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El sorteo, un relato de Manuel J. Linares

Mario Portela entró en estado de shock ante la notificación de máxima prioridad que bloqueaba su interfaz visual. Máxima confidencialidad. Solo para sus ojos. Ni siquiera sabía que existían aquel tipo de mensajes. Con una mezcla de curiosidad y temor procedió a activar la notificación en sus lentillas.

Perplejo e incrédulo necesitó visionarlo varias veces para comprender plenamente lo que aquello significaba. Para cuando finalmente se desconectó, sus manos temblaban incontroladas mientras asimilaba la noticia.

De camino a casa estuvo meditando cómo decírselo a su familia. Quizás lo mejor sería soltarlo tal cual. Había sido el ganador del sorteo. El único ganador. Todo el mundo sabía que el sorteo se había producido aquel día, hacía unas horas, pero enfrascado en sus asuntos y con otras preocupaciones en la cabeza, se le había olvidado por completo.

Mario nunca había sido un hombre especialmente apegado a las tradiciones navideñas. Si bien sus recuerdos de niñez sobre aquellas fechas eran razonablemente felices, lo cierto es que ahora no le interesaban mucho. El nacimiento de su hija Raquel hacía siete años había hecho rebrotar en él una discreta ilusión por aquellas fiestas, pero quien realmente se ocupaba del tema de las tradiciones en la familia era Natalia, su mujer. Y ahora por una increíble casualidad del destino, él iba a ser el protagonista del momento más importante del periodo navideño.

Pensar en cómo iba a cambiar su vida a partir de aquel instante le produjo escalofríos. Casi con toda seguridad tendría que dejar el trabajo durante aquel año para atender a todas las entrevistas, eventos y actos que se organizarían en su honor. Se sentía feliz y raro al mismo tiempo.

De vuelta a casa su hija le recibió corriendo alegremente y le besuqueó antes de volver a los dibujos animados de la pared mural del salón. Mario llevó a Natalia al dormitorio y le contó todo. Ella loca de alegría le abrazó. Él insistió obsesivamente sobre la absoluta necesidad de mantener el secreto durante el tiempo necesario, pues como le habían recordado machaconamente durante el visionado del mensaje, revelar cualquier información supondría la pérdida completa de los derechos adquiridos al ganar el sorteo. Nadie hasta aquel instante había quebrantado la confidencialidad en lo relativo al anuncio del ganador y sería una bochornosa primera vez de la cual no querían en absoluto ser protagonistas.

Ya habían acordado que aquella noche la pasarían en casa de los padres de Natalia, así que decidieron que las chicas se irían un poco antes y que ya darían alguna excusa para justificar el retraso de Mario. Al despedirse, él confesó que estaba muy nervioso y ella le besó tiernamente mientras se fundían en un cálido y largo abrazo.

A eso de las ocho de la tarde se puso su mejor traje y bajó a la calle donde un hombre de abrigo largo le aguardaba en una limusina para llevarlo a los estudios centrales. Unos años atrás las retransmisiones se habían producido en las casas de los premiados, pero el poco tiempo que se daba entre el aviso y la entrega del premio no permitía en muchos casos preparar un ambiente y un decorado lo suficientemente navideño para la ocasión. Así que desde hacía seis años un plató preparado para la ocasión en los estudios centrales servía de adecuado telón de fondo de la ceremonia.

Cuando llegaron fue recibido por el productor del sorteo y varios miembros de su equipo. Todos le felicitaron efusivamente y después le llevaron casi a rastras hasta un amplio camerino con su nombre en la puerta. El productor ordenó que salieran todos y se quedó a solas con Mario.

–Mario, enhorabuena de nuevo. De verdad, todos nos alegramos mucho ­– se acercó y le palmeó la espalda–. Mira, llevo organizando esta ceremonia desde hace más de diez años y he visto reacciones de todos los colores, por eso creo que es bueno que charlemos de manera tranquila antes del programa. ¿Hay algo que podamos hacer por ti? ¿Cómo te encuentras?

–Bien, estoy bien, creo. Bueno, un poco preocupado la verdad.

–¿Qué es lo que te preocupa? ¿Las cámaras, el público…?

