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Un cuento de Navidad, un relato de Félix Hernández de Rojas y Arturo

Coescrito con el minisocio Arturo (12 años).

Si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte.

Charles Dickens.

Bien mirado, Mr Scrooge no era tan mala persona como todos querían hacer ver. Vale, su fondo de inversión no era lo que podría llamarse una señorita de la caridad; aunque, como él dijera: «money, it is money, brother». Es dinero… tan solo es cuestión de dinero. Y si había que comprar una empresa, que era a lo que se dedicaba desde siempre, que fuera lo más barato posible. Porque la virtud era luego saber vender caro, se repetía una y otra vez, después de haber aplicado la preceptiva dosis de racionalización al negocio; imagino que ya entenderéis a qué se refería con esa palabra: odiaba la grasa, así él la llamaba: la gente ineficaz o vaga, aquellos que sobraban, que se habían quedado obsoletos, y por eso sus organizaciones eran… como él se veía a sí mismo, tan delgadas, tan enérgicas, un poco quizás como leones devorando las gacelas de la selva. Porque solo los más fuertes sobreviven. «Tantum superesse fortissimun» era su lema. Y es que estaba en el lado depredador de la existencia.

La vida le había tratado muy bien siguiendo esta práctica. Él se defendía con orgullo, pues nadie más supo entender la dinámica del mercado: se había especializado en comprar animales heridos y reflotarlos. ¿Y qué tenía de malo aquello?¿No salvaba accionistas o familias que de otras maneras lo habrían perdido todo?¿No era mejor recibir una alternativa de futuro a no tenerlo en absoluto, o a perderlo todo? Y sus buenas razones tenía, y quizás fuese que le faltaba un elemento fundamental: el corazón que no empleaba, y que de no usarlo le era un objeto ajeno en el pecho.

Llovían las críticas y bien que él decía saber zafarse; de esta manera una colosal hueste de asesores custodiaban su imagen y reputación y le decían qué era lo debía decir y lo que debía hacer: rodearse de aquel activista, apoyar una causa u otra, en fin… os lo podéis imaginar. Donación por aquí, premio por allá, su imagen era intachable. Aparentemente nadie podría hablar un ápice mal de él… pero lo cierto era que nadie que fuese persona de bien o de corazón le consideraba. Aportaba mucho —mucho dinero, me refiero— pero no sabía realmente para qué, y en el camino tantos eran los aprovechados que malversaban estos caudales… y se reían, porque le creían doblemente idiota. Por darlo, creyendo que con hacerlo sería suficiente para acallar la conciencia; y por no preocuparse de cuánto recibirían aquellos a los que iba dirigido en última instancia. Era un buen hombre envuelto en un caramelo de sabor amargo.

Aquella Noche de Navidad del 2020 todo fue tan rápido… Como siempre, su jornada había sido maratoniana. Saliendo de la oficina, antes de llegar a la cena, se desvaneció. No recordaba nada. Su vida fundió en negro. Se despertó en un hospital, en la sala de urgencias. Unos médicos le dijeron que debería pasar la noche allí, que aparentemente no era nada, pero que por su seguridad debía permanecer en observación. Mr. Scrooge era un tipo con fortuna, pensaron aquellos médicos para sí. Aquella apoplejía hubiera sido mortal de necesidad. Le había encontrado a tiempo aquel bedel, cuyo nombre no intentó conocer nunca y que siempre le recibía con la mejor de sus sonrisas, en el ascensor desvanecido. Su ambulancia atravesó el congestionado tráfico de la ciudad como si estuviera tocada por mano dividida. Y en realidad nadie lo esperaba en casa. Aunque se casó y tuvo hijos, había decidido entregar su vida por completo a su fondo de empresas. Este era su gran y único hijo. Su familia verdadera, la que le amaba y se desconsolaba por él, había decidido pasar la Nochebuena sin él, a su pesar.

