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Fin de la historia, un relato de Marco Granado

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Manuel se da cuenta de que ha hablado de más antes de acabar la frase. El vino, otra vez el vino. Le había sobrado el último tinto. Ya no había remedio. Lo sabe por la respiración contenida y los labios de Inés, que apenas se separan al preguntarle:

—¿Desde cuándo lo sabes?

No tenía sentido disimular la mentira o intentar atenuarla. Ella lo conocía demasiado bien. Si no hubiera sido porque durante los primeros años de su matrimonio estuvo demasiado obsesionada con un embarazo que no llegaba, le habría descubierto hace mucho. Detrás de sus ojos marrones encuentra ahora sentido a tanto viaje con la excusa de conseguir nuevas semillas y mejores abonos, las ferias en Medina del Campo, en Valladolid y en Salamanca. A clínicas y a médicos, al principio para buscar una solución, después solo para elegir aquellas que aceptarían esconder la verdad cuando le tocara volver con su mujer. Pagados siempre en efectivo, sin facturas que pudieran delatarle. Hasta esa noche, había sido muy cuidadoso.

Se encoge de hombros.

—Eso ya no importa, Inés.

Intenta una media sonrisa triste, abochornada, que disimule el miedo que le sube a los ojos y se los llena de lágrimas. Siempre había tenido miedo a su mujer, por mucho que intentara fingir el cariño. Lo fingió tanto tiempo que acabó dudando si era o no sincero. Fue su contribución a un matrimonio nacido de la necesidad mutua. Manuel buscaba una casa y unas tierras, Inés un hombre que la preñara. Y él no había cumplido su parte.

—No quería perderte —dice.

Como si eso fuera una razón. Más de la mitad de sus treinta años de casados, desde el último tratamiento inútil, los pasaron alimentando noche a noche el espacio que los separaba. La espalda de Inés sobre el colchón se volvió una muralla demasiado alta.

Es él quien baja la vista. Como siempre.

—Perdóname.

Ya solo en la cocina, Manuel abre la botella de vino. El segundo vaso lo bebe a sorbos, esperando a que ella se duerma. Sabe con quién está casado.

En su noche de bodas, él en camiseta y calzoncillos y ella en camisón, Inés le sujetó la mandíbula con los dedos de su mano derecha:

—Ni se te ocurra engañarme.

—¿Qué? —Se echó atrás para soltarse—. ¿Me harás lo mismo que le hizo tu abuela a su marido?

Esa fue la primera vez que el vino le envalentonó. Al menos se contentó con mencionar a su abuela y no al hermano. Por mucho que bebiera, el miedo seguía ahí.

—No hará falta que yo te ponga la mano encima. Las mujeres de mi familia tenemos quién nos proteja.

La abuela de Inés. De niño, cuando apenas habían pasado los años del hambre, ya todo el pueblo la llamaba la Señora. Manuel la conoció como una mujer vestida de un negro que nunca pareció luto, y a la que todo el mundo saludaba con inclinaciones de cabeza y sonrisas que desaparecían apenas mostraba la espalda. Con una cojera leve, apoyada en su bastón de madera de roble tallada. Se casó con una buena persona, aunque demasiado aficionado al tute para su poca suerte con las cartas. En los corrillos que hacían los niños detrás de la iglesia, en voz baja, se contaba la noche en la que el marido volvió de la taberna tras haber perdido unas tierras de la Señora en una mala partida.

—Perdóname —gritaba desde la calle, arrodillado ante el balcón a oscuras tras el que dormía, o fingía dormir, su esposa, embarazada del que sería su único hijo.

