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El niño perdido (I), un relato de Yolanda Fernández Benito

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A los vecinos de la zona ya no les resultaba extraño ver a don Gabriel sentado en la terraza de El Niño Perdido. Todos los días, hiciese sol o lloviese, protegido por una enorme sombrilla, tomaba una copa de Ribera Crianza acompañado de un plato mixto de jamón y queso añejo. Aunque los camareros no soltasen prenda, en los mentideros se rumoreaba que había pagado unas buenas perras para que le reservasen todos los días, a la misma hora, la misma mesa. Todas las conversaciones al respecto acababan con un «cosas de ricos». Su ubicación, le permitía dominar el cruce de las calles Esgueva, Marques del Duero, Antigua y Juan Mambrilla, siendo esta última a la que más atención prestaba.

Tan habitual era su presencia que hasta los niños uniformados que salían del Colegio de la Enseñanza le saludaban y él les correspondía con una sonrisa. Todas las mamás y cuidadoras que acompañan a los niños estaban de acuerdo en que aquel caballero rezumaba elegancia y un encanto natural.  Más de una se sonrojaba cuando era la destinataria de su encantadora sonrisa. Una vez pasada la horda de chavales y acompañantes sacaba del bolso interior de su gabán una elegante Moleskine y con su exclusiva Mont Blanc garabateaba anotaciones de cuyo macabro contenido solo sabía él.

Todos respetaban a Don Gabriel, pero pocos sabían cómo había logrado amasar su fortuna. Cada vez eran los menos que recordaban a Gabi, un niño nacido media docena de décadas atrás en el seno de una familia obrera de Valladolid. Gabi vivía con su familia en el populoso barrio de la Rondilla. Los seis se hacinaban en un pequeño piso que llamaban hogar, que no era otra cosa que un oscuro primero que daba a un patio interior que eternamente olía a repollo. Aunque en aquella casa nunca faltaba un plato de comida, el sueldo de un currito de la FASA no daba para dispendios. Desde niño soñó con escapar de aquella miseria y conseguir ser uno de aquellos ricachones que se paseaban por las calles del centro con sus cochazos.

Siempre tuvo claro que la única forma de salir de allí era consiguiendo un buen trabajo. Aunque terminó el bachillerato con excelentes notas, su sueño de ir a la universidad se truncó cuando sus padres le confesaron que no disponían de ahorros que costeasen las elevadas matrículas. Como tenía claro que no quería acabar como su padre, optó por dedicarse a la venta de seguros. Aunque peor pagado, prefería un modesto traje y una corbata a un sucio mono de obrero.

Día tras día, recorría las calles picando en todas las puertas que se cruzaban en su camino. En apenas un par de años se había convertido en un experto en seguros y productos de ahorro. Su fama de vendedor implacable le permitió fichar por uno de los grandes bancos del país.

Estaba en el camino adecuado y no quería dejar de ascender, quería llegar a lo más alto costase lo que costase. Con los años conoció a Ana, la que sería su esposa y la madre de sus tres hijos. La vida le sonreía, una modélica familia que le apoyaba y le seguía a todos sus destinos. Aunque su mujer no se quejaba, él siempre le prometía que en breve dejaría de ser un simple director de sucursal y entonces podrían asentarse en una gran ciudad.

Dedicaba todo su tiempo y su esfuerzo al trabajo, sin darse cuenta de que para Ana y los niños se había convertido en un auténtico desconocido. No entendió cómo aquella desagradecida se permitió pedirle el divorcio, él que se lo había dado todo. Su soberbia le ayudó a pasar página, convenciéndose de que ya no tendría distracciones y se podría volcar de lleno en su objetivo. Año tras año arrojaba inmejorables cifras, pero el ansiado ascenso no llegaba. No fue consciente de que los años se le iban echando encima y que aquellos jovenes altamente cualificados llegaban empujando fuerte.

Después de cumplir los cincuenta no tardaron en citarle en la central para comunicarle un cambio de destino. No dudó en pavonearse delante de todos sus compañeros, fantaseando con que pronto ocuparía uno de los despachos de aquel imponente edificio y que sería el jefe de aquella panda de mediocres. Quince días más tarde se incorporaba como cajero en la sucursal de su barrio natal. A sus cincuenta años había vuelto a la casilla de salida, volvía a ser Gabi el hijo de Antonio. Lo había perdido todo, con el agravante de que sus vecinos de toda la vida lo sabían.

No pudo soportar semejante humillación y acabó refugiándose en la botella. Noche tras noche buscaba una barra de bar donde acodarse y beber hasta olvidar su fiasco de vida. Depresión, ponía en su parte de baja, porque fracasado y borracho no se consideraba una enfermedad.