Lo cierto fue que el empresario permaneció en aquella habitación custodiado por las máquinas que medían sus constantes vitales. El trajín era constante. Aún en Nochebuena todos enfermamos, aunque Mr Scrooge, pensaba, en realidad no se sentía tan mal. Quería levantarse lo antes posible para organizar un último encuentro, para hilvanar alguna estrategia para el año que se aproximaba. A su alrededor la gente entraba y salía. Y fue cuando se levantaba, impaciente, semidesnudo, que una mano le detuvo. Giró la vista y a su alrededor vio una mujer, hermosa como la nieve, que creyó sería un médico, pero que le recordaba lejanamente a no sabía quién, y que con una mirada marmórea y fría, le ponía la mano en la boca, y con una carpeta en la mano y señalando al monitor le decía:

―Antes de que amanezca habrás muerto… Mr Scrooge… o serás un hombre diferente…

Mr Scrooge pensó que aquella broma no tenía gracia. Ella continuó hablando:

―Tu corazón ha muerto hace años. Tu cuerpo te porta, te lleva de un lado a otro, pero estás vacío. Recibirás tres visitas esta noche y tendrás que decidir. Estate atento… es tu última oportunidad.

Y se desvaneció entre un halo y un destello. Y bien mirado podría haber sido una alucinación porque en realidad la mujer se transformó en lo que debería ser desde el principio, el médico que le explicaba su situación:

―¿Recuerda cuál es su nombre, caballero?

Mr Scrooge asintió; fue cuando Mr Scrooge miró a su alrededor y comprendió. Con las prisas, la ambulancia había perdido su cartera y nadie conocía su identidad. Mr Scrooge intentó articular una palabra, pero sintió lo débil que estaba.

―No se preocupe. Haremos todo lo posible por localizar a su familia. Hasta ese momento descanse. Está en buenas manos. Pasará la Nochebuena con nosotros.

Se marchó y Scrooge se quedó solo; en realidad, rodeado por las decenas de personas que transitan en las urgencias: un espacio de paso, intenso y lento en las emociones a un mismo tiempo. Discurrió un tiempo indefinido cuando por entre las cortinas semiabiertas, se fijó en un niño que entraba en una silla de ruedas acompañado por su hermano y su padre. Llevaba un pie enyesado, pero sonreía. Su hermano le hacía cosquillas. Guiñó los ojos, y se sorprendió cuando vio, de repente, que ¡aquel niño no era sino él mismo! aunque hacía mucho tiempo, demasiado tiempo. Una lágrima rodó por su mejilla con aquella visión. Un enfermero entró en aquel momento. Era también joven, jovencísimo, envuelto en un intenso destello luminoso y con cierto olor a espliego muy agradable. El olor de los campos que rodeaban a su casa.

―¿Recuerdas? ―el enfermero se le acercó y aspiró con fuerza.

Mr Scrooge asintió. Mucho tiempo atrás y siendo niño se cayó, jugando con su hermano por aquellos campos. Fue un accidente leve, quizás hasta una pequeña herida de guerra. Aquella Nochebuena de hacía mil años la pasaron en urgencias. Eran unas Navidades sombrías. Su madre había muerto hacía poco, el cáncer se había cebado con ella. Y aunque fue la primera Navidad con la familia rota, aquella noche la excusa del esguince les unió. Hasta ese momento había existido una pesadumbre infinita, un silencio… y entre aquellas paredes, el padre lloró por primera vez con sus hijos y se abrazaron. Y se prometieron que nada les separaría.

Entonces Mr. Scrooge se dio cuenta del tiempo que había pasado sin acordarse de todos ellos, de su madre, de su padre y finalmente hasta de su hermano. Ahora que sus padres faltaban hacía tanto tiempo que no perdía una tarde con su hermano, que no compartía su vida con él, que no sabía nada de sus alegrías o de sus dificultades, y se sentía muy triste. Y en realidad, no sabía qué había pasado en aquel tiempo para crearse aquel muro. Sencillamente había permitido que la riada de la vida se llevará todo y por delante su amor.

Aquella había sido la primera visita: las navidades pasadas, dulces y tristes; las navidades de lo perdido, cuando éramos inocentes.

