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Dybbuk, un relato de Beatriz Alcaná

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Antes el viejo cementerio judío estaba que daba pena verlo, engullido por la maleza, salpicado de excrementos…

Ya no.

Ahora hay alguien que se ocupa de arrancar la broza y los zarzales, de recoger los desperdicios y de atusar lo que queda de los sepulcros. Se pone manos a la obra antes del alba, como si un resorte lo aupara. Tiene su mérito. En invierno por el repeluco que da levantarse de la cama y en verano porque amanece muy temprano y a esas horas los gallos ni cantan de la pereza que les entra de pensar en abrir el pico. Pero a él lo mismo le da que caigan heladas o que atice el sol con entusiasmo. Descansa poco, lo justo para ir tirando y continuar con el empeño. Día tras día ahí sigue, infatigable, como si le fuera la vida en ello. Solo reposa los sábados, que ni se le oye respirar.

Ya hay que tener ganas para mantenerse al pie del cañón, sin desfallecer. Hay quien sostiene que no lo hace por gusto, que lo domina una voluntad ajena, un dybbuk: el alma de un difunto al que le quedó algún objetivo por cumplir en la tierra. Quizás, de ser cierto, lo más humano sería impedirle que siguiera adelante. O tal vez no. A saber.

La cosa es que cuando este hombre llegó al pueblo no parecía muy amigo de hacer esfuerzos. Es más, no daba la impresión de ser muy amigo de nada ni de nadie, salvo acaso de sí mismo. Aquí se vino solo. Se conoce que había dejado a la consorte en la ciudad, donde llevaba una retahíla de años impartiendo clases de dibujo técnico en un instituto de secundaria. Se había cogido un año sabático con la intención de dedicarse por entero a desarrollar su talento artístico, que, a su parecer, nunca había sido reconocido por culpa de las horas que la maldita docencia le había robado a su vocación. Por eso, porque era un incomprendido y porque encima le tenían envidia, como le ocurre a todos los genios.

Le explicó a su señora que necesitaba espacio y se buscó un lugar en el que los ahorrillos le dieran de sí lo suficiente como para poder manutenerse sin depender de los dineros que le soltaban por enseñar a trazar curvas cónicas. Dio con este bucólico rinconcito, alquiló una casa en las afueras de la antigua judería y para acá que se trajo sus bártulos y sus ínfulas de bohemio. No hay forma de saber si los atavíos que se gastaba los había estrenado para la ocasión o le llevaban tapando las vergüenzas media vida. Usaba fulares y gafas de pasta muy feas, pantalones a cuadros y una boina que se calaba de medio lado y se le caía todo el tiempo. A mí me da que solo se lo ponía para dejarnos claro que era muy extravagante.

Hay que concederle, eso sí, que lo que venía siendo la facha de artista, la clavaba. Lo que no sé es cuándo pintaba este hombre, si es que pintaba algo. Echaba bastantes horas en el bar. Demasiadas. Se sentaba en una mesa en la esquina, se encendía un cigarrillo y se pasaba allí las tardes muertas, ensayando posturas, mirando por la ventana como si pensara en asuntos muy sesudos, inaccesibles para el resto de la parroquia. Hablar no le costaba demasiado, sobre todo de sí mismo; se diría que le chiflaba. En cuanto el orujo le hacía balsa en el buche, no había quien le hiciera callar. Lo que no se le daba tan bien era escuchar a los demás. Igual si lo hubiera hecho, ahora le luciría mejor el pelo. Porque hubo quien le avisó. De buena fe. Sobre todo, después de lo del incendio, pero no hizo caso.

Miedo ―lo que se dice miedo― nunca le habíamos tenido al viejo cementerio. No se le puede tener miedo a un pedazo de tierra, ni siquiera a este, ahí, a extramuros, donde nunca se había sembrado otra cosa que no fueran huesos de muerto. Miedo no, como digo, pero miramiento siempre. Primero porque un camposanto, pertenezca al credo que pertenezca, no deja de ser suelo consagrado. Segundo porque este en concreto llevaba fama de estar maldito.

