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El niño perdido (II), un relato de Yolanda Fernández Benito

#mitosyleyendasCYLCON

SEGUNDA PARTE

El familiar hedor a huevos podridos inundó de nuevo su habitación. La luz roja volvió a abrirse paso entre la oscuridad de la noche. Inmóvil fue testigo de cómo aquel ser diabólico salido del espejo se le acercaba cada vez más. Horrorizado descubrió que de una de sus inhumanas garras colgaba el cuerpo inerte de un chaval.

Despertó empapado en sudor y con la respiración agitada. Algo le rondaba en la cabeza, pero no lograba averiguar qué era. Desperdició un día más tirado en la cama sin hacer nada de provecho. Después de cenar la insulsa comida de su patrona, no se sintió con ánimo de salir. Los miércoles había pocos bares que aguantasen borrachos trasnochadores, así que tenía muchas papeletas para encontrarse con aquel pirado. Como no tenía presencia de ánimo para aguantar chalados, se tuvo que conformar con terminarse la botella de DYC que guardaba para emergencias.

Adormecido por la bebida se tumbó en la cama dejándose llevar por el sueño. No tardo en caer en ese curioso estado de duermevela, en el que el cerebro ordena los pensamientos más díscolos. De repente, todo encajó en su cabeza, reconoció la cara del chaval que sostenía el diablo en su sueño. Era Paco, su mejor amigo del colegio. Desde su muerte no había vuelto a pensar en él. Borrar por completo su recuerdo le ayudó a superar el trauma y no caer preso de la locura.

Muy a su pesar se obligó a desempolvar aquellos recuerdos de infancia. Recordó la excursión de octavo de EGB al Palacio de Fabio Nelli. Alentados por el morbo de su leyenda, solo querían ver el Sillón de Diablo, sin hacer caso al resto de las piezas expuestas en el museo. Por aquel entonces las historias de fantasmas eran sus preferidas, e incluso en alguna ocasión se habían atrevido con la ouija, pero sin llegar a buen puerto por las bromas y risas del resto de los participantes.

Paco y él siempre estaban compitiendo por cualquier tontería. En aquella ocasión se habían propuesto sentarse en aquel extraño sillón. Se hicieron los remolones a la hora de abandonar el museo para quedarse a solas con el sillón. La suerte quiso que Paco fuese el primero en sentarse. Mientras Gabriel vigilaba, sorteó el cordón que lo resguardaba y se sentó triunfante. Las voces de su profesora llamándoles evitaron que Gabriel pudiese cumplir con el reto y tuviese que aguantar las burlas de Paco.

Tres días más tarde encontraron a Paco muerto en su habitación. Los médicos lo achacaron a una deficiencia congénita que su familia padecía en el corazón. Pero Gabriel conocía la terrible realidad, el sillón se volvía a cobrar otra víctima haciendo cierta la leyenda. Después de unos meses atormentado por su secreto, su cabeza decidió bloquear aquel episodio.

Destrozado por aquel recuerdo y consciente de la mierda de vida en la que estaba sumergido, se lanzó a la calle en busca de Andrés. Las lágrimas nublaban sus ojos. Las primeras brotaron tímidamente cargadas de pena por su amigo muerto siendo sustituidas por un torrente cargado de rabia. La ira por haber estado tan cerca de la cumbre y haberlo perdido todo. Quería encontrar a Andrés, sabía que era una locura, pero… y si realmente era quién decía ser.

Eran las once de una fría noche de invierno, los pocos que se cruzaban en su camino torcían el gesto al ver a aquel hombre en mangas de camisa con la cara deformada por un enloquecido rictus. Cruzó su viejo barrio a paso ligero. Recorrió la calle Torrecilla al trote, al girar hacía la calle de Lira apretó el ritmo de su carrera. Los pulmones le reventaban, pero estaba seguro de que Andrés estaría esperándole a la puerta de su antigua casa, con aquella sonrisa enigmática y el brillo rojizo que de vez en cuando afloraba en sus ojos. Al llegar a la iglesia de San Martín y enfilar la calle de los Moros su carrera se convirtió en un doloroso esprint que terminó abruptamente al entrar en la calle Esgueva. Se limpió las lágrimas de los ojos con las manos y sonrió aliviado al verle en la puerta del bar. Sus miradas se cruzaron. La sonrisa de Andrés por el contrario era fría y reflejaba el triunfo que estaba a punto de conseguir. Aquella noche complacería a su amo.

