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Una nueva esperanza, un relato de Marco Granado

#orgullofrikiCYLCON

George Lucas tuvo un sueño, quizás una visión. En ella le vino la historia que luego desarrolló en Stars Wars, aunque esa película solo se rodó en algunos de los universos existentes. Lo que no sospechó nunca, en los universos en los que se dedicaba al cine y no a repartir pizzas a domicilio, es que esa historia no fue fruto de su imaginación. Esta no le daba para tanto. Le llegaron hechos reales, que estaban ocurriendo en esos mismos instantes. Cosas de la Fuerza. Las distintas películas rodadas en varios universos diferían en la trama y otros detalles menores (los guionistas a veces añadían matices de su cosecha, como incestos, o llenar de pelo a Chewbacca, realmente nativo del planeta Tumoth III, en el que todas las especies eran lampiñas hasta decir basta). Eso sí: la escena, al final de la película, en la que Darth Vader, perdido el control de su nave, se pierde en el espacio, era exacta. En algún universo fue a estrellarse en un planeta de una galaxia muy alejada de aquella en la que se desarrolló la historia.

Manuelo aparca la tricicleta. Faltan cinco minutos para el noticiario de la noche, y sus padres son rigurosos con la hora. Es viernes y mañana no hay cholegio, así que confía en que le dejen salir un rato después de la cena. El pueblo está a poco más de cinco minutos de tricicleta, y ha quedado en la plaza. Le da tiempo de cenar, acostar a su hermana pequeña y peinarse, por si baja Rosaria. Corre a la cocina.

—Hola, madre. Ya pongo yo la mesa.

Amontona los cubiertos encima de cuatro platos hondos y los lleva al salón. Padre se ha quitado ya la ropa de trabajo y fuma un «Fucados» frente a la televisión en blanco y negro. El humo apesta.

—Date prisa, Manuelo, que van a empezar las noticias.

—En un minuto está todo, padre.

Felipa, en su silla, vigila y espera que su hermano olvide algo. Se lo recordará cuando padres se hayan sentado a la mesa, para hacerle quedar mal y que le castiguen. Manuelo trae las servilletas, los vasos, el pan, la jarra de agua y pone el salvamanteles. Justo a tiempo. Suena la sintonía del noticiario cuando madre entra, sopera en mano.

—A cenar todos.

Madre empieza a servir la sopa de fideos y padre busca algo con la mirada.

—Manuelo se ha olvidado del vino de padre —exclama Felipa, feliz.

El chico sale corriendo a por la botella. Llega cuando la sintonía del Noticiario acaba. El padre, ceñudo, estira los brazos a ambos lados, para iniciar la bendición. Todos se cogen de las manos y agachan la cabeza.

—Señor, bendice estos alimentos que vamos a tomar. Mantennos en el camino recto y da larga vida a nuestro Caudillo.

—Páseme el pan, madre —dice Manuelo cuando se sueltan.

Padre le da una colleja.

—Silencio. Hoy es un día especial.

Los niños soplan sobre la sopa caliente, y sorben con cuidado, para no hacer ruido. El locutor habla desde la pantalla.

—Hoy, primero de octubre de mil novecientos setenta y seis, nuestro glorioso Caudillo ha vuelto a dirigirse al pueblo ezpañol desde los balcones del Palacio Real.

En la televisión se ve una cadena de agentes de la Policía Nacional que contienen a base de empujones a la multitud enfervorecida. Son los únicos a los que respeta el blanco y negro: uniformes grises, rostros grises. Banderas nacionales, pancartas con lemas patrios —«España con Tranco», «Tranco, Caudillo por la Gracia de Dios»—, una avioneta que sobrevuela la plaza con una bandera en la que destaca el águila tricéfala del escudo patrio. De fondo, la gente canta a coro el «Y viva Ezpaña».

—Un millón largo de personas abarrotaban la Plaza de Oriente para homenajear al Brigadísimo, en el cuarenta aniversario de su proclamación como Jefe del Estado. Esta es, además, una cita especial, ya que se trata de su primera aparición ante el pueblo ezpañol con el nuevo equipo de soporte vital, elaborado por científicos de nuestro país, que garantizará la salud y vitalidad de nuestro líder durante un largo periodo.

La multitud grita: «Tranco, Tranco», y estalla en aplausos cuando el Caudillo sale al balcón, junto a su mujer, Carmena Pollo. Lleva un traje militar, plagado de insignias y condecoraciones, por encima de la armadura, negra y brillante. Por debajo del traje —las grandes lentes ovoides, la capa, el casco—, todo lo visible es del color del carbón. Alza la mano enguantada.

—Ezpañoles todos —dice con voz metálica. El aire, al pasar por los filtros de la máscara, suena como si atravesara una cañería con eco.

—Pues dicen que esa máscara y todo lo demás no la ha inventado nadie, o por lo menos, nadie de aquí —dice madre.

—Ya estamos —responde padre—. ¿Y entonces, de dónde ha salido?