La cosa viene de siglos, de cuando los judíos tuvieron que salir por piernas y les tocó malvender todas sus propiedades. Sus casas, sus tierras y hasta el propio cementerio. Dicen que el deán de la Catedral fue quien se lo compró, y que no les quiso dar más de 300 reales de plata por él. Se conoce que se aprovechó de la triste situación, porque esa cantidad era una miseria, pero no les quedó otra que tomar el dinero y marcharse para no volver. Al menos eso es lo que cuentan los que saben mucho de las cosas del más acá. Los que entienden de las cosas del más allá aseguran que algún miembro de la aljama debió lanzar una plegaria a dios para que velara por el descanso de muertos hasta que su pueblo pudiera regresar al hogar del que se les expulsaba. No hay forma de comprobar qué hay de cierto en ello, pero, aunque solo sea por si acaso, aquí siempre se le ha guardado el debido respeto al viejo cementerio judío. Hasta los más mozos se han cuidado mucho de rondar esas tierras. Y eso que, cuando se es joven y la sangre burbujea, a más de uno le da por buscar aventuras o intimidad en esta clase de parajes.

Nuestro forastero de joven ya no tenía nada, pero algo debía burbujearle en la mollera, porque de otra forma no se explica el capricho que le entró con dejarse caer por el cementerio. Le quedaba cerca de la casita que le habían arrendado, eso es verdad, y puede que allí encontrara al fin el retiro y la inspiración que le hacían falta para sacarse de una vez algún provecho a sí mismo. Tampoco es que hubiera mucho que retratar, aparte de los chinarros y las rastrojeras. Él decía que había una luz peculiar y quería plasmarla en el lienzo, pero solo se le veía empinando el codo y fumando tabaco negro. Como ni pintaba ni ponía cuidado, una tarde pasó lo que tenía que pasar y le prendió fuego a la maleza a cuenta de una colilla mal apagada. Las llamas se sofocaron como mejor se pudo y se le advirtió de buenas maneras que fuera algo más mirado. Igual le entró la sugerencia por un oído que le salió por el otro.

Fue a partir de entonces, de lo del incendio, que el asunto tomó otras trazas. Y con el asunto, también las tomó el sujeto. De repente se le veía más pálido, más ojeroso, a ratos como atontado; solo que con una tontería distinta de la que se había traído de la ciudad. Hablaba cada vez menos y ya nunca de sí mismo. De últimas no soltaba una palabra, y si lo hacía la gente arqueaba las cejas, porque era como si lo hiciera en otro idioma: uno que nadie entendía. Dejó de lado los pinceles y las acuarelas, y también el aguardiente. Esto último ya dio mucho que pensar; las alarmas saltaron porque alguien con tanta afición al orujo no le dice adiós así, por las buenas.

Como ya no encontraba placer ni en el hablar ni el beber, al bar dejó también de acudir. Al cementerio no, eso nunca. Era solo que, en lugar del caballete, lo que iba arrastrando eran unos aperos que debió encontrar en algún pajar: una azada roñosa y un escardillo medio roto. El material no era bueno y a la vista saltaba que la naturaleza enclenque del que lo manejaba tampoco estaba a la altura, pero la fuerza de voluntad mueve montañas y apaña cementerios.

Ya ha llovido desde que todo este asunto empezó. Por el pobre desgraciado nadie ha venido a preguntar todavía. Ni siquiera su mujer, lo que nos hace sospechar que no debe echarlo de menos. Aquí, la verdad, molestar no nos molesta, y tampoco es cuestión de quejarse porque ahora el cementerio está que da gloria verlo. Y sin que nos cueste una perra. Igual es verdad que lo hace porque anda poseído por un espíritu sefardí, un dybbuk. Pues lo mismo, pero qué se le va a hacer. A fin de cuentas, tampoco vamos a encargar un exorcismo, que lo mismo nos quedamos sin el alma en pena y nos toca volver a sufrir al fantasma.

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3 comentarios en “Dybbuk, un relato de Beatriz Alcaná”

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