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Paradoja, un relato de Rafael Heka

En la ladera de la mágica y misteriosa ciudad de Toledo, sobre un río Tajo donde distintas gnosis espirituales han visto reflejados sus desconfiados rostros ya desde muy antiguo, el silencioso puente califal de Alcántara contemplaba enigmático el regreso taciturno de un personaje emergiendo de entre la bruma. Un personaje joven, moreno y barbilampiño, cargado con un grueso carpetón repleto de lienzos multicolores, los cuales no perdían tiempo en delatar su talento en cuanto éste trastabillaba. Lamentablemente, no eran muchos los que apreciaran sus vanguardistas obras, y menos, aquellos estirados y pomposos de la galería en donde se habían negado a exponerlas por considerarlas demasiado modernas, demasiado raras…

¡Qué sabrían esos analfabetos!

No sólo le parecieron unos insensatos carentes de criterio artístico, sino que su rancia falta de profesionalidad le recordó con desagrado cómo algunos de los marchantes habían erigido sus fraudulentas fortunas a costa del esfuerzo y las cenizas de muchos artistas espoliados durante la Guerra Civil.

Y es que Jorge, además de pintor, era militante del Partido Socialista Obrero Español, por parte de padre. Sí, sí; por parte de padre. La historia resultaba muy graciosa; tras haber escrito éste un inocente libro infantil que había sido declarado contrario al Régimen porque la ardilla protagonista era roja —pero no de ideología, sino de color— y tenía hijos también rojos —derivados de una impúdica fornicación totalmente contraria a las doctrinas inquisitoriales de la vigente y lisérgica (por entonces) Iglesia Castrense—, se le cogió, se le condenó, se le paseó hasta un sembrado miserable y se le fusiló como a un perro suplicante que de miedo se hace sus necesidades encima, aferrado a la querida y amarillenta foto de familia que nunca le abandonaba.

¿A que es divertidísimo?

Pues así de gracia le hacía a Jorge. Sobre todo, en una de esas noches apacibles de finales de agosto en donde el aire fresco le acaricia a uno las mejillas regalándole refrescantes fragancias forestales. Una de esas noches en donde el cielo, claro y sin luna, muestra su lejana y muerta preñez infundiendo el ahogo de la insignificancia a todo aquél que, como Jorge, trasegaba su insondabilidad camino de otras galaxias. Por lo pronto, y con un profundo suspiro, metió el carpetón entre las piernas y sacó un cigarrillo que comenzó a fumar apoyando los codos en las piedras del puente.

Nadie cruzaba en ninguna dirección.

Estaba solo. Como casi siempre.

A veces, bajaba hasta allí desde un frío y ajado hogar del casco viejo cristiano y fumaba tranquilo algún pitillo antes de pasar a recoger a su madre en la lavandería. Se sentía tranquilo escuchando el río mientras laboreaba su salvaje jardín mental buscando inspiración. A veces la encontraba y surgían pinturas estupendas llenas de colores y amabilidad. Otras, la ira lo envolvía, tiñéndolo todo de ocres y púrpuras mientras la ansiedad se reducía a cada pincelada. Como si fueran puñaladas perpetradas a un destino injusto y cruel del que no se sentía merecedor. Y rezaba, como su madre. Y a veces encontraba señales por el camino con las que avanzar. O tenía encuentros extraños en callejas tortuosas con personas de mirada glauca que hacían que ambos tuvieran golpes de fortuna en momentos de aflicción. Cosas extrañas en una ciudad extraña como era Toledo. Tan extraña como la ráfaga de viento que súbitamente atravesó su cuerpo mientras las luces halógenas engastadas en las esquinas de los extremos del puente se apagaban semejando agonizantes pábilos.

Se sorprendió, aunque no le dio demasiada importancia. Mejor, pensó, más intimidad. Y continuó fumando, como si nada, aprovechando el resplandor mortecino de la ciudad.

Al poco rato, en el justo momento en que la colilla iba a marcarse un clavado de nota en el Tajo, un inquietante taconeo sobre los adoquines precedieron a un joven muchacho de aproximadamente unos quince años camino de la ciudad. Parecía vestido como para una comunión y venía cargado con unas maletas antiguas —pero demasiado bien cuidadas, o sin estrenar— y unos paquetes envueltos en papeles de periódico a los que habían aplicado un delicado atado con cuerdas de esparto.

