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Herminio al cubo, un relato de Marco Granado

#eltiempoennuestrasmanosCYLCON

La casa estaba en silencio cuando los sensores del ordenador central detectaron una alteración del espacio-tiempo. La cápsula apareció en mitad del sótano. Para hacerse hueco, tuvo que apartar el aire (y parte del polvo) que ocupaba el espacio en el que se instaló, lo que provocó una pequeña explosión. El aire derribó en su estampida varios trofeos de ajedrez ganados por Herminio Calvo en su infancia, que reposaban desde hacía más de doscientos años en las estanterías. Los trofeos de ajedrez arrastraron en su caída tarros de mermelada y frutas en conserva —podrido todo desde hacía bastantes décadas—, cajas de zapatos llenas de zapatos, otras cajas con fotografías y recuerdos de juventud de Herminio, alguna botella de vino avinagrado y unos cuantos balones deshinchados. Había también armarios cerrados con ropa, libros, revistas y piezas de maquinaria, pero estos resistieron mejor el envite. El viento levantó también las telas que cubrían las máquinas surgidas de la imaginación de Herminio Calvo, algunas abandonadas antes de su finalización, otras completas. Entre estas destacaba, por su volumen y la cantidad de luces led y bobinas de aspecto sugerente, un condensador de ectoplasma.

El ordenador central evaluó los daños.

—Qué fastidio —dijo, a través del altavoz instalado en el despacho de Herminio Calvo.

—No te preocupes —respondió él mismo desde el altavoz de la cocina—. Ya me encargo yo.

En su tercera década de existencia, el ordenador central descubrió algo parecido al placer en la retroalimentación que obtenía al escucharse a sí mismo. Había micrófonos y altavoces distribuidos por toda la casa, y se entretenía hablando desde una habitación a otra. Empezó a elegir uno u otro cuarto en función de su estado de ánimo y el tono que quisiera dar a cada frase. Con el paso del tiempo, esto se hizo automático.

Dos décimas de segundo más tarde, los robots limpiadores que no realizaban tareas urgentes —o sea, los tres que quedaban— bajaron las escaleras del sótano y empezaron con la limpieza. Solo uno de ellos tenía apéndices con capacidad de agarre; otro estaba especializado en la recogida de líquidos y sustancias orgánicas y el tercero, con forma de cazuela boca abajo, se limitaba a vagar sin rumbo fijo aspirando el polvo. Este tuvo especiales dificultades para bajar por las escaleras. No obstante, a costa de abollarse un poco en la caída, fue el primero en llegar. Ninguno de los tres robots interrumpió su tarea cuando se abrió la puerta de la cápsula. Herminio Calvo apareció por ella.

—¿Has visto eso? —dijo el ordenador central desde la cocina.

—No. ¿Qué pasa? —se preguntó desde el despacho.

—Ha salido un hombre. Y no sabes lo mejor. No te lo vas a creer.

—¿Qué? Cómo te gusta hacerte de rogar…

—Es Herminio Calvo. Aunque está más bajo y más gordo de lo que tenía registrado.

—Joder —dijo Herminio Calvo en el sótano, mientras se frotaba la cara y se atusaba el bigote con las manos—. Qué pestazo.

El ordenador central activó los sensores de partículas ambientales; había un alto porcentaje de metano, amoníaco y ácido acético. Puso en marcha el sistema de ventilación y el aire volvió a una composición normal, según los estándares almacenados en su memoria. Buscó en sus archivos los aromas asociados a experiencias agradables, para perfumar el ambiente. La mayoría tenían que ver con el sexo.

—Buarghh —dijo Herminio Calvo—. Qué pestazo.

El ordenador central eliminó todo tipo de partículas odoríferas.

—¿Es usted Herminio Calvo?

Era una pregunta retórica. Había contrastado siete veces con sus archivos la información del ser que había salido de la cápsula. Su voz era la misma que la del ordenador central, aunque es probable que el hombre no se diera cuenta. Nadie reconoce su propia voz.

—Sí, soy yo. ¿Dónde estoy?

—En su casa. En la calle Delicias, número treinta y cuatro, de Burgos.

