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El ERE, un relato de Yolanda Fernández Benito

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Como cada mañana un leve zumbido en la muñeca me despertó. Abandoné la cama sigilosamente dejando que María siguiese durmiendo plácidamente. Por fin había llegado el viernes, y aunque me esperaba un día plagado de tediosas reuniones, sabía que tendría todo el fin de semana para resarcirme. Y no sería un fin de semana cualquiera, teníamos algo muy importante que celebrar.

No había terminado de desayunar cuando el asistente virtual me alertó de un cambio en mi agenda. Posponían la videoconferencia con la división de Francia y me convocaban a una reunión en el recién creado Departamento de Racionalización de Recursos Humanos. ¡Ya era hora!, exclamé con un grito de celebración que ahogué al instante temeroso de haber despertado a María.

Ilusionado con la posibilidad de recibir un ascenso terminé de arreglarme. Antes de irme comprobé que María aún seguía durmiendo. A riesgo de despertarla me incliné sobre ella para darle un dulce beso en la mejilla y susurrarle al oído un te quiero. Hacía tiempo que no me sentía tan esperanzado, por fin nuestras vidas iban a cambiar.

Debido a los desmanes en los que las empresas caían voluntaria o involuntariamente una y otra vez el Gobierno se había visto obligado a intervenir. Creó una ley por la cual obligaba a todas las empresas, corporaciones y fundaciones, independientemente de su objeto social, a implantar el Gestor Integral de Negocio. Un sistema informático que evaluaba imparcial y objetivamente a la empresa y cuyo cometido principal era descubrir los agujeros negros en los que se enterraban y malgastaban multitud de valiosos recursos que en nuestra sociedad habían llegado a ser peligrosamente escasos.

Aunque la ley había entrado en vigor hacía ya tres años, mi empresa había esperado hasta última hora para su implementación y, cómo no, ahora llegaban las prisas. Por fin nuestra organización adoptaría una gestión moderna, ya no habría excusas. La toma de decisiones se basaría únicamente en datos y números reales evitando la subjetividad humana que tanto mal había hecho a nuestro planeta. La codicia, la inutilidad y la desorganización saldrían de nuestros trabajos.

Después de una hora de trayecto en el abarrotado tren llegué a mi destino. Una hora entera pensando en que si todo iba bien podría conseguir una licencia para adquirir un vehículo propio con el que evitar las innumerables paradas y la aglomeración del transporte público. Lo de tener que compartirlo con tres o cuatro viajeros más sería lo de menos.

Como cada mañana pasé mi tarjeta de identificación por el control de acceso de la puerta principal, pero en esta ocasión el arco de seguridad cambió el verde habitual por una luz amarilla que no dejaba de parpadear. Un guardia de seguridad me interceptó y muy amablemente me dijo que nos estaban esperando en la sala de abajo. Al ver a mis compañeros de departamento reunidos en el vestíbulo con semblantes más serios de lo habitual entendí lo que estaba pasando. Aquella mañana no había sido el único al que le habían modificado la agenda. Los seis habíamos recibido el mismo mensaje: Reunión a primera hora en el Departamento de Racionalización de Recursos Humanos.

El guardia de seguridad que me había interceptado en la puerta echo un vistazo a su pantalla para constatar que ya estábamos todos los convocados a la reunión. Haciendo gala de aquella forzada amabilidad nos acompañó hasta el ascensor que nos llevaría directamente a la sala de reuniones del sótano. Aunque no lo dijo todos sabíamos que su cometido era evitar que alguno los convocados se despistase. El ascensor descendió en apenas medio minuto que nos pareció eterno. El silencio reinante en aquel pequeño cubículo se hizo insoportable. Todos sabíamos que esta vez no hablaríamos de objetivos, ni de estrategias, ni de la comercialización de un nuevo producto. Es más, hoy ninguno se atrevería comentar sus planes para el fin de semana.

No llevábamos ni quince minutos en el edificio y ya éramos conscientes de la nueva realidad. Se confirmaban los rumores que circulaban por la empresa desde hacía meses. El nuevo sistema traería cambios en la gestión y en la reorganización de todo tipo de recursos. Era una consecuencia lógica de la adopción del Gestor Integral de Negocio. Ya se había hecho en otras organizaciones y la nuestra no iba a ser una excepción: El ERE de extinción se había firmado.

El Gestor Integral de Negocio había llevado a cabo un riguroso análisis de los datos de empresa, en general, y de los distintos departamentos, en particular, llegando a una conclusión: nuestro departamento era uno de los que estaba sobredimensionado.