Lloró amargamente mientras aquel enfermero le besaba levemente la frente y desaparecía. Finalmente se quedó adormilado.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando comenzó a pitar ruidosamente el monitor de su cama. Algo debía pasarle al corazón enfermo de Mr Scrooge. Apareció el mismo enfermero de antes, al menos así le parecía, aunque esta vez envuelto en un color de tez más grisáceo y menos deslumbrante, con ciertas ojeras; parecía mayor y preocupado. Le dijo a Mr Scrooge:

―¿Va todo bien, señor?

Mr. Scrooge sonrió forzadamente y suspiró. Fue entonces cuando un grupo de personas entraron presurosas en el box, como si no le vieran y se colocaron a su lado. Eran varios enfermeros y doctores. Entraban con una camilla con gran ímpetu y portaban un cuerpo de un chaval sobre ella. Daban órdenes urgentes, intensas, desafiantes. El grupo de personas rodeó el cuerpo y mientras unos trataban de acceder a su tórax, otros preparaban un objeto que parecía ser un desfibrilador. Cuando miró detrás de ellos, y al fondo, tras las cortinas, vio… a su mujer, ¡a su mujer!, postrada en una silla y envuelta en un mar de lágrimas, abrazando a su otro hijo, el menor.

Supo que delante de sí tenía al cruel fantasma de las Navidades Presentes. No necesitaba saber el final de aquella historia. Aquel era el peor de los castigos, el peor de los infiernos. El enfermero se le aproximó y apagó el monitor, porque su corazón daba tumbos y el sonido de la máquina era ensordecedor. Le repitió la pregunta con sorna:

―¿Puedo ayudarle, señor?¿Se encuentra bien?

Mr Scrooge intentó levantarse, mas no tenía fuerzas. Su mujer no le había sabido perdonar que aquella tarde de hacía algunos meses Mr. Scrooge no fuera a recoger a su hijo, que no le reconviniera para que no cogiera el coche aquella noche y que no bebiera. No era un tema de dinero, no era un tema de darles lo que ellos quisieran, su mujer le había repetido hasta la saciedad… ¡te necesitan a ti! ¡a ti! Le dijo finalmente ella que no quería saber nada más de él y que le odiaba. Era mentira, pero en aquellos momentos la mujer vivía con el corazón destrozado.

Él ahora no podía parar de pensar y se torturaba: ¿Y si hubiera estado aquel día… podría haber evitado su muerte?¿Podría haberle explicado que aquello que hacía podría tener tan fatales consecuencias?

Del pobre hombre se escapó un pequeño grito atragantado… ¡hijo!… cuando el equipo médico dio por finalizada la maniobra de reanimación y fijó la fecha al fallecimiento. Cubrieron su rostro y las figuras se fueron difuminando hasta desaparecer. No pudo ver más a su hijo, ni siquiera en el día de su muerte, él llego tarde, siempre era lo mismo. El enfermero se marchaba, mientras le decía con pesadumbre a Mr. Scrooge:

―Un hijo debiera poder ver morir a su padre, pero nunca al revés.

Se hizo el silencio. Quizás, en lo más profundo de la noche, cuando ya nadie pasee por las calles, cuando la ciudad duerma, quizás solo entonces… en los hospitales y en sus salas de urgencias se haga un momento de paz. Es una paz absurda, una paz oscura, una paz de presagio…

Entonces, fue que la cortina se abrió de par en par con violencia contenida. Unos hombres taparon a Mr. Scrooge con una sábana. Él no comprendía, no podía moverse, parecía como si un poder sobrenatural lo hubiera congelado, lo mantuviera bloqueado en sus articulaciones.

Salieron fuera del box y los hombres trasladaron a Mr. Scooge en la camilla, cubierto por la sábana, y vio pasar tras de sí todas las salas del hospital, hasta llegar a los pisos inferiores… los pisos de la morgue.

Unos hombres le desnudaron y uno comenzó a examinarlo. Repasaron su cuerpo, y comenzaron a embalsamarlo. Mr. Scrooge intentó gritar:

―¡Dejadme!¡No estoy muerto!

