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Dixit – Welcome to the jungle, un relato de Kate Lynnon

#playaomontañaCYLCON

Frustrado, pegué una patada a una piedrecita. Tenía sed, hambre y hacía rato que el zapato me rozaba el talón izquierdo, lo cual seguramente me dejaría una bonita ampolla. Miré a mi alrededor. Juraría que ya había pasado por allí, aunque era difícil estar seguro, rodeado de verde como me encontraba en aquel momento. A cada dos pasos tenía que apartar lianas o buscar la manera de sortear matorrales que me llegaban por la cintura. Para colmo, ya empezaba a caer el sol. Y es que sólo se me ocurre a mí adentrarme en la jungla sin siquiera un triste mapa.

Una raíz, oculta entre la densa vegetación, me hizo tropezar y casi caer a un riachuelo que me inspiraba más bien poca confianza. A pesar de que me ardía la garganta, no me atreví a beber de aquellas aguas espesas y verduzcas. Lo menos que me podía pasar era acabar con disentería o toparme con un cocodrilo, y esas no eran la clase de aventuras que iba buscando en mi viaje.

Pasé horas serpenteando entre árboles mucho más grandes que yo y viendo con aprensión cómo se oscurecía el cielo por encima de mi cabeza. Sentía que toda clase de bestias acechaban detrás de cada tronco y cada arbusto, esperando el momento de saltar sobre mí. Los llamados sonidos de la naturaleza se me hacían más amenazadores por momentos. Por suerte, entre ellos creí distinguir algo que me hizo detenerme y casi gritar de júbilo: música de tambores. ¡Al fin una señal de civilización!

Con energías renovadas, agudicé el oído y seguí como pude la percusión. Cada vez estaba más cerca. Los latidos de mi corazón se sincronizaban con aquel ritmo exótico. Además, me pareció divisar un fuego… Si había dado con un poblado, tal vez no tuviera que pasar la noche a la intemperie.

No pude contener la sonrisa al confirmar mis esperanzas. A unos metros de mí, los árboles daban paso a un pequeño claro, ocupado por unas diez cabañas dispuestas en círculo. Todas eran de madera, redondeadas y con sus tejados de paja. En el centro ardía la hoguera que había avistado a través de los huecos entre los foliolos de las palmeras. Nativos de piel oscura danzaban a su alrededor, brincando y agitando bastones adornados con plumas y conchas. Su vestimenta consistía en taparrabos confeccionados con hojas y algunas tobilleras hechas de huesos. Se cubrían el rostro con máscaras sencillas. Uno de ellos, cuyo tocado indicaba su rango superior, interrumpía de cuando en cuando su baile para arrojar una especie de polvos al fuego, que cambiaban el color de las llamas. Algo más apartados, otros miembros de la tribu hacían sonar los tambores desde los tocones en los que se sentaban. Parecían estar en medio de algún tipo de ritual, así que no quise interrumpirlos. Algo me decía que no prestarían atención a mis peticiones hasta haberlo completado, de modo que permanecí oculto entre la maleza y contemplé la escena.

A la señal del que parecía ser el jefe, los demás danzarines pararon en seco y se retiraron de la pira. Los tamborileros, por su parte, comenzaron a golpear más rápido y fuerte. La música fue ganando intensidad, hasta volverse inquietante y ensordecedora. Quizás fuera mi imaginación, pero las llamas, que en ese momento eran de un rojo casi irreal, crecían hacia el cielo y parecían crepitar al ritmo. Me di cuenta de que estaba conteniendo el aliento; presentía que algo estaba a punto de ocurrir.

De pronto, el suelo comenzó a temblar bajo mis pies. La música cesó. Vi como una grieta se abría en algún punto más allá de la hoguera. Entonces, algo surgió de las mismas entrañas de la tierra y me heló la sangre. Era un ser descomunal. Gracias a la luz del fuego pude distinguir los rasgos humanoides de su cara grotescamente alargada. Abrió una boca del tamaño de un túnel y emitió un alarido que hizo estremecerse hasta los árboles. Y yo me quedé allí clavado, viendo cómo el resto de su cuerpo salía a la superficie, demasiado aterrorizado para correr.

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