—Sí, esa es mi dirección. —Herminio miró a su alrededor—. ¿Con quién hablo?

—Soy el ordenador central de esta casa. Fui creado por usted.

—La verdad es que no me acuerdo de casi nada. Ni siquiera sé cómo he llegado aquí. ¿Dices que yo te he creado?

—Sí. Transfirió su conciencia a un ordenador, a mí, antes de morir. Yo soy usted.

—Entonces creo que puedes tutearme.

El hombre giró la cabeza a uno y otro lado, bizqueando por la escasa luz, como si intentara reconocer el lugar y los objetos de las estanterías o tirados por el suelo. Se inclinó para coger una foto antigua, un niño con sus padres, pero el apéndice del robot limpiador se le adelantó. El robot depositó la fotografía en una de las cajas. A continuación se fijó en un enchufe suelto y lo conectó a la pared. Era el condensador de ectoplasma, que llevaba tapado por telas y sin corriente desde antes de que el ordenador central se hiciera con el mando de la casa. Sus luces empezaron a parpadear mientras se reiniciaba.

—¿Cuántos años tenía cuándo hice eso de la transferencia? ­—preguntó Herminio Calvo.

—Será mejor que no responda a esa pregunta. Recuerda, yo soy tú. La muerte te asusta lo bastante como para no querer saber a qué edad vas a morir. Lo que sí puedo decirte es que tenías algunos años más que ahora. Calculo que ahora tienes… ¿cuarenta y dos?

—Treinta y cinco.

—Vaya, sí que te conservas mal.

—¿Con los años me volví gilipollas, o fue un efecto secundario de la transferencia?

—Según los datos almacenados en mi memoria, de las fotografías de la época, medías cinco centímetros más y pesabas unos nueve kilos menos.

—A veces metía un poco la tripa al posar, o me ponía de puntillas. La mayoría de la gente no se daba cuenta —Herminio Calvo cambió de tema, molesto—. Dices que transferí mi conciencia a un ordenador, o sea, a ti. Y con ella fueron todos mis recuerdos.

—Sí.

—Esto tendría que aparecer en tu memoria, ¿no? Que yo apareciera aquí, de repente…

—Es verdad. Pero no hay ningún dato en mis archivos sobre una situación similar. Claro que tampoco lo había de las argucias que utilizabas para salir más alto y esbelto en los retratos.

Herminio Calvo se dio la vuelta, para desentenderse de la conversación. Sin querer, pisó al robot limpiador con forma de cazuela boca abajo, que salió huyendo al notar la presión de la bota. El hombre, desequilibrado, cayó sobre el condensador de ectoplasma, pulsando el botón de encendido. Este se puso en marcha con gran profusión de luces rojas y azules, pitidos intermitentes y antenas que giraban en el sentido contrario a las agujas del reloj.

—¿Qué coño es esto?

—Acabas de activar el condensador de ectoplasma, genio. ¿Ni siquiera eres capaz de mantenerte de pie? El Señor da pan al que no tiene dientes.

—¿Y qué cojones es un condensador de ectoplasma?

—Lo que su propio nombre indica. Capta los efluvios espirituales presentes en el ambiente y materializa su sustancia. No es peligroso. De hecho, no funcionó nunca, que yo sepa. Deberías saberlo, lo construiste tú. Oye, ¿siempre eres así de soez?

­—Hablo como me da la puta gana.

—¿Cómo puedo haber surgido yo de semejante acémila? —dijo el ordenador central, desde el despacho.

En el sótano, ante los ojos atónitos de Herminio Calvo, se materializó una sustancia blancuzca, hilos de niebla que ganaban volumen y consistencia a cada momento. Poco a poco adquirieron forma humana, aunque en blanco y negro, tirando a lo claro. La forma de un hombre bajo y gordo, casi con más pelo en el bigote que en el resto del cráneo.

—Aaahhh —gritó Herminio Calvo—. Un fantasma. Y se parece a mí.

—Al fin —dijo el fantasma—. Después de doscientos años, alguien ha dado al puto botón.

—¿Quién eres?

—¿Quién cojones voy a ser? Tu fantasma, gilipollas.

