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…en la misma piedra, un relato de Marco Granado

El invierno era suave, como son siempre los inviernos en las costas del Tirreno, y el sol calentaba esa mañana. Una basterna con las cortinas echadas subía por el camino de tierra hasta la villa de Marco Pronio, precedida por un criado a caballo. «Alguna dama romana que viene de visita», pensarían a su paso los capataces y los músicos que se encontraban. Fue Nerón, el gran impulsor de las artes, quien impuso por decreto que liras y cítaras amenizaran el trabajo de los esclavos en los campos. Nadie les preguntó nunca a estos su opinión al respecto, aunque se tuvo noticia de alguna revuelta, sin mayor recorrido, provocada por cantantes que desafinaban en exceso. La breve comitiva había atravesado ya plantaciones de trigo y vides, y caminaba ahora entre olivos. Corría el tercer año del reinado de Marco Aurelio Antonino Augusto, al que la posteridad conocería como Heliogábalo. Eran tiempos de paz.

Al llegar a la villa, y sin bajar del caballo, el criado intercambió unas palabras con el ianator que custodiaba la puerta. Tras una breve espera fueron invitados a pasar. Solo entonces, Seyo Salustio bajó de la litera y siguió al ianator al interior. Distraído con una estatua de Júpiter, a punto estuvo de tropezar en una piedra del suelo mal colocada. «Esa piedra parecía destinada a mí», pensó Seyo, y dio una colleja al esclavo por no haberle avisado a tiempo. Iba a continuar con un par de bofetadas cuando vio a Marco Pronio, que le esperaba en el atrium. El pelo del anciano era más blanco y escaso que la última vez que se cruzaron. La expresión, esa media sonrisa que nunca delataba sus verdaderos pensamientos, se mantenía intacta.

—Seyo Salustio —saludó—. Mucho debes de aburrirte en el Senado para visitar a tu viejo maestro. ¿Has venido en basterna desde Roma? Estarás destrozado.

—No, solo desde Ostia. Un velero me acercó al puerto.

Ambos se tumbaron en literas contiguas, en torno al estanque que recogía el agua de lluvia. Un esclavo vino con una bandeja y dos vasos.

—Prueba este vino, es de mis campos. Contraté a un villicus hispano que no sabe qué hacer con el huerto y persigue a todas horas a los esclavos y esclavas jóvenes, pero consigue un vino excelente.

Durante unos minutos intercambiaron lisonjas y noticias de conocidos y amigos comunes. Cuando se hizo un instante de silencio, Marco Pronio mostró su sonrisa. Esperaba.

—Si la vida plácida del campo no te ha cambiado —dijo Seyo—, me agradecerás que te saque por un momento de tu interés por el vino y las aceitunas.

—Te escucho.

—Llevamos muchos años de prosperidad en Roma. Hemos derrotado o pactado con nuestros enemigos, y las legiones en Galia y Germania garantizan la paz.

—¿También al este? Llegó a mis oídos que algunos persas intentan reverdecer viejos laureles.

—Estás bien informado. Nos hemos ocupado de eso. Ardacher, un hombre de la confianza del Senado, va a ser el próximo rey de Irania. Fundará una nueva dinastía.

—Bien, bien. Pues ahora toca disfrutar de esa prosperidad, ¿no?

Seyo se recolocó en el diván. Aún notaba la espalda dolorida por el viaje. Odiaba las literas y su traqueteo, pero no se le ocurrió otra forma de mantener su visita a salvo de ojos indiscretos, y su misión exigía privacidad.

—Vengo comisionado por Julia Mesa.

Julia Mesa. La abuela del emperador. Alzó al poder a su nieto cuando este apenas tenía catorce años, había gobernado en su nombre y concertado su matrimonio. No muy feliz, si los rumores eran ciertos.

—¿Y qué quiere la mujer más poderosa de Roma de un filósofo retirado como yo?

—Consejo.

