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Un paseo más largo de lo acostumbrado, un relato de José del Caño

#eltiempoennuestrasmanosCYLCON

«No hubiéramos perdido Tierra Santa si Dios fuera omnipotente», pensaba distraído el viejo monje templario. Salió del monasterio cuando aún lucía el Sol, mucho antes de que cayesen los primeros copos de nieve. Hasta ese momento no comprendió que estaba perdido.

Ya ni siquiera se sacudía los hombros para que la humedad no llegase al cuerpo, no serviría de nada después de caminar sin rumbo durante horas: Estaba empapado y las fuerzas que aún guardaba eran para seguir avanzando. Paso tras paso. Cada vez con menos decisión.

A cada zancada, sus pies se hundían en la nieve dejando huellas que pronto desaparecerían. El frío penetraba hasta los huesos y no tenía manera de evitarlo. Temblaba, quizá más por la falta de energía que por las bajas temperaturas, y es que el monje estaba rendido; la dureza del terreno podía con él. Su cuerpo avisaba mediante dolores para que hiciera una parada, pero, detenerse a descansar en aquellas condiciones, suponía coger la gripe o algo peor. Por lo que constantemente tenía que obligar a sus piernas para que siguieran caminando. Además, de vez en cuando, el viento acercaba a sus fosas nasales el olor agrio de quien iba tras él.

—Un poco más, ya tiene que estar cerca —se mentía a sí mismo.

—Descansa un rato —voceaba su perseguidor—, y podrás continuar con más fuerzas.

—Aléjate de mí, espíritu impuro —gritó tapándose los oídos.

En ningún momento supo con qué tropezó, solo fue consciente de que caía cuando su cabeza golpeó la piedra. Apenas sintió dolor, de sobra sabía lo que eso significaba: si el frío es tan fuerte que consigue ocultar las sensaciones, queda muy poco tiempo. La nieve se tiñó de rojo y el monje no pudo evitar posarse la mano en la frente. La sangre manchó sus dedos entumecidos y aquella terrible certeza le obligó a mirar hacia el cielo pidiendo clemencia para su alma. Quizá lo observaran desde las alturas, ¿quién podría saber algo así? Él no, desde luego: si la nevada impedía ver a unos cuantos metros de distancia, el porrazo en la cabeza logró que su vista se nublara. Su ánimo disminuía y la peste del azufre tampoco ayudaba. Aun así se puso de pie y avanzó dando tumbos.

—Veo que aun sigues negando lo evidente —la voz de quien le seguía el rastro se oía mucho más cerca—. Tu dios te ha abandonado. Igual que abandonó a su hijo hace trece siglos.

—¡No pronuncies su nombre! —gritó el religioso— ¡Mi dios no merece ser nombrado por una boca tan sucia como la tuya! ¡Si tuviera diez años menos, mi espada te obligaría a postrarte!

No muy lejos aparecieron los primeros pinos señalando el comienzo de un pequeño bosque. Lo conocía. No le sonaba la disposición de aquellos árboles porque quizá se encontrasen al otro lado del monasterio, pero, sin duda, aquel era el lugar. Pese a todo el sufrimiento que sentía, el monje dibujó una sonrisa en su cara. Aquella visión le dio esperanzas, le infundió ánimo y, gracias al cielo, pudo apretar el paso un poco más. No mucho, la verdad. La fe da fuerzas al alma, pero no alimenta el cuerpo.

Cuando el olor a sulfuro se hizo insoportable, el dueño de la voz apareció a su lado montado en un caballo tan negro como el alma de los que habitan el infierno. Traía la sonrisa bellaca de aquel que disfruta con el sufrimiento ajeno. Envuelto en pieles de carnero y con fuego en la mirada, su sola presencia era una ofensa para los sentidos. Sobre todo para el olfato.

—Este no es el pinar que crees —dijo el recién llegado—. Pero aunque lo fuera, aun te quedaría cruzar el arroyo. Y no podrías en tu estado.

—¡Apártate de mí, siervo del diablo! —gritó el monje mientras se adentraba en el bosquecillo.

—Hace días que los lobos no comen carne —afirmó el otro, al tiempo que su sonrisa crecía—. Seguro que devorarán de buena gana la de un monje, aunque sea vieja y dura.

Continuó caminando. Apoyaba sus brazos en la corteza de los pinos. Así evitó caerse de cansancio hasta que salió del bosque. Allí estaba el arroyo, tal como lo recordaba. La felicidad volvió a su rostro ensangrentado.

