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Atrás, un relato de Marco Granado

#hayalguienahifueraCYLCON

En la esquina de una calle se paró
En su casa aún no saben que escapó
Contando las baldosas al andar
Dudando si volver atrás

Piensa en su chica que le esperará

Pero ahora nada le detendrá

 

Había empezado a soplar la brisa desde el mar de mercurio y Ozlem se colocó el respirador. La tercera luna, roja y diminuta, iniciaba su segunda vuelta sobre el cielo. Dentro de poco, los vapores de mercurio y el frío expulsarían de las calles a los pocos jumpers que aún quedaban. Cualquier otro día ella también estaría recogiendo sus cosas, pero no hoy. Una chica con ojos de cristal e implantes de tercera generación se asomó a una plataforma en la parte baja de un edificio, a unos quince metros de altura. Cinco saltos mortales después aterrizaba sobre el suelo, los brazos en cruz, se trastabillaba y tenía que dar unos pasos hasta estabilizarse. Soltó una maldición en una jerga que Ozlem no conocía y se bajó los pantalones. Allí mismo se enchufó un calibrador para reajustar los potenciadores. A los ricos de las terrazas no les daba vergüenza mostrar en público sus partes biomecánicas. A simple vista se distinguía la escasa piel original que le quedaba, apenas unos jirones oscuros entre la capa brillante de metal poroso. «En diez años no te quedará nada», pensó Ozlem, con algo de envidia. ¿Dónde estaría ella dentro de diez años? Desde luego, no en ese planeta.

Una cabina, unas monedas sin valor
Al otro lado un amigo contestó

Ya lo había hablado todo con Samyr, su pareja. Mandó un mensaje a Ugur. Ugur, el que siempre estaba ahí, su amigo de la infancia. Solo un símbolo: «Localízame».

La encontró en la terraza más alta de la Torre de Hielo. Territorio de voladores, no de jumpers, mucho menos de subs como ellos. Los vapores de mercurio no ascendían más de unos pocos metros sobre la superficie. Allí, el viento era la única amenaza.

—¿Qué haces aquí? Estaba ya para meterme en la cama.

La muchacha se dio la vuelta hacia él y lo abrazó. Su maleta giró automáticamente para seguirla, un metro por detrás.

—Menos mal que has venido. Me estaba quedando helada.

Ozlem lo llevó de la mano hasta el borde de la plataforma. Frente a ellos, la Gran Torre del Gobierno, con su espiral amarilla sobre fondo gris, una de las pocas que se elevaba por encima de su posición. Las únicas luces venían de las calles y los aéreos que recorrían la ciudad, puntos brillantes que aparecían y se ocultaban entre las moles oscuras de los edificios.

—Es bonito, ¿verdad?

—Una pasada. ¿Y esa maleta?

Ella se encogió de hombros.

—Una bronca como la de ayer, la de antes de ayer… Me he venido arriba y les he mandado a tomar por el culo. Que les jodan. No pienso volver.

Ugur la pasó el brazo por los hombros. Ella le rodeó la cintura y se apretaron el uno contra el otro.

—Bueno, estamos juntos, ¿no?

—Te vienes conmigo, ¿verdad? A donde sea. Elije tú.

Una risa breve.

—De momento vamos abajo, que aquí hace un frío que jode.

Juntos se fueron en expedición
En una noche llena de ambición
A grandes pasos fueron a escapar
Cuando tras ellos todo iba a estallar

Ozlem dejó su maleta en la entrada del Knoxx, desactivada. A nadie le llamó la atención su presencia. Todas las noches se asomaban por allí adolescentes de fiesta, taciturnos o que simplemente buscaban una cama para dormir, a solas o no. Sonaba música antigua, de instrumentos analógicos.

—¿Qué quieres? —dijo Ugur, con una tarjeta en la mano—. Invita mi madre.

Descargaron estimulantes con reacción al ritmo y bailaron durante horas. Si te fijabas en los danzantes, era  fácil distinguir lo que cada uno se había metido: por una parte, los ritmoestimulados como ellos movían sus brazos arriba y abajo y saltaban sin freno; al lado, los somatosensibles, ojos cerrados y pies anclados al suelo, balanceándose como empujados por la brisa del mar de mercurio; los fotorrespondientes, que se agitaban sincronizados según el color variante de los focos, más rápido con el amarillo y el rojo, despacio con el azul y el verde. A su alrededor, los limpios localizaban alguien con quién tener sexo esa noche o simplemente miraban el espectáculo.

Una pareja hetero de las terrazas se les acercó cuando se sentaron. Era fácil identificarlos, desnudos, la piel metálica de colores cambiantes del cuello para abajo. Si estás completamente aislado del frío y hace falta una hoja de diamante para cortarte no necesitas ropa, ¿no? Las capas y los pantalones quedan para los subs y para las tribus que los usan como bandera. Se rumoreaba que los más ricos mudaban de piel según la ocasión.

—Hola. Os hemos visto bailar y nos habéis llamado la atención —les dijo la mujer—. ¿Os apetece algo?

—Depende de lo que nos propongáis —dijo Ozlem.

—De momento, solo una copa. Y un poco de charla.

Ugur permanecía callado. No era aficionado a las aventuras ocasionales. Demasiadas historias de chicos y chicas encontrados flotando en el mar de mercurio, o que habían tenido que ser reprogramados en una psicoclínica después de que les hubieran enchufado a animales de pelea en algún tugurio de apuestas. Esas luchas eran a muerte, y a veces no les daba tiempo a desconectarse antes de palmar. O el dueño del animal, cabreado, no se lo permitía.