Pero nadie le escuchaba. Entonces se fijó en uno de ellos, precisamente era el enfermero de las otras veces anteriores, aunque ahora mucho más mayor, viejo, su cara arrugada y la boca parcialmente desdentada.

Los hombres le auparon y comentaban:

―¿Cómo se llamaba el tipo?

―No lo sabemos, llegó ayer por la noche… falleció de otro ataque. Esperaremos a que alguien lo reclame y sino, ya sabes, el procedimiento del crematorio.

Mr. Scoogre intentaba gritar, intentaba articular palabra, pero aquel terrible agarrotamiento le impedía moverse. Lo metieron en una cámara frigorífica con un desagradable olor a muerte.

Dentro el frío era espantoso… y el silencio… ¡aquel silencio! Mr. Scrooge comenzó a tener visiones pavorosas. Visiones horribles donde veía a su mujer y a su hijo celebrando la que sería la próxima Navidad, los dos solos, y una silla, la de su hijo muerto, y a su lado la otra, su silla, ¡vacía!, y ambos cenando en un dramático silencio. Luego se le aparecieron las figuras de los que creía hasta entonces sus hombres de confianza, aquellos que le aconsejaban y que  cenarían la próxima Nochebuena entre grandes risotadas de desprecio. Escuchó lo que dirían a sus espaldas, escuchó a sus asesores burlarse por la muerte tan ruín que tuvo. Escuchó que su dinero había sido mal utilizado en vida y que ellos darían buena cuenta de él, y vio entre brumas a los carroñeros que tanto odiaba apropiándose de sus empresas. Lo llamaban avaro mientras se llenaban las manos con la grasa de la comida, aquellos mismos a los que pagó generosamente por que le explicaban qué era lo mejor para granjearse una imagen, para pagar el postureo y ya está. Vio su dinero arrojado al fondo de las vanidades humanas,  vio a su familia, que en una Navidad próxima se olvidaría de él, igual que antes él mismo había olvidado a sus padres y su hermano… y sus empresas, que serían descuartizadas como convite de la próxima Nochebuena. Su dinero finalmente era un simple registro, un número que pasaba de una mano a otro sin que Mr Scrooge significara nada. Entonces comprendió lo que le faltaba, que no era dinero: era un corazón que latiera, un corazón que sintiera y que valorase a las pocas personas que de seguro aún lo estimaban. Aquellas que quizás aún lo esperasen despiertos aquella noche, preocupados por su ausencia… si era verdad que todo aquello era una simple pesadilla.

Al cabo de un tiempo infinito, podrían ser minutos, horas o tal vez días, la puerta del congelador se abrió; finalmente, lo sacaron, y mientras tiritaba, lo terminaron de despojar de la sábana que cubría su cuerpo y que ocultaba la cara. Uno miró la etiqueta y leyó:

―Aquí pone que su nombre es no conocido. La muerte y las cenizas no conocen de identidades.

Lo dijo de una manera tan lúgubre que no tardó en darse cuenta Mr Scrooge de su destino: lo llevaban al crematorio.

―¡Estoy vivo!¡Estoy vivo! ―lloriqueaba para sus adentros.

Pero nada se movía en su cuerpo que se mantenía inánime, ni sus labios, ni su pecho.

Poco a poco cruzaron las puertas del hospital. Llegaron a otra sala, esta vez gris con un retrato de un Cristo crucificado y símbolos de otras religiones. Un sacerdote se cruzó en el camino y leyó una breve frase: «pulvis es et pulverum revertis»

Mr Scrooge las repitió para sí: polvo eres y en polvo te convertirás… y terminó gritando, mientras le introducían en el horno…

―¡Piedad!¡Piedad!

Antes de cerrarse la puerta, con las llamas al fondo y su aliento horrible, una cara se le acercó. Era el enfermero de las otras dos ocasiones, aunque ahora había envejecido aún más. Era el horrible rostro de la muerte, se le veía la carne apelmazada y derritiéndose, trozos de pelo cayéndose y la calavera asomando… y le dijo con una sonrisa socarrona:

―Antes de que amanezca, como ves, también recibiste la visita del fantasma de las navidades futuras

Y las llamas le rodearon y recibieron. Le devoraron.