Resignados entramos en la sala y tomamos asiento. Aunque todos éramos conscientes del porqué de nuestra presencia, tendríamos que aguantar las explicaciones y argumentos de la empresa. Era el protocolo que Gestor Integral de Negocio marcaba y como tal debía cumplirse. Por megafonía una voz anodina y carente de sentimientos nos informó del motivo de la convocatoria. Como ya suponíamos el análisis objetivo de las cifras había comprobado que existía un exceso de personal en nuestra sección y así fue comunicado al Departamento de Racionalización de Recursos Humanos. Era preciso prescindir de uno de nosotros y la empresa, muy a su pesar, no había tenido más remedió que comenzar con los tramites para llevar a cabo el ajuste de plantilla. Aunque la solicitud del ERE se había cursado tan solo hacía dos días, ya estaba aprobado y en marcha. La verdad es que estos últimos años los trámites burocráticos eran ágiles y rápidos, la situación del país no permitía pérdidas de tiempo injustificadas.  Los seis teníamos claro que no saldríamos de allí sin ajustar la plantilla.

Todos conocíamos al dedillo la nueva normativa y conscientes de cual era nuestro deber nos dispusimos a cumplir con la primera fase del ERE: La voluntaria. En esta fase la empresa nos brindaba la oportunidad de presentar un candidato. Era indispensable que ostentase la condición de voluntario y aun así deberíamos refrendar su candidatura por mayoría.

Desde hacía un tiempo en la creación de los grupos de trabajo ya no cabía el azar, un fallo en su funcionamiento significaba la pérdida de recursos muy valiosos. Los seis formábamos un grupo compacto y conexionado. Nos compenetrábamos a la perfección y funcionábamos como una máquina bien engrasada. O eso nos hicieron creer. La mayoría llegamos a pensar que manteníamos una relación más allá del campo profesional. Pero la realidad que nos estaban mostrando aquella mañana nos sacó bruscamente de nuestra zona de confort. Desde ese momento ya no miraríamos a nuestros compañeros de la misma manera, ya no eran colegas o amigos, eran competidores.

Aunque no lo verbalizásemos estaba claro que cada uno pensaba que merecía quedarse más que el resto. Cada uno tenía su motivo y sus circunstancias. Con una furtiva mirada observé a los miembros del grupo:

Cristina era una joven altamente eficiente y muy risueña. Una sonrisa suya era capaz de alegrarnos la mañana. Estaba llevando muy bien el embarazo. Ya estaba de seis meses y aun así no había faltado ni un día a su puesto trabajo.

Marga tenía sesenta años, aportaba experiencia y serenidad. Estaba apuntó de jubilarse, siempre nos contaba que cuando llegase el día se iría a vivir con su hijo para poder disfrutar de sus nietos.

Carlos estaba casado y tenía dos hijos, unos mellizos que eran unos auténticos diablillos. Nunca nos había fallado y siempre le hacíamos la misma pregunta: ¿de dónde sacas tanta energía?

Roberto era viudo y tenía a su cargo a dos adolescentes que sacaba adelante como podía. Su mujer se vio afectada por un ERE de extinción total y gracias a eso recibía una ayuda social.

Ramírez era un hombre gris, huraño, apenas se relacionaba con nadie. Que supiéramos, no tenía familia. Y esa tos seca delataba una enfermedad pulmonar. Era el más antiguo de la empresa.

Y yo. Siempre me consideré el líder del grupo, la amalgama que unía a todos. Aquella misma noche María me había regalado una excelente noticia, estaba embarazada. Después de tantos intentos y tratamientos de fertilidad por fin lo habíamos conseguido, íbamos a ser padres.

Pero la nueva ley laboral en su afán de ser más justa no tenía en cuenta las situaciones familiares o los méritos profesionales. Para ella todos éramos números y valíamos lo mismo.

Sin más preámbulos comenzó el primer acto. Debíamos llegar a un acuerdo y presentar al voluntario que pusiese fin al proceso. Todos nos mirábamos con una expresión neutra, y si no me equivoco, por nuestra cabeza rondaba la certeza de que Ramírez tenía una vida de mierda y sería el candidato idóneo. Pero nadie dijo nada. No teníamos nada con lo que negociar, nada que ofrecerle, y él, por puro egoísmo, de motu propio no lo iba a hacer. Como los demás teníamos mucho que perder, tampoco nos íbamos a presentar como voluntarios. Para evitar discusiones estériles, que nos llevasen a acrecentar conflictos en un futuro, acordamos que fuese la suerte quien decidiese por nosotros.

Una vez agotado el tiempo mínimo estipulado para el desarrollo de la primera fase apretamos el botón rojo que presidía la mesa de juntas. Con ese simple gesto poníamos de manifiesto nuestra inutilidad para presentar un candidato que diese por terminado el proceso. Admitíamos que nadie se había presentado voluntario y que estábamos dispuestos a continuar con la siguiente y última fase del proceso: El cierre. La suerte sería la que decidiese quienes se quedaban.

