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No todos los tiepanenses van al cielo, un relato de Manuel J. Linares

#altercerdiaCYLCON

Un leve parpadeo. Clic. Luz. Oscuridad. De nuevo luz.

Un momento. Algo andaba mal, pensó Grorg. Un instante antes se encontraba sentado tranquilamente en el salón de su casa, de eso estaba seguro. Entonces, ¿qué demonios hacía ahora de pie en medio de aquella enorme (no, enorme no), de aquella gigantesca sala? ¿Cómo había llegado hasta allí?

Joder, no es que algo fallara, es que TODO fallaba. Aquello era confuso, absurdo, pero parecía tan real…, el montón de mesas al fondo, casi indistinguibles en la lejanía, las difusas siluetas moviéndose afanosamente tras ellas, los otros tiepanenses formando pacientemente enormes colas, vagando erráticos con aquellos semblantes tan desconcertados como el que seguramente él mismo tendría ahora, la cruda iluminación blanca, como de quirófano…. ¿Qué era todo aquello?

Repasó mentalmente las posibles opciones. No recordaba haberse quedado dormido y tampoco había tomado recientemente ninguna sustancia que pudiera tener como efecto principal o secundario la alteración de la realidad. Incluso su reciente cena había sido frugal y cocinada por él mismo. No tenía sentido. Decidió intentar enterarse de lo que ocurría. Si era un sueño tal vez fuera divertido.

–Oiga, perdone–dijo Grorg a uno que pasaba a su lado con notable rapidez.

–Sí, ¿qué quiere? –inquirió su interlocutor visiblemente irritado por haberse tenido que detener.

–Bueno, yo…me preguntaba si usted podría decirme dónde estamos.

– ¿Que dónde est…? –el otro le miró abriendo mucho sus tres ojos y empezó a reír, poco a poco al principio, con grandes carcajadas después –Esto sí que es bueno, pregunta que dónde estamos. Espere a que lo cuente por ahí –añadió alejándose y riendo aún más.

Grorg estaba molesto, muy molesto, casi furioso. Una cruel sospecha comenzaba a crecer en su interior. Una posible explicación nada agradable. Pero todo el mundo allí era tiepanense como él, así que…, en fin, había supuesto que tendrían algo de consideración con los ignorantes. Era lógico pensar que habría muchos otros en su misma situación. Decidió no ponerse más en ridículo y actuar con cautela, pero aún debía confirmar sus sospechas. Se dirigió a una de las múltiples mesas dispuestas a lo largo de la sala y disciplinadamente se colocó al final de la cola.

–Hola –dijo al tipo situado delante de él.

–¿Eh? Ah sí, hola –masculló el otro girando tan solo un poco la cabeza.

–Bonito día, ¿no cree?

–Si usted lo dice.

–Esto…, ¿cómo le va?

–Psche, tirando.

–¿Y qué, pasando el rato?

–Si lo dice por la cola, pues sí, parece que aún nos queda un buen rato – volvió a girar la cabeza y a mirar adelante.

Grorg comenzó a ponerse nervioso. Estaba claro que tendría que ser más directo si quería sacarle algo de información a aquel individuo.

– Y qué… ¿cómo le dio por venir? –preguntó.

–Ya llevaba tiempo pensándolo, aunque ya se sabe, aquí llegamos en el momento menos pensado.

–Sí, ya claro. Lo dice porque está usted muerto, ¿no?

El otro se giró por completo y echó un vistazo de arriba a abajo a Grorg.

– ¡Toma, y usted! ¿O es que se cree que soy un fantasma? Es usted un poco raro –frunció el ceño dando luego paso a una expresión de enfado en su rostro–. ¡Ah, ya veo!, quiere sonsacarme. Usted es de esos que anda por las colas husmeando a ver quién está descontento o quién critica al Jefe para luego chivarse y ganar puntos ante ellos ¿verdad?, pues no le diré nada más. ¡Eh, chicos! –gritó a los de delante de la cola señalando a Grorg – ¡Este es uno de esos soplones!

–No, no, oiga yo no… –comenzó a decir Grorg.

–Márchese –gritó uno.

–Ya tenemos bastante con habernos muerto –dijo otro.

– ¡Fuera el chivato!

La sorpresa dejó paso al miedo cuando comenzaron a lloverle los golpes de la enfurecida turba que le rodeó rápidamente.

–Capullo.

–Canalla.

–A ver si ahora te chivas –dijo alguien mientras le propinaba una patada en el vientre.

Debatiéndose como pudo consiguió desembarazarse al fin de todos y salir corriendo, parando tan solo al cerciorarse que nadie le había seguido.

