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El principio del fin (II), un relato de Kate Lynnon

#altercerdiaCYLCON

PRIMERA PARTE: https://aclfcft.wordpress.com/2020/04/19/el-principio-del-fin-i-un-relato-de-kate-lynnon/

Cruzamos a la carrera entre mesas bajitas, sillas y estanterías. No había luz, así que casi me tropiezo con uno de los dados de colchoneta de la zona de juegos. Manuel me cogió de la mano y tiró de mí. Así conseguimos llegar a la sala de estudios, en la que los alumnos mayores a veces hacíamos trabajos en grupo. Oímos ruidos, así que no nos quedó más remedio que escondernos. No sé cómo conseguí llegar al pequeño aseo y hacerme una bolita encima de la tapa del váter.

Por debajo de la puerta, vi que se encendía la luz y aparecían aquellos odiosos tacones marrones junto con otro par de zapatos de señor. Aguanté la respiración y escuché.

—Deberíamos administrarle ya el antídoto —decía el hombre—. Ha estado a punto de morder a dos agentes.

—Aún es demasiado pronto —replicaba la mujer con voz de mandona—. Con una sola transformación completa no hemos tenido oportunidad de ver cómo interactúan. Esperaremos al menos a tener uno más.

Otros pasos se acercaron corriendo. Este llevaba deportivas y los pantalones negros de los seguratas.

—¿Habéis conseguido retenerlo? —le preguntó la señora.

—Por los pelos —El vigilante hablaba a golpes; se notaba que había estado haciendo esfuerzos—. Lo hemos atado y lo hemos encerrado en una de las aulas de Educación Infantil.

—¿Os ha mordido?

—No. Hemos conseguido evitarlo, por suerte.

—Bien. Soltadlo en el patio de cemento. Así podremos observarlo en libertad.

—¿Soltarlo? —exclamó el señor de las deportivas—. ¡Eso es peligroso! Y más con esos dos niños…

—¿Qué dos niños?

—Dos niños se han salido del gimnasio. Uno de los nuestros los ha visto intentar escaparse por aquí, por la biblioteca. Es posible que estén en el patio. Si esa cosa llegase a hacerles daño…

—Encontrad a los críos —ordenó la jefa—. Y en cuanto los tengáis, soltaremos al individuo. El experimento debe continuar.

—Daré la voz de alarma.

El segurata se marchó. Hablaban de nosotros. Me quedé congelada a esperar a que los otros dos se alejasen. Por fin, la luz se apagó y me atreví a salir. Oí una puerta que se abría. Gracias a algo de luz que entraba desde fuera, vi que era Manuel quien salía de un armario y se estiraba, dolorido de haber estado agachado dentro.

—¿Has oído eso? —me dijo en voz baja.

—Sí. ¿Cómo podremos salir sin que nos encuentren?

—Tendremos que hacerlo rápido, antes de que empiecen a buscar por el patio.

—¿Seguro que te has enterado de lo que han dicho? —contesté—. Creen que estamos ahí fuera. El tío ya habrá avisado al resto.

—Entonces lo único que podemos hacer es ir con cuidado e intentar que no nos pillen.

Poco más podíamos hacer. Así que cruzamos la salita que la bibliotecaria solía usar como despacho y llegamos a un pequeño patio cerrado con el suelo de ladrillos. Recordé que solíamos jugar allí cuando estábamos en Parvulitos. Ahora parecía que en cualquier momento iba a aparecer un monstruo, alguien de bata blanca o un señor con uniforme y pistola. Manuel sacó de nuevo el llavero y abrió la puerta metálica que lo cerraba. Tragué saliva. Quién sabía lo que nos encontraríamos al otro lado…

No parecía haber moros en la costa. Seguí a Manuel con la espalda pegada a la pared. Al llegar a la esquina, se inclinó para mirar y volvió a esconderse.

—He visto cuatro tíos de negro por ahí. Tenemos que ir por el otro lado.

Volvimos a arrimarnos y avanzar despacito en la otra dirección. Al llegar al final, más de lo mismo. Si volvíamos atrás, tendríamos que entrar de nuevo en el colegio, y delante de nosotros no había más que un muro muy alto. Tal vez Manuel fuera capaz de escalarlo, pero yo no. Me miró, como preguntándome «¿Y ahora qué?» No tenía ni idea de cómo podríamos llegar a la parte delantera del recinto, o al menos a nuestro patio, que también tenía una puerta. En ese instante, me fijé en el canalón que había a su lado.