Mario guardo silencio mirando al suelo. Finalmente se atrevió a alzar la mirada para encontrarse con la del productor.

–La prueba, el ritual y todo eso…

–¡Ah, claro! La prueba. No te preocupes. Tenemos tiempo de sobra para prepararla.

–Realmente no sé si voy a ser capaz de hacerlo bien a la primera ¿No hay ninguna manera de grabar mi intervención?

El productor soltó una risita.

–¡Pero hombre, que es Navidad! Esto tiene que hacerse en directo, delante de un escenario, con público que se pueda conectar desde sus casas –el productor adoptó un tono solemne mientras continuaba dándole palmaditas en la espalda–. Eres el ganador del sorteo. El tío más afortunado de España. Tú representas la suerte. No, mejor aún. Tú eres la suerte de todo este país para el año que viene. Sabes que de no hacerse como Dios manda se consideraría un mal augurio. Las tradiciones son para cumplirlas ¿no te parece? ¿Alguna otra pregunta? – Mario negó con la cabeza.

Mientras le peinaban y maquillaban proyectaron en sus lentillas imágenes de anteriores sorteos y una detallada explicación de cuál sería el proceso a seguir. Primero el anuncio y la presentación del ganador del sorteo, envuelto en grandes dosis de teatralidad. Luego breve entrevista. Y nada de preocuparse por si se quedaba en blanco. Un grupo de guionistas estaba ya preparado con una batería de respuestas ingeniosas, listas para transmitir a sus lentillas en el caso que a la audiencia le pareciera que el ganador de aquel año era un tipo demasiado soso. Y finalmente la explicación del ritual. Luego información sobre los patrocinadores y mensajes sobre la sostenibilidad y esperanzas sobre el futuro. De nuevo Mario deseó haber prestado más atención a aquel momento en años anteriores.

Cuando se fueron los de maquillaje el ayudante del productor entró al camerino sosteniendo una cajita.

– ¿Es lo que creo que es? –preguntó Mario.

El ayudante del productor asintió.

–¿Quiere verlo? Hay gente que prefiere familiarizarse antes y otros que prefieren…

–¿Puedo? –le cortó Mario

–Claro, pero con mucho cuidado.

El ayudante le alcanzó la caja. Mario la examinó detenidamente y finalmente se decidió a girar la cerradura muy lentamente. Una fugaz neblina apareció al separarse la tapa. Mario entendió que la caja debía estar refrigerada. Perfectamente alineadas en dos hileras las miró sin atreverse a tocarlas. Una extraña luz parecía salir de cada una de ellas haciéndolas más repugnantes aún.

–¿Es seguro?

–Por supuesto. Relájese, hombre. Nadie ha muerto durante la prueba. Todo está bajo control. Es el ganador del sorteo, no se merece menos.

Acercó la nariz a la caja y un olor sorprendentemente fresco invadió sus fosas nasales. Notó como una creciente nausea comenzaba a abrirse paso y cerró rápidamente el estuche.

Sin saber muy bien porqué recordó algunas de las batallitas que su abuelo le contaba sobre las Navidades y sobre cómo habían cambiado algunas tradiciones. Historias sobre los sorteos en tiempos de su tatarabuelo, tan distintos, prosaicos, sin honor y gloria, en el que los ganadores no recibían más que dinero. Ahora el afortunado ganador tenía el divino derecho y la obligación de afrontar la prueba suprema. Frunció el ceño al darse cuenta de que en aquel momento hubiera preferido el dinero al honor.

Aunque intentó seguir los consejos recibidos cuando le estaban maquillando sobre relajarse y no pensar mucho en lo que estaba por venir, una creciente angustia iba apoderándose de él paulatinamente. Empezaba a no estar muy seguro sobre si sería capaz de hacerlo. Tal vez lo mejor para todos sería pedir ayuda para sobrellevar aquel trance. No habría nada de humillante en aquello.

–¿No tendrá nada para ayudarme? –preguntó al ayudante–. En el informe que me han pasado antes decían que era posible tomar algo…

El otro le miró fijamente. Abrió un cajón de un armarito al lado del espejo y le tendió una lámina cuadrada transparente del tamaño de un puño

–Póngaselo en la nuca unos minutos antes de que todo empiece. Le advierto que el efecto no dura mucho. Ya sabe, todo tiene que ser lo más natural posible, por la tradición.