***

Si piensas que Mr. Scrooge se salvó, que despertó de aquella horrible pesadilla y a la mañana siguiente se transformó en una gran persona… siento decepcionarte. Aquel ricachón sin corazón murió de un último ataque en el box de urgencias, y su identidad, al estar accidentalmente perdida, causó que su cuerpo fuese entregado al horno crematorio. Cuando se dieron cuenta de todo fue demasiado tarde: la viuda y el hijo menor recibieron a los pocos días una hornacina con cenizas. No se supo más de Mr. Scrooge.

Hoy, día de Navidad, al levantarte procura leer este cuento. O puede que sea mañana cuando leas mi relato, o tal vez lo leíste ayer a las puertas de la Nochebuena, da lo mismo. Seguramente seas como yo, y como la mayoría de la gente que nos rodea, un tipo común. La vida puede darte segundas oportunidades… o tal vez no. De nosotros depende saber aprovecharlas. Por eso es mejor que te pongas en marcha y desde ahora mismo escribas esta carta de queja al diablo. Una carta que diga algo así:

«Estimado señor:

Tuvo por castigo llevarse a Mr Scrooge. Cosa que no pongo en duda temía merecida por ruín y desagradecido. Sin embargo, ruego nos lo devuelva, o al menos nos preste su alma por un ratito, porque una persona tan valiosa en capacidades bien tiene que trabajar necesariamente por el bien de la humanidad.

Ya sé que a Vd. le trae el pairo esto de la buena voluntad humana y que no podemos ofrecer nada por el alma de este desgraciado… pero piense que su regalo nos creará una deuda de gratitud y que también Vd. tendrá una excusa para celebrar la venida del Señor.

Y como dijo alguien: «Si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte»

Firmado: un tipo común.»

Y vas y la arrojas al río, porque todas las misivas al diablo terminan allí y siempre llegan a buen puerto. Mientras sucede esto, haz con tu vida algo útil: haz funcionar tu corazón y rodéate de las personas que te necesitan y que te esperan todos los días del año.

Aquella mañana de Navidad, eso sí, otro tipo anónimo salió del hospital, quizás fruto de una situación un tanto absurda y alocada que sucedió en la morgue: los muertos resucitaron. ¡En serio! Hubo revuelo, los doctores no supieron dar crédito al milagro y todos se arrepintieron un poco de los cadáveres que acababan de ser incinerados… ¿porque quién dice que también podrían haberse despertado del sueño de la muerte y regresar? Este hombre sí que tuvo suerte, decían, pues a la entrada de la cámara, a punto de ser devorado por las llamas, despertó; concretamente había sufrido un ataque en urgencias, que fue lo que le mató, y vestía extrañamente un traje muy caro; con la confusión no pudieron identificarle y le dieron aquella mañana un alta precipitada y el hombre vagó perdido por entre las calles de la ciudad, a punto de helarse, como mirando el firmamento sin estrellas de la mañana. Finalmente llegó a un enorme edificio y un bedel le vio, pareció reconocerlo como procedente de un remoto pasado… y asustado le entregó un abrigo.

―Señor, ¿está bien?

Aquel hombre se abrazó al bedel, estuvo llorando y babeando por un rato. Luego le miró, y le dijo al bedel:

―¿Cómo te llamas?

―José ―le contestó el bedel.

―José, ¿tienes familia?

―Sí, señor. Ayer mismito nació mi primogénito, al otro lado del océano, en México.

―Pues tendremos que ir a verlo ahora mismo.

Y el bedel puso cara triste. Pero el hombre posó un dedo en su boca.

―¿Señor? ―interrogó el bedel.

Entonces aquel hombre sonrió al bedel, echó mano a los bolsillos y rebuscó hasta encontrar algo que le enseñó.

―Vamos, que quiero conocer a tu hijo; luego tendré que hacer muchas cosas en el poco tiempo que me quede por aquí.

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