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Lazos que no se pueden romper, un relato de José del Caño

#lamuerteossientatanbienCYLCON

Todo termina.

Todo se reanuda. O por lo menos está en fase de reanudarse.

¡Maite!

Por fin ha dejado de dolerme el pecho, no duele porque ya no tengo. Soy consciente que he perdido mi físico humano y, en cuanto me doy cuenta de ello, me surge un pequeño brote de ansiedad que no va a más porque ya me esperaba algo así. Sigo siendo un individuo, pero ahora solamente estoy formado por energía y conocimiento. Algunas religiones se referirían a mi estado como “alma”.

Estoy en un lugar en el que solo hay luz, sin paredes, techo o suelo; esperando que llegue mi turno. Recuerdo a quienes he dejado atrás, sobre todo a Maite, y la angustia me asalta sin compasión, se ceba en mí de igual manera que en los que me preceden. Soy el último de una fila que parece no tener principio. Todos los que estamos en la cola hemos muerto, por eso estamos aquí.

Como un flash me viene el conocimiento, ahora comprendo cómo funciona el universo. Es todo tan sencillo. No es más complicado que hallar el límite de una función matemática en la que el caos tiende a infinito. Es lógico. Recuerdo todo lo que había olvidado cuando nací en mi última vida en la Tierra y eso me hace serenar un poco, muy poco.

Seguro que los expertos en transmigración de almas ya están preparando la que va a ser mi cuarta existencia en un cuerpo humano. Todos tenemos que reencarnarnos tantas veces como sea necesario para alcanzar el conocimiento y la perfección, es la única manera de que esto siga funcionando. Pero antes de que empiece una nueva vida, los técnicos tienen que organizarla; no sé cuánto tardarán: en un sitio donde las dimensiones no existen, es imposible calcular el tiempo.

Maite me sigue acompañando en mis recuerdos mientras avanzo en la cola, estuvo conmigo hasta el final: ni siquiera me dejó cuando los médicos se lo pidieron. Tras de mí se ponen unas nuevas formas de energía, otros recién llegados a este lado. Se agitan con tanta fuerza que molestan, por lo que tengo que separarme de ellos para no recibir sus sacudidas. Les entiendo perfectamente: es muy duro el trauma que sufrimos cuando fallece nuestro cuerpo físico; además, por la angustia que puedo percibir en ellos, han debido morir de forma violenta. Sufren mucho porque aún no entienden cómo funciona este proceso. Aparte de que su conocimiento es muy limitado, están tan apegados a su vida anterior que quieren regresar con sus seres queridos, pero no pueden. No dura mucho. Poco después, cuando la sabiduría del cosmos vuelve a sus memorias en forma de recuerdos, comprenden que su muerte solo ha sido un paso más; por eso se calman y esperan, como todos los que estamos aquí.

El tiempo pasa, creo. No sé si llevo aquí cinco minutos o varias eras, pero ya queda poco para llegar al mostrador en que me darán un nuevo destino. Tendré que empezar de nuevo otra existencia humana, la quinta. Estaré obligado a pasar una nueva vida de calamidades, sufrimiento y pena, también de alegrías. Pero no acabará ahí el viaje, solo subiré un grado en la escala de la sabiduría.

Creo que no es muy difícil de entender el proceso. Los grados superiores son los niveles a los que nos dirigimos los seres de energía. Tras unas cuantas reencarnaciones en humanos, nuestras almas están preparadas para ocupar los cuerpos de individuos de otra especie; otra más evolucionada, posiblemente de Andrómeda. Y así continuamos nuestro viaje por las galaxias, naciendo y muriendo millones de veces; recopilando datos hasta adquirir los conocimientos suficientes que conduzcan a cada individuo a la sabiduría universal. Al llegar al escalón más alto del saber, pasaremos a ser técnicos y será el momento de ayudar a otros a alcanzar el conocimiento; también seremos los encargados de velar porque todo en el universo siga su proceso de orden y caos. Así es como funciona el cosmos.

