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El salvaje, un relato de Rafael Heka

La nieve golpeaba el parabrisas y el viento azotaba cruelmente aquella diminuta aeronave mientras John trataba de corregir una disfunción inesperada en el sistema ambiental que, al efecto del cénit de la madrugada, estaba convirtiendo la cabina de pilotaje en un cruel refrigerador. Los motores, a su vez indolentes, buscaban detenerse cobrándose así el precio del imperdonable descuido para con su alimento de plasma. No era para menos, la verdad; aunque, si hubiesen podido razonar, habrían entendido que el hecho no era más que la desgraciada consecuencia de una huida desesperada, dramáticamente jaleada y torturada con la fecha más afilada que el fluorescente calendario digital de la consola encontró para hacerle sangrar aún más sus enrojecidos ojos: 24-12-2.348.

Todo era asumible con tal de cruzar lo antes posible la zona septentrional del planeta abandonando tanto su casa como su demarcación laboral. Dejando atrás sus recuerdos más cercanos. Esos que se empeñaban en proyectarle la imagen de sí mismo aquella pasada tarde regodeándose lascivo en la ausencia de su mujer y su hija, de visita a unos parientes en la Zona Norte del Gran Continente. Ese era su convencimiento; y no hubiera estado errado si no hubiese sido porque Mary y la pequeña Liz perdieron el transbordador común.

Sintiéndose seguro, invitó a su secretaria a pasar la noche en su casa. El matrimonio de Mary y John hacía tiempo que no funcionaba bien, al menos por su parte; se sentía cansado.

Mary le quería, le quería mucho, más de lo que él pudo imaginar jamás, pero él estaba roto por dentro. Desde hacía algunos años en donde sufrió tremendamente para llegar a su estatus laboral actual de Fragmentador, una parte de su alma se quedó por el camino. Lo cierto es que o no se enteraba de lo que tenía en casa o no quería enterarse. Esta actitud fue la que le llevó a su adicción al Grum, aquel licor alucinógeno tan apreciado en aquellos tiempos. Luego, a escarceos con mujeres de baja calaña con las que al final solía salir mal parado.

El nacimiento de la pequeña Liz pareció cambiar algo las cosas, pero solo durante un tiempo; al cabo de unos meses todo volvió a ser lo mismo: su mujer en casa y él en la oficina rodeado de estructuradores jugando a dominar el mundo. Y nuevamente el Grum y las mujeres fáciles que se le acercaban solo por su dinero o posición como relleno a ese vacío ponzoñoso que lo abrasaba por dentro.

La noche fatídica dos botellas de aquel alucinógeno de color azul fluorescente iban en los asientos de atrás de la aeronave camino de la cita con su secretaria. Para cuando llegó ya se había bebido una. La fiesta comenzó y ambos cenaron deprisa. Una vez en la cama y en pleno acto, Mary y la pequeña entraron por la puerta de la casa muertas de frío y caladas hasta los huesos.

La escena no fue agradable: gritos, voces, insultos, objetos que volaban de un lugar a otro y un final esperado con John de patitas en la calle junto con su «secretaria».

Llorando desconsoladamente y alucinando a causa del Grum, descargó toda su rabia de la manera más habitual en un desquiciado: sobre aquella infeliz que nunca debió meterse en cama ajena.

—¡¡¡Porque toda la culpa es tuya!!! —comenzó—. ¡¡¡Porque eres una puta zorra que todo el día está provocándome!!!

Y mientras él gritaba y la chica lloraba, sus manos se lanzaban cerradas contra su pobre cuerpo, encogido sobre la sucia y húmeda acera.

Dos horas después, a la intemperie y bajo el fin de una suave lluvia que se transformó inusitadamente en límpida nieve, los efectos del Grum remitieron. Sosegado, miró a su alrededor; la joven yacía en el suelo medio inconsciente, en salto de cama, llena de moratones, sucia y con la cara surcada de corrido maquillaje.

Ahí se dio cuenta de lo que había hecho.

Totalmente asustado y avergonzado, no tuvo el valor de volver a casa a hablar con su mujer; cogió a la chica, la metió en su aerovehículo y la llevó a su casa. Su cobardía le impidió bajarla desde el aeropuerto del rascacielos residencial en el que residía y mostrarla así a sus asustados padres; la dejó en el descensor de acceso directo (pagando los créditos adicionales), llamó por el intercomunicador, dio unas vagas y falsas explicaciones, y desapareció como alma que lleva el diablo despegando sin mirar atrás. Tal era su deplorable estado físico y mental que chocó tres o cuatro veces con diversos hitos de señalización espacial en su alocada decisión de última hora de abandonar la zona habitable. Corría todo lo que los motores daban de sí; huía hacia delante. No sabía hacia dónde. No importaba el rumbo: no pensaba regresar.