—¿Qué hay, amigo? —le preguntó sonriente.

Jorge le miró de arriba abajo aprovechando la poca luz de su mechero. Efectivamente, el chaval necesitaba un cambio de estilismo y envainar, tanto como pudiera y lo más pronto posible, aquel acento gallego, rural y bobalicón, que esgrimía de forma tan inconsciente.

—Aquí, fumando un rato, ya ves —le contestó.

El joven sacó un paquete de tabaco de liar y unos papelitos y se hizo un caldo.

Jorge se sorprendió tanto que le dijo:

—No, no, toma de estos —y le ofreció un Ducados.

El muchacho lo cogió y se lo puso en la boca con cierto aire de sorpresa. Al encendérselo, entre los paquetes que llevaba, a Jorge le llamó la atención uno. Concretamente, el que estaba envuelto en un periódico con tipografía vintage…

Cogiéndolo, lo leyó. En la primera página la borrosa fecha indicaba algo extraño: 22 de agosto de 1907. De nuevo lo miró y lo remiró hasta casi quemarse los dedos. Nada: 1907. Pensó que quizás sería un facsímil. Pero estaba tan nuevo…

El muchacho, al observar su interés, exclamó:

—Las cosas están cambiando, ¿eh, compañero?

Jorge asintió, siguiendo la conversación sin la más mínima idea de a qué se refería.

—Alfonso XIII es un buen rey, pero la monarquía no es la mejor opción. Yo seré un gran militar. A eso vengo: a alistarme.

Jorge empezaba a hacer aguas. A flipar, vamos.

Se volvió y una extraña sensación lo invadió. La ciudad de Toledo no parecía ser ya la misma que contemplara hacía unos minutos; faltaban muchísimos edificios.

La miró más detenidamente y se dio cuenta de que había desaparecido casi toda la zona industrial.

Asustado, recorrió el puente de atrás hacia adelante para descubrir aterrado cómo no sólo habían desaparecido los halógenos que antes iluminaran el camino, sino también los huecos que los albergaban.

—¿Qué te pasa, hombre? —preguntó el muchacho.

Jorge se le acercó:

—¿Qué día es hoy? —preguntó acelerado.

—Veintiocho de agosto.

—Sí, sí; pero: ¿de qué año?

El muchacho le miró como quien se tropieza con un loco.

—¿De qué año va a ser? 1907.

Jorge no sabía qué decir. Parecía imposible, pero la ciudad había cambiado; todo había cambiado. Por alguna extraña razón había viajado cien años hacía el pasado.

Ja, ja, ja.

¿Podía aquello ser posible?

Vamos, no jodas…

Y, ¿cómo volvería?

Mira.

>>A tomar por el culo, continuó fumando.

Quizás, y con un poco de suerte, si todo aquello era real y no el efecto secundario de algún medicamento, podría forrarse de muchas maneras.

No estaba de humor para historias, así que:

—Jorge Ródelas —exclamó al fin alargando la mano.

—Francisco Franco. Encantado —le respondió el muchacho recogiéndosela enérgicamente.

Ahora Jorge casi se parte de la risa.

—Sí, y yo soy Adolf Hitler; no te jode…

—¿Quién? —preguntó el joven con expresión confundida.

Jorge le preguntó:

—¿Pero de verdad me estás diciendo que eres Francisco Franco Bahamonde?

—¿Y tú cómo sabes mi segundo apellido? —le respondió el joven con una estúpida expresión indudablemente sincera.

Jorge escrutó su rostro sin miramientos.

Hasta entonces no había adivinado qué era aquel “algo” tan familiar que lo inquietaba a cada golpe de vista. Ahora sí: era Franco. ¡FRANCO!

¡Su puta madre!

Una repugnante sensación de odio lo enajenó de tal modo que se precipitó sin miramientos contra el cuello del muchacho sin que éste tuviese la más mínima oportunidad. En cuestión de segundos Franco pereció bajo sus manos en inútiles convulsiones, para luego emprender un último y solitario viaje por el Tajo.

Cuando Jorge se recompuso, sacó el paquete de Ducados y continuó fumando con las manos temblorosas.