Y se introdujo en sus aguas sin importarle lo heladas que estaban. Pese al cansancio, a la nieve, al frío y al brujo que lo atormentaba, llegaría. Tenía certeza absoluta de que iba a cruzar el riachuelo. No se iba a rendir ahora que estaba tan cerca. Esto sería coser y cantar.

El agua solo le llegaba a la cintura, pero la corriente ponía todo de su parte para que no avanzase. Y resbaló, sumergiéndose como Jesús en el Jordán, frente a su primo el Bautista. Cuando las piernas insisten en doblarse, no hay fuerza en el mundo capaz de sujetar el cuerpo. Las risotadas demenciales del brujo impactaron como un dardo en su memoria, y lo devolvieron, por unos instantes, a su infancia: la risa del niño que juega con sus padres, la alegría, la certeza de que nada malo puede ocurrir y, sobre todo, la luz blanca. Todo era tan bello que desearía quedarse allí para siempre, aunque eso supusiese su muerte. Pero ni siquiera eso le iba a ser concedido.

—Levanta, Micael —pareció decir un trueno mientras cruzaba el cielo—. Aún no has terminado tu penitencia.

Aquellas palabras fueron el impulso que necesitaba para sacar la cabeza del riachuelo, pero la angustia se adueñó del templario al comprender que se estaba ahogando. Las dos primeras inspiraciones no consiguieron llevar aire a sus pulmones. La tercera provocó la mayor arcada de su vida. El agua salió por su boca dejando paso libre para que la vida volviera a entrar en él. Hasta el brujo se sorprendió de la fortaleza del monje. ¿De qué habría sido capaz en su juventud?

—¿Por qué te empeñas en seguir adelante? ¿No te gustaría dejar de ser el perro faldero de tu dios? Comparte conmigo tu sabiduría y conseguiré que todos sus anhelos se conviertan en realidad.

—Mi dios no tiene nada que ver con esto —respondió el monje casi recuperado—, y el único deseo que me mueve es poder volver a luchar junto a los míos.

El viento surgió feroz impidiendo que los copos de nieve cayeran al suelo. Otro trueno indicó que la tormenta estaba cambiando de forma. El peso de las primeras gotas de lluvia consiguió vencer la fuerza de la ventisca. Luego vinieron muchas más, convirtiendo la nevada en tromba de agua.

—No debes querer lo suficiente a tu gente si con tus pensamientos los has condenado. Cuéntame tus secretos y os libraré de la hoguera.

—¿No sientes el cambio en el aire? —dijo el antiguo templario, ignorando al brujo mientras se acercaba a la orilla del arroyo—. Estoy a punto de reunirme con ellos.

Llegó con las fuerzas justas al otro lado. El mundo se oscureció para el monje y, durante algún tiempo, ninguno de sus sentidos fue capaz de percibir nada.

Lo primero que observó al despertar fue la entrada del monasterio. «Sin duda, la falta de luz y el cansancio engañan a mis ojos», pensó el monje, «no es posible que esta puerta, casi nueva, esté tan deteriorada». Sin embargo, su alegría por volver a casa apartó aquellos pensamientos de su cabeza. Además, el brujo ya no estaba ni tampoco la peste que desprendía.

—Ave María Purísima —fue la respuesta a su llamada al portón—. ¿Quién quiere compartir nuestro pan y techo durante esta noche?

—Soy el boticario del monasterio. Déjame entrar, hermano.

—Andáis perdido —dijo un agustino cuando abrió la puerta—. Este no puede ser vuestro monasterio. Vuestro hábito es blanco y el de nuestra orden es negro. Además —añadió con asombro cuando vio lo que llevaba bordado en el pecho—, lleváis la cruz templaria.

—¿Acaso este no es el monasterio de San Antonio?

—Así es.

—Pues yo soy Micael de Sonnac, Caballero del Temple.

—Es imposible lo que decís, pues la orden Templaria fue proscrita hace más de doscientos años. Ya no hay Caballeros del Temple.

El gesto del agustino cambió un solo instante; como si en ese momento hubiese descubierto algo importante que nadie más debiera saber.

—Pero no os quedéis en la puerta. Pasad y poneos cómodo —ordenó mientras empujaba con fuerza a Micael, sonriendo a su espalda—. Mis hermanos pronto encenderán una hoguera para que os libréis del frío. Una graaaan hoguera.

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