Pronto la nave se fue adentrando en la Zona Salvaje, la zona de los hombres incivilizados: seres que subsistían cazando animales o recolectando plantas ajenos a los adelantos tecnológicos de la Organización. La Nueva Organización, como vino a llamarse tras el devastador cataclismo del 2.134. Dicho fenómeno, producido por el corrimiento de dos placas tectónicas y fruto de los múltiples y nocivos experimentos realizados por el hombre, hizo que el mapa terrestre se desdibujara transformándose en un vasto océano salpicado por un único y solitario continente. En este nuevo mundo postapocalíptico los esforzados supervivientes repoblaron las pocas zonas habitables que quedaron y se creó la civilizada Nueva Organización. Una tecnocracia evolucionista.

Desgraciadamente, no todos los supervivientes estaban de acuerdo con esa nueva forma de estructuración social, por lo que pasaron a ser repudiados por la Organización y expulsados de las seguras zonas urbanas. Con el tiempo, las gentes de la Federación Unida de Ciudades Civilizadas comenzaron a temer a los denominados Salvajes y a crear toda serie de mitología maligna en torno a ellos. Una especie de histeria colectiva se apoderó de los civilizados abocándolos a la creación de barreras arquitectónicas en torno a sus ciudades y zonas seguras.

Pasado el tiempo, el adentrarse en la Zona Salvaje, como lo estaba haciendo John, a un civilizado le parecería un suicidio.

* * *

La nave, enloquecida, surcaba veloz los nevados cielos mientras John daba cuenta en el asiento de atrás de dos botellines de Grum que últimamente solían viajar a buen recaudo escondidos en el compartimiento de herramientas del maletero.

Pensaba acabar así con todo, ¿por qué no? En poco tiempo no se daría cuenta de nada gracias a la embriaguez. El combustible se terminaría, la nave descendería y ¡BUM!, adiós.

Todo es posible en NavidadY efectivamente, eso ocurrió, ¡BUM!, adiós. Algo sin identificar impactó contra la aeronave reventando el parabrisas. En un impulso automático John se abalanzó contra la parte delantera aferrando los mandos.

No podía ver nada; la ventisca había cegado sus ojos y el viscoso y espeso líquido refrige-rante impregnaba los controles impidiéndole manejarlos con precisión.

Apenas pudo darse cuenta de cómo el mar de hielo y rocas que sobrevolaba lo engullía.

* * *

En varias horas no supo más de sí. Permaneció inconsciente en un mundo que le resultaría ajeno de toda cuenta.

Al despertar comprobó horrorizado que la nave, lejos de estallar librándole de su insoportable sufrimiento, le había obsequiado con dos regalos de valor incalculable: una herida mortal en el estómago y una posible invalidez inferior bajo el amasijo de hierros que aprisionaba sus piernas.

Desesperado, se abandonó…

* * *

El tiempo había pasado. ¿Cuánto? Solo Dios sabía.

Solitaria, una encapuchada figura apareció de la nada y atravesó la ventisca en dirección a la accidentada nave. El anónimo personaje sacó fácilmente a John de entre toda la chatarra y lo transportó en brazos hasta una solitaria cabaña de madera. Una vez dentro, el hombre tumbó al maltrecho John en un jergón y se acercó a una mesa al lado del fuego. Cogiendo una jarra vertió sobre una pequeña jofaina un poco de agua que dio a beber a su invitado. Luego, con el mismo agua, lavó sus heridas y le cubrió con unas pieles.

Atendido ya el moribundo, resolvió retirarse la capucha y quitarse el abrigo.

La primera impresión era la de estar ante una persona alta y muy corpulenta con la piel morena. Su pelo, negro como la poblada barba que surcaba sus mejillas, permanecía recogido en una coleta. Silenciosamente, sus penetrantes ojos azules quedaron presos de la estampa con seriedad.

