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La esperanza de una raza, un relato de Rafael Heka

reyes magos—¿Estás seguro de que eso es exactamente lo que nos pidieron que hiciéramos? —exclamó el calvo y cabezón ser antropomorfo de gigantescos ojos almendrados y negros.

—Sí, eso pone en la pantalla —contestó un segundo, exactamente igual de desnudo y gris, mientras leía—: «Acercarse al planeta medio 237, colocarse en el cuadrante Beta y orbitar alrededor de él durante x2e unidades Jovianas».

—Pues sinceramente, no lo entiendo. Me parece una completa estupidez y una pérdida de tiempo —apostilló el primero.

—Sí, ya lo sé; pero por lo que tengo entendido, nuestra misión tendrá repercusiones en el futuro de ese planeta —contestó de nuevo el segundo mientras operaba en una pequeña consola que tenía enfrente.

—¿Por el simple hecho de hacer esa chorrada? —atacó de nuevo el primero con cierta indignación.

—Ajá —respondió el otro mientras continuaba manejando los controles de aquel artefacto volador.

El aparato, con forma de disco brillante y del tono del mercurio, surcaba el espacio sideral a velocidades vertiginosas mientras esquivaba soles, planetas y cometas.

De nuevo en el interior de la nave, el ser cabezudo de menor tamaño dijo:

—Espera un momento. —Se levantó de su silloncito y se acercó a otra pantalla enclavada en una de las paredes de aquella cabina de control. Sus membranosos dedos empezaron a pulsar unas luminosas teclas.

»Xjvs, escucha esto: en ese planeta todavía no tienen el desarrollo suficiente como para localizarnos; aún menos, a esa distancia a la que debemos orbitar.

El pequeño cabezudo, pensativo, se rascó la coronilla y continuó:

—Es más, creo que ni se notará nuestra presencia.

—Sí que se notará —contestó Xjvs—; ya lo verás; por algo nos mandan allí.

—Sí —dijo el pequeño—, pero sigo sin entenderlo.

—Bueno, es igual; siéntate que ya llegamos —le pidió Xjvs mientras se aferraba al teclado de control.

El brillante disco circular empezó a aminorar la velocidad en su aproximación al planeta en cuestión; un planeta azulado; un planeta en el que se sentía la vida.

Xjvs presionó sobre su monitor y sonaron tres «bips». La nave se colocó suavemente cerca del planeta y muy, muy lentamente, comenzó a orbitar a su alrededor.

El pequeño, todavía de pie y haciendo caso omiso de lo que su compañero le dijo, presionó en su monitor dos veces. Sonaron dos «bips» y un «trip».

—Mira —dijo ensimismado señalando la pantalla—: están en un nivel *j22 de desarrollo. No saben aún ni quiénes son.

—Pero… —empezó Xjvs que se había vuelto para contemplar lo que hacía su pequeño compañero.

—¡Pero nada! —atajó el otro mientras se volvía y le miraba cabreado—. Esta misión no sirve de nada. Estamos ante un mundo al que llevamos más de 10.000 unidades Zotchi de diferencia. Un mundo en donde sus seres están en una fase tan primitiva de desarrollo, que ni siquiera conocen el desplazamiento aéreo. ¿Y pretendes convencerme de que lo que vamos a hacer va a repercutir en su futuro? ¡Venga! Cuéntame otra cosa.

—Sí —dijo el otro mientras terminaba de estabilizar la nave.

En silencio, el pequeño cabezudo esperaba una respuesta.

Xjvs ajustó por fin la órbita y se recostó cómodamente en su sillón de mando emitiendo un necesario suspiro. Después, se giró de nuevo hacia su compañero y comenzó a hablarle:

—Ay…, incrédulo: cómo se nota que tu fuerte no es la historia estelar.

El otro, molesto, le escuchó atentamente.

—Mira —continuó Xjvs—: ese planeta que ves ahí abajo.  —Y lo señaló a través del amplio ventanal de la sala de control—. Como tú muy bien dices, está en una etapa evolutiva muy primitiva. Efectivamente, sus habitantes no conocen el transporte aéreo ni, mucho menos, el viaje espacial. Para ello tendrá que pasar muchísimo tiempo. Pero lo que tú, inculto espécimen espacial de cabeza hueca, no sabes es que este planeta sí fue una vez un lugar con un desarrollo evolutivo muy similar al nuestro.

El pequeñajo, cada vez más intrigado, preguntó:

—¿Qué quieres decir?

—Verás —continuó Xjvs—. Este planeta, originariamente, albergó una cultura tan rica y tan desarrollada, que sus habitantes pudieron incluso salir al espacio y viajar por él.

—¿Pero entonces…? —preguntó el pequeño.

—Pues pasó algo ineludible. Los científicos del planeta detectaron una peligrosísima anomalía sísmica y decidieron evacuarlo. Así fue cómo, en los últimos momentos, los pocos que pudieron escaparon y se instalaron en otro lugar.

—¿En cuál? —preguntó nuevamente el pequeño.

Xjvs señaló un astro rojizo que flotaba a bastante distancia de donde ellos estaban.

—¿Allí? —preguntó sorprendido.

—Sí. Allí.

—Y entonces…, ¿cómo es que…?

—Espera, escucha —continuó Xjvs solicitando no ser interrumpido—. Aquellos supervivientes se instalaron entonces en ese planeta que ahora ves rojo, pero que en su día era tan fértil como este alrededor del cual orbitamos. Una vez allí y, desde cero, continuaron evolucionando. Crearon grandes cosas y permanecieron durante muchos años solares albergando la intención de regresar algún día a su planeta natal.

