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Hacia la brecha, un relato de Kate Lynnon

#playaomontañaCYLCON

No iba a ser nada fácil, pero yo era el único que podía hacerlo, así que acepté el encargo. Debía partir lo antes posible y estar preparado para lo peor. No había tiempo que perder. A pesar de haber transportado bultos mil veces más grandes y problemáticos, mi carga jamás me había parecido tan pesada como aquella vez. Me sentía como Frodo (¡sí, yo también lo he leído!), solo que con dificultades añadidas. Un anillo es fácil de ocultar entre la ropa, en un bolsillo, en una cadena… Además, su misión consistía en llevarlo al lugar del que provenía para destruirlo; yo tenía que proteger aquel objeto con mi vida y asegurarme de que llegara intacto a su destino.

Disculpad, creo que estoy divagando en exceso. Acabo de darme cuenta de que ni siquiera me he presentado. Mi nombre es Caronte; quizás hayáis oído hablar de mí. Sí, exacto, el barquero del Inframundo. Mi trabajo, como ya sabéis, consiste en conducir a los muertos allá donde les corresponderá pasar su otra vida. Bueno, eso es lo que acostumbro a hacer en mi día a día. En aquella ocasión, mi tarea era algo muy distinto y bastante más complicado. El motivo por el que me la asignaron es sencillo: soy uno de los pocos que aún conservan la capacidad de viajar entre mundos.

Así que allí me encontraba: navegando hacia el territorio de los humanos. De los humanos vivos, debo añadir; eso que vulgarmente se conoce como la Tierra. Si bien nunca ha destacado por ser el entorno más seguro y acogedor para nosotros, las criaturas relacionadas con lo mágico y lo mitológico, esa era la característica que lo convertía en el más ideal para esconder la mercancía. Ningún ser se atrevería a ir a buscarla allí.

Hice visera con la mano para cubrirme los ojos de la luz de uno de los cientos de soles —no recuerdo bien cuál de todos era—, que comenzaba a asomar por el horizonte. Llevaba toda la noche surcando las aguas, que hasta entonces habían estado en calma, y no había ninguna isla a la vista, así que aún me esperaba un largo camino antes de poder tomarme un descanso. Remaba sin pausa, pero a una velocidad moderada que me permitiera conservar mis energías y escudriñar los alrededores. En mi juventud, de seguro habría sido capaz de haber recorrido todo el trayecto sin una sola parada. ¿Qué se le va a hacer? Incluso para las divinidades menores, la eternidad acaba pasando factura.

Al fin, divisé una porción de tierra que sobresalía entre la inmensidad azul. Saqué fuerzas y comencé a avanzar más rápido para llegar a él cuanto antes y poder reposar, pero pronto me detuve. Mi intuición, esa especie de sexto sentido que se desarrolla después de una larga vida llena de experiencias, me indicaba que algo no estaba bien. Las profundidades se enturbiaban en la cercanía y la quietud se me antojaba engañosa. Mal presagio.

En efecto, vi diversos tentáculos surgir a la superficie, humedeciendo la madera de mi barca y salpicándolo todo: un kraken. Tanteaba el aire, trataba de aferrarse a mi medio de transporte y lo hacía tambalear. No obstante, supe enseguida que su objetivo no era hacerme naufragar, sino robarme. Traté de apartar aquellos látigos viscosos de mi cargamento a golpe de remo, pero era consciente de que aquello no funcionaría por mucho tiempo; eran demasiados para una sola arma. Además, si esos monstruos del océano habían sido capaces de invadir el hábitat de otra especie y masacrarla, ¿qué no estarían dispuestos a hacer por acabar con el último ejemplar? Haciendo un esfuerzo titánico —no, esto último no es un juego de palabras— por mantener la concentración al tiempo que continuaba apaleando al engendro, murmuré unas palabras mágicas y atrapé un pedazo de su piel gelatinosa. Una descarga eléctrica brotó de la palma de mi mano y provocó espasmos en mi contrincante al transmitirse por todo su cuerpo.

Una vez liberado de la amenaza, me tomé unos instantes para recuperar el aliento y me apresuré aún más en llegar al improvisado puerto. Me senté en la roca con el bulto sobre el regazo y lo protegí con mi cuerpo por si apareciera algo más. El encuentro con el kraken que acababa de tener lugar era alarmante, pues significaba que ya no contábamos con ventaja: alguien había descubierto la misión que estábamos llevando a cabo y conocía la existencia de aquel tesoro.