—Que cayó del cielo. Que lo envió nuestro Señor, con unos ángeles.

—¿Y no crees que lo hubieran dicho, si así fuera? Con lo enfermito que estaba el pobre, no hace ni un año. No sé qué hubiera sido de Ezpaña si hubiera muerto. Creo que nos habríamos vuelto un poco locos, como país.

Tranco continúa su discurso. Su voz suena menos aguda ahora que antaño, sus frases son más continuadas y sus gestos más fluidos y poderosos. Acabada la sopa, madre trae una tortilla de patata, sin cebolla, que a padre no le gusta.

—¿Y si lo hubieran hecho los científicos, como dices, no le podrían haber puesto un brazo nuevo a Carreiro? —dice madre.

Carreiro Blanco, el presidente de Gobierno, estaba en el balcón con su brazo ortopédico, secuela del atentado que casi acabó con su vida tres años antes. Manuelo mira angustiado a sus padres. Cuando a madre se le mete una cosa en la cabeza, no para. Y eso suele acabar con padre cabreado y ninguna posibilidad de bajar al pueblo.

—Hay cosas que son para los líderes —dice padre—, y Carreiro no lo es. Un hombre de armas, recto. Pero un segundón, al fin y al cabo. Tú, ¿qué quieres? ¿Brazos para todos? ¿El comulismo?

Padre ha ido enrojeciendo progresivamente según hablaba. Madre se santigua tres veces cuando padre menta a la bicha.

—Ay, Señor. ¿Tienes que decir esas cosas en la mesa, delante de los niños?

—Es que me pones a cien, mujer. Se acabó la cena. Todos a la cama. Venga.

Manuelo se mete un par de trozos grandes de tortilla en la boca y esquiva por centímetros una nueva colleja de padre. Ni siquiera han podido ver al Brigadísimo extender la espada de luz, al final del discurso. En la radio han dicho que era de color rojo, «como la sangre de los ezpañoles caídos por la patria». Coge de la mano a Felipa y suben a sus cuartos. Mientras su hermana reza el «cuatro laditos tiene mi cama», mira a la noche. Se acuerda de Rosaria, hoy no la verá.

Una bola de fuego cae del cielo. Aterriza tras el monte, muy cerca de su casa.

Se escucha un estruendo. Manuelo se asoma, con su hermana por detrás, «déjame ver, déjame ver». Madre ha salido.

—¿Ves lo que pasa, por mentar a los comulistas? Nos atacan. ¡Ay, Señor! —se persigna varias veces.

—Eso ha sido una piedra del cielo, o un avión —dice padre, por detrás—. Ya irá la Guardia Misil. Además, ha caído en las tierras del Ambrosio. Que se ocupe él.

Manuelo cierra la ventana, arropa a su hermana y, desde su habitación, se descuelga a la calle. Camina sigiloso, con la tricicleta de la mano, hasta la carretera. No va a ir al pueblo, esto es mucho más emocionante. Desde la carretera se atisba el fulgor de lo que parece un pequeño incendio, allí donde ha aterrizado la bola de fuego. Padre tenía razón, ha ido a parar en medio de la tierra de cereal del Ambrosio. Menos mal que es octubre y no levanta ni un matojo de mala hierba, que si hubiera caído antes de la siega se habría montado una buena. Los del pueblo tardarán por lo menos diez minutos en llegar. Tiene tiempo de echar un vistazo.

Es como un avión, pero raro, sin cola. Ha abierto un surco de casi veinte metros hasta frenarse, y profundo. Menudo se va a poner el Ambrosio cuando lo vea. Tiene dos pares de alas, uno a cada lado, con algo parecido a metralletas en cada extremo. Las de abajo se han roto con el golpe, y los restos andan desperdigados por ahí. La luz que veía no era de un incendio, sino un foco que aún funciona y que apunta al cielo. Es curioso, tendría que estar quemando, pero no despide calor. La ventana de la carlinga se abre, hacia arriba, como las de los cazas de verdad. Dentro hay un esqueleto vestido de ermitaño. El traje es de tela basta, como de saco, con una capucha cubriendo la calavera. Manuelo se sube a uno de los restos del ala para mirar dentro. Escucha motores de coche, a lo lejos. El esqueleto tiene algo en la mano, como un tubo de unos cuarenta centímetros con botones. Manuelo lo coge. Lo sopesa.

Se despliega una espada de luz, color azul claro. Manuelo la mira, asustado, pero reconoce el objeto del que no paran de hablar los niños del colegio, lo que su madre dice que los ángeles le han regalado al Brigadísimo. Este es azul, no rojo. Amaga unos mandobles, no calcula bien la distancia y la espada corta el metal de un trozo de ala como si fuera cartón. Los coches se acercan, se distingue ya el fulgor de los faros tras la curva. Manuelo desea con todas sus fuerzas que la espada desaparezca y esta le obedece.

Se siente especial. No contará nada a sus amigos. Son unos bocazas y algo como esto debe mantenerse en secreto. Monta en la tricicleta y él también desaparece, con su espada en la mano.

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