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Paradoja, un relato de Rafael Heka

En la ladera de la mágica y misteriosa ciudad de Toledo, sobre un río Tajo donde distintas gnosis espirituales han visto reflejados sus desconfiados rostros ya desde muy antiguo, el silencioso puente califal de Alcántara contemplaba enigmático el regreso taciturno de un personaje emergiendo de entre la bruma. Un personaje joven, moreno y barbilampiño, cargado con un grueso carpetón repleto de lienzos multicolores, los cuales no perdían tiempo en delatar su talento en cuanto éste trastabillaba. Lamentablemente, no eran muchos los que apreciaran sus vanguardistas obras, y menos, aquellos estirados y pomposos de la galería en donde se habían negado a exponerlas por considerarlas demasiado modernas, demasiado raras…

¡Qué sabrían esos analfabetos!

No sólo le parecieron unos insensatos carentes de criterio artístico, sino que su rancia falta de profesionalidad le recordó con desagrado cómo algunos de los marchantes habían erigido sus fraudulentas fortunas a costa del esfuerzo y las cenizas de muchos artistas espoliados durante la Guerra Civil.

Y es que Jorge, además de pintor, era militante del Partido Socialista Obrero Español, por parte de padre. Sí, sí; por parte de padre. La historia resultaba muy graciosa; tras haber escrito éste un inocente libro infantil que había sido declarado contrario al Régimen porque la ardilla protagonista era roja —pero no de ideología, sino de color— y tenía hijos también rojos —derivados de una impúdica fornicación totalmente contraria a las doctrinas inquisitoriales de la vigente y lisérgica (por entonces) Iglesia Castrense—, se le cogió, se le condenó, se le paseó hasta un sembrado miserable y se le fusiló como a un perro suplicante que de miedo se hace sus necesidades encima, aferrado a la querida y amarillenta foto de familia que nunca le abandonaba.

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