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Tejalba, un relato de Kate Lynnon

#playaomontañaCYLCON

6 de octubre de 2017

Que me perdone mi tío abuelo Mariano, pero su muerte no podría haber llegado en un momento más oportuno para mí. Llevaba ya un tiempo harta de la ciudad y pidiendo a gritos un cambio de aires, así que la casa del pueblo que deja en herencia a su parienta viva más cercana me ha caído del cielo.

La verdad es que aún ni lo sitúo en el mapa muy bien, pero de eso ya se encargará mi GPS. Por lo que he leído en Internet, no llega ni a cien habitantes y está en medio de las montañas. No tiene mucho que ver excepto por una iglesia del siglo XII y mucho campo. ¡Perfecto para mí! Cuantas menos distracciones mejor. Creo que un poco de retiro es justo lo que necesito para que este dichoso bloqueo me deje en paz.

10 de octubre de 2017

Acabo de llegar a Tejalba (me ha costado quedarme con el nombrecito…) Aún me quedan cajas y cajas por desempaquetar y colocar, pero creo que lo dejaré para mañana. Estoy agotada después de conducir durante cuatro horas, dos de ellas por un camino de cabras lleno de curvas y cuestas, dominado por olivos y un penetrante olor a… a olivas no, precisamente.

Mirando el lado bueno, la casa de mi tío abuelo me ha impresionado. Es mucho más grande de lo que yo la imaginaba, y parece que lo básico funciona: tengo agua, electricidad, muebles… Incluso he encontrado unas mantas de esas gordas de pueblo en el armario, que me van a venir de perlas, pues esta noche y en el medio de la sierra hace más bien fresco… En algún momento tendré que darle un repaso a la decoración. Tanta madera oscura de vete a saber qué siglo me resulta un poco deprimente. Pero bueno, todo a su tiempo. Ahora toca descansar. Mañana terminaré de instalarme y espero que mi querida musa tenga a bien pasarse por la inauguración.

11 de octubre de 2017

Traerme pocas cosas conmigo fue una buena idea, desde luego. Ya estoy instalada en mi nuevo hogar, y hasta me ha sobrado tiempo para pasarme por la ÚNICA (sí, en serio) tienda del pueblo para comprar algo de comer. Eso es bueno; el tupper de arroz no me iba a durar eternamente… Además, con el arcón de mil demonios que tengo en la cocina, ya puedo aprovecharlo bien. Así que me he aprovisionado para una semana. A ver si así me centro en escribir de una vez.

Tejalba es aún más pequeño de lo que me pareció anoche al llegar. Aparte de la famosa iglesia y el ayuntamiento, sólo hay una tienda y un bar. El resto son todo casas. Lo que me ha sorprendido, y no sé si para bien o para mal, es que aún no me he encontrado con una de esas viejas chismosas que te traen cosas de su huerta y aprovechan para someterte al tercer grado. O quizás deba culpar a las películas de mis expectativas acerca de la vida en los pueblos.

En fin, me alegra que nadie me moleste, pero se habría agradecido algo de contacto humano. Cuando he entrado en la tienda, aunque sólo había otro par de personas, he tenido la sensación de que todo el mundo me miraba raro. Supongo que será por aquello de ser la forastera. Aun así, me ha extrañado que todos, incluso el tendero, se mostrasen tan distantes. Quizás la gente que vive en lugares más apartados y tiene menos costumbre de tratar con el exterior sea más cerrada. Ya se acostumbrarán a verme por ahí, digo yo.

16 de octubre de 2017

Ni una maldita línea. Creía que irme a vivir al medio de la nada y sin distracciones traería de vuelta a la inspiración, pero la condenada me sigue evitando.

Creo que iré a dar un paseo. No tengo nada mejor que hacer. Quién sabe, quizás saque alguna idea de estos paisajes tan… monótonos.