Mario guardó la lámina en uno de sus bolsillos y se retrepó en el asiento. Más tranquilo pudo al fin relajarse un poco y hasta cerrar brevemente los ojos. A los pocos minutos le despertaron zarandeándole. Ya casi era el momento. Se pegó el parche a la nuca, se dedicó una última mirada al espejo del camerino y siempre acompañado del ayudante recorrió el dédalo de pasillos hasta llegar al gigantesco plató.

Desde bambalinas a Mario le impresionaron las inmensas gradas abarrotadas de gente. Felices, cantando las canciones de los patrocinadores, algunos disfrazados. Todos queriendo ser parte de la fiesta, de que se les quedase un poquito de la buena suerte que según la tradición se te pegaba cuando participabas en directo. Y todos pendientes de él. Pendiente de cómo superaría la prueba.

Al otro lado un barroco escenario albergaba al equipo de retransmisión y a un nutrido grupo de bailarines que ejecutaban una coreografía exageradamente espasmódica y atlética. Y por supuesto la ostentosa mesa donde descansaba paciente el estuche.

El programa planificado se fue cumpliendo escrupulosamente: el anuncio del ganador, la entrevista y las explicaciones que todos los años se daban sobre el ritual, entremezclados con bailes y actuaciones de los artistas del momento.

El momento cumbre del evento al fin se acercaba y Mario fue llevado a la mesa. Se sorprendió al descubrir lo tranquilo que estaba. El resto de ruidos que le rodeaban, la gente, la música, todo había pasado a un tenue y agradable segundo plano. Sin duda el parche que le habían dado estaba haciendo bien su trabajo.

Una cuenta regresiva apareció inmaterial delante de sus lentillas coreada por los sesenta y ocho millones de españoles que en aquel momento estaban pendientes de él. Al llegar a cero oyó la inequívoca señal acústica que indicaba el comienzo. Respiró hondo y comenzó aquel ritual que había visto cada año de su vida, pero que ni en sus sueños más perturbadores habría pensado tener que realizar alguna vez.

A los pocos instantes el molesto sonido terminó, indicando que el tiempo para la prueba había finalizado. Todo había sucedido mucho más rápidamente de lo que había pensado.

De repente volvió a tener plena percepción de la realidad que le rodeaba. La gente chillaba enfervorecida, los presentadores, las azafatas y todo el equipo corrieron a abrazarle efusivamente. Fue entonces cuando miró el estuche y comprobó qué tal le había ido.

Se había comido diez uvas. Diez uvas, nada menos. Hacía varios años que el ganador no conseguía pasar de las ocho. Diez uvas significaban muy buena fortuna y buenos augurios para todo el país durante el año siguiente. Y lo había conseguido sin vomitar. Para cuando se le pasase el efecto del anestésico que se había aplicado seguro que echaría toda la papilla. Según la tradición las dos uvas restantes serían subastadas y la recaudación, junto a la cantidad aportada por los patrocinadores del sorteo, sería donada al Real Jardín Botánico, para asegurar la persistencia de los únicos viñedos que seguían vivos en España.

Por alguna extraña razón se acordó nuevamente de su abuelo, quien una vez le contó que su tatarabuelo se tomaba TODAS las uvas todos los años. Grave error. El efecto del parche estaba desapareciendo rápidamente y no pudo hacer nada para mitigar las crecientes arcadas. Doblándose con violencia acabó vomitando ruidosamente en el suelo del estudio, mientras la muchedumbre volvía a rugir encantada. Casi dos minutos sin vomitar las uvas. Admirable. Algo que se había criado en el suelo. En una planta. En un ser vivo. Asqueroso.

El equipo técnico pincho las imágenes en la casa de los suegros de Mario, y vio un orgulloso brillo en los ojos de su mujer y de su hija. Mientras se limpiaba los restos de vómito con una toalla les sonrió a su vez. Tendría que dar otra vez la razón a su mujer y terminar reconociendo lo bien que se sentía uno al cumplir con las tradiciones navideñas.

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