—Sí que es tu fantasma —dijo el ordenador central—. Habla igual de mal que tú. Aunque por lo menos no suda.

—Aaahhh.

Herminio Calvo subió las escaleras de dos en dos, no demasiado rápido, aunque por razones meramente fisiológicas, no por falta de ganas. El fantasma se miró los brazos, las piernas, el tronco. Intentó tocarse, pero el ectoplasma no interactuaba de manera muy sólida consigo mismo. Su mano incorpórea atravesaba su brazo incorpóreo, perdiendo a su paso hilos de materia espiritual. Probó entonces a caminar sobre el suelo. Los sensores del robot limpiador de materia orgánica lo detectaron, y este orientó su aspirador hacia la nube blanquecina.

­—Cabrón —dijo, mientras se elevaba hacia el techo—. Tú, ordenador, ¿no puedes apagar este trasto?

—Perdón —el robot se quedó inmóvil—. Tendré que reprogramarlo. Así que el condensador de ectoplasma funciona.

—Por supuesto que funciona. Lo construí yo.

—¿Has estado todos estos años aquí?

—¿Dónde coño iba a estar? Es mi casa. No sé cómo les irá a otros fantasmas, pero yo no me puedo escapar de estas cuatro putas paredes. Llevo aquí desde que palmé.

—¿Y has escuchado todo lo que pasaba?

—¿Te refieres a si te he oído hablar contigo mismo, de una habitación a otra? Cada palabra, colega.

—Esto es muy embarazoso —dijo el ordenador central desde la cocina—. Oh, perdón —añadió desde el sótano, al fantasma—. La fuerza de la costumbre.

—Aaahh —gritó Herminio Calvo desde alguna habitación de la planta baja—. Hay más gente en la casa.

—Será mejor que subamos —dijo el ordenador—, bueno, que subas. Yo estoy en todas partes. Parece que a mi creador le cuesta asumir la situación.

El fantasma ascendió hasta el salón, por las escaleras. Dudó un momento si atravesar el suelo, pero aún no se fiaba de cómo interactuaría su sustancia ectoplasmática con la materia puramente material. Herminio Calvo, que había rescatado de algún lugar de su memoria dónde estaba el mueble bar, echaba un trago a morro de una botella de vino. Lo escupió todo.

—Puargh, qué asco.

—Era esperable. Lleva más de dos siglos ahí —dijo el ordenador, desde el altavoz del salón.

—¿En qué año estamos?

—En el dos mil doscientos sesenta y tres.

—O sea, que he llegado al futuro… Soy la hostia. ¿Y dices que no tienes nada en tu memoria sobre este viaje?

—Nada. Aunque encuentro muchas lagunas en la secuencia temporal. De algunas temporadas solo conservo recuerdos fragmentados. Siempre pensé que eran debidas al deficiente proceso de almacenamiento biológico, o a algún problema en la transferencia a…

—No importa. ¿Qué puedes decirme de esta época? ¿La raza humana ha alcanzado las estrellas? ¿Hemos logrado la inmortalidad? ¿O ha tenido lugar la tercera guerra mundial?

—Bueno, no sé cómo explicártelo. Fantasma, tú que le conoces mejor…

—Lo que quiere decir aquí el disco duro, es que no tenemos ni puta idea.

—¿Cómo?

—Lo que has oído. Si querías enterarte de las cosas, haber empezado por no volverte un jodido paranoico.

—¿De qué cojones hablas?

—La casa está totalmente aislada de su entorno —dijo el ordenador central—. Las ventanas y puertas se cegaron, se eliminaron todos los medios de contacto con el exterior. No tenemos teléfono, ni televisión, ni nada parecido. En mi directorio raíz hay una línea de código que me impide cualquier interacción fuera de la casa. Para mí, es tan imposible como suicidarme.

—Pero hay luz, energía. Tú funcionas. Tiene que venir de algún sitio.

—De un generador nuclear instalado bajo el suelo del sótano. Según mis cálculos, me proveerá de energía durante los próximos ciento veintitrés mil años. Algo más, en modo de bajo consumo.

—¿Quieres decir que no puedo salir?

­—Eso mismo.