Una noche salió sin rumbo fijo y por casualidad llegó hasta la puerta de aquel bar. Aunque era bastante más elegante y caro que los cuchitriles de su barrio en los que ya no le dejaban entrar, la sed le acuciaba. La inexperiencia de aquel camarero imberbe, al que tuvo que explicar qué era un sol y sombra, le disuadió de quedarse en la barra. Sentado en una solitaria mesa, apuró la primera copa con aquella mezcla de rabia y sed que se iría aplacando a lo largo de la noche.

Cuando se disponía a levantarse a por la segunda, un hombre de unos treinta años se plantó delante de él.

—¿Otra de lo mismo? —le preguntó con una gran sonrisa, mostrándole una copa idéntica a la que acababa de apurar.

—Por supuesto. Aunque te advierto que a mi me gustan las mujeres —contestó con desidia.

—¡Ja Ja Ja! Solo quiero charlar un rato mientras tomo una copa. Después de un montón de años he vuelto a esta ciudad y por lo que veo todo ha cambiado. ¿Puedo sentarme? —no había terminado la frase y ya estaba acomodándose enfrente de él.

Durante un largo rato, permanecieron el uno frente al otro en silencio, absortos en sus copas y pensamientos. El contraste era evidente hasta para el menos observador. Los pocos clientes del local no se explicaban qué hacía un joven elegante y sumamente atractivo sentado con aquel borrachín descuidado y sucio que daba grima con solo verle.

—Si me cuentas tu historia, te pago otra copa —retó el más joven al ver que aquel despojo era de los que el alcohol gratis les soltaba la lengua.

—¿Seguro que quieres escuchar mis miserias? —contestó Gabriel mientras su interlocutor asentía con una sonrisa y hacía gestos al sorprendido camarero para que sirviese otra ronda.

Durante más de una hora, Gabriel, le habló de su exitosa vida, de su ascenso en la empresa y de su adorable familia. El más joven asentía cada dos por tres animando a aquel borracho a vaciar sus recuerdos sobre la mesa que compartían. Cuando le sirvieron la cuarta ya estaba preparado para soltar toda la bilis que llevaba dentro.

—Suéltalo todo, te prometo que te sentirás mejor —le animó tocándole el hombro en señal de comprensión.

—¡Maldita puta! No se conformó con llevarse a mis hijos y ponerles en mi contra, si no que también arruinó mi carrera. Dicen que es por mi edad y porque no me he adaptado a las nuevas tecnologías, pero estoy convencido de que en una entidad tan mojigata no quieren altos cargos divorciados. Y luego lo de aquellos cabrones que dijeron que les había engañado con lo de las preferentes. Poco que se quejaban cuando les ingresaban más intereses que a los demás. No tenían otro puesto mejor para desterrarme, de cajero y en el barrio en el que me crie. Con lo que yo valgo. El día menos pensado me lio la manta a la cabeza y montó mi propia asesoría —balbuceaba con voz pastosa. Al terminar creyó ver un ligero destello rojizo en los ojos de su interlocutor, pero lo achacó al alcohol que corría por sus venas.

—Veo que sigues manteniendo la ambición y que estarías dispuesto todo a con tal de volver a triunfar —susurró el joven pareciendo tan divertido como ansioso.

—Pactaría con el mismísimo diablo con tal de llegar a lo más alto —fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.

En la oscuridad de su habitación, un hedor que le recordaba a los huevos podridos que cuando eran niños lanzaban contra la pared del colegio, inundó sus fosas nasales. El negro de la noche fue inundado por unos destellos rojizos que, poco a poco, se fueron intensificando. Intentó levantarse para verificar su origen, pero no pudo moverse. Aquella extraña luz se reflejaba en el espejo del armario que estaba a los pies de la cama. El olor se acrecentó, la luz roja cobró una intensidad cegadora hasta que en el espejo se dibujo la faz de un ser demoníaco que le miraba con sus relucientes ojos. No escuchó palabra alguna, pero una pregunta resonó en su cabeza: «¿Seguro qué pactarías conmigo?». Quiso ponerse en pie y salir corriendo, pero seguía inmóvil mientras aquel rostro se acercaba más y más a él.

Al conseguir emitir un grito desesperado y gutural, se despertó. Por la luz que bañaba el cuarto de la pensión de segunda en la que vivía, calculó que ya debía ser mediodía. Estaba empapado en sudor y, hasta que no oyó a su patrona preguntándole desde el otro lado de la puerta si estaba bien, no se dio cuenta de que todo había sido una pesadilla. La desazón desapareció gracias a un café cargado y dos magdalenas, pero el dolor de cabeza le duró todo el día. No recordaba nada de la noche anterior, pero sonreía amargamente pensando que la borrachera debía haber sido de campeonato y muy barata porque no echó en falta ni un euro en su cartera.