Los vecinos le mandaban callar —«entra en casa de una vez»— pero el hombre seguía con su súplica. Dicen los que le vieron, o quizás fuera un adorno de los que después narraron la historia, que se le caían las lágrimas y su rostro era de puro pánico cuando se abrió la puerta principal. Ninguna vela se encendió para servirle de guía, nadie salió a su encuentro. A la mañana siguiente le sacaron metido en un ataúd. No hizo falta llamar a un médico. Un guardia salió de la casa tras ver el cadáver, tapándose la boca con la mano, y vomitó bilis delante de medio pueblo. El atestado explicó que un lobo, o un oso, había entrado durante la noche para devorarle las entrañas. Sin tocar a la esposa que dormía a su lado, sin despertarla siquiera. Era la familia más rica del pueblo, nadie hizo preguntas. Hasta se hicieron batidas por el monte. Había que guardar las apariencias.

La viuda dio a luz un niño, el padre de Inés. El disgusto de la mujer al ver su sexo fue tal que lo abandonó en brazos de un ama desde el primer día. Ni una gota de leche concedió a su hijo. Así salió, callado, triste, serio hasta en las fiestas. Y medrador. Tras la guerra, apenas con veinte años, se hizo con muchas tierras de las que arrebataron a los perdedores. Su madre siempre detrás aunque no se la viera, como si marcara con su bastón el ritmo que debía seguir el hijo. Ella amañó el matrimonio con una joven de una villa cercana, la menor de cinco hermanas. En los corrillos del pueblo se comentaba que la Señora quería una nieta por encima de todo, y por eso buscó sangre proclive a parir hijas, que continuara la estirpe. Pese a eso, el primer embarazo acabó en otro niño. Nunca mostró el menor aprecio por su nieto, como no lo había tenido por su hijo. Y en cada cena azuzaba al matrimonio a aumentar la familia.

Todo cambió al nacer Inés. La Señora salía con ella de paseo, la bañaba y la acostaba cada noche. Solo se separaba de la niña cuando la madre le daba el pecho, y aún así era ella la que se la echaba al hombro y la daba unos azotes suaves para que eructase al acabar. La madre, tras varias discusiones con su marido en las que él nunca la apoyó, se rindió para centrar su cariño y sus cuidados en el hijo mayor. En el pueblo se contaba que, por las noches, mientras la abuela cepillaba el pelo de Inés, le susurraba al oído palabras extrañas e historias que nadie conocía.

Manuel, en la cocina, vuelve a llenarse el vaso de vino cuando recuerda al hermano de Inés. Era simpático, inteligente y educado, opuesto a su hermana, siempre callada y con cara de enfado. El alumno modelo para el maestro, el niño perfecto para los adultos. Para el resto de niños, un pequeño tirano que hacía y deshacía en los juegos según le venía en gana. Era siempre el capitán de un equipo, y ganaba sí o sí a piedra, papel, tijera para empezar a elegir a los de su bando. Con los bolsillos cargados de caramelos, que repartía cuando las cosas iban bien. Capaz de desprecios crueles a quién le hiciera sombra o le retara.

Nadie supo a ciencia cierta qué le ocurrió. Se dijo que su última tarde tiró unos huevos que Inés había recogido del gallinero y luego fue a chivarse a la madre, que castigó a la niña sin motivo. Otros, que fue cosa de la abuela, que no quería competencia para su preferida. El caso es que, una noche, la misma bestia que devoró al abuelo volvió al dormitorio en el que dormían los hermanos.

Manuel recuerda ese día. Los gritos de la madre, que el pueblo entero escuchaba desde la calle. Las entradas y salidas apresuradas de los guardias civiles, del médico, de los de la funeraria cuando llegaron a media mañana desde Burgos. Con dos ataúdes, para que la familia pudiera elegir. Uno de los chavales llamó a los demás desde las traseras de la casa, para que vieran sacar medio a escondidas las sábanas y mantas empapadas en sangre. Los hombres cogieron sus escopetas o sus hachas y salieron de batida. No cazaron nada.