17 de octubre de 2017

El paseo de ayer resultó ser más interesante de lo que esperaba. A falta de algo más interesante que ver, decidí dirigirme a la iglesia. Llegué a pensar si estaría abandonada, pues no he oído las campanas ni una sola vez desde que llegué. Al llegar a la puerta, me la encontré cerrada, así que llamé. El cura del pueblo, un tipo que parece tener más años que el propio pueblo, me miró de pies a cabeza con cara de pocos amigos y me soltó que no se permitía la entrada a mujeres. Acto seguido, casi me da en las narices al cerrar, antes de que me diera tiempo a pedir explicaciones o a protestar por tan jurásica norma.

Allí estaba con mi cara de idiota cuando un chaval de unos veintitantos años se me acercó. Me dijo que no hiciera mucho caso al cura, que era así de desagradable con todo el mundo. Le pregunté si esa discriminación de género era habitual y cómo se lo tomaban sus convecinas, ante lo que se encogió de hombros sin darle mayor importancia. Se presentó como Juan y se ofreció a acompañarme en mi paseo y enseñarme un poco el lugar. ¡Por fin alguien simpático!

El recorrido turístico con Juan no ha estado nada mal. Conoció a mi tío abuelo, que a menudo jugaba a las cartas con su padre en el bar. Parece ser a lo que todo el mundo dedica el tiempo cuando no está trabajando en la huerta. Según me ha contado, hace unos años se habló de construir algunas instalaciones para que los jóvenes tuvieran con qué entretenerse: un polideportivo, un cine, unas piscinas… Lamentablemente, al final se llegó a la conclusión de que no había suficiente gente que lo fuera a aprovechar, así que todo siguió como siempre.

Por lo que he visto, Tejalba no tiene grandes cosas que ofrecer, pero las vistas desde aquí son bastante espectaculares. He hecho unas cuantas fotos de los alrededores. No estoy acostumbrada a ver tanto verde y tanta vegetación virgen, y la verdad es que el aire de montaña es muy agradable de respirar una vez te alejas de los animalitos.

Cuando empezó a hacerse de noche, me despedí de mi nuevo amigo y volví a casa, más animada. Hoy aún no he conseguido escribir nada decente, pero se me ocurre que, si todo falla, Juan puede ser una buena fuente de inspiración. Es un muchacho simpático y tiene pinta de tener más historias que contar.

20 de octubre de 2017

Aún tengo el vello de punta…

Después de otros tres días enclaustrada para nada, he salido a comprar. Según volvía de la tiendecita con el viejo carrito de mi tío lleno hasta arriba, me he encontrado con un niño jugando en la calle. He visto muy pocos, lo cual se me hace raro, así que he sonreído al verlo chutar la pelota contra un muro. El crío, que tendría como unos ocho o nueve años, se me ha quedado mirando fijamente.

—¡Eres una chica!

Lo ha dicho con tal asombro que me ha dado la risa.

—¿No has visto nunca una o qué? —le he soltado.

Para mi sorpresa, ha agachado la cabeza con tristeza. Mientras daba una patada a un guijarro, ha murmurado.

—Sólo a mi mamá… pero ya no está.

—¿Y dónde se ha ido?

Entonces, su cara ha cambiado radicalmente. Angustiado, ha agarrado la pelota y se la ha colocado debajo del brazo.

—No puedo decirlo.

Luego ha salido corriendo. Así dicho parecerá una tontería, cosas de críos, pero la verdad es que me ha dejado un poco mosqueada. Según colocaba las cosas en los estantes de la cocina, he tenido una revelación. Desde que llegué a este pueblo, me ha parecido que había algo raro, pero no el qué. Ahora, después de haber hablado con el niño, me he dado cuenta.

En Tejalba no hay mujeres.

23 de octubre de 2017

Confirmado. Estoy sola en un pueblo de hombres.

Con razón me miraban de esa manera el primer día. Es como si fuera única en mi especie. En este mismo momento estoy sentada en un rincón del bar, con una copa de vino en la mano mientras escribo estas líneas con la otra. El camarero, los ancianos que echan la partida diaria en la mesa del centro, los tres chavales que juegan a los dardos… Mire donde mire, no hay más que hombres.

