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Hay que ser más listo que el jefe, un relato de Marco Granado

En el piso, algunos llevan tantas horas puestos de todo tipo de drogas, o simplemente borrachos, que aún no se han enterado. Al fin y al cabo ha coincidido con Nochevieja. Lorena coge su abrigo y sale a dar una vuelta. Los que sí saben de qué va han empezado a desnudarse y ella aún no tiene el cuerpo para eso. Cierra la puerta, se silencian las voces y la música queda reducida a los golpes rítmicos del bombo y el bajo. El descansillo es un oasis de paz.

Decenas de personas se cruzan por la calle. Unas, desorientadas, con botellas en las manos, los abrigos abiertos pese al vaho que sale de sus bocas. Un matrimonio con un niño de apenas cuatro años caminan rápido hacia algún sitio, los tres cargan maletas pesadas que les obligan a andar torcidos para compensar el peso. Hay gente tirada en el suelo, sentada en los portales o recostada contra la pared de los edificios. Un coche da un volantazo para esquivar a un hombre parado en medio de la calzada, traje y corbata y los brazos en cruz. La mujer que conduce acelera tan pronto lo sobrepasa.

—Eh, vieja, es el Armagedón —le grita a Lorena un quinceañero—. ¿No te habías enterado?

«Cuando amanezca, yo habré vivido treinta y cuatro años y tú la palmarás sin llegar ni la mitad, gilipollas», piensa.

Una iglesia, hay luz en su interior. Entra una pareja de ancianos, y tras ellos, un tipo tambaleándose. A los diez segundos, dos parroquianos lo sacan a empujones. El tipo oscila sin caer y alza las palmas de las manos en signo de paz. Empieza a gritar cuando los hombres vuelven dentro.

—Rezad, rezad. Para lo que os va a servir… Mañana vamos a estar todos igual de jodidos.

Lorena se sienta en el respaldo de un banco, los pies sobre el asiento, y saca un cigarrillo. Mierda, el mechero se lo dejó a Jordi para el último canuto. Se acerca lento un hombre alto, pelo y tez oscuros, brillantes, de un tono extraño, rojizo. Maquillaje del bueno. A la altura de su traje.

—¿Tienes fuego?

El hombre se tantea los bolsillos. Cuando parece que va a disculparse, alza la mano con las puntas de los dedos unidas. Sobre ellas, una llama.

—¿Eres mago?

—Un simple aprendiz. La magia la hacían otros, aunque, no sé por qué, las culpas siempre me caían a mí. ¿Me das uno?

Enciende el cigarrillo de la misma forma que el anterior. Después extiende y separa los dedos, como despidiendo a la llama.

—¿Te importa si me siento? Tranquila, me quedaré aquí cuando te marches.

El hombre se acomoda en un extremo del banco, alejado de Lorena. Cruza las piernas. Crea un círculo de humo perfecto que se ensancha hasta desaparecer.

—¿Qué crees que estará pasando esta noche? ¿Habrá más gente rezando o más gente participando en orgías? ¿Serán menos que los que se lamentan en sus hogares de lo que hicieron o lo que nunca se atrevieron a hacer?

—¿Qué más da?

—A mí me importa.

—¿Cómo así estás solo?

—Quería desconectar. Mañana va a ser un día de mucho trabajo.

—Ni los enterradores van a currar mañana.

Pasa corriendo ante ellos un chaval joven, como unos veinte años, con sangre cayéndole por la cara. Le persigue un hombre de cincuenta, una barra de hierro en la mano. Unos metros por detrás, más lenta, una mujer con un bate de béisbol, que no se sabe tras de quién va.

—Te tiras trabajando toda tu vida, dando lo mejor de ti, y al final te degradan —dice el hombre sentado, la mirada perdida—. Lo has hecho de puta madre, te dicen, alcanzaste los objetivos fijados. A partir de ahora, harás de portero.

¿Trabajo? Es el fin del mundo, al día siguiente será festivo universal.

—Mi madre, en Nochevieja, siempre nos obligaba a hacer un deseo o un propósito —dice Lorena—. Ponía tantas ganas que, aunque no quisieras, acababas por pensar uno. Ahora mismo, me contentaría con seguir viva.

—¿Sabes qué porcentaje de personas cumplía sus propósitos para el nuevo año? El ocho por ciento. Los que conseguían sus propósitos reales eran más del setenta.

Lo único que, en este momento, le apetece menos a Lorena que hablar del futuro es hablar del pasado, pero sigue, por inercia.

—¿Y cuáles eran esos propósitos reales?

—Fracasar, beber, tirarse al vecino, jugar al póquer, o seguir igual que hasta ahora. Ese era top trending cada año. No te haces idea de cuánto.

—¿Trabajabas en una empresa de encuestas? ¿De las que hacen estudios para saber qué venderle a la gente?

—No solo eso. Ofertábamos el lote completo y personalizado: le descubro lo que más desea en la vida y se lo pongo en bandeja de plata. Suena bien, ¿eh?

—Y tanto.

—Pues ya se jodió. A tomar por el culo las tres cuartas partes del negocio. Las que exigían creatividad, esfuerzo, compromiso. ¿Qué me dejan ahora? Voy a ser un puto portero. Ni siquiera un carcelero, nadie podrá huir.

Lorena tira el cigarrillo. Pasa por delante un compañero del curro. Está casado, es de los que tiene una foto de su mujer como fondo de escritorio. Ahora va solo. Se frena y empieza una sonrisa cuando la ve, pero luego se fija en su compañero de banco y levanta la mano a modo de despedida.

—Lo que un jefe quiere es que hagas lo que él diga —dice Lorena—. Mientras le obedezcas, le da igual cómo salgan las cosas. Si te rindes, ha ganado. Pero puedes ser más listo que él, darle la vuelta al contrato.

—Este lo tiene atado y bien atado.

—Siempre hay una forma. Ningún jefe cuenta nunca con que te hagas tan bueno en tu trabajo que el suyo deje de ser necesario. ¿Que te pone de carcelero? Pues tú, a rehabilitar. Y a ser bueno en eso, el mejor. A ver qué hace.

—Despedirte.

—Si puede. No siempre se encuentra a alguien que haga el trabajo de uno. Y de todas formas, qué coño, el mundo se acaba.

El tipo cruza los brazos y se tapa la boca con el puño. Con el humo del cigarrillo no se notaba, pero ahora que él también lo ha tirado Lorena se da cuenta de que no le sale vaho de la boca, como a todos los demás. Es uno de enero ya, hace frío. El tipo relaja las cejas y sonríe.

—Mi propósito para el futuro, dedicarme a la rehabilitación. Muy bueno. Te debo una.

—No hay de qué.

—Yo pago mis deudas. Vuelve a tu orgía y busca a Jordi, él también te tiene ganas. Se ha llevado una desilusión cuando ha visto que te ibas.

—Cabrón, ¿me estabas siguiendo? —Lorena se baja del banco de un salto.

El tipo amplía su sonrisa. En su boca parece haber más dientes de los que debería. Pero es de noche y no se ve bien, piensa Lorena. Él sigue con las piernas cruzadas.

—No te preocupes. Siempre cumplo mi palabra, te dije que me quedaría aquí cuando te fueras. Vete, el tiempo corre. Tienes seis horas y cuarenta y siete minutos.

—¿Cómo sabes eso?

No espera a la respuesta. Echa a correr, hacia el piso, a arrancarle de encima a Jordi a cualquier cabrona que se haya atrevido a enredarse con él. Seis horas y pico dan para mucho.

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