No lo podía creer, había matado a Franco. Aquello había de ser una puta pesadilla.

Las luces halógenas del puente regresaron con un fogonazo.

Jorge se volvió entusiasmado.

Quizás sólo fue un mal sueño.

   >>¿O fue bueno?

De pronto, las luces se tornaron rojas e intermitentes mientras una ensordecedora sirena delataba la presencia de un intruso en el puente, ahora trocado en estructura de metal.

Inmediatamente, un destacamento de cuatro oscuras figuras ataviadas con uniformes militares de placas se le acercaron.

—¡Célula de identificación! —exclamó una metálica voz desde el interior del hermético casco que cubría toda la cabeza del soldado de mayor rango.

Jorge no supo qué responder, así que recitó su carnet de identidad como un imbécil. Inmediatamente, y sin preaviso, le propinaron un salvaje golpe en las costillas.

—¡Célula de identificación! —insistió nuevamente el superior no aceptando aquella estupidez.

Otro de los militares hurgó sin miramientos en su preciado carpetón de trabajo.

—¡Mi señor, es uno de ellos! —exclamó mientras mostraba los dibujos.

No se habló más. Le taparon la boca con esparadrapo, lo apalearon cruelmente para que no se resistiera en su captura y traslado, y se lo llevaron a una militar y futurista ciudad de Toledo del año 2007, donde fue encarcelado junto a otros muchos hombres culpables de decir lo que pensaban mediante expresiones culturales sin represiones de ningún tipo.

Allí, un viejo librero, un hombre maltratado por los años y por los hombres, un reducto de la sabiduría que tanto empeño ponía el régimen en eliminar y que había sido capturado cuando casi conseguía escapar a América en uno de los barcos clandestinos que de vez en cuando huían al mundo libre, le explicó que no sabía nada de un tal Franco, pero que las cosas eran como las estaba viviendo Jorge, desde hacía ya muchos años. Todo había comenzado cuando las tropas militares fascistas a las órdenes del general Emilio Mola y el general José Sanjurjo ganaron la Guerra Civil Española, allá por los años 30. De los dos, el general Mola se proclamó caudillo de España por la gracia de Dios, de la Iglesia y de su facción militar, imponiendo una feroz dictadura. Entonces, comenzaron las penurias, las represalias, las represiones, los racionamientos, la decadencia de un pueblo abocado al ostracismo cultural, espiritual y a la sumisión en el oscurantismo de tiempos pasados y mal creídamente superados. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Hitler pidió apoyo a España y ésta accedió otorgándole un soporte estratégico necesario para que Alemania consiguiera ganar la guerra en Europa, proclamándose la primera potencia mundial por encima de los Estados Unidos o la Unión Soviética. España, desde entonces, perdió su independencia pasándose a llamar primeramente Nueva Alemania, para posteriormente denominarse Alemania Sur.

El mundo, en aquel 2007, como conclusión a la que Jorge llegó, estaba dominado por una gran macro-dictadura militar de ideología nazi en donde las ideas ajenas al régimen no tenían cabida, y en donde tan sólo unos pocos hombres en las Américas eran libres, no sin por ello estar exentos del miedo a que cualquier noche, cuando no pudieran pagar los tributos impuestos, sus vidas pasaran a formar parte de un férreo campo de concentración.

Jorge fue fusilado, igual que el viejo librero y otros muchos como ellos. Y la Alemania Sur, un día, absorbió a las Américas.

Y todo, por el arrebato de un pintor que en un momento de ofuscación, en un larguísimo viaje que ni siquiera le movió del sitio, creyó liberar a su país de un dictador futuro.

¿Quién iba a pensar que, con ello, condenaría a toda la raza humana…?

Quizás aquel que, ahora, tras esta ráfaga de viento que ha sumido de nuevo el puente en un limbo intramundos, mira divertido desde su encarnado embozo un Toledo distinto antes de desaparecer silencioso por entre la bruma. Ése del que dicen que sus botas no hacen ruido. Ése que, a veces, juega con nuestras debilidades y que, seguro, se cruza contigo más a menudo de lo que crees, igual que sus enemigos…

#viajeconnosotrosCYLCON

1 comentario en “Paradoja, un relato de Rafael Heka”

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