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Paciente cero, un relato de Rafael Heka

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Con tranquilidad, abrió la puerta de la oficina. Las luces de emergencia parpadeaban, pero dejaban apreciar las formas teñidas con la luminosidad anaranjada del crepúsculo.

Venía con un traje de los más caros que un hombre podía comprar con dinero y un corte de pelo digno de un actor protagonista de una película de gángsters. En su rostro había expresión perdida tildada de extrañeza.

Entró sin molestarse en cerrar la puerta, cruzó el hall y, tras girar a la izquierda, puso rumbo a su despacho: un flamante cubículo de cuarenta metros cuadrados en un piso treinta y dos. Luego, se acercó a su gigantesca mesa de caoba, extrajo de uno de sus cajones una botella de Johnny Walker de no menos de 25 años y le dio un buen trago.

La oficina estaba desierta. Totalmente. Sólo algún que otro informe se paseaba por entre las mesas al efecto de la corriente producto de las ventanas abiertas.

Amargado, levantó la enorme persiana que cobijaba su amplio ventanal y trató de disfrutar sin éxito de aquel crepúsculo empeñado en convertir los rascacielos circundantes en improvisados caleidoscopios. Edificios muertos como elevados bloques de pirita en una bóveda cada vez más y más oscura.

Derrotado, le dio otro trago a la botella maldiciéndose.

Había luchado mucho para llegar hasta allí: Cinco años de carrera, tres de masters, dos de especialización y siete lamiendo culos en una correduría cochambrosa de las afueras. Todo lo que cabía esperar. Incluso aquel golpe de suerte que le hizo rentabilizar unas acciones insignificantes catapultándole al éxito económico y profesional que lo convirtió en el corredor de bolsa más solicitado Wall Street.

Sonrió para sí. Wall Street, se dijo sin apartar la mirada de los edificios.

Dejó su familia muy joven. Nunca entabló relaciones con mujeres, no lo necesitaba. Ni siquiera tenía amigos. Su vida eran los mercados internacionales, los lujos y una vida maridada en los mejores restaurantes de la ciudad, cabalgando sobre lo único que sabía hacer: manejar el dinero de quien fuese sin ningún escrúpulo disfrazando de abnegado gestor financiero. Un disfraz que diariamente era lavado y planchado por su lavandería de confianza y depositado todas y cada una de las noches en el amplio ropero de su lujoso apartamento con escrupulosa puntualidad y profesionalidad. Ni siquiera asistió al entierro de su padre por una junta de dirección. Toda una vida de dedicación a una profesión que, normalmente, no generaba las bolsas en los ojos que ahora mismo tenía.

Intentando no dejarse dominar por sus machacones y sangrantes pensamientos, se levantó, salió de su despacho y comenzó a deambular por la oficina recordando la cantidad de empleados que trabajaron para él. También de algunos de los que se mofaba a escondidas por apreciarle o admirarle pese a su egocentrismo, soberbia, arrogancia y malos modales. Esos que, al ver aquello al fondo, se hubiesen sentido agredidos. Era algo en una mesa pequeña, la mesa de una empleada que casi no recordaba ya, una mujer muerta de cáncer hacía unos meses a la que despidió sin miramientos cuando le pidió un pequeño aumento para poder ir a una clínica en Europa, un jarroncillo con flores.

Nunca le gustaron los adornos ni las fotos en las mesas de los empleados: los distraía de trabajar. Tampoco les dejaba comer en sus puestos. Sólo agua. Y si era de los dispensadores comunes, mejor. Para eso estaban las pausas.

Nuevamente le dio otro trago a la botella. Le dolían las piernas, los últimos quince pisos los había tenido que subir andando.

Se sentó en la mesa y comenzó a revisarla de forma automática (solía hacerlo en según qué ocasiones y según con qué empleados al terminar la jornada).

De repente, al abrir un cajón, descubrió un bloc de pintura con dibujos a carboncillo.

No sabía que Jane supiera pintar. Y lo hacía bien. Había un boceto de una casa de campo, la sonrisa desdentada de una niña de no más de siete años, una puesta de sol y… ¿su rostro? Sí, era su rostro, pero no el burlón y malévolo que contemplaba cada mañana en el espejo al afeitarse, sino otro visto por los ojos de un corazón amable.

Sin más, y sin querer contener sus lágrimas, continuó bebiendo hasta que las mesas comenzaron a flotar y los papeles a cobrar vida propia.

Estaba solo. Totalmente solo. No era más que una carcasa vacía y nunca dejaría de serlo. No hacía falta que las luces de emergencia que quedaban en la planta se apagasen ni que el sol concluyera su partida camino a nuevos horizontes. Todo estaba más que claro. Había perdido la vida camino de algo totalmente fútil y ahora lo comprendía, dejando que sus lágrimas recorrieron con más fuerzas su rostro desfigurado por la pena.

Lentamente, volvió a su despacho y abrió una de las ventanas dejando que el gélido frío lo despejara por un instante. Que le permitiera grabar a fuego la culpa de conseguir que el hielo se instaurara durante tanto tiempo en el alma de sus empleados. No quiso pensar más. Tranquilamente terminó la botella, se subió a la ventana y se precipitó al vacío dejando que su cuerpo se estrellara en la acera junto a un periódico de esa misma mañana.

Su sangre, negra como su alma, encharcó los titulares de una primera plana muy alarmista respecto a los últimos acontecimientos que desde hacía ya algún tiempo mantenían y posteriormente mantendrían al mundo sin corriente eléctrica: un fenómeno geofísico relacionado con el cambio de polaridad del campo magnético terrestre, el cual la habría desprotegido de los rayos solares permitiendo que su actividad inusitada inhibiera la corriente eléctrica a nivel planetario. Cinco o seis años en donde la sociedad se daría la vuelta, volviendo a ser lo que debería de haber sido siempre. En donde los hombres se medirán por su valía para sobrevivir, su capacidad para convivir y su aptitud para ayudarse. Una civilización nueva ausente de superficialidad donde aquel importante corredor de bolsa tan influyente ya no sería necesario. Lástima que, a pocas horas (quizá por el efecto de aquellos depravados rayos solares, o quizá por algo que con las puertas abiertas de par en par encontró el alojamiento justo) aquel indeseable se pusiese de pie e iniciara el horror de los descarnados…

2 comentarios en “Paciente cero, un relato de Rafael Heka”

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