Todos menos Ugur tomaron unas verborreas. «Aún me dura el estimulador», puso como excusa. Al cabo de media hora, los tres jugaban a inventarse historias sobre otras personas del local y el chico les miraba en silencio.

—¿Veis a esa de allí? —Ozlem apuntó a una mujer inmóvil, los ojos cerrados, rodeada por un grupo de ritmoestimulados frenéticos—. Viene de otro planeta. Busca a la avanzadilla de una expedición que se perdió hace años.

—Pues no parece que busque con mucho ahínco —contestó el de las terrazas, riéndose.

La mujer pareció responder a su atención, y sus hombros se movieron atrás y adelante, como si realizara ejercicios suaves de calentamiento.

—Emite ondas telepáticas. Vaga de ciudad en ciudad llamando a sus congéneres. Por el día pasa desapercibida, sobrevive con trabajos esporádicos. Pero todas las noches sale, se pierde entre la gente y grita con la mente a los suyos.

—¿Por qué viajar? —intervino la compañera del hombre—. ¿No sería más fácil instalarse en un sitio fijo, desde el que enviar mensajes que solo pudieran entender los de su planeta?

—Es su forma de comunicarse. Las palabras le resultan demasiado limitadas, y sus ondas mentales tienen poco alcance. Además, cuando permanece demasiado tiempo en el mismo lugar los humanos acaban por darse cuenta de que hay algo raro en ella.

—Yo la veo más bien como una trabajadora de los niveles intermedios, que se conecta cada mañana a una terminal para mejorar algoritmos domésticos —dijo el hombre—. Oye, chicos, esto está muy bien, pero podríamos hacer alguna otra cosa, ¿no os parece?

—¿Cómo qué? —preguntó Ozlem.

La invitación era a la casa de la pareja, en las terrazas. A enchufarse a LordSex, una red de sexo de última generación. Una de las cosas que imprimían un nuevo estatus a unos subs como Ozlem y Ugur.

—Seremos vuestros anfitriones. —La mujer miró a Ozlem—. Si solo quieres venir tú, está bien.

—Os esperamos fuera, mientras viene nuestro aéreo —dijo él—. Tenéis dos minutos para decidiros.

—No pensarás dejarme sola —dijo Ozlem tan pronto la pareja se levantó.

—Tía, eres como mi hermana.

—Pues móntatelo con ella, o con él, o con los dos a la vez. Es LordSex, Ugur. Y estamos juntos, ¿no?

El aéreo era amplio y cómodo. Sencillo, tratándose de gente de las terrazas. Estaba claro que ese era el transporte que usaba la pareja con los desconocidos. Nada más subir, les pidieron la identificación.

—Os registramos como visitantes puntuales —dijo ella—. Para que os reconozca el sistema de seguridad.

La verborrea mantenía su efecto y los tres siguieron hablando durante el trayecto. Ugur asentía y solo alzaba los ojos para posarlos de vez en cuando en Ozlem. O mostraba una sonrisa de compromiso ante algún comentario, como cuando su familia contaba historias de su infancia delante de desconocidos.

La casa era tan lujosa como esperaban. El salón era un espacio diáfano, con dos de sus cuatro lados recubiertos por paneles transparentes del suelo al techo. Aquí y allá, zonas de hierba natural en las que crecían flores del tamaño de sus cabezas. No estaban a tanta altura como en la terraza de la Torre del Hielo en la que habían empezado la noche, pero la vista era impresionante. Del suelo emergieron cuatro sillones, dos de los cuales tenían encima cascos de conexión a la red.

—¿Queréis algo? —dijo el hombre—. ¿O preferís conectaros inmediatamente? En LordSex no vais a necesitar ningún estimulante. Podéis graduarlo todo cómo y cuándo queráis.

—¿Vosotros no vais a conectaros? —preguntó Ugur.

—Oh, los cascos son para vosotros. Nosotros estamos integrados.

Ozlem dejó su capa sobre la maleta y se sentó, con el casco en las manos.

—¿Vamos, no?

—Creo que yo paso —dijo Ugur, aún de pie—. No me apetece.

—No hay problema —dijo la mujer—. Tenemos amigos a los que les gusta mirar. Estás registrado, puedes tomar lo que quieras o irte, si lo prefieres.

Era tanto una oferta como un recordatorio. Si se le ocurría llevarse el pétalo de una flor pondrían a los drones de seguridad trás él. Ozlem se levantó y le cogió las manos.

—¿Quieres que nos vayamos?

—No, tú sigue. A ti te van estas cosas. Yo no tengo cuerpo ahora.

—Espérame, ¿vale? Saldré pronto y nos vamos. A donde tú digas. Estamos juntos, ¿no?

—Claro, Ozlem.

Cuando se desconectaron, amanecía. Ugur se había ido. Ozlem encontró un mensaje: «Lo siento».

—Quédate a dormir aquí —dijo la mujer—. Cuando despiertes, pide un desayuno y sal cuando quieras. Nosotros estaremos en la zona privada, no nos molestas.

—Siento lo de tu amigo —dijo el hombre—. ¿Eráis pareja?

Ozlem se fijó en que había usado el pasado.

—No. Solo amigos.

Algunos han conseguido olvidar
Y ahora su chica se ha vuelto a enrollar
Tan solo hay algo que funciona mal
Y es que su amigo se ha echado atrás

 

Los párrafos intercalados en cursiva corresponden a “Atrás”, canción de Antonio Vega incluida en el LP “Buena disposición”, de Nacha Pop (1982).

2 comentarios en “Atrás, un relato de Marco Granado”

  1. Muy interesante, juega bien con las convenciones. Me gusta la combinación del escenario ciberpunk con la historia mínima, personal. La constante sensación de peligro que sin embargo termina en algo más prosaico.

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