—Ayúdame a trepar.

Abrió mucho los ojos y asintió; con lo que le gustaban las acrobacias, no me explicaba cómo no había sido idea suya. Entrelazó los dedos y se agachó para que pudiera subirme. Me apoyé en su hombro y me puse manos a la obra. Le oí quejarse al pisarlo y me abracé al tubo de metal. Cerré los ojos y me recordé que, como mirase abajo, estaría perdida. Esas cosas no se me daban bien.

—Ve con cuidado —me dijo desde el suelo—. Busca huecos para los pies y mira todo el tiempo hacia arriba. Yo voy enseguida.

Tuve todo el tiempo la sensación de que me iba a caer. Trepar por la barra de bomberos del patio era mucho más fácil; el canalón no era tan resistente. No me lo podía creer cuando vi que ya estaba arriba. Ahora el problema era llegar a la azotea.

—Pon los pies más arriba y luego sujétate fuerte del borde: una mano y luego la otra.

—No voy a ser capaz —grité—. Me mataré.

—No te vas a caer. Y si no, yo te cojo. Puedes hacerlo, Alex.

El miedo me dejó allí clavada. Avanzar más me parecía imposible, y tratar de bajar, peligroso.

—¡Mierda! —exclamó Manuel—. Creo que vienen hacia aquí. ¡Date prisa!

Le salieron varios gallos al hablar; tenía que estar muy asustado. Yo agudicé el oído: pues sí, las voces de hombre y las pisadas sonaban más cerca. Tenía que hacerlo. Cogí aire e intenté seguir las instrucciones que me había dado Manuel: un pie, otro pie, una mano, otra mano…

¡Lo logré! No sé cómo lo hice, pero conseguí darme impulso y alcanzar la azotea. La tubería tembló por el peso de Manuel en los pocos segundos que tardó en escalar la pared. Cuando llegó arriba, le di la mano. Los dos nos tomamos un momento para respirar. Estábamos a salvo, al menos hasta que se les ocurriera buscarnos allí. Por otro lado, desde el tejado se podría ver todo el patio, y eso nos daba ventaja. Corrí hacia uno de los laterales y me asomé. La impresión de la altura me hizo marearme un poco, pero me concentré en observar. Al ver la zona donde los mayores pasábamos el recreo, vi nuestra salvación: en una esquinita la alambrada estaba suelta. Muchos de los malotes, incluido el propio Manuel, solían escaparse por allí cuando tenían oportunidad.

Solo había un problema: un grupo de guardias avanzaba hacia el patio de los columpios, mientras que otros nos buscaban por el campo de fútbol. Íbamos a tener que cruzarlo para poder llegar al nuestro. Hice lo mismo con el resto de lados. Había varias furgonetas de Futurlab en el aparcamiento, vigilantes alrededor del edificio de parvulitos y, por supuesto, en la entrada principal.

—¿Qué hacemos?

Manuel estaba angustiado. Yo también. Lo único que se me ocurría era que nos quedásemos escondidos ahí arriba hasta que se convencieran de que no nos iban a encontrar. ¿A quién se le pasaría por la cabeza que dos críos se hubieran dedicado a hacer el Spiderman? Durante unos cuantos minutos continuamos agazapados en una esquinita, mirando qué hacía el equipo de seguridad. Cuando por fin terminaron de recorrer todos los terrenos, se metieron de nuevo en el colegio. Hora de ponerse en marcha.

Dimos un repaso al techo en busca de un sitio por el que se pudiera bajar bien. Estábamos tan concentrados en eso que no nos enteramos del zumbido que llenaba el aire. Cuando me quise dar cuenta, tenía un dron en la coronilla. Di un golpe a Manuel para llamar su atención.

—¡No! ¡Nos han pillado!

Ahora sí que teníamos que darnos prisa, toda la prisa del mundo. Sin pensárselo mucho, Manuel se apresuró en regresar al canalón por el que habíamos trepado y se descolgó por él. Yo le seguí; esta vez, no me dio tiempo a preocuparme de si me caería. Antes de empezar a bajar, vi que el chisme bajaba por el tragaluz. Ya tenían lo que querían: en breve vendrían por nosotros.