Me he pasado estos últimos días paseando por los alrededores y observando a todo el mundo. No he visto una sola mujer. Es como si no existieran. Por supuesto, esto último es absurdo. Si hay niños, alguien los tiene que haber traído al mundo. No puedo dejar de pensar en la cara del de la pelota al hablar de su mamá. Está claro que en algún momento hubo chicas en este pueblo; ¿qué ha sido de ellas? ¿Dónde están ahora?

Todo esto me da escalofríos…

25 de octubre de 2017

He vuelto a encontrarme con Juan. Bueno, eso no tiene mucho mérito teniendo en cuenta lo pequeño que es Tejalba. Lo que quiero decir es que al fin he tenido oportunidad de pillarlo por banda y volver a darme un paseo con él. Para no parecer muy descarada, he mostrado curiosidad por su vida, sus aficiones y otros temas intrascendentes, intercambiado alguna que otra anécdota, etc. Así como el que no quiere la cosa, se me ha ocurrido preguntarle si tiene novia. Ha dicho que no, por supuesto. Cuando he comentado que no parece haber ni una chica en todo el pueblo, se ha quedado blanco como la pared. Ha empezado a tartamudear y a intentar inventarse una excusa, pero al ver que era incapaz, ha acabado balbuciendo que se tenía que ir y ha salido disparado hacia su casa.

28 de octubre de 2017

Juan sigue evitándome. ¡Para una persona que había por aquí con ganas de hablar! He intentado encontrarme con él y que pareciera casualidad, he ido hasta su casa… pero huye de mí como si tuviera la lepra. En cuanto al resto de lugareños, me doy con un canto en los dientes si se dignan a saludarme. La mayor parte del tiempo se limitan a mirarme con sospecha. Tampoco he vuelto a ver al niño de la pelota.

Cada vez está más claro que aquí pasa algo raro. Y lo peor es que todo el mundo sabe que me he dado cuenta. Me siento observada. Nadie me mira a los ojos ni intercambia más de dos frases de cortesía conmigo, pero en cuanto me doy media vuelta noto cómo me siguen con la mirada.

No sé qué va a pasar. Nada bueno, me temo. Me dan ganas de marcharme, pero no puedo. No hasta que haya llegado al fondo de todo esto.

30 de octubre de 2017

Si esta noche no muero de un infarto, es que soy inmortal o algo por el estilo.

Lo sé, ha sido una locura, pero ya no podía soportarlo más. Tenía claro que nadie me iba a ayudar y que, durante el día, con todo Tejalba vigilando mis movimientos, no iba a sacar nada en claro. Por suerte, dicen que de noche todos los gatos son pardos… La verdad es que no tengo claro qué era lo que pretendía encontrar, pero tenía una corazonada. Por desgracia, parece que no iba desencaminada.

No había ni un alma por las calles. En sitios como este, la vida termina a partir de las ocho de la tarde, así que era de esperar. No hay farolas, así que todo resulta aún más tétrico iluminado con la linterna del móvil, que te permite ver por dónde pisas y poco más.

Me he tropezado un par de veces y he tenido que esconderme otras tantas al oír algo o a alguien moverse cerca de mí. Falsas alarmas todas, por suerte. Casi grito cuando un maldito pájaro ha pasado volando a cuatro centímetros de mi oreja. Menos mal que he podido contenerme.

Después de caminar un buen rato, sin saber muy bien hacia dónde, he llegado a la iglesia. Se me ha erizado la piel al reconocerla, con la silueta alargada y la cruz recortándose a la luz de la luna. En cuanto la he visto, se me ha encendido la bombilla: el cementerio.

Siempre se me dio bien trepar, así que me ha sido fácil colarme. He encontrado enseguida la tumba de mi tío abuelo, la más nueva que había, pero eso no era lo que andaba buscando. Repasando una y otra vez las inscripciones en las lápidas, colocadas sin el más mínimo orden y algunas de ellas maltratadas a más no poder, he comprobado lo que sospechaba: ni un solo nombre femenino.

