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O todos o ninguno, un relato de Marco Granado

Unas piernas emergen de la calzada. El resto del cuerpo va por debajo de la tierra. Vienen hacia mí, el ritmo pausado, como si caminasen por el aire. Las esquivo. Si alguien me atraviesa me da repelús, debe de ser algo psicológico. Yo prefiero moverme a ras de suelo, pero siempre hay quien ya antes del Apocalipsis no sabía dónde tenía la cabeza.

La mayoría de nosotres vaga por los lugares que conoció en vida. Unes por el campo, otres por los pueblos o las ciudades. Hay quien vuela, quien se mueve bajo tierra y quien mitad y mitad, como le dueñe de las piernas que me crucé hace un rato. No podemos hablar, y los gestos o los signos tampoco funcionan. De lejos puedes distinguir las caras, pero si te acercas o intentas comunicarte con alguien sus contornos se vuelven borrosos. Todes vamos a nuestra bola.

Y somos una barbaridad de espíritus pululando por aquí. Los de cada persona que ha vivido en la Tierra en algún momento, supongo.

A veces me da por saludar a alguien que me cruzo, de coña. Por hacer unas risas, si es que aún pudiera reírme. Imagino que ven lo mismo que yo: una sombra que se agita.

No queda ni una planta ni un animal. Bueno, casi ninguno. Les echo de menos, casi tanto como a las personas. Das por sentado que después del fin del mundo la humanidad habrá desaparecido, pero los bichos no tenían culpa de nada. Ni los pinos, los cardos o las flores.

Pasé una temporada en Egipto, por el templo de Karnak. Vagando entre las columnas de la sala hipóstila. «Tengo tiempo, voy a aprovecharlo», me dije. Allí estuve bastante, tres horas o tres años, no lo sé. Ya no hay relojes ni calendarios. Ni siquiera distingue entre el día y la noche, si es que la Tierra sigue girando alrededor del Sol. Todo se ve en blanco, negro y gris. Me crucé con gente bastante curiosa, hasta faraones, o que al menos se daban ínfulas de haberlo sido. Un espíritu brillaba bastante, como si se creyera la encarnación del sol. Gilipollas perdido.

Tengo una teoría: cada espíritu aparece con la imagen que tenía de sí al morir. Los hay viejos y jóvenes, gordos y delgados, cabizbajos y altivos. Algunos miden tres metros y otros no alcanzan el tamaño de un niño. También los hay más nítidos o más difusos, sombras apenas visibles que permanecen en los rincones y, si te fijas en ellas, se filtran a través de las paredes hasta desaparecer.

De vuelta a Burgos, paso por delante de un viejo edificio en ruinas, no distingo bien los detalles, pero sí la verja metálica que rodea el patio, ahora lleno de cascotes. Mi colegio. Me viene un recuerdo de hace tiempo, cuando Félix y el Lucas me metieron de cabeza en una papelera. Me dejaron quitarme las gafas antes. Eran mis amigos.

Seguimos siéndolo después de eso. Ahora daría unos cuantos siglos de eternidad por volver a verlos, y así mataba dos pájaros de un tiro.

Lo de pájaros no lo digo por ellos, ¿eh?

Yo estaba vivo el día del Apocalipsis. Recuerdo que busqué a los Cuatro Jinetes, por curiosidad más que nada, pero no los vi. Hubo clarines, terremotos, truenos y relámpagos. El viento absorbía los gritos y te obligaba a protegerte la cara, agarrado a una farola o a un árbol para no caer…

Un timo.

Aparecieron los espíritus. Fantasmas con greñas larguísimas y taparrabos —o sin él—, otres con ropa de cuero basto o arpillera, chilabas o trajes de corte italiano. Hubo quien se escondió cuando salieron, pero la mayoría nos quedamos a disfrutar del espectáculo. El Día del Juicio Final, la típica movida que a cualquiera le gustaría contar en la barra de un bar: «Yo estuve ahí».

Lo dicho: un puto fraude.

Se abrieron los cielos. Esa parte estuvo bien, muy épica. A la altura de lo que podía esperarse. Apareció Dios, o Alah, o Kalki, alguno de esos, envuelto en una luz brillantísima que solo te dejaba mirarle de reojo. Y habló:

—O todos o ninguno.

Y se acabó. Ende. Finale. The end.

Así, en masculino genérico. Los grandes dioses nunca han ocultado sus preferencias. Para ser las últimas palabras que se escucharon en la Tierra, no sé si dieron el nivel.

Los cielos se cerraron y la luz brillante se volvió por donde había venido. Les vives fuimos cayendo une a une. Con todo animal o vegetal muerto, fantasmas por todas partes y la climatología desatada, el planeta se había vuelto un poco inhóspito. Y según moríamos, nuestro espíritu permanecía. Uno más para la colección, añadido a la marabunta de ánimas.

Nadie entendimos nada. Bueno, nadie-nadie, no. Una tipa se había anticipado a todes. Hasta a Dios, Alah, Kalki o quién sea.

.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

Vuelvo al lugar más frecuentado de la Tierra. El único punto del planeta donde aún hay energía eléctrica. No sé cómo la obtiene, pero de alguna manera tiene que transformarla en alimento y agua. Con lo que ha sido capaz de hacer, fabricar un bocadillo de atún a partir del polvo no debe resultarle difícil.

Hay una esfera, un campo de energía que no podemos traspasar. Y en torno a él, millones de nosotres. Se ve la montaña de espíritus desde kilómetros a la redonda. El campo tendrá unos quince metros de radio, y es de color rosa. La única nota de color en mi percepción de película del siglo diecinueve. En medio, un chalé. De él salen cables conectados a antenas y otros que penetran en la tierra. A un lado, un pequeño huerto con flores, lechugas, cebollas y tomates, hasta tiene un gallinero. Nos pasamos horas mirando a las gallinas. Allí no te queda otra que mezclarte con otros fantasmas. Al principio es desagradable, pero te acostumbras.

A la puerta del chalé hay una silla plegable, de esas de camping, con brazos. Para mí no hay diferencia entre el día y la noche, pero supongo que ella sí los distingue. Por eso pienso que es por la mañana cuando la última mujer de la Tierra, la inmortal, sale por la puerta con una taza de algo caliente y se sienta en la silla. Nos mira y no dice nada. Nunca dice nada. De tanto en cuanto riega el huerto, da de comer a las gallinas, revisa las flores. Vuelve a entrar y sale al rato con un plato de puré humeante, a veces con una ensalada de productos de su huerta o un huevo frito. Cabrona, qué envidia da.

No sé si ella podrá distinguir nuestros rasgos, si reconocerá alguna cara conocida. Somos miles y miles de fantasmas agolpándonos en torno al campo de energía que ha creado. Tampoco sé por qué Dios, Alah, Kalki o quién sea tolera esto. A lo mejor no son tan todopoderosos como pretendían hacernos creer. O este es nuestro castigo porque esa mujer les ha robado el fuego, o se ha subido al árbol que no debía y se está comiendo toda la cosecha de manzanas, una a una.

Unas docenas de platos de puré y ensaladas después me voy a dar una vuelta. Entre unos edificios grises distingo al Lucas a lo lejos. Él se gira hacia mí y su contorno se difumina al momento. Intento seguirle, pero no me ha visto. Su espíritu se pierde entre otros cientos.

De alguna forma, me alegro de saber que está por aquí. Tenía buen aspecto.

2 comentarios en “O todos o ninguno, un relato de Marco Granado”

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