Sin cruzar palabra, Andrés comenzó a andar y Gabriel le siguió. De repente sintió frío, en el frenesí de la huida hacia su nuevo destino no tuvo la precaución de coger una prenda de abrigo y los rigores de las noches de invierno de Valladolid le estaban pasando factura. Su cuerpo temblaba, pero no le importaba, estaba a un paso de cambiar su suerte.

En silencio, recorrieron los seiscientos metros que les separaban de su objetivo. Caminaron por las silenciosas calles que en la época de Andrés habían estado llenas de palacios, conventos e iglesias de las que ahora quedaban pocos vestigios. Cuando por fin llegaron al final de la calle Concepción se encontraron con su destino. El imponente palacio renacentista se alzaba frente a ellos. Entonces, Andrés rompió el silencio, el tono desenfadado y jovial de otras veces fue sustituido por un discurso frío y amenazante.

—Has elegido tú destino, sin coacción alguna. En el momento en que te presentes ante él, no habrá vuelta atrás y quedarás unido a los nuestros para toda la eternidad. Si tienes dudas, ahora es el momento de aclararlas.

—Si accedo a sellar un pacto ¿qué se me revelará? Yo no tengo estudios de medicina, ni los quiero. ¿Crees que no conozco la leyenda? —pregunto Gabriel.

—¡Ja ja ja! ¡Qué crédulos sois los humanos! ¿En serio pensáis que un portal tan poderoso como es el Sillón del Diablo solo sirve para dotarte de conocimientos de medicina? En esta época, para eso está Internet —rio mientras le miraba con desprecio.

—Mi amigo Paco murió por sentarse en él sin estar demasiado instruido. ¿Quién me asegura que no voy a correr su misma suerte? —preguntó desconfiado mientras sus temblores se acrecentaban y ya no eran de frío.

—Ni aquel niñato, ni el bedel, ni otros tantos, tenía ambición y proyectos. El Sillón solo premia a los que saben lo que quieren y están dispuestos a conseguirlo a cualquier precio. Tú sí estas a la altura y se te revelaran conocimientos acordes a tus deseos. Van a dar las doce de la noche, una hora perfecta para presentar nuestros respetos al Señor —terminó Andrés mientras empujaba la puerta principal del palacio.

Gabriel le siguió, dócil, como un corderillo que va al matadero. No tenía nada que perder, solo su mierda de vida. Mientras recorrían los vacíos pasillos del palacio, sin encontrar a ningún vigilante, se preguntaba si aquello no sería una broma de mal gusto orquestada por alguna de las cadenas de telebasura que tan de moda estaban. También se preguntaba qué tendría que dar a cambio de sus futuros éxitos. Era un experimentado comercial y estaba seguro de que podría negociar un buen trato, e incluso engañar hasta al mismísimo Diablo.

Al llegar a la sala donde se exponía aquel antiguo sillón, Andrés le indicó que pasase. Gabriel entró en la sala donde se percibía un ligero olor a huevos podridos, últimamente tan familiar en sus sueños. Un aura rojiza envolvía al sillón de los deseos. Sin dudarlo, con la valentía del que no tiene nada que perder, retiró el liviano cordón rojo que lo protegía de culos osados y sin ninguna ceremonia se sentó.