Como cada noche volvió a salir a la calle en busca de un garito donde ahogar su mala suerte. Sin motivo aparente sus pasos le llevaron de nuevo a una de las zonas más antiguas de Valladolid, en esta ocasión se cruzó con varios bares abiertos, pero algo le impulsaba a seguir caminando. Al llegar a la calle Esgueva, vio la elegante puerta de aquel bar. «Demasiado fino» pensó, pero aun así algo le impulsó a entrar.

—Buenas noches, Gabriel. ¿Qué tal su cabeza? Vaya susto nos dio ayer. ¿Un sol y sombra? —preguntó el camarero con demasiada familiaridad para su gusto mientras señalaba la mesa del fondo desde donde un hombre le hacía señas.

La curiosidad le animó a coger su bebida y caminar hasta la mesa del desconocido. No había que ser demasiado listo para suponer que aquel había sido su compañero de melopea la noche anterior y que por su aspecto, entre ansioso y divertido, sería fácil que le patrocinase otra borrachera.

—¿Qué tal? Te veo muy repuesto, después de lo de anoche no sabía si vendrías hoy—comentó a modo de saludo mientras le invitaba a sentarse.

—Perdona, pero no recuerdo nada de anoche —se disculpó Gabriel intentando no sonar demasiado cordial.

—Pues sí que te zurraste —sonrió el joven mientras hacía un divertido gesto—. Me llamo Andrés, fui el buen samaritano que ayer te llevó hasta tu pensión después de caer redondo aquí mismo.

—Gracias, te debo una —concluyó mientras daba el primer desesperado trago a su bebida.

—No te preocupes, después de lo mal que te ha tratado el destino no me extraña que bebas para olvidar —le intentó reconfortar.

Como en la noche anterior, durante un tiempo, los dos bebieron en silencio. Al calor de la segunda copa, Andrés se decidió a atacar a su nuevo compañero de tragos.

—¿Sabes por qué se llama así este garito? —preguntó señalando el nombre impreso en una servilleta.

—¿El Niño Perdido?, ni puta idea —murmuro Gabriel mientras daba otro trago a su copa.

—Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XVI, la desaparición de un niño puso patas arriba este barrio. Aquella desaparición podía haber sido una de tantas si no fuera por la macabra estampa que presenciaron los que encontraron al niño. Varios vecinos denunciaron que habían oído lloros y visto regueros de sangre que desembocaban en el Esgueva. Todo pasó en el edificio que por aquella se alzaba en este mismo sitio. Era la casa de un tal Andrés de Proaza, prometedor estudiante de medicina, que en su empeño por llegar a ser el mejor médico del mundo cruzó una linea muy peligrosa. Cuando la milicia entró en mi sótano encontraron el cadáver del niño perfectamente diseccionado. No entendieron que yo solo trataba de investigar el cuerpo humano en favor de la ciencia. Me detuvieron y torturaron. No tuve más remedio que contarles de dónde habían salido mis avanzados conocimientos de medicina en general y de anatomía humana en particular. Les revelé los poderes de aquel elegante sillón que el mismísimo Satanás había creado y que por azar había llegado hasta mí. ¿Qué más daba un niño más o menos en aquella ciudad comida por la miseria? —por un momento la cara jovial de Andrés se trasformó en una mueca de ira y aquel destello rojizo volvió a aflorar en sus ojos. Un golpe en la mesa hizo que las bebidas temblasen. Ante la desconcertada mirada de Gabriel se tranquilizó y siguió con su monólogo—. La Inquisición me juzgó y me ahorcaron. Los muy hipócritas no se atrevieron a destruir mi sillón por muy satanico que fuese su origen.

—Algo me suena —apostilló Gabriel para llenar el incómodo silencio que aquel desquiciado había dejado al terminar su relato. Aunque se había dado cuenta de que el muy tarado contaba la historia en primera persona, no le concedió mucha importancia. Cada uno tiene lo suyo y él no iba a ser quien le juzgase. Mientras pagase las copas… ¿Qué más daba?

—Siendo de Valladolid tienes que conocer la leyenda del Sillón del Diablo. Aquí mismo estaba la artesa donde diseccioné a aquel mocoso. ¡Qué tiempos aquellos! —la melancolía invadió a Andrés.

La conversación acabó en aquel momento y los dos dedicaron el resto de la noche en ahogar sus penas y miserias en sus copas.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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