Aún rodeando mi carga con un brazo, me acerqué a mi barca y tanteé hasta encontrar el pequeño compartimento de la parte anterior. De allí extraje un mapa y lo consulté en busca de una ruta más rápida para llegar al reino de los humanos. Mi receso, por desgracia, iba a tener que ser más breve de lo que había planeado: si alguien más daba con nosotros, estaríamos perdidos.

Apenas se había formado aquel pensamiento en mi cerebro cuando las costas del islote se vieron invadidas por una espuma sospechosa. Agarré con fuerza el fardo, sin importarme que el mapa cayera al suelo, y retrocedí. Poco a poco, las aguas fueron tomando forma y un grupo de elementales me sitió. En esta ocasión ni siquiera tenía el remo a mi alcance para poder ahuyentarlos. No me iba a quedar más remedio que usar la magia de nuevo.

Una docena de brazos acuosos y transparentes se alargaban e intentaban atraparlo. Sus voces, cuyo sonido recordaba al romper de las olas, susurraban amenazas y me instaban a entregárselo si no quería salir herido. No podía dejar que lo tocasen. Sabía que me dejaría débil y que podría ser letal si no lo realizaba bien, pero solo había una cosa que pudiera hacer en esa situación. Abracé con fuerza el objeto, lo apreté contra mi pecho y busqué en algún rincón de mi memoria aquel conjuro que había aprendido de mi señor; como amo de Ultratumba, Hades tenía amplios conocimientos de todas aquellas artes relacionadas con la muerte. A pesar de notar la humedad y cómo el círculo se cerraba en torno a mí, concentré todas mis energías en lanzar el sortilegio. La onda expansiva salió de mi interior con tanta potencia que incluso percibí su destello a través de los párpados cerrados; por unos segundos, absolutamente todo quedó en silencio.

Esperé unos minutos antes de abrir los ojos. Me temblaba todo el cuerpo y la cabeza me daba vueltas. Mi barca se había volteado, la única planta del islote se había marchitado y los restos mortales de mis enemigos formaban un charco en derredor. El agotamiento me hizo tardar más de la cuenta en poner a punto mi embarcación y colocar la carga de nuevo. Remar se me hacía aún más dificultoso que antes, pero no había ninguna otra solución: los krakens y sus aliados habían descubierto nuestro plan y pronto enviarían más criaturas a sabotearlo. Debíamos llegar a la Tierra cuanto antes.

Así que hice caso omiso del cansancio y los dolores que me aquejaban y continué mi senda como un caballo con anteojeras. Nada de girar la cabeza, nada de desviarse del rumbo, nada de aminorar la marcha. No sé cuánto tiempo transcurrió cuando, por fin, divisé la Brecha: la rendija de luz que rasga el velo y separa el mundo en el que me encontraba del de los terrícolas vivos. La salvación estaba cerca. Habría deseado apresurarme, pero mis músculos no habrían respondido. Por lo tanto, me limité a tomar aire y mantener la vista fija en mi objetivo con la esperanza de que no hubiera más interrupciones.

Aquel pensamiento, como imaginé, era demasiado optimista: quedaban apenas unas brazadas para alcanzar la zona de paso cuando un rugido me sobresaltó y las aguas se embravecieron, desestabilizándome de nuevo. Fui incapaz de resistir el deseo de volver la vista atrás y comprobé que una sierpe marina me perseguía. Se deslizaba rauda sobre la superficie con las fauces bien abiertas y emitiendo chillidos estridentes. De tanto en tanto, una lanza de hielo chocaba contra la cubierta; alguna incluso llegó a golpearme.

¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía energía suficiente como para luchar por medios físicos ni mágicos. Pronto nos ganaría terreno, así que centré todo mi esfuerzo en retrasar ese momento en la medida de lo posible. El brillo que tenía frente a mí ganaba intensidad por momentos. Ya casi sentía el aire distintivo del mundo humano en la cara.

«Vamos, aguanta un poco más», me dije a mí mismo.

Entonces surgió otra sierpe que trataba de cerrarme el paso. No había escapatoria: los dientes afilados de una se acercaban a mi cara mientras la otra daba coletazos a la popa. Al verme en aquella encrucijada, consciente de que me devorarían, agarré el preciado tesoro con la escasa vitalidad que me quedaba y lo lancé lejos por el primer hueco que hallé. Mientras me sumergía, derrotado, me permití una sonrisa para felicitarme por el deber cumplido.

Tal vez yo pereciera, tal vez mi barca quedase hecha pedazos para siempre, pero el huevo que contenía al último dragón había logrado cruzar la Brecha. Ya estaba a salvo de sus enemigos. Tan solo esperaba que los humanos le permitiesen crecer en paz.

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