En ese momento el olor se acentuó, la luz roja lo inundó todo y aquel ser que le visitaba en sueños se materializó. Una voz gutural resonó en su cabeza, tan era su fuerza que en un principio pensó que le iba a estallar. Aquel ente, a todas luces maligno, en un lenguaje arcaico que sin saber cómo entendía, le explicó las condiciones del pacto que estaban a punto de firmar.

Satán se comprometía a facilitarle todos los conocimientos que necesitase para lograr el éxito en su vida profesional, pero a cambio le exigía que le entregase un alma al año. Sus ansias egocéntricas de poder y reconocimiento y la atmósfera asfixiante en la que estaba inmerso no le dejaron evaluar la conveniencia de optar por la otra opción: la muerte definitiva.

Ante la pregunta de Satán: «¿Aceptas pertenecer a mi corte de elegidos y cumplir todos y cada uno de los preceptos del pacto?», él asintió con rotundidad. Entonces sintió un pinchazo en la mano izquierda que tenía apoya en el reposabrazos del sillón. Unas gotas de sangre manaron de su índice y desafiando a todas las leyes físicas conocidas por los humanos volaron hasta estamparse en los legajos que Andrés de Proaza sostenía en sus manos. Después de una salvaje carcajada, reinó la oscuridad.

De nuevo despertó en su destartalada cama, desorientado y empapado en sudor. Estaba convencido de que había vuelto a tener otra pesadilla fruto de sus borracheras nocturnas. Se dirigió al baño de la pensión para lavarse la cara y al meter las manos debajo del grifo sintió un escozor incómodo en el dedo índice de su mano izquierda. Inquieto escudriñó la yema de su dedo descubriendo la huella de un pinchazo y una pequeña postilla taponando el agujerito. No le dio más importancia hasta que encontró un pergamino encima de la mesilla de su habitación. Parecía muy antiguo. Con sumo cuidado lo desenrolló. Estaba llenó de pequeños dibujos, que contra todo pronóstico, para él tenían sentido. Dos manchas de sangre reciente, una rojiza y otra negra como el carbón remataban aquel extraño contrato.

Ya habían pasado diez años desde aquella mañana en la que Andrés de Proaza fue a buscarle para entregarle las llaves de su nuevo y lujoso apartamento en el centro de la ciudad, equipado con todo lo necesario para comenzar su nueva vida. Durante un mes Andrés fue su mentor, acompañándole en su transformación, tanto física como psíquica.

Aún recordaba el regalo de despedida de Andrés, otro manojo de llaves, pero en esta ocasión eran de un despacho situado en un elegante edificio de la calle Miguel Iscar. Aquel día, Andrés le dejó volar solo, le comentó que ya había terminado con él y que tenía que ir en busca de nuevos desgraciados a los que ayudar a recuperar su vida.

Gracias a los conocimientos de análisis de mercados y a la excelente intuición conseguida por ciencia infusa no le faltaron clientes generosos que pagaban grandes cantidades por su habilidad para multiplicar su dinero. No todos eran honorables hombres y mujeres de negocios, entre ellos elegía las almas que anualmente ofrecía a su señor Satán, proveedor de todos sus bienes y éxitos.

Durante aquellos primeros años no le tembló la mano cuando sacrificaba a aquellos desgraciados. Gracias a la confianza ganada, no le resultaba muy difícil convencerles para que le acompañasen hasta el trastero que tenía alquilado en los sótanos de la calle Solanilla, pared con pared con local del El Niño Perdido. Por allí pasaron ladrones, estafadores, proxenetas, asesinos y todo tipo de gentuza. La noche que firmó el pacto lo tuvo claro, si Satán quería almas, las iba a tener, pero el color lo elegiría él.

Muy a su pesar, no resultó tan sencillo engañar al maligno. Le permitió acomodarse en su nueva vida, y no solo disfrutar de los placeres mundanos, si no también obtener el reconocimiento y la posición social con los que siempre había soñado. Cuando ya estaba irremediablemente enganchado a aquel estilo de vida, reapareció Andrés.

