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La buena samaritana, un relato de Yolanda Fernández Benito

Como cada mañana se despertó cansada. Hacía años que no disfrutaba de un sueño reparador. Desayunó desganada sabiendo que cualquier cosa que tomase le sentaría mal. Otro día de aburrido trabajo en aquel barrio de estirados.

Aún no había amanecido cuando se encaminó a la parada de autobús y como la mayoría de los días tuvo que correr para cogerlo. Jadeante se sentó en uno de los asientos del fondo, al lado de la ventanilla. No es que prestase mucha atención a aquel anodino paisaje urbano, pero lo prefería a los situados en el estrecho pasillo donde era más que probable recibir algún golpe fortuito. Se puso sus auriculares y sintonizó una cadena al azar. Cualquier cosa con tal de evitar las conversaciones insulsas de sus compañeros de viaje.

El autobús comenzó a subir la cuesta después de cruzar el puente. «¿A quién se le habría ocurrido poner un barrio en aquel ventoso cerro?», se solía preguntar al comenzar el ascenso. Miró distraídamente por la ventanilla y vio una falda rosa muy vaporosa tirada en el suelo. Pensó en lo marrana que era la gente. «¿No saben lo que es un contenedor?», masculló.

El frenazo hizo que volviese la vista hacía el interior del autobús. Un despistado había solicitado la parada en el último momento y el conductor nos tuvo que obsequiar con el primer susto de la mañana. El viaje continuó entre los murmullos de los pasajeros: «no somos ganado», «vaya forma de conducir»… Ella volvió a mirar por la ventana. Esta vez la prenda que el aire intentaba elevar del suelo era una camiseta de un precioso verde. Tuvo el mismo pensamiento, pero algo en su interior hizo que tuviese una sensación incómoda.

En la siguiente parada el conductor se detuvo suavemente para compensarnos por el frenazo anterior. Con curiosidad observó como unas francesitas de charol blanco descansaban desordenadamente sobre el asfalto. Al menos había un metro de distancia entre ellas. La sensación de angustia se hizo más fuerte pero ella la achacó a lo que le esperaba en el trabajo, aquel jefe nuevo era un desgraciado que disfrutaba vejando a sus subordinados.

Desganada pulsó el botón de stop, su parada era la próxima. Al poner el pie en el suelo sonaron las señales horarias en sus auriculares. Otro día que llegaba tarde, la bronca iba a ser descomunal. Apretó el paso, pero algo llamó su atención. Unos metros más arriba un contenedor de basura se bamboleaba suavemente. «El aire de este odioso barrio», pensó; pero lo descartó al ver las ramas de los árboles inmóviles. A medida que se acercaba el movimiento era más violento. Preocupada, se arrancó los auriculares. «Seguro que es un gato buscando comida». Pero lo que oyó no era un maullido. Una débil voz humana pedía socorro desde el interior del contenedor.

Aterrada, miró a su alrededor pero no localizó a nadie. La voz seguía pidiendo ayuda. Recorrió decidida la distancia que la separaba del contenedor. Con un fuerte pisotón accionó la palanca que abría la tapa. Descubrió lo que se temía: en el fondo vio la espalda de una pequeña que estaba encogida, hecha un ovillo, temblando.  Aún con la falta de luz pudo distinguir la suciedad y la delgadez de aquella pequeña. «Es la dueña de la ropa», reflexionó, como si su cerebro hubiese encajado de repente las piezas de un puzzle.

—Ya pasó, pequeña. Ven conmigo —dijo a la niña intentando que su voz sonase dulce mientras le extendía los brazos.

La pequeña dejó de temblar y lentamente se giró hacia ella. La buena samaritana quedó paralizada por el horror al ver a aquel deforme ser que abría su boca llena de afilados dientes mientras con sus nervudas garras la agarraba y metía en el contenedor.

En los auriculares que aún colgaban de su bolso las noticias locales de las ocho de la mañana estaban a punto de concluir «…les recordamos que ya son siete las personas desaparecidas en los barrios de nuestra cuidad. Extremen las precauciones.»

#viajeconnosotrosCYLCON

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