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Los viajes de Ijon Tichy, artículo de Marco Granado

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Si hablamos de viajes en ciencia ficción, hay que mencionar a Stanislaw Lem y sus Diarios de las estrellas. Lem es quizás más conocido por novelas como Solaris (llevada a la pantalla en un par de ocasiones, con desigual fortuna) o por los robots de Ciberiada. En España ha tenido siempre cierto nombre, más hace unos años que ahora, pese a las nuevas ediciones de Editorial Impedimenta. Quizás por tratarse de un escritor de ciencia ficción del Este, lo que le confería cierto halo atractivo alejado del mainstreaming anglosajón. Quizás por su profundidad filosófica. Quizás porque sus libros, muy distintos entre sí, siempre resultaban diferentes, críticos siempre, mordaces en ocasiones.

Lem no era un gran escritor. Su prosa no puede compararse a la de Bradbury (aunque, bien pensado, ¿qué escritor de la época dorada de la ciencia ficción puede compararse a Bradbury?), por mucho que criticara a los autores americanos precisamente por eso, por la baja calidad literaria de sus obras. Pero tenía algo. Mejor dicho, llegaba a juntar tantas cosas en el mismo relato, a veces de forma aparentemente contradictoria, que resultaba demoledor. Podía hablar de la imposibilidad de comunicación entre dos especies del universo (su gran tema, al que volvía a menudo), y unir viajes a miles de años luz con el uso de helicópteros por los astronautas humanos para explorar el ente-mundo que constituía Solaris. Y quedarse tan pancho.

Lem escribió novelas (Solaris, Memorias encontradas en una bañera, Edén), ensayos (Summa Technologiae), colecciones de cuentos (Ciberiada, Fábulas de robots) y libros difícilmente clasificables (como Vacío perfecto o Golem XIV). ¿Por qué hablar entonces de Diarios de las estrellas, un libro quizás menor en su producción? Pues, porque entre otras cosas, es muy divertido.

Stanislaw Lem también era muy de quedarse en casa haciendo cosas…

Ijon Tichy es uno de los antihéroes más caóticos del universo literario. Hablamos de un astronauta que siempre viaja solo, capaz de no reconocerse cuando, atrapado en un bucle temporal, se encuentra consigo mismo (no solo eso, además se lleva mal con el que fue el lunes pasado, se insulta y hasta se pelea). Al que su criado robot puede mandarle todos los pantalones a la tintorería al mismo tiempo, y como no encuentra los que llevaba ayer, se pone su escafandra para salir a comprar un par nuevo. Que es sustituído por su doble tras morir aplastado por un meteorito, lo que confirma al comprobar que quien le ha vestido le ha colocado mal los botones de la camisa. Que visita, uno tras otro, planetas en los que encuentra civilizaciones sumidas en luchas entre facciones filosóficas contrapuestas, al que se le ofrecen puestos de responsabilidad en centros de investigación del futuro…

Lem nos cuenta las aventuras de Tichy de modo, aparentemente, desordenado. El primer viaje de la colección es el séptimo. Como cuenta en la introducción (escrita por el profesor T.S. Tarantoga, erudito en Tichología, entre otras cosas), no solo no hubo un primer viaje, sino que «no pudo haberlo». Salvo por alguna tangencial referencia a algún viaje anterior, los capítulos pueden leerse en el orden que se desee. Eso es también extensible a la parte final de la colección (las Memorias).

Los viajes de Tichy rara vez acaban bien. En el mejor de los casos, se va sin más tras habernos descrito una civilización extraña; otras veces, huye como puede de dictaduras, revoluciones, ordenadores malvados. Nada de eso importa. El siguiente viaje comenzará con un Tichy aburrido, cansado, o a la búsqueda de sabios en planetas lejanos.

Los Diarios de las estrellas son una lectura recomendable. Al lado de Ijon Tichy encontrarás nuevos planetas y civilizaciones. Con él te reirás, encontrarás puntos de vista interesantes sobre la religión, la ciencia o la filosofía.

Suficiente para un libro, ¿no?

 

4 comentarios en “Los viajes de Ijon Tichy, artículo de Marco Granado”

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