* * *

Al cabo de dos horas John se despertó y su primera visión lo sobrecogió. Estaba en presencia de un salvaje. ¡De un auténtico salvaje! Y, sorprendentemente, no experimentaba temor. La penetrante mirada de aquel hombre lo tranquilizaba en su aturdimiento, mitigando sus recuerdos sobre el accidente y sus doloridas piernas… Instintivamente se llevó las manos a sus muslos para comprobar sobrecogido cómo ni en ellos ni en su maltrecho estómago quedaban secuelas del incidente.

Un sudor frío le inundó la frente. «¿Estoy muerto? Esto no puede ser… No puede…»

—No, no has muerto, joven —brotó socarrona la voz al fondo de la estancia.

John no podía articular palabra. El salvaje habló de nuevo:

—¿Qué hace un civilizado como tú en esta zona?

John frunció el ceño recordando lo ocurrido. Agachando la mirada, contestó:

—No es asunto suyo, salvaje. Además, hubiese sido mejor para todos que me hubiese dejado donde estaba.

El salvaje guardó silencio un instante. Parecía dudar de la respuesta y a la vez darle la razón:

—Quizá. Pero no lo hice —sentenció serio.

Los ojos de John se encontraron nuevamente con los del salvaje. Nunca pensó que alguien de su condición pudiera hablarle de semejante manera. Se suponía que era gente desalmada, cruel, insensible.

—Cuéntame lo ocurrido —solicitó el salvaje de buen grado mientras se volvía hacia una talla de madera en la que parecía llevaba mucho tiempo trabajando.

La actitud de aquel hombre ablandó a un John deseoso de alivio y sus palabras comenzaron a brotar ejerciendo un efecto sanador. Mientras el relato continuaba, las manos del salvaje se afanaban laboriosamente en la escultura. Su rostro, a espaldas de John, parecía deglutir y digerir sus ponzoñas con tristeza. Al término, se levantó, cogió un cuenco con comida que reposaba en una mesa y se lo tendió. Su rostro expresaba una mezcla entre cansancio y compasión:

—Come un poco —le dijo.

John hurgó en el cuenco con asco.

—Tu error ha sido grande —comenzó el salvaje—; casi irreparable. Pero nada está perdido aún. La oscuridad es solo eso, oscuridad —continuó—; una pequeña luz puede disiparla para siempre. Si te arrepientes de corazón, vuelves a casa, y tratas de resolverlo todo poniendo el mayor de tus empeños en no cometer los mismos errores, te puedo asegurar que tu mujer te perdonará.

—Mi mujer me matará —exclamó enseguida John—. No pienso volver.

La mirada del salvaje se endureció:

—Entonces es más grave de lo que yo pensaba; no solo está el acto, sino también la cobardía de tu alma.

—¡Yo no soy un cobarde! —le espetó John.

—Entonces, hazme caso —continuó duramente el salvaje—; vuelve a casa y pídele perdón a tu mujer.

En ese momento quiso decirle muchas cosas a aquel hombre. Quiso hablarle de su vacío, de aquella barrera que le hacía infravalorarlo todo; de su inseguridad, de sus miedos, de… El salvaje se acercó a la talla en la que trabajaba y la trajo hasta el jergón donde reposaba John. Los ojos del civilizado no podían creer lo que estaban viendo.

Frente a él había un busto de Mary. Una escultura en madera que conocía muy bien. Haría muchos años, antes de pasar a formar parte de la oficina de fragmentación en la que actualmente trabajaba, quería ser escultor. Y realmente lo fue durante un tiempo; pagaba las facturas, al menos. Le encantaba trabajar la madera; crear para quien quisiera un encargo o por propia satisfacción personal, le llenaba… Le hacía sentirse parte del todo. Conectado con su misión individual en una maquinaria universal. Luego le ofrecieron aquel trabajo organizativo que le permitía cambiar de casa y de barrio. Aceptó, y ese oficio fue alejándose.

Recordaba haber comprado un tocón enorme al inaugurar oficialmente su tallercito para representar a toda su familia en lo que sería su obra maestra; la obra que presidiría su taller de escultura; la obra que le recordaría, día a día, cuál sería la razón de su existir. Con qué ilusión se tiró dos meses esculpiendo a Mary. Aquella misma Mary de mirada bondadosa que ahora le miraba sonriente en la obra del salvaje. Desgraciadamente, también recordaría cómo quedó tirada en el sótano de su nueva y flamante casa de fragmentador junto con sus herramientas.