Los adultos del pueblo pasaron por la casa a dar el pésame a la familia. Los niños no, era suficiente con que fueran al día siguiente a la iglesia. Por las rendijas de las ventanas vieron el ataúd sobre una mesa, con cirios en cada esquina, en una habitación pequeña a la que habían retirado los muebles. Solo quedaba una mesita con una imagen de la Virgen y un crucifijo en la pared. Todos los visitantes pasaron por la puerta, aunque casi nadie entró; solo algunas viejas beatas que se besaban la mano antes de apoyarla en el féretro y se santigüaban después. Esa noche, en la taberna, los hombres se preguntaban cómo era posible que el niño tuviera esa cara, intacta y con expresión tranquila, la palidez disimulada por el colorete. «Solo le devoró las entrañas, el rostro ni siquiera se lo tocó», decían en voz baja. Fuera, Manuel y los demás se turnaban para pegar la oreja a la puerta, a ver qué se oía, y luego compartían cada frase con susurros excitados.

Al funeral acudió el pueblo al completo. Todos vestidos con la ropa de los domingos, los niños bien aleccionados sobre las palabras a usar. «Te acompaño en el sentimiento», tenía que decir Manuel. Al salir de la iglesia se formaron dos grupos. Por un lado, los padres, acompañados por la familia de ella. Él sostenía a su mujer, que no paraba de llorar y parecía querer que la enterraran junto a su hijo. Un poco más allá la Señora, tiesa como un palo, con la nieta. La anciana apoyaba sus manos en los hombros de Inés, la barbilla bien alta y una expresión calmada y altiva, casi una media sonrisa. Las familias hicieron cola para que sus hijos dieran el pésame a su compañera de colegio. Los padres por detrás, para que ninguno se escapara sin cumplir la tarea. Inés más ceñuda que de costumbre, sin responder a las frases de consuelo. Volviéndose de vez en cuando a mirar a su abuela, como que el rito no fuera con ella.

Después de eso no volvió a verse a la madre de Inés. Se trastornó y acabó sus días en un sanatorio de Santander. Fue en una de las visitas que cada tanto le hacía su marido que este murió en un accidente de coche, al bajar el puerto del Escudo. La abuela aguantó aún unos años, aunque no los suficientes como para ver casada a su nieta. Inés quedó sola, y su carácter, que nunca había sido amable, se agrió más con el tiempo. Necesitaba una hija y se sabía incapaz de conseguir un hombre. Hasta que Manuel, que estaba igual de solo y tampoco era un niño, se acercó un día a su casa.

Nunca quiso engañarla. Si hubiera sabido lo que los médicos le dijeron después no se habría acercado a Inés. Pero aún así se siente culpable.

Otro vaso de vino. Hace ya rato que Manuel el dormitorio está en silencio. Se desnuda en la cocina y sube las escaleras a tientas, agarrado al pasamanos. No está acostumbrado al alcohol y lo nota. Inés ronca, está dormida. La escasa luz de las farolas que entra por la ventana le basta. Aliviado, se mete en la cama y no tarda en dormirse.

Le despierta un repiqueteo sobre el suelo de madera. Algo pesado, duro, como garras o patas de insecto. Huele a tierra y a podrido, a cadáver reciente de un perro desenterrado por azar. De fondo la respiración de Inés, tranquila, sin ronquidos. Ella sigue en la cama, casi puede verla dándole la espalda, como cada noche. Manuel intenta estirar la mano y encender la lámpara de la mesilla, pero no puede moverse. Tan solo abrir los ojos y girarlos apenas hacia la sombra que se le acerca. Quiere gritar y ni siquiera despega los labios.

Al menos, se consuela, con su muerte acabarán la historia en los corrillos del pueblo. Lo último que se le pasa por la cabeza es si Inés se levantará para ver a esa cosa devorarle las entrañas, o si se quedará tumbada, escuchando. Al fin y al cabo ya sabe cómo lo encontrarán por la mañana: vacía la cavidad que forman las costillas hasta la columna; la cabeza intacta; expresión de muerto de velatorio, pálido y serio.

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