Marco Pronio alzó la copa y el esclavo la llenó de nuevo. Durante ese intervalo mantuvo los ojos fijos en su visitante y la sonrisa en los labios. Seyo tuvo que reconocer que admiraba a ese hombre.

—El imperio se está acomodando, Marco.

—Permíteme pensar en voz alta. Julia quiere recuperar el antiguo espíritu de Roma. Son muchas décadas, siglos ya, sin que vea más sangre que la que los gladiadores derraman en la arena del circo.

Seyo asintió, complacido. Hacían falta pocas palabras con alguien como su antiguo maestro de retórica. Desde alguna parte de la casa, el olor del pan recién hecho le humedeció la boca. Su desayuno había sido frugal, y contaba con una buena comida en la villa del filósofo.

—Yo había pensado en los britanos —aventuró—. Siempre nos han causado problemas, con sus círculos de menhires y su dialecto incomprensible. Y están lo suficientemente lejos como para no suponer una amenaza si alguna legión resultara derrotada.

—A nadie le importa lo que hagan los britanos —respondió Marco—. Siempre van a lo suyo.

El anciano sacó de nuevo a relucir su media sonrisa antes de continuar.

—No hay enemigo más allá de nuestras fronteras que justifique una guerra ahora. Eso en el caso de que se pudiera convencer al joven emperador. Le tengo por más interesado en la adoración del dios Sol que en una campaña militar. —Bebió un sorbo de vino—. Una vez instalado en la comodidad, es preciso el miedo para que un pueblo abrace la violencia. Y nada hay, ahora, que asuste a Roma.

—Sigue, Marco Pronio. Te escucho.

—Además, las legiones exigen oro y el pueblo no aceptaría de buen grado una subida de impuestos. Julia Mesa busca su enemigo dentro del imperio. Es más barato.

—Ella no lo dijo con esas palabras.

—Por favor, Seyo. Julia nunca habla claramente. Si quisiera ajusticiarte, pediría a un centurión que no le manchara la túnica con tu sangre. O le sugeriría que tu cabeza necesita descanso y tu cuerpo seguir de pie.

—¿Y quién podría ser ese enemigo?

—Nadie que ahora ostente una posición de poder. Si el emperador detuviera a la mitad del Senado por instigar una revuelta, la otra mitad empezaría a conspirar. Con el ejército no haría falta ni eso. El líder debe inspirar seguridad para que el miedo una a sus súbditos. Hasta el legionario más valiente puede paralizarse ante la carga de unos bárbaros si no confía en su general.

El visitante empezaba a notar los efectos del vino en su estómago vacío, pero no se atrevía a interrumpir a su viejo maestro. Si estaba ahí era para escuchar lo que tuviera que decir. Recordó, demasiado tarde, las largas disertaciones sobre oratoria de Marco Pronio, en los jardines de su villa en Roma. Los alumnos se tiraban arena unos a otros para provocarse toses y obtener permiso para ir a beber agua. Del interior de la villa le llegó olor a aceitunas frescas. Debían de estar exquisitas con un poco de queso sobre el pan de trigo recién hecho. Marco le sacó de sus cavilaciones.

—En cambio, si el emperador desvelara una conspiración oculta… Extendida por el imperio, mantenida en las sombras durante años, quizás décadas. Tan cierta como el suelo que pisas. Incontestable.

—¿Puede hacerse algo así?

—Los hombres son ingenuos, Seyo. Solo tienes que ofrecerles la oportunidad de abrazar una idea más alta que ellos y morirán por defenderla. Eso es lo que necesitamos.

—¿Una idea?

—No, muertos. Bueno, una idea también.

Aún no había acabado la frase y Marco Pronio ya se dirigía a su estudio. Seyo dejó el vaso vacío en el suelo y correteó tras él. El anciano se puso a rebuscar entre los papiros de las estanterías, fijándose en las etiquetas de las varillas de madera en torno a las que se enrollaban.