—Pero, si hubo un cataclismo, ¿cómo existe ahora vida allí?

—Bueno, es que todavía no he acabado de contarte toda la historia. Verás, en este planeta, efectivamente, se produjo un movimiento sísmico a escala planetaria que lo convirtió en una especie de caldera ardiendo a plena potencia. Con el paso del tiempo, esa caldera se apagó y empezó de nuevo a florecer la vida, generando seres muy diversos y raros. Fíjate, que incluso había especies que podían volar por sí mismas sin necesidad de la nioxis…

»Resumiendo: que mientras que aquí, en este planeta azul, todo volvía a empezar, en el otro planeta, el rojo, la raza original luchaba por volver casa.

»Desgraciadamente, la verdad es que tuvieron muy mala suerte: el planeta rojo estaba en su última etapa vital y perecieron. Su núcleo se apagó, la vida se secó y lo peor de todo es que, esta vez, no tuvieron tiempo de escapar.

—¿Y desaparecieron todos?

—Todos, hasta el último —afirmó Xjvs—. No quedó nada ni nadie. De hecho, ese planeta, en el cien por cien de su superficie, es tan solo arena roja. Es como un gigantesco desierto; como una gran pelota de tierra hirviendo. En comparación con los seres que ahora pueblan este planeta azul, aquellos otros, los originales, eran infinitamente superiores. Y esto era así tanto a nivel científico, como espiritual. En parte, por eso estamos aquí.

—¿Para salvarlos de otro posible cataclismo?

—En cierto modo sí —siguió Xjvs—. En nuestro planeta, estudiosos del tema y de las razas alienígenas han descubierto que estos nuevos seres no son como los primitivos, destinados a morir en aquel planeta rojo. —Y señaló  de nuevo tras el amplio ventanal—. Estos son peores; tienen otros ideales y formas de pensar.

—¿Y? —preguntó el pequeñajo.

—Pues que también hemos descubierto cómo esta raza va a ser mucho más poderosa que la otra. Van a llegar a adquirir conocimientos tan grandes que anularían a los de la raza primitiva. Desgraciadamente, mal canalizados, estos mismos conocimientos les llevarían a una desastrosa destrucción. Por lo visto, estos seres son egoístas y anhelan lo que no pueden tener; si se les antoja algo, lo cogen pasando por encima de aquel que se lo niegue sin ningún tipo de escrúpulo. Crean objetos, no para defenderse de amenazas lógicas, sino para atacarse los unos a otros. Si esto continua, si esta civilización evoluciona así, acabarán exterminándose.

—Vale —comenzó el pequeño mientras se recostaba en su sillón—: ¿Y me quieres decir de qué va a servir que nosotros estemos alrededor de su planeta dando vueltas a una distancia a la cual ni se percatarán de nuestra existencia?

—Es que sí nos van a ver —contestó Xjvs.

—¿Cómo? —preguntó el cabezudo mirándolo fijamente—. Eso es imposible.

—No, no es imposible. Sí que nos van a ver, pero no como tú imaginas.

—Perdona, pero no te entiendo y ya estoy empezando a irritarme. Lo cierto es que nunca debí de aceptar esta misión al saber que tú me acompañarías. No haces más que desconcertarme.

Xjvs se levantó y se puso de pie frente al ventanal.

Mientras contemplaba el amplio planeta azul bajo sus pies, le dijo paciente a su refunfuñón compañero:

—Claro que nos va a ver, Wzj. Lo van a hacer, pero creerán que somos una estrella. Una simple estrella.

—¿Una estrella? ¡Esto sí que es el colmo! No sé si sabrás que ellos, las estrellas, sí pueden verlas todas las noches. ¿De qué ·$&%$&7 servirá que vean una más?

Armándose aún de más paciencia, Xjvs empezó a hablar de nuevo dándole la espalda a su compañero Wzj.

—Es que nosotros, que para ellos seremos como un astro más. Vamos a guiar, dadas estas coordenadas indicadas y en el momento preciso, a tres seres de esa raza para que encuentren el lugar en donde nacerá otro como ellos.

—¿Con qué fin? —preguntó Wzj.

—Pues con el fin de que esa persona que va a nacer se convierta, gracias a nosotros, en un faro espiritual. En un ser que les conduzca por el camino contrario al que nuestros profetas han vaticinado que seguirían.

Xjvs y Wzj se callaron y no volvieron a discutir en lo que duró la misión. Después de estar siguiendo una trayectoria a lo largo de la órbita del planeta azul, una trayectoria marcada por los dirigentes de su planeta, se pararon en unas coordenadas estelares determinadas durante varias horas. Al cabo de este tiempo, ambos seres emprendieron el camino de regreso a casa cruzando constelaciones y galaxias.

Cuando estaban a punto de llegar a un gigantesco astro rodeado de varios anillos multicolores, Wzj preguntó:

—¿Crees que habremos realizado la misión con éxito?

Xjvs, preocupado, contestó:

—Espero que sí. Si no, me temo que nos tocará volver con nuevas misiones.

Xjvs y Wzj no tenían de qué preocuparse. Efectivamente, habían sido vistos por los tres seres de aquella civilización lejana y habían podido llegar a un pequeño portal donde nació un retoño entre seres irracionales.

Sí, aquellos tres hombres, gracias a la ayuda de nuestros dos amigos, llegaron a Belén.

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