Aun así, no estábamos dispuestos a darnos por vencidos. Sabíamos qué zonas estaban vigiladas, así que solo teníamos que atravesar las pistas de deporte y llegar al patio más deprisa que ellos. Si el de Gimnasia me hubiera visto correr como lo hice aquella vez, seguro que me habría subido la nota.

Ni siquiera nos detuvimos al escuchar que el ruido de los walkie-talkies y de la puerta del cole abriéndose detrás de nosotros. Lo único que veía era a Manuel unos pasos por delante de mí y nuestro destino: el agujero de la alambrada, el puente hacia la libertad. Solo unos metros más, un esfuerzo más y estaríamos fuera…

Noté que alguien me agarraba del brazo y me rodeaba. Solté un chillido. Manuel se giró para ver qué ocurría. Uno de esos gigantes de negro se lanzó sobre él y lo atrapó. Intenté dar patadas, morder, arañar, pero no pude evitar que me arrastraran de vuelta al gimnasio, que estaba mucho más vacío que antes, y me llevasen ante la señora de Futurlab y su cara de autómata. Uno de sus compañeros de bata blanca dio un paso hacia mí y consultó su lista.

—Eres Alexandra de sexto, ¿verdad? Justo te tocaba con el último grupo.

El segurata me tenía agarrada de manera que no podía moverme. Miré a Manuel con impotencia, pero él estaba igual: él era grande, pero nada comparado con el tipo que lo sujetaba. La mezcla de horror y tristeza que tenía en los ojos fue lo último que vi al tiempo que me arrastraban hacia el aula del otro lado del hall.

El guardia me sostuvo mientras una científica me inyectaba un líquido amarillento; la rabia de haber estado tan cerca y no haber podido escapar dolía mucho más que la aguja. Trajeron a otras cuatro personas: un párvulo, dos niñas de quinto y un niño de tercero. Uno a uno, los fueron pinchando en el brazo y, en cuanto estuvimos todos listos, nos llevaron a empujones a la clase en la que dábamos Inglés. Dejaron la puerta abierta, pero el guardia se quedó a vigilarnos. Nos hizo sentarnos a cada uno en un pupitre; nadie se atrevió a decir nada ni a desobedecer.

Un buen rato después, una de las chicas se puso muy pálida. Se le cerraban los ojos y parecía que se le iba a caer la cabeza. El segurata avisó a uno de los tipos de Futurlab y, preocupados, vimos cómo la sacaban, como si fuera un saco de patatas. El renacuajo se echó a llorar. Creo que los demás habríamos hecho lo mismo si no hubiéramos tenido tanto miedo.

Pasó lo mismo con el resto, hasta que solo quedaba yo en la sala. Incluso desde el piso de arriba oía los ruidos del patio: golpes, rugidos, gritos de guardias… Por lo que se ve, sí habían decidido soltar a los zombis. Me subí a una de las mesas para mirar por la ventana, y casi me caí del susto: eran muchos más de los que yo pensaba. Reconocí a algunos de mis compañeros y profesores, todos con la ropa hecha polvo y la piel verde cayéndoseles a cachos. Caminaban muy lento, arrastrando los pies y a punto de desequilibrarse. Volcaban papeleras, derribaban las porterías y perseguían a cualquier vigilante o científico que se les acercase. Cuando todo se ponía demasiado peligroso, los de negro sacaban unos aparatitos y los electrocutaban. Después los cogían entre varios y se los llevaban a otro sitio. La escena me dio náuseas. ¿Cuánto tardaría en acabar como ellos?

Me dejé caer en una silla y bostecé. Hacía un rato que me pesaba todo el cuerpo, como si estuviera muy cansada. Veía borroso y ni siquiera era capaz de pensar bien. También tenía mucha hambre. Subí las piernas y me toqué las rodillas con la frente. Cerré los ojos.

Alguien subía las escaleras a toda prisa. Llamó a golpes a una puerta. Se abrió y respondió una vez inexpresiva y calmada:

—¿Qué sucede?

—Tenemos un problema —contestó una mujer—. No hay antídoto suficiente.

Aquello fue lo último que escuché antes de perder el conocimiento.

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