—Una religión nueva, amigo Seyo —dijo mientras cogía y dejaba papiros—. No basta con un dios nuevo. Roma ya tiene muchos. Una religión que subvierta el orden establecido, acólitos dispuestos a morir antes que a retractarse. ¿Qué romano se sacrificaría por Júpiter o por Minerva? Algo así es incomprensible para Roma, y nada asusta más que lo que no se entiende.

—Pero no se puede crear una religión de la nada.

—Siempre es más fácil recuperar algo ya hecho que inventar. Y si hay que inventar, mejor partir de una base real. Le da verosimilitud. Vamos a ver… —Extrajo un papiro de un cilindro y lo desenrrolló sobre la mesa—. Budismo, una creencia oriental, de más allá de Irania. No. Demasiado dispersa.

Marco Pronio volvió a la estantería. Parecía buscar algo. Seyo, a su lado, aguardaba con la mano en el vientre, para contener las quejas de su estómago vacío. Tras varios gorgoteos intestinales mal disimulados, Marco dejó unos papiros sobre la mesa.

—¿Siria? —preguntó Seyo al ver las etiquetas.

—Sí. Hasta hace poco estaba dividida en varias provincias menores: Samaria, Judea, Galilea… Es una zona muy interesante.

Marco sonrió triunfante al leer el último papiro extendido.

—Los judíos. Un pequeño pueblo, orgulloso y luchador. Celosos de su estirpe y de su único dios, obsesionados con un pedazo de tierra que apenas les permite apacentar sus ovejas. Tito sofocó su última rebelión, antes de ser nombrado emperador. Arrasó sus fortalezas y ciudades y los supervivientes fueron vendidos como esclavos. Los pocos que quedan están diseminados por el imperio. Yo mismo tengo varios, son buenos trabajadores.

—¿Unos esclavos? Y por lo que cuentas, no muy motivados a conquistar Roma.

—Tienes razón, no lo están. Son sus disidentes los que me interesan. Mientras mantuvieron el autogobierno, ellos mismos se ocupaban de sus herejes. Los sacerdotes mandaban en exceso, como en cualquier pueblo poco civilizado. Veamos. Los esenios no, eran una banda de ascetas. Los mandeos tampoco. Demasiado místicos, no los entendía nadie. Ya está: los cristianos.

—Nunca oí hablar de ellos.

—Los propios judíos los exterminaron. Seguían a un tal Jesús, que fue ejecutado acusado de brujería y de prácticas heréticas. No se conservan sus prédicas. Solo referencias imprecisas de Plinio, Flavio Josefo y algún otro historiador menor.

—Pero si no queda nada de lo que dijo…

—Es perfecto, Seyo —el anciano le cogió las manos—. ¿No lo entiendes? Esta es la base. Ahora nos podemos inventar lo que queramos.

Seyo no entendía nada. Se sentó en una silla, que debía de ser la que Marco Pronio usaba para leer o escribir sus cartas. Su anfitrión paseaba por la habitación, entusiasmado, como un cachorro con una vejiga de cerdo inflada.

—Los judíos tienen un libro sagrado. Cuenta a la vez su historia y establece la doctrina. Esa estructura me gusta. Encargaremos a varios escritores que cuenten la vida de Jesús, así podremos elegir la versión que más nos plazca. Incluso quedarnos con más de una. Algo revolucionario, con carácter universal. Que promueva la paz entre los hombres…

—¿Una revolución que promueva la paz?

—Claro. Eso la hará peligrosa. Habrá que preparar a agentes que se infiltren entre los esclavos y los ciudadanos, profetas ambulantes que difundan la nueva religión. Viajarán por el imperio, como emisarios de la jerarquía cristiana.

—Una jerarquía que no existe.

—¿Qué más da? Si hace falta, la crearemos. Con sede en Roma, por supuesto.

—Pero montar todo eso puede llevar años —se atrevió a decir Seyo.

—Y habrá que pagarlo. Te dije que un enemigo interno saldría más barato que una guerra, no que fuera gratis.

Después de un rato de planes, con varias ideas anotadas en una tablilla —Seyo temía olvidar algo para cuanto hablara con