Allí estaba cuando un sonido me ha sobresaltado. No era humano y, de tratarse de un animal, sin duda tendría que ser algo inmenso. Era un rugido tan fuerte que hasta he sentido temblar el suelo bajo mis pies. Rápidamente, he alumbrado hacia todas partes con la linterna, pero no había nada fuera de lo común.

Al segundo estruendo, aún más fuerte que el anterior, he podido deducir que provenía de la iglesia. Sabía que ahí dentro se cocía algo. Sea como sea, me avergüenza reconocer que no he sido capaz de esperar un tercero, así que he salido de allí a toda la velocidad que me permitían mis piernas.

No sé cuánto hace que he llegado a casa, pero tengo el corazón aún a cien por hora. Al menos ahora sé una cosa: la maldita iglesia es la clave. Mañana volveré a intentar entrar allí, y esta vez prometo que no me dejaré asustar tan fácilmente.

……

Aquella fue la última entrada del diario de Laura. Al día siguiente, víspera de Todos los Santos, en contra de todo lo que le decía su intuición, decidió cumplir lo que se había propuesto. Esperó a que se hiciera de noche y los habitantes de Tejalba se retirasen para salir de nuevo, esta vez con un claro destino.

Para su sorpresa, la pesada puerta de la iglesia cedió sin problemas a su empujón. Se decepcionó ligeramente al dar a una nave central completamente normal, si bien algo más austera que las que estaba acostumbrada a ver. Apagó la linterna de su teléfono, agradecida por los velones que iluminaban el lugar. Las miradas severas de los santos la seguían desde sus respectivos altares mientras avanzaba con sigilo, estudiando cada rincón.

A pesar de ir ya predispuesta a ello, dio un bote al escuchar de nuevo el mismo rugido de la noche anterior. Su origen se encontraba en algún punto indefinido más allá del altar mayor. Laura se tragó su temor y, aun con las piernas temblorosas, se obligó a caminar hasta allí. Iba tan concentrada en prepararse para lo que se avecinaba que no se percató de la presencia de alguien detrás de ella hasta que este le propinó un fuerte golpe en la cabeza que la dejó sin sentido.

Cuando despertó, aún dolorida por el golpe, se vio amordazada y encadenada a una columna. No reconocía el sitio, pero a juzgar por el aire enrarecido y la fría humedad, supuso que se encontraba en la cripta. Reconoció a varias de las personas que la rodeaban, entre ellas a Juan, que fue incapaz de sostenerle la mirada. Por primera vez, oyó las campanas anunciar la medianoche. El decrépito sacerdote carraspeó y, con voz solemne, salmodió:

—Dalar, señor nuestro, acepta este sacrificio de tus humildes siervos de Tejalba. Te la entregamos viva y entera, como te entregamos a las demás. Haz que nuestras cosechas sigan siendo prósperas, y nuestra vida, apacible. Amén.

—Amén —repitieron todos los que se encontraban allí reunidos.

A un gesto del cura, dos hombres de mediana edad se acercaron a Laura y la desamarraron del poste. Se colocaron uno a cada lado y la condujeron a la fuerza a lo largo de aquel pasillo de piedra, iluminado por algunas antorchas, seguidos por el resto de la comitiva. Trató de resistirse, pero ambos eran mucho más grandes y fuertes que ella. Con cada paso, los ya familiares rugidos resonaban con más intensidad y frecuencia.

Se detuvieron junto a algo que parecía un pozo. Sólo al ver de reojo de qué se trataba, a Laura se le revolvieron las tripas. Una criatura como no había visto nunca, con numerosos ojos rojos y una boca gigantesca de afilados colmillos la esperaba al fondo de este, ansiosa por deleitarse con su carne. Su aullido de anticipación hizo temblar cada piedra de las criptas.

La mordaza contuvo su chillido desesperado mientras se precipitaba hacia las fauces de aquel ser.

2 comentarios en “Tejalba, un relato de Kate Lynnon”

    1. No me había dado cuenta de las implicaciones desafortunadas de este relato cuando lo escribí. Ahora me siento mal por las preferencias de mi primigenio en cuanto a la carne.

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