Ahora, como si lo estuviera viviendo, sintió de golpe el frío que desde entonces lo alejó de ellos y de la promesa que nunca cumplió. En ese tocón, junto al inacabado rostro de Mary, había un trozo de madera informe. Un trozo de madera que llevaría el rostro de la pequeña Liz y que nunca esculpió porque había cosas más importantes que hacer; un rostro que ahora le miraba candoroso junto con el de su madre en la talla del salvaje.

John estalló en sollozos comprendiéndolo todo. Ese y no otro era el ahogo en su pecho; la pieza que faltaba. Comprendió lo sola que debió de sentirse su familia ante su apatía, su frialdad, su desapego. Las manos del salvaje se apoyaron en los hombros de John tendiéndole su consuelo. Este lloró amargamente durante un largo rato. El tiempo se detuvo. Cuando ya parecía calmarse, el salvaje exclamó:

—Aunque no lo creas, tu mujer y tu hija te necesitan. En estos momentos deben de estar muy preocupadas. Te quieren John…

John asintió abrazándose a la talla:

—Pero no puedo volver… Mi nave…, mi nave está destrozada —concluyó apesadumbrado llenado de lágrimas la estatua.

Una aviesa sonrisa se esbozó entre la tupida barba del salvaje mientras señalaba hacia la ventana. John enmudeció. La nave estaba intacta. ¡Impecable! Se volvió boquiabierto.

—Todo es posible… —dijo el salvaje—. Todo es posible en Navidad.

Tras varios segundos en los que John recobró la serenidad, preguntó:

—¿Navidad?, ¿qué es Navidad?

El salvaje rió espontáneamente:

—En los tiempos que corren sería inútil explicártelo; aunque, para resumir, te diré que es una época del año, concretamente en la que ahora mismo nos encontramos, en donde todos nosotros… ¿cómo nos llamáis? ¡ah, sí! Salvajes, ¿verdad?

John asintió avergonzado.

—Bueno; pues para los salvajes, la Navidad es la celebración de lo bueno que hay en nosotros; de la luz que nos guía día a día en nuestro camino hacia un mundo de bien; un mundo lleno de gente necesitada de amor como Mary, la pequeña Liz y tú mismo. John…

El joven comenzaba a comprender y empezaba a sentir algo que no podía experimentar solo. Necesitaba estar con su familia, necesitaba volver.

—Tiene razón; es hora de partir. —Y le tendió su mano.

El salvaje la aceptó gratamente. John, sin soltarla, exclamó:

—Pero antes, dígame una cosa: ¿A quién debo el honor de devolverme la vida?

El curioso personaje contestó:

—A un amigo…

John no dijo más pues el hombre no le diría más; simplemente recogió el tocón con ayuda del salvaje, lo colocaron en la trasera de la nave y partió rumbo a casa.

* * *

«Todo es posible en Navidad… Todo es posible en Navidad…»

Aquella frase golpeaba su mente incesantemente. Y es que no encontraba otra explicación a lo sucedido aquella noche. Todo había resultado tan sumamente extraño… Ni una caja de Grum le hubiera hecho alucinar de aquella manera. Maldito Grum.

Lo primero que iba a hacer al llegar a casa era tirar por el desagüe del garaje las dos cajas que compró el año pasado y que guardaba para ocasiones especiales. Y así fue. Llegó, tiró el Grum y buscó deprisa sus viejas herramientas de carpintero. Allí estaban, bajo el arcón de congelados. Las cogió y, sin dilación, se puso a trabajar.

* * *

Cuando Mary abrió los ojos se asustó. Se había quedado dormida en el sofá del salón con la pequeña Liz entre los brazos y aquella visión no la tranquilizaba en lo más mínimo. Parecían estar siendo asaltados. John, desaseado, con la ropa hecha jirones y cubierto de virutas, las miraba sentado en su taburete de trabajo desde hacía mucho rato. Dos silenciosos regueros de lágrimas le surcaban el rostro. Hacía unas horas Mary le hubiese matado. Ahora, allí, medio recuperada tras la impresión, parecía reconocer al hombre del que se enamoró hace ya algunos años.

Junto a él la talla de madera las representaba perfectamente a las dos. La niña, al despertar, saltó como un rayo a abrazar a su «¡papaaaaaá!»

John no apartaba la mirada de su mujer. Tras sus ojos la desesperación y el arrepentimiento parecían decir: «LO SIENTO. LO SIENTO MUCHÍSIMO. NO VOLVERÁ A SUCEDER»

Mary pareció escucharlo, pues se levantó y, sin decir una sola palabra, le abrazó. Los tres lloraron hasta casi desfallecer.