¡Maite! No. No es Maite. La difunta que va delante de mí en la cola se llamaba Juana, ninguno de los presentes me lo ha dicho. Aquí nadie tiene capacidad de hablar, ni de comunicarse, ni de nada parecido; pero todos tenemos talento ilimitado para la comprensión. Todos nos conocemos, aunque nunca hayamos coincidido en ninguna vida.

Durante eones o segundos sigo avanzando en la fila. Me darán un nuevo destino cuando llegue al principio de esta. Aquí el tiempo no tiene ningún sentido. No existe. Mi nueva vida comenzará cien años antes, mil después o en el mismo instante en que nazca Juana, la compañera que me precede. Con el espacio ocurre algo parecido.

Juana desaparece delante de mí. Ahora es mi turno. Por fin llego al mostrador y la añoranza de mi vida anterior vuelve a golpearme con fuerza, el dolor se hace inaguantable.

Olvido mucho. Desaparecen los besos y las risas con mis padres. También los veranos de mi juventud. Se va toda mi infancia, mi primer beso a una chica y mi comida favorita. Se borran casi todas las buenas experiencias y no volveré a recordarlas hasta que muera de nuevo, pero primero tengo que nacer. Prácticamente sólo me quedan acontecimientos traumáticos, desesperación, miedo y dolor. Recuerdo las largas jornadas en la fábrica y la sospecha constante de que el amianto no es sano, pero ¿cómo iba a dejar el trabajo con tanta crisis, con el piso por pagar y con Maite embarazada? Maite. Por suerte, Maite sigue en mi recuerdo. Mi amor por ella no desaparece.

Todo cambia.

Olvido el lenguaje y cómo se camina. Se van los colores, los sabores y los olores. Olvido mucho más, pero Maite se queda en mi cabeza. Sé que mi vida con ella acabó, pero la sigo queriendo.

Todo se reanuda.

Puedo sentir a través de mi nueva piel que estoy en un entorno líquido. Ya he pasado por esto otras cuatro veces. Lo conozco bien. Estoy dentro de mi nueva madre; aún no he nacido. He llegado en la vigesimocuarta semana de gestación del feto. Por si no os habéis dado cuenta, el feto soy yo.

Me encuentro muy a gusto en mi nuevo cuerpo, aunque todo está oscuro me siento tranquilo. Los sonidos del exterior llegan distorsionados, pero los reconozco como voces. Hay mucho cariño en esas palabras. A veces noto unas manos que me acarician a través del vientre de mi madre. Todo es muy agradable. Aun así, el recuerdo de mi anterior familia me viene a veces y me pone triste. También hay ocasiones que mi madre se apena y llora. Ojalá pudiera hacer algo por ella: abrazarla, besarla o decirle que la quiero.

Noto que el tiempo pasa y aumento de tamaño. Empiezo a sentirme incómodo. Mi sed de conocimientos se está despertando; esa es la razón por la que he venido. Necesito salir al exterior para comenzar mi nueva vida; empieza el jaleo.

Mi madre está muy mal. Siente muchos dolores. Lo noto porque estamos conectados y, ahora, resulta muy desagradable. Me está empujando. Quiere expulsarme. Tengo que salir de aquí o morirá de dolor. No sé cuánto aguantará. Cada vez que empuja lo hace con más energía. ¿Cómo puede aguantar tanto dolor y, aun así, presionar con tanta fuerza? Esto es una locura. ¿Quién ha diseñado a los humanos de esta manera? ¡Me está aplastando! ¿Cómo voy a salir por un conducto tan estrecho? ¡Es imposible! ¡Qué alguien me ayude, por favor! ¡No quiero morir tan pronto!

Creo que he conseguido salir. Tengo frio, es lo único que siento. Alguien me ha pegado en las posaderas. ¡Otra vez! ¿Por qué me golpea? ¿Quién es? Intento ver a mi agresor, pero no consigo distinguir nada. Sólo hay luces y sombras. Y otro azote más. El aire fresco llena mis pulmones. Estoy respirando. No me gusta esa sensación y muestro mi disgusto de la única manera que sé: me pongo a llorar. Respirar por primera vez es muy desagradable; pero, al menos han dejado de pegarme. Por muchas veces que nazca no creo que logre acostumbrarme.