Otra vez sonó por megafonía aquella voz insulsa y anodina que empezaba a resultarme irritante. Nos invitaron a abandonar la sala de juntas por la puerta de la derecha la cual se abrió automáticamente al terminar la locución. Salimos a un pasillo estrecho y poco iluminado que desembocaba en lo que parecía otra sala de reuniones. Pero esta no tenía nada que ver con la que acabábamos de abandonar. Era pequeña y cuadrada, alicatada hasta el techo con un azulejo grande y blanco, que le aportaba una gran luminosidad. Desde el umbral de la puerta pudimos ver que el mobiliario se reducía a una curiosa mesa circular situada en el centro. Con pasos cortos y prudentes nos fuimos acercando para comprobar que no se trataba de una simple mesa. Aquel solitario mueble no era otra cosa que una gran ruleta. La circunferencia se dividía en seis segmentos idénticos, del centro salía un largo segmento terminado en forma de flecha. En el suelo y coincidiendo con cada segmento habían colocado unos vinilos de color negro que simulaban huellas de zapato. Seis segmentos, seis pares de huellas, estaba claro donde debíamos situarnos.  Dócilmente, uno a uno, nos colocamos alrededor de la ruleta, sin expresar preferencia alguna por ningún segmento. Llamó nuestra atención la caja circular que vimos que la parte central de la ruleta. No pude evitar pensar que me recordaba a las cajas que se usaban para guardar sombreros que tantas veces había visto en las antiguas películas del oeste que visionaba siendo un niño junto a mi abuelo.

Como marcaba el protocolo, la fría y desagradable voz nos explicó los pormenores de la fase de cierre.  Uno a uno tuvimos que contestar afirmativamente a la pregunta de si habíamos entendido la dinámica del proceso. En aquel momento hasta nuestras voces me parecieron distintas, serias y con una determinación que también me resultó irritante. Creíamos tanto en el sistema que ni se nos pasó por la cabeza pedir explicaciones sobre el correcto funcionamiento de la ruleta.

En ese momento la ruleta se puso en marcha de forma automática. Giró en dirección de las agujas de reloj durante unos segundos y poco a poco fue perdiendo velocidad hasta que por fin se paró. La flecha quedó inmóvil dentro de mi sección. El azar me había nombrado comisario de la fase. Apesadumbrado pensé que aquel honor no me beneficiaba y ponía la probabilidad en mi contra.

Con cuidado me acerqué a la caja central y la destapé. Aunque ya conocía el contenido, se me heló la sangre al ver aquel revólver.

Nuestro planeta había cambiado, los recursos eran mínimos y necesitamos racionalizarlos. El nuevo orden no admitía desempleados, seres que no aportasen a la sociedad y que consumiesen recursos. Eran parásitos, y como tales había que exterminarlos.

El arma era un viejo modelo, tenía un tambor con capacidad para seis balas, muy apropiado. La caja también contenía una única bala. Cogí el revólver. Con sumo cuidado introduje la bala en el tambor, lo cerré y lo giré con fuerza, como había visto una y mil veces hacer a los cowboys de las viejas películas que veía con mi abuelo. Según las normas no se permitían más giros de tambor. En aquel instante la bala ya tenía nombre. Una vez hecho esto retorné el arma a su caja.

Animé a mis compañeros a coger los paquetes que nos aguardaban de debajo de la mesa. Sacamos su contenido y nos lo pusimos, eran unos simples ponchos de plástico. De semejante guisa volvimos a colocarnos encima de la huellas. La ruleta volvió a girar. Esta vez los segundos parecieron horas. Esta era la definitiva, el juego comenzaba.

Volví a tener la sensación de triunfo que tuve al levantarme ese día y no pude evitar que en mi cara aflorase una leve sonrisa. No me lo podía creer, la suerte me había vuelto a elegir. El saber que la probabilidad estaba de mi parte y que tenía menos papeletas para este sorteo que mis compañeros, una entre seis, me insufló ánimos para seguir adelante. Agarré la pistola con determinación, lentamente la acerqué a mi cabeza. Con cara de póquer eché un último vistazo a mis compañeros que resignados esperaban su turno. Sereno y agradecido por mi suerte apoyé el cañón en mi sien y, con las prisas del que quiere pasar un tedioso trámite cuanto antes, apreté el gatillo. Lo último que vi fue la cara de alivio de Ramírez después de estremecerse al escuchar el disparo. Contra todo pronóstico me habían despedido.

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