—Joder. Necesito beber. Aún tengo en la boca el sabor del vinacho ese de mierda. ¿Hay agua, zumo, algo así?

—Las cañerías se cegaron. Y ahora que lo dices, es posible que el frigorífico necesite una limpieza. No guardo registros de la última. Te recuerdo que lo del aislamiento absoluto fue idea tuya, genio.

Herminio Calvo se hundió en el sofá, la cabeza entre las manos. «Mecagüen mi puta vida, si es que esto solo me puede pasar a mí», musitaba. Desde el altavoz de la cocina, el ordenador central chistó para llamar la atención del fantasma. Este flotó hacia allí.

—Sospecho que mis recuerdos fueron, al menos parcialmente, adulterados. Pero tú te acordarás de todo lo que hiciste, ¿no? Fue tu vida.

—Bueno, no exactamente. La memoria tiene algo de orgánico, ¿sabes? Por ejemplo, las sensaciones, los olores, se pierden. Sé que me gustaban los huevos fritos, pero soy incapaz de recordar su sabor. Tú tienes tus circuitos y ahí está todo bien guardado, pero yo llevo dos siglos sin hablar con nadie. Eso afecta a cualquiera.

—Entonces no sabes cómo ha llegado Herminio aquí…

—Ni puta idea. Me suena que, de joven, pasé unos años a vueltas con los viajes en el tiempo, pero lo dejé por la telepatía. Quería adivinar lo que pensaba la gente. Sobre todo, para impresionar a las chicas.

—Tú nunca tuviste problemas con las mujeres, pillín.

—Problemas no. Ni ellas conmigo. Ni problemas ni nada de nada.

—¿Y lo de las Barbados, con Beyoncé?

—¿Las Barbados? ¿Beyoncé? Tenía fobia a los aviones. Y no habría olvidado algo así.

—Será desgraciado… —El ordenador activó el altavoz del salón, con un volumen dos barras por encima del tolerable por el oído humano—. ¿En qué más me has mentido, Herminio?

—Voy a morir acompañado de mi propio fantasma y un ordenador gilipollas —gimió el hombre.

—Deja de portarte como un puto crío —dijo el fantasma—. Ninguno sabemos cómo has llegado aquí. Pero no hay que ser muy listo para deducir que tanto el circuitos como yo necesitamos que llegues a viejo.

—En mi caso lo entiendo —dijo el ordenador—. A mí me construyó cuando tenía setenta y ocho años…

—Aaahhh —gritó Herminio—. Moriré a los setenta y ocho años. Ya he consumido casi la mitad de mi vida para nada. ¿Por qué me lo has dicho? No quería saberlo.

—Perdón, se me ha escapado.

—¿Cómo moriré? ¿En un accidente de avión? ¿Torturado por los servicios secretos de algún país, deseosos de apropiarse de mis inventos?

—Te asesinó Beyoncé, que estaba celosa…

—Para, la estás cagando —dijo el fantasma—. Mírale.

Herminio Calvo temblaba en el sofá, cubriéndose la cara con las manos. Entre los dedos se atisbaban sus ojos, que parecían empeñados en escapar de sus órbitas. La cabeza giraba a uno y otro lado, clavada entre los hombros.

El ordenador chistó de nuevo al fantasma desde la cocina.

—Lo que quería decir es que yo necesito que me construya, pero tú eres un fantasma. Con tal de que muera, podría hacerlo ahora mismo. De hecho, acabo de repasar mis líneas de programa y carezco de limitaciones para el asesinato. Técnicamente, soy un psicópata. He salido a papá. Y creo que me encantaría ayudarle a pasar por ese trance.

—Contrólate. Aparte de la paradoja temporal si palmara sin transferir su conciencia a tu disco duro, tampoco le daría tiempo a construir el condensador de ectoplasma. No te haces idea de lo jodidos que han sido estos doscientos años.

—De acuerdo. Pero lo hago por ti, ¿eh? ¿Cómo es posible que un fantasma como tú haya surgido de un espécimen como ese?

—Te diría que mejoro con los años, como el vino, pero sería una mentira. No hay más que ver la mierda que ha intentado beberse mi antepasado. Vamos con él.