Sigo teniendo mucho frio; y encima me echan agua por todo el cuerpo. Por favor, que pare este sufrimiento. Me envuelven en algo muy suave y por fin entro en calor. Qué bien se está aquí. Con la funda que me han puesto, estoy seguro que parezco un regalo. Poco después entregan el regalo a su dueña, que es mi madre. Me coge entre sus brazos y me dice cosas. No le entiendo nada; pero, por lo menos todo ha acabado. Estoy tan cansado que apenas puedo mantenerme despierto y tan a gusto en sus brazos que me quedo dormido.

Me despierto y noto que tengo una sensación extraña en la barriga. No sé qué puede ser, pero no me gusta nada; por eso demuestro mi desasosiego llorando, a ver si alguien me socorre. Creo que hay varias personas cerca de mí que se ríen al oírme berrear. ¿De qué se ríen? ¿Les hace gracia que llore un niño? ¿Es que no comprenden el trauma por el que acabo de pasar? Pronto, mi madre me da mi primer alimento. Chupo, chupo y chupo. No puedo dejar de sorber hasta que mi estómago se llena. Por un momento abro los ojos, pero, cuando creo que voy a ver algo, me quedo dormido otra vez.

Otra vez me despierto y noto que sigo en los brazos de mi madre. Es la hora de llenar el buche y se lo hago saber con mi llanto. Vuelven las carcajadas. Reconozco que es una situación divertida: soy el centro de atención de unos adultos que me adoran. Mi familia se lo está pasando genial conmigo, y eso que aún no he hecho nada; cuando haga algo gracioso, no sé qué pasará.

La mujer que me ha dado la vida me presta uno de sus pechos. Lo acepto gustosamente porque tengo mucha hambre. Voy a abrir los ojos y veré, por primera vez, a mi madre. Tengo que aprovechar ahora que estoy despierto para saber cómo es; seguro que es preciosa. No logro ver mucho, hay muchas luces y sombras. Todo está borroso. Consigo enfocar su cara… ¡Su cara! ¡Su cara es la cara de Maite! Intento mantenerme despierto, necesito asegurarme de que es ella. Pero no puedo. Se me cierran los ojos y vuelvo a caer en el mundo de los sueños.

Lo confirmo durante la siguiente vez que me despierto. No hay duda, es Maite. Su “yo de energía” no puede reconocerme como su exmarido, hasta que no termine esta vida, no se le permitirá recordar cómo funciona el universo. No podrá identificar a otros seres de energía, ni acordarse de sus otras reencarnaciones. Su “yo físico” es imposible que me recuerde de antes, pues sólo hace unas horas que me conoce. Para ella, su exmarido y su hijo son dos seres distintos. Para mí, pronto lo seremos.

No hay nada más fuerte en el universo que el amor de una madre a su hijo, aunque debo reconocer que mi abuela también me quiere mucho. Casi todos los días, Maite me deja unas horas a cargo de la mujer que le dio la vida; no es tan divertida como su hija, pero debo reconocer que me lo paso muy bien jugando con ella.

Según pasa el tiempo voy olvidando lo poco que me queda de mi vida anterior: el amor que sentí por Maite, los buenos momentos que pasamos juntos, las caricias, nuestros planes de futuro… Mi “yo de energía” volverá a recordarlo cada vez que ascienda de nivel, pero por el momento va desapareciendo poco a poco.

Me sale el primer diente. Maite se alegra mucho cuando lo ve. Yo sigo olvidando y, poco a poco, el mundo que me rodea deja de ser algo borroso convirtiéndose en una casa de adobe con paredes blancas y puertas de madera.

Tengo mucha suerte de tenerla a mi lado. Siempre me está cuidando y enseñando cosas nuevas. Con su ayuda he conseguido dar mis primeros pasos. Gracias Maite.