Aquella noche, después de uno de sus sacrificios más o menos rituales, Gabriel estaba disfrutando de un sol y sombra con coñac añejo, en su mesa de El Niño Perdido. Su gesto relajado cambió al verle entrar por la puerta, ya que la vuelta de Andrés no presagiaba nada bueno. Intentó ocultar sus temores y corrió a saludar a su antiguo compañero de borracheras invitándole a sentarse en su mesa.

—Querido Gabriel, el jefe ya está cansado de tus trampas y de toda esa morralla de almas que le consigues. Total, tarde o temprano iban a ser nuestras —le espetó Gabriel saltándose todos los saludos y convencionalismos formales pasando directamente al grano.

—Cuando firmé el pacto no se especificó nada en lo referente al tipo de almas —contestó con la misma frialdad que había utilizado su interlocutor.

—Parece mentira que un hombre de negocios como tú no leyese el contrato antes de firmarlo. Te fiaste de su palabra, creo que no te habló del párrafo en el que se mencionaba que las almas ofrecidas como sacrificio debían ser puras —al terminar, una maléfica sonrisa afloró en su cara. Sin más se levantó y mientas se daba la vuelta para irse le dio una última instrucción—: Te queda un año para elegir un alma limpia o todo lo que tienes desaparecerá.

Desde aquel día don Gabriel se sentaba en la terraza de aquel bar para observar a los alegres niños que salían del colegio cercano con la intención de encontrar una víctima perfecta que aplacase a su amo y señor. Camelándose a progenitores y cuidadores había logrado saber todo sobre aquellas angelicales criaturas. Todos los días descartaba a alguno por diversos motivos. En los descartes solían primar la vigilancia del niño y su tendencia al mal.

Por fin la lista se había reducido a un solo nombre. Mario de nueve años, volvía todos los miércoles solo a casa. No fue difícil camelarle para que le acompañara hasta su coche con la promesa de llevarle a su casa. Una vez dentro, le drogó para que durmiese hasta la noche, momento en el que lo sacrificaría para su amo. Estaba nervioso, ya que en su imaginario moral no era lo mismo matar a delincuentes adultos que a un indefenso niño.

Todo estaba a punto, el niño atado y adormilado encima de la artesa. Para la ocasión había elegido un cuchillo de carnicero, rápido y letal, evitando el sufrimiento del pequeño durante el ritual. Las campanas de La Antigua sonaron a las doce de la noche, pero quedaron apagadas por las sirenas de policía que inundaron la calle Solanilla y sus inmediaciones. Un artificiero entró en el sótano, en el momento que Gabriel levantaba el cuchillo para dar muerte a su inocente víctima, descargando un certero disparo en la frente del asesino. La historia se repetía, también fue una vecina la que alertó a la policía al oír los llantos de un niño.

Tardaron semanas en catalogar los restos humanos enterrados en aquel antiguo sótano edificado en el mismo solar donde siglos antes había aparecido el verdadero niño perdido. La prensa tuvo carnaza durante meses contando vida y milagros de aquel psicópata que durante años había limpiado las calles de Valladolid de indeseables. Surgieron cientos de absurdas teorías intentando explicar porque eligió a aquel pequeño.

Años más tarde, una noche de invierno en el bar de la calle Esgueva, Andrés eligió como candidato a Mario, un policía venido a menos por su adicción a las drogas de diseño. Charlaron y bebieron durante toda la noche. El alcohol y una que otra pastilla soltó la lengua de Mario, le contó que de pequeño estuvo a punto de morir a manos de un psicópata. Antes de desmayarse encima de la mesa, entre lágrimas le confesó que se lo tenía merecido por haber propiciado el accidente que mató a su hermano pequeño unos meses antes del incidente, solo acertó a balbucear «yo solo le tiré a la piscina para que aprendiese a nadar».

—¡Qué cabrón, el bueno de Gabriel! No pudo elegir un niño al azar, tuvo que buscar uno con el alma manchada —murmuró divertido mientras intentaba cargar con su nuevo protegido.

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