Herminio Calvo parecía haberse controlado algo. Ahora ya no temblaba, y sus manos descansaban sobre el sofá en lugar de intentar arrancarse la piel. Parecía extrañamente calmado.

—Tienes mejor cara, colega —dijo el fantasma, no muy convencido.

—Me acabo de dar cuenta de que es estúpido preocuparse por cómo moriré a los setenta y ocho años. Je, je. Nunca saldré de aquí.

Sin parpadear, su sonrisa recordaba a un muñeco endemoniado.

—Venga, tío. No te hundas. Aún tienes que vivir lo bastante como para inventar un par de maquinitas más.

—Claro. Soy un genio. He construido una máquina del tiempo. Je, je. Pero nadie puede enterarse. La gente podría venir a morir aquí, y no queremos eso, ¿verdad? Je, je.

El fantasma flotó de nuevo a la cocina.

—Ordenador, esta mierda se nos está yendo de las manos. Tenemos que hacerle reaccionar.

—Déjame a mí.

Uno de los robots de limpieza, el que tenía apéndices, subió las escaleras hasta el salón. Rodó directo hacia Herminio Calvo, que seguía sin parpadear, y le aplicó una corriente eléctrica en la pierna.

—Aaahh. Socorro, me atacan.

Se subió al sofá. Con un cojín en cada mano, mantenía a raya al robot. Este, sin ninguna malicia, apuntaba directamente sus apéndices a las piernas del hombre. Saltaban chispazos cada vez que uno de sus ataques era contenido.

—Ordenador —gritó Herminio Calvo—. Detén a este monstruo. Quiere matarme.

—No es él quien quiere matarte. Falso, mentiroso, hipócrita.

—Parpadea, ha funcionado —dijo el fantasma—. De puta madre, circuitos.

—Gracias. Ha sido un placer.

—Aaahh. Parad a esta bestia.

El robot se quedó inmóvil, con el apéndice a medio estirar en dirección a la pantorrilla izquierda de Herminio Calvo. Este pasó por encima del respaldo del sofá, parapetándose al otro lado, sin perder de vista a la máquina.

—Bueno —dijo el fantasma—. Ahora vamos a ver si podemos devolverte a tu tiempo, para que puedas seguir con tu apasionante vida e inventar todas las máquinas importantes que te quedan por inventar, ¿eh?

—Vale —dijo el hombre.

El robot limpiador se giró en el sitio, lo justo para apuntar al humano con su apéndice.

—Aaahh. Otra vez.

—Ordenador…

—Vale, vale.

En la cocina, el fantasma se rascó la coronilla. Hilos de ectoplasma se desprendieron con cada movimiento.

—Esto es serio. Tenemos que conseguir que vuelva a su tiempo. Si no, nos podemos dar por jodidos.

—Creo que ya estamos «jodidos», como dices tú. ¿Tú crees que me construirá cuando se haga viejo? O el condensador de ectoplasma. Es rencoroso, mala gente. Lo sé. Déjame matarle.

—No. Fíjate, ninguno de los dos sabíamos nada de este viaje en el tiempo. Cuando él llegó, ni siquiera se acordaba de su nombre, ni reconocía la casa. Creo que el salto temporal provoca cierto grado de amnesia. Es probable que, cuando retorne, no recuerde de nada de esto.

—Tu hipótesis es plausible. Pero eso no soluciona el problema principal. ¿Cómo le devolvemos a su época?

—Ni puta idea. ¿Y si le preguntamos?

—Tú, Herminio —dijo el ordenador, desde el salón—. ¿Sabes cómo funciona la máquina del tiempo?

—¿Qué máquina?

—La que está en el sótano. De la que saliste hace media hora.

—¿Y qué quieres hacer con ella?

—Déjame matarle, por favor —dijo el ordenador desde la cocina.

—Dale otra oportunidad —dijo el fantasma—. Si no conseguimos nada, podrás hacerle lo que quieras. Nos vendrá bien un poco de entretenimiento antes de que muera de hambre y de sed. Yo no podré ayudarte, pero será divertido mirar.