* * *

El cielo se nubló y la tormenta irrumpió violentamente cogiendo desprevenidos a John y a su familia. Estaban en la Campiña Sur; un lugar muy poco frecuentado por los civilizados dado su parecido y proximidad con la Zona Externa. Era una de las pocas regiones habitables que aún no habían sido civilizadas.

Tras aquella noche de «Navidad» todo cambió. Después del incidente con su secretaria, John dimitió de su trabajo y reabrió el taller de ebanistería. Con cada proyecto, con cada talla, su vacío interior se fue rellenando hasta desaparecer junto a sus malas adicciones. Libre de ellas, afloraron sus virtudes. Virtudes como la de que, de vez en cuando, John cerrara su taller, reuniera a la familia y todos viajaran a aquel lugar remoto a disfrutar de un precioso día de campo. Lástima que, esa tarde, la lluvia lo estropeara. Las noticias continentales habían dicho que aquella semana haría bueno, pero volvieron a errar.

Habían caminado un rato dejando la nave atrás hasta un paraje rural muy agradable junto a un riachuelo. Antes de que Mary y la pequeña se resfriaran, John decidió llamar a la nave para que les recogiera. No había hecho ademán de abrir la puerta del piloto mientras Mary y Liz recogían las mochilas cuando un rayo atraído por la gran arboleda en la que se encontraban la hizo volar por los aires. John salió despedido como si le hubieran disparado desde un cañón, pero no le ocurrió nada. El incidente quedó en un susto saldado con unas leves magulladuras y un par de quemaduras de menor grado.

El problema mayor vendría ahora: ¿Qué harían sin transporte?

Por lo pronto, aquella noche deberían pasarla al raso si no encontraban un lugar en donde guarecerse. El lugar habitado más cercano estaba muy lejos y convenía afrontarlo con un día entero por delante. Desde que el transporte aéreo se convirtiera en algo superado, las distancias a pie habían desaparecido y con ellas su ejercicio.

Ante ellos tenían un frondoso bosque o una desolada llanura salpicada de riscos y montañas. Optaron por el bosque. La probabilidad de recibir un rayo era mayor pero también la de encontrar un refugio. Además, aquel camino los acercaba más a casa. No habían puesto un pie en la espesura cuando dejó de llover y se puso a nevar. Caminaron ateridos por el frío y la humedad durante horas, lamentando su negra suerte. Tanto caminaron que llegó un momento en el que John no pudo más y decidió detenerse. Dada la hora, y puesto que empezaba a oscurecer, lo más sensato era descansar y afrontar el nuevo día con energías.

Con curiosidad, buscó la forma de construir un refugio. No hizo falta. La pequeña Liz había descubierto algo en un pequeño claro. La nieve había dejado de caer y el despejado cielo permitía contemplar una brillante luna que iluminaba una vieja y destartalada capilla. John y su familia no podían creerlo: estaban salvados; ya no tendrían que seguir caminando. En aquel extraño edificio que no supieron reconocer pasarían la noche.

Alegres, se internaron en las ruinas y buscaron un lugar seco donde hacer una hoguera. Nada más entrar, una sensación familiar recorrió el cuerpo de John. Una sensación reconfortante y tranquilizadora. De repente, algo a lo lejos lo sobresaltó. Su rostro palideció y sus manos comenzaron a temblar. Mary, que lo miraba asustada, trató de hablarle pero fue inútil: su mirada no se apartaba de un punto al otro lado de la pared. Por entre la destrozada bóveda de la vieja iglesia, la luz de la Luna penetraba incisiva camino de un desgarrado y descolorido cuadro. A juzgar por el lugar se podría decir que dicha pieza databa de mucho antes del cataclismo; incluso de bastantes siglos atrás.

John se acercó reconociendo en ella aquellos azulados ojos. Aquellos que tan bien recordaba en el rostro piadoso del hombre que haría escasamente un año le salvó la vida. Junto al salvaje, en torno a una alargada mesa, se encontraban doce hombres. En sus manos había una copa de barro y un mendrugo de pan. Si en algún momento tuvo algún tipo de miedo o desasosiego se había disipado por completo. Su mujer, al ver que su marido recuperaba el color mientras una leve sonrisa rebosante de paz afloraba en su semblante, preguntó:

—¿Qué pasa, John?

Él se giró y exclamó con la mirada perdida en el pasado:

—Que todo es posible en Navidad, querida. Todo es posible en Navidad…

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