Antologías, Nuestros socios recomiendan

A los mandos de las naves Kalpa: Kate Lynnon

#lamuerteossientatanbienCYLCON

Tras un parón de algunas semanas, continuamos con las presentaciones de los relatos incluidos en la antología Kalpa V: Naves Nodrizas en Castilla y León . En esta ocasión, Kate Lynnon desnuda su alma literaria respondiendo al cuestionario que podéis ver abajo. No dejéis de leer su divertida y gamberra nave Kalpa titulada «La prueba» , así como el resto de los que componen la antología, ya disponible para descarga digital en Lektu.

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Chupitos: ¿Y ahora en qué?, un relato de Yolanda Fernández Benito

#lamuerteossientatanbienCYLCON

Ya están aquí los buitres, no falta ninguno. ¡Mira qué compungidos parecen! no aguanto que me miren con esas caras de lástima. ¿A quién quieren engañar, si solo vienen a por mi dinero? Me gustaría ver esas caras cuando descubran que la tía solterona, vieja y gruñona, no les ha dejado un duro. La protectora de animales estará tan agradecida que tratará a mis gatos a cuerpo de rey.

Ya se acerca la muerte, cada vez estoy más débil. No he sido una mujer religiosa y nunca me planteé lo que hay al otro lado, pero ahora que estoy tan cerca me asaltan las dudas.

La espera se está haciendo insoportable, no estoy preparada. Sé que ya está aquí, lo presiento y no quiero que se acerque. ¡NO QUIERO MORIR! No estoy preparada, pero ya no hay vuelta atrás. Siento su mano fría en la frente y la oscuridad lo invade todo.

Ya pasó. Veo luz al final del túnel. Una luz deslumbrante que lo inunda todo, hasta que la mano gigante del imbécil de mi sobrino Borja me aplasta. ¿En una mosca? ¡Budismo, no me jodas! ¿Y ahora en qué?

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Mobbing, un relato de Marco Granado

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La Muerte se miró al espejo. Estaba irreconocible. Entre la peluca del todo a cien, las gafas de sol y la mascarilla no se distinguía un centímetro de hueso. Los guantes de látex se ajustaban demasiado a sus falanges, pero para un rato, daban el pego. Por si acaso, se echó la capucha por encima. Tenía cita con una abogada. No se acordaba del nombre, y lo prefería así. A los vivos no solía sentarles bien que ella se fijara mucho en ellos. Sigue leyendo «Mobbing, un relato de Marco Granado»

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Chupitos: El violín del abuelo, un relato de Kate Lynnon

El violín del abuelo seguía bien afinado a pesar de los años en desuso. Me lo llevé al hombro y comencé a tocar una de mis piezas favoritas, una melodía lenta y llena de sentimiento.

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Chupitos: Por su nombre, un relato de Almudena Mendoza Palacios

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—Disculpe, ¿la despedida del Sr. Peláez?

—En la sala 2. Acaba de empezar.

—Muchas gracias…

Odio llegar tarde. No lo soporto. Abrir la puerta y que todo el mundo se gire para mirarme. Me siento desnudo, terriblemente cuestionado. Por fortuna, esta vez no fue el caso. Nadie me prestó la más mínima atención, aunque la despedida ya hubiera comenzado y el ruido que hice al sentarme fuera demasiado estridente.

—… desde luego, la trayectoria del Sr. Peláez siempre fue impecable. Es una pena que se haya ido, incluso diría que una desgracia. Que ya no esté con nosotros sin duda marcará un antes y un después. Aun así, no está mal saber que se encuentra en un lugar mejor en el que podrá descansar por fin.

—¿Pero esto qué es? —dijo la señora que tenía al lado con tono de profunda indignación. —¿Una jubilación o un funeral?

—Yo tampoco lo tengo claro, la verdad —contesté intentando aplacar su ánimo.

—Es que una ya se cansa, ¿eh?

—¿Disculpe? —La miré sin comprender a qué se refería.

—Sí, que una ya se cansa de que nadie la llame por su nombre.

En ese momento me quedé helado. ¿A qué se refería exactamente? Ella notó enseguida mi desconcierto y, girando su rostro pálido para mirarme, añadió:

—La Muerte, ¡soy la Muerte! Y el Sr. Peláez no se ha ido ni está en un lugar mejor, como las Bahamas. ¡Se ha muerto! ¡Muer-to! Ag, qué hartazgo… Me dan ganas de pasaros a todos por la guadaña.

—Oiga, señora, que yo en esto de los eufemismos no tengo nada que ver. A mí no me cuesta nada en absoluto decir que el Sr. Peláez está muerto.

—¿Perdona, cómo has dicho?

—Que no me cuesta nada decir que el Sr. Peláez está muerto.

—¿Qué? No te entiendo bien.

—¡Que no me cuesta nada decir que el Sr. Peláez está muerto! ¡Muer-to!

Todos los presentes se giraron para mirarme y sus ojos reprobatorios me desnudaron por completo. Pero eso no fue lo peor porque, en ese instante, la Muerte, con una sonrisa de profunda satisfacción, se levantó y, antes de marcharse, me dijo:

—Nos vemos pronto.