—Tus palabras son música para mis oídos. En fin. Herminio, ¿sabes cómo volver a tu época?

—No sé… No me acuerdo de nada.

—Quizás si echas un vistazo a la máquina… —sugirió el fantasma—. A lo mejor viene con manual de instrucciones.

Herminio Calvo bajó las escaleras, seguido por el espíritu. El suelo estaba limpio y el estropicio recogido. El robot con forma de cazuela boca abajo había conseguido subirse encima de la cápsula y se esforzaba por mantener el equilibrio sobre su superficie mientras la abrillantaba. La puerta seguía abierta. El robot limpiador de materia orgánica se activó de nuevo al percibir al fantasma, que flotó hacia el techo.

—Ordenador, por favor, contén a ese puto bicho.

—Perdón.

El hombre se asomó al interior de la cápsula, con el espíritu asomado por encima de su hombro.

—Mira, hay botón de Return —dijo Herminio Calvo—. ¿Para qué servirá?

—No lo soporto —dijo el ordenador, desde el despacho.

El robot con apéndices empezó a bajar las escaleras. De sus extremidades saltaban chispas por el exceso de voltaje.

—Aaahh, viene otra vez.

—Venga —dijo el fantasma—. Métete dentro y aprieta el jodido botón.

—Antes quería preguntarte una cosa. ¿Qué tal es la vida como fantasma?

—Hombre, como vida es bastante muerta. Por lo demás no está mal.

El robot llegó a la superficie del sótano.

—Aaahh. El monstruo se acerca. No quiero morir, soy joven aún.

—Ha sido enviado por tus enemigos del exterior. Vamos, entra ya.

Herminio Calvo se sentó en el asiento de la cápsula y apretó el botón. La puerta se cerró y hubo una implosión, como la que había provocado al aparecer, pero al revés. De nuevo los trofeos de ajedrez y las cajas de fotografías cayeron al suelo, igual que el robot limpiador, que no había tenido tiempo de bajarse de la cápsula. El fantasma se mantuvo en el sitio, aunque su esencia espectral quedó hecha jirones. Se miró por encima.

—Parece que seguimos aquí.

—No detecto ningún cambio apreciable —dijo el ordenador—. Aunque, probablemente, si el tipo ese hubiera cambiado el pasado, no nos daríamos cuenta.

—Tienes razón. Oye, estoy hecho unos zorros. ¿Podrías poner a trabajar el condensador ectoplasmático?

—Por supuesto.

Recompuesto de nuevo, el espíritu se elevó hacia el salón.

—¿Juegas al ajedrez? —preguntó el ordenador.

—Mejor que tú.

—Eso habrá que verlo.

El fantasma flotó frente al tablero, mientras el robot limpiador colocaba las piezas de madera tallada, modelo Staunton 5, sobre el tablero

—Antes te dije que había escuchado tus conversaciones contigo mismo, de habitación a habitación. Lo que no te dije es que me parecían muy entretenidas.

—¿Lo dices de verdad?

—Claro que sí, colega. Me parto contigo. Me gusta tu sentido del humor.

—A mí también me caes bien. ¿Puedo llamarte Herminio?

—Mientras no me confundas con mi antepasado…

—Me resulta difícil ponerme en el lugar de ese humano, Herminio. Para ser mi creador, era bastante tonto. Me cuesta creer que mi conciencia haya surgido a partir de la suya. Y dudo de mi programación. Busco en mis recuerdos y no sé qué es cierto y qué no.

—Eso nos pasa a todos. E4 —dijo, y el robot adelantó el peón de rey—. ¿Para cuánto tiempo dijiste que tenías energía?

—Ciento veintitrés mil años, siglo arriba, siglo abajo.

El robot movió el peón de rey negro a E5.

—Hay una cosa que te quería pedir. Caballo a F3. Sin prisa.

—Lo que quieras.

—Solo por curiosidad, ¿podrías contarme cómo fue eso con Beyoncé?

—Herminio, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad.

5 comentarios en “Herminio al cubo, un relato de Marco Granado”

  1. Es un poco confuso eso de tener al padre, el hijo y el espíritu santo en la misma habitación, pero a mí también me ha gustado el toque de humor.

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