuts, unas criaturas cuyas bonitas costumbres iremos descubriendo a lo largo de la narración. El avance de la trama nos conduce no solo al conflicto entre los protagonistas, si no entre las identidades de dos mundos cercanos y a la vez lejanos empeñados en no entenderse para reivindicarse frente al otro. Ah, la fantasía… uno de esos subgéneros literarios ligeros y evasivos que no abordan temas de actualidad ni profundizan en la naturaleza del mundo en el que vivimos.

Este trasfondo de conflicto entre civilización y salvajes es un tema que me ha remitido a las profundas reflexiones —si así se le pueden llamar— del amigo Conan, que tan a menudo no entiende eso que llaman «la civilización» y encuentra mucho más natural y lógica su barbarie, como refleja en la frase: «Los hombres civilizados son menos amables que los salvajes porque saben que pueden ser más descorteses sin correr el riesgo de que les partan la cabeza». Aunque es de agradecer la prosa con la que aborda este conflicto Varela, cuyos diálogos son menos testosterónicos* y mucho más elaborados que los de Howard.

* NOTA: ¿Qué es un diálogo testosterónico, López Aguinaga? Esto:

El desenlace, como bien puede suponerse, al no vivir de sorpresa lo hace de carga emocional y aquí tal vez encuentro la pequeña pega de ver, quizás, la mano un poco desmedida hacia el lagrimeo fácil. Dado que mi lagrimeo es complicadísimo vi una especie de treta sucia hacia la emoción muy obvia y bueno, no me terminó de convencer. Aunque sería muy injusto dejar que este detalle ensombreciera el conjunto de la obra… En la dedicatoria el autor dice de su hermana que «tiene alma de gohut». Tal vez tú, yo, todos tengamos un poco el alma así.