Ahora estaba todo claro. Él, Grorg, el decimoquinto de su estirpe acababa de morir. Todos los tiepanenses sabían cómo era la muerte: instantánea, sin anuncio previo, sin dolor. Pero el conocer esto no eximía de la sorpresa que producía. Además se suponía que estando muerto no se sentía nada, y aquellos golpes eran dolorosamente reales, pensó Grorg palpándose cuidadosamente algunos de los hematomas que le habían salido.

Ya un poco más sereno recapacitó resignado. Así que eso era lo que había detrás de todo. Una gran sala llena de iracundos congéneres. Se sintió un poco decepcionado. Nadie había vuelto para contar nada, claro, pero esperaba algo más…magno, espectacular, tal vez como…

–¿Va a quedarse ahí parado mucho rato?  –preguntó alguien por detrás.

–No, no, claro –respondió Grorg dándose la vuelta y sonriendo estúpidamente–. Oiga, perdone, ¿podría indicarme qué se supone que debo hacer? -el otro le miró detenidamente antes de contestar.

–¿Que qué tiene que hacer? –bufó–. Ponerse a la cola, por supuesto, ¿o es que no ve al resto del mundo? Dios, Dios, desde luego no te esforzaste mucho en algunos sitios–acertó Grorg a oírle mascullar mientras se alejaba mirando hacia arriba y moviendo la cabeza.

Con una mezcla de incertidumbre y consternación, Grorg observó cómo el otro se perdía entre la maraña de gente antes de decidirse por una de las colas, lo suficientemente alejada de donde había tenido lugar el altercado anterior.

La espera le resultó insoportable. Las mesas se acercaban con irritante lentitud mientras más gente iba colocándose detrás en la fila prácticamente sin que se diera cuenta. ¡Al fin!, su turno. Sentado tras la mesa, un tiepanense con idéntico uniforme al que antes le había hablado manipulaba lo que parecía ser un extraño equipo informático.

–A ver, el siguiente. Démela.

– ¿Qué?

–La tarjeta. La tarjeta. Que me de la tarjeta –apremió el funcionario moviendo impacientemente su mano. – ¡Vamos hombre, dese prisa!

– ¿Tarjeta? ¿Qué tarjeta? –preguntó Grorg mientras empezaba a sentir un hormigueo en su estómago–. Nadie me dijo nada acerca de una tarjeta.

–Coja una de esas tarjetas –señaló el funcionario bruscamente –, rellénela con sus datos y entonces vuelva. ¿Lo ha entendido?

– ¿Pero para qué? –dijo Grorg en tono lastimero.

– Bufff. Para el juicio, por supuesto. Y ahora quítese de en medio, por favor. Hay mucha gente detrás de usted esperando.

Grorg se apartó y cogió con desgana una tarjeta del montón situado en una bandeja al lado de la mesa. ¿Por qué demonios solo había tarjetas al lado de las mesas? ¿Y por qué no había letreros o indicadores de alguna índole? Apartó estos pensamientos y se concentró en responder aquel cuestionario absurdo: ¿Había seguido régimen alimenticio alguna vez? ¿Se sentía contento con los impuestos que había pagado en vida? ¿Cuanto rato había dedicado cada sesquiciclo en su higiene bucal? Mierda. ¿Por que le hacían todas aquellas estúpidas preguntas? El juicio, un juicio, ¿qué juicio? Un sentimiento de impotencia se apoderó de él. Todo aquel tiempo perdido de joven en los templos, aprendiendo e interpretando textos sagrados, enriqueciendo su espíritu. Otra vez mierda. Se había muerto y ni siquiera sabía lo que había que hacer. Volvió a ponerse en la fila y tras otro buen rato le tocó el turno de nuevo.

– ¡Ah! Es usted. Trae la tarjeta ¿verdad?, veamos si todo está en orden –el funcionario la introdujo por una ranura del equipo–. Parece que sí. Ahora diríjase a la sala M–23 –añadió tras estudiar con rapidez los signos en la pantalla.

– ¿Cómo llegaré a ella? –preguntó Grorg cansinamente.

–Su tarjeta le indicará el camino –dijo el funcionario mientras se la entregaba– El siguiente.

Avanzó entre las mesas y las colas, llegando tras mucho andar a uno de los extremos de la sala. Traspasó una gran puerta y comenzó a subir por un grupo de escaleras que parecía no tener fin a simple vista. La tarjeta hacía de guía, avisándole cuando se desviaba del camino correcto.