No quiero olvidarlo todo. No quiero olvidarla. Al menos, quiero recordar su nombre. No quiero sorprenderme cuando me enseñe a pronunciarlo dentro de unos meses. Maite. Maite. Maite. Ma… ma.

Mi primera palabra es “mama” y va dedicada a la persona que más quiero. Cuando la oye, me abraza y me besa con tanta ternura que es imposible sentirse mal.

Me lo paso muy bien jugando con mi madre: se tapa la cara y desaparece; luego aparece otra vez. ¡Qué divertido! No paro de reírme cuando está conmigo.

Pasa el tiempo y entre risas y juegos voy descubriendo el lugar donde vivo. No hay muchas cosas por lo que podría parecer un lugar vacío o viejo: ninguna ventana está cubierta por cortinas y la mesa camilla cojea un poco, pero el cariño que se respira y el sonido de la radio a todas horas lo llena de calidez.

Estoy muy atento, a cada minuto aprendo algo nuevo. Mi proceso de crecimiento físico es continuo, todos los días aumento mi tamaño, pero lo que me rodea me parece tan interesante y me tiene tan entretenido que ni siquiera me doy cuenta de que mi cuerpo se alarga. En la calle llueve y el vuelo de las hojas de los árboles arrastradas por el viento me despierta tanta curiosidad que me paso horas mirando por la ventana. Más adelante hace frío y ni siquiera la bilbaína puede calentar la casa. Por fin suben las temperaturas y todo se llena de colores, y después llega el calor.

Las hojas vuelven a caer y, cuando salimos de casa, mi madre me lleva bien tapado. Hace frío, pero el gorro de lana, la bufanda y el abrigo que me ha puesto impiden su paso. Nos dirigimos a una casa de ladrillo muy nueva, parece un lugar mágico donde los colores de las paredes sonríen. Mi mamá me asegura que va a volver muy pronto, en unas pocas horas. Me pide que sea valiente y que no llore porque ya soy un niño mayor. Se va y me queda agarrado de la mano a otra mujer que me sonríe y me habla con voz muy dulce, pero algo en mi pecho arde. Se me hace muy duro ver marchar a mi madre. Quiero estar con ella, la echo de menos y eso que aún no ha terminado de irse. En el momento en que empiezo a llorar, veo que hay otros niños… ¡y juguetes! Me lo paso muy bien en este sitio, tanto que vuelvo a sonreír y el tiempo pasa volando; pero, cuando mi madre regresa, no quiero juguetes, ni amigos, ni nada. Sólo a ella. La abrazo con todas mis fuerzas y me cubre la cara de besos, mientras me felicita por ser tan valiente.

Siguen pasando los años y mi vida va cambiando. Dejo la guardería y voy a la escuela. Hay más niños en mi aula, y aún más en otras. Unas veces, cuando terminan las clases, vienen sus madres a recogerlos; en otras ocasiones vienen sus padres. Esto me genera mucha inquietud y dudas. Es algo que tengo que saber, ese es mi estado normal, todo me sigue llamando la atención y no paro de hacer preguntas a los adultos que me rodean. Cuando viene a buscarme, agarro a mi progenitora de la mano y nos vamos a casa, pero hoy no bailo por la calle porque en mi cabeza no para de repetirse la pregunta.

—Mama —digo a mi madre justo antes de que se preocupe por la calma con que voy a casa.

—Dime, hijo mío —responde con una gran sonrisa.

—¿Por qué no tengo padre?

Por un momento, su gesto cambia y se pone triste. Dobla las rodillas y pone su cara a la altura de la mía.

—Tu padre tuvo que irse antes de que tú nacieras —me dice.

Intenta esbozar una sonrisa, pero está claro que sigue triste.

—¿Por qué? —insisto.

—Porque me amaba mucho, hijo. Hasta que tú naciste, nadie me había querido tanto.

No entiendo la explicación que me ha dado mi madre. Y pese a que ella llora mientras me abraza, por alguna razón que no llego a comprender, estoy feliz. Muy feliz. Tan feliz que me pongo a llorar con ella.

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