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El duende rojo, un relato de Yolanda Fernández Benito

«¡Qué casualidad que aquella mañana todos tuviesen compromisos ineludibles!», pensó Luisa con una mezcla de cabreo y resignación. Cada año por aquellas fechas prometía que iba a tirar el árbol y todos sus colgajos a la basura. Pero nunca lo hacía, en el fondo todavía disfrutaba de la Navidad y toda su parafernalia.

Distraídamente comenzó a descolgar los adornos. Cuando le tocó el turno a la última adquisición de sus hijos, un simpático duende rojo, Luisa vio que tenía una pequeña mancha y sin darse cuenta comenzó a frotarla con su manga.

— ¡Eh, tú, deja de frotarme el culo con esa birria de sudadera que llevas! —Se oyó en el recibidor de la casa.

Aunque en un principio atribuyó aquel exabrupto a los desagradables y gritones nietos de su vecina, se sobresaltó al notar que el duende rojo cada vez era más blando y que se revolvía en su mano.

—¡Qué miras, petarda! ¿Nunca has visto un duende? —chilló aquel ser que había cobrado vida mientras conseguía librarse de la mano que le sujetaba y se sentaba en una rama del árbol a la altura de la cara de una estupefacta Luisa.

—¿Pero qué coño es esto? ¿Dónde está la cámara? —gritó Luisa girando el cuello como una posesa.

—¿Qué dices, chalada? No te lo mereces, pero soy tu duende particular. Sí, no me mires con esa cara de tonta. Me ha dado tanto asco que me frotases el culo con ese trapo que no he podido por menos que quejarme, y claro, como todo el mundo sabe si mostramos nuestra verdadera naturaleza a un humano pasamos a ser su servidor. ¡Qué pena que no haya sido ese diablillo que tienes por hijo! —explicó con una condescendencia que a Luisa le pareció la mar de irritante.

—No eres real, debo de estar soñando. Un escape de gas, seguro que es eso —murmuraba Luisa desquiciada sin dejar de mirar en lo que se había convertido aquella figurita tan graciosa impresa en 3D—. Pero si no tenemos gas…

—¡Joder, me ha tocado la más lerda de la casa! Solo tienes que elegir uno de tus insulsos propósitos de Año Nuevo para que te lo conceda, y listo —chilló el duende que seguía sentado en la rama del árbol de plástico.

—¡La paz mundial! —gritó Luisa por la costumbre, ya que era el chascarrillo que siempre usaba cuando la preguntaban por sus deseos.

—Pues eso, que me ha tocado la tonta del grupo. ¡Que lo que tienes que pedir es un deseo, no un milagro! —dijo el duende muy despacio y vocalizando en exceso—. Y deprisita que no tenemos todo el día.

En ese momento Luisa se resignó asumiendo como real a la fantástica y desagradable figura que se movía delante de sus narices. Sonrió cuando se descubrió pensando en que era una pena que le hubiese tocado un duende tan gruñón y no una dulce hada madrina. Los desagradables berridos de su interlocutor la sacaron de sus cavilaciones.

—¡Vale, ya va! Quiero tener más tiempo para mí —dijo usando un tono interrogativo con apenas seguridad.

—Seguro…a tú jefe le va a encantar firmar tu carta de despido —se mofó el duende mientras una sonrisa diabólica llena de afilados dientes afloraba en su cara.

Luisa se quedó sin habla cuando comprendió el juego de aquel pequeño cabrón. Negó con la cabeza, tenía que andarse con pies de plomo o podría transformar sus deseos en auténticas pesadillas. Hacía años que no confeccionaba una lista de propósitos de Año Nuevo, ya que cuando acababa diciembre se deprimía al descubrir que no había conseguido tachar ninguno.

—Bueno, ¿y si te pido una montaña de dinero? —dijo mientras pensaba que total puestos a pedir…

—¿Estás segura? Piensa en lo caprichosos que son los niños. ¿Para qué quieres el dinero, para malcriarlos? Y no hablemos de tu marido y todos esos locos proyectos en los que os embarcaría… —volvió a responder usando aquel irritante tono condescendiente.

Luisa pensó en que algo de razón llevaba. Por un momento le pareció que el gorro del duende empezaba a perder elasticidad y volvía a ser de plástico duro. Sin pensarlo le preguntó al duende.

—¿Cuánto tiempo te queda para volver a ser un simple adorno de Navidad?

—Apenas segundos —murmuró entre dientes al verse descubierto y quedar a merced de aquella mujer.

—Esta bien, quiero aplazar mi petición hasta el año que viene —gritó Luisa mientras cogía del árbol una ñoña bola decorada con copos de nieve que en realidad era una caja de caramelos.

—¡CONCEDIDO! —gritó iracundo el duendecillo mientras sus aspavientos empezaban a ser más lentos.

Con un rápido movimiento atrapó al despreciable ser y lo metió dentro en la bola. No prestó atención a las súplicas del duende que, desesperado, pedía que le guardase con los del Belén. Después de poner la bola a buen recaudo rescató del fondo del cajón de su mesilla de noche la agenda donde, desde adolescente, año tras año, anotaba sus propósitos de año nuevo. En una hoja en blanco, con una delicada letra escribió:

«Propósito para el Año 2.021:»

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