–Pues podían haber puesto ascensor aquí –farfulló agarrándose al pasamanos mientras comprobaba aliviado que estaba en el nivel adecuado. Al menos aquella parte del edificio estaba bien señalizada. Anduvo otro rato y al fin se detuvo ante una puerta cuyo letrero coincidía con el código que le habían asignado. Tras una breve vacilación la golpeó un par de veces antes de entrar.

– ¿Se puede? –preguntó tímidamente asomando la cabeza por la puerta.

–Adelante, adelante –contesto otro tiepanense, con un uniforme ligeramente distinto al de los funcionarios anteriores– Siéntese por favor. Le estaba esperando.

La sala era pequeña y escasamente decorada. Apenas una mesa tras la cual se sentaba el tiepanense de uniforme, otra silla y un par de estanterías repletas de archivadores y otros artefactos cuyo uso Grorg no acertó a descubrir. Se arrojó en la silla ofrecida y descubrió que se encontraba muy cansado. Realmente acababa de morirse y no había hecho otra cosa más que andar o estar de pie, pensó.

–¿Me esperaba? ¿A mí?

–Sí, claro –el funcionario le miró desconcertado–. ¿Acaso no es usted Grorg, de la estirpe de los…  –echó un rápido vistazo a los papeles que cubrían su mesa–, de los…¡ah sí!, de los Dwajl?

–Sí, soy yo. ¿Y usted quíen es?

–Permítame que me presente –dijo el otro– Me llamo Angus y seré su defensor en el juicio.

– ¿Juicio? ¿Qué juicio? –Grorg se incorporó alarmado–. Oiga yo no he hecho nada.

–Sí, claro. Es lo que dicen todos. Pero no se preocupe, tenemos todo perfectamente registrado, sabemos cuales son sus pecados y sus virtudes, y esto constará a la hora del juicio, que le destinará a su lugar final. Pero noto en su cara cierto desconcierto, ¿hay algo que desee preguntar antes de proseguir?

–Bueno, me gustaría saber porqué aquí todos son tan descorteses. ¿Cómo iba yo a saber que me había muerto? Quiero decir que eso es una cosa que te dicen, pero para lo que no estás preparado. Ni siquiera tenemos el más mínimo indicio de ello. Te toca y ya está. Supongo que habrá habido otros despistados antes que yo. ¿Por qué todos los tiepanenses aquí se comportan como si hubiera que saberlo todo?

–Mi querido amigo –contestó Angus en tono afable–. No pensará que todos aquí somos tiepanenses ¿Verdad? ¿Se creen tan importantes como para que se instale un juzgado solo para ustedes? No. La gente con la que se ha topado pertenece probablemente a otras razas, algunas de ellas muy familiarizadas con la muerte y sus pequeños trámites y papeleos. No se ofenda por su rudeza, ya que a sus ojos usted pertenece a su raza, del mismo modo que usted ve a todo el mundo como si fuera tiepanense. Por eso se extrañan de su ignorancia. En realidad, debo reconocer que hemos tenido algunos problemas con ustedes, los tiepanenses. La forma en que dejan de existir induce a la confusión, y por otra parte ninguno parece estar muy enterado del procedimiento a seguir.

–Eso no es culpa nuestra.

–Es cierto, y en nombre de la dirección quiero disculpar cualquier posible molestia que le haya podido ocasionar nuestra forma de gestión. Es solo un truco que nos evita engorros burocráticos. Además, los presupuestos para las instalaciones fueron un poco escuetos y no dieron para más.

–Ya he podido comprobarlo –respondió Grorg acordándose de las escaleras.

–Y ahora, ¿qué le parece si volvemos a lo del juicio? –agregó Angus adoptando un tono profesional y revolviendo papeles.

–De acuerdo, pero como ya he dicho…

–Mal asunto, amigo, mal asunto –le cortó sin dejar de estudiar los documentos.

– ¿Mal asunto? –preguntó angustiado Grorg.

–Aquí dice que ha infringido el vigésimo cuarto mandamiento.

–El vigésimo cuarto.

–Sí, el vigésimo cuarto. No me diga que no lo recuerda.

–Bueno, esto…el caso es que ahora mismo no…. Solo me acuerdo de los importantes, ya sabe, los que todo el mundo conoce. Me temo que solo me los aprendí todos durante mi período de estudiante.

–Claro, claro, y luego pasa lo que pasa y aquí todo el mundo viene quejándose y reclamando –sacó un grueso libro del cajón de la mesa y fue pasando velozmente sus hojas–. Le refrescaré la memoria. Veamos, veamos, ¡ah sí!, aquí está. Ejem, ejem… le cito: «vigésimo cuarto mandamiento, sección tercera, párrafo primero: No excederás en más de una décima parte la velocidad del prójimo, ni consentirás que la tuya misma exceda de la milésima parte la velocidad de la luz». Bueno, pues usted lo hizo. Infringió el límite. El límite de velocidad. Además, lo hizo en dos ocasiones. Ya sabe que nosotros nos guiamos por los estatutos de los cinco credos más importantes de su mundo, y en todos ellos este mandamiento es muy explícito y concreto para ese tipo de circunstancias.  Mire, aquí tenemos consignados todos los detalles: momentos, lugares, etc, etc… –le tendió un legajo de documentos en una letra tan pequeña y apretada que Grorg apenas pudo distinguir nada.

–El vendedor me aseguró que funcionaba perfectamente –dijo Grorg mientras intentaba descifrar los papeles–. El indicador de velocidad, digo. Aseguró que cuando estuviera cerca del límite el vehículo me avisaría, y nunca lo hizo.

–¡Ah, mi ingenuo amigo! Los vendedores de vehículos de segunda mano casi han condenado a más gente en su mundo que ese extraño vicio de libar hidrocarburos de cadena corta. Habría que incluir en los estatutos algún mandamiento extra que regulase estos comportamientos poco profesionales, como cuando añadieron este –posó la mano en el libro abierto–, el mandamiento limitador de velocidad, o el mandamiento anti–fraude fiscal. Así debería ser, ¿no cree? A cada mala acción su mandamiento que la castigue. En fin, ahora poco se puede hacer ya, pero no se preocupe. Vamos a intentar conseguir lo mejor para usted.

–Sí, lo mejor.

–Verá, le seré franco. El caso está muy claro. Las pruebas son tan concluyentes que es casi seguro un veredicto de culpabilidad.

–¿Eso quiere decir que iré al…?

–No, no. No sea tan fatalista, hombre. Los cargos no son tan graves después de todo. La sentencia consistirá muy probablemente en mandarle al purgatorio durante una temporada.

– ¿Al purgatorio? –preguntó Grorg en tono bobalicón.

–Casi seguro, créame. Mire, le voy a explicar cómo funciona esto –Angus adoptó un tono de complicidad– Cuando le juzgan a uno, le pueden mandar arriba o abajo, pero también pueden mandarle al purgatorio. En ese caso tenemos varias opciones a elegir entre los diversos purgatorios que tenemos, según el gusto del acusado. Como la sentencia se cumple inmediatamente pues hay que decidirse por una de ellas con antelación, por si acaso. Esa es una de mis misiones –sonrió mientras se señalaba– Yo personalmente le recomendaría lo siguiente –rebuscó en el cajón y al fin sacó un folleto que tendió a Grorg– Fue creado ex profeso para este cometido.

–Tiene un aspecto horrible –dijo Grorg tras ojearlo.

–Cierto. Es un sitio bastante chapucero y deprimente, pero si no, no sería un buen purgatorio, ¿no cree? Coincidirá conmigo en que los ingenieros hicieron un buen trabajo al diseñarlo. Además tenga en cuenta que no va a hacer turismo precisamente.

–¿Y qué se supone que debo hacer allí?

–Nada, absolutamente nada. Eso es lo bueno de este purgatorio, se sufre pero es descansado. Verá, una vez juzgado y condenado, si acaba eligiendo este sitio, se integraría en la personalidad de un recién nacido nativo y vivirá y sentirá los sinsabores propios de la vida de allí, aunque sin poder intervenir, claro. Nosotros nos encargamos de programar la existencia del nativo según sea la pena impuesta. Cuanto más grave sea la falta cometida, más desgraciada será su vida –hizo una pausa y luego agregó pensativo–. Es gracioso, ¿no cree? a veces me pregunto si no sospechan que cada uno de ellos es básicamente una pequeña cárcel albergando su propio reo.

–Pero, es que ir a un sitio así…–añadió un muy poco convencido Grorg.

–De todos modos, no será tanto tiempo como parece –añadió Angus tratando de insuflar ánimo– En cuanto se cumpla la condena impuesto en el juicio nos desharemos del nativo y le traeremos de vuelta aquí, redimido y listo para subir directo hacia arriba.

– ¿Entonces usted cree…?

–Mire, si quiere le puedo enseñar otras opciones, pero he estudiado su historial detenidamente y creo que esto es lo que le conviene. En serio, si yo fuera usted no lo dudaba. Además debo decirle que es el destino más solicitado como purgatorio últimamente. Si está de acuerdo firme aquí, justo debajo del nombre del planeta –dijo señalando la última pagina del folleto.

–Está bien –Grorg estampó resignadamente su firma en el papel mientras canturreaba lastimeramente –. Tierra, Tierra, ¡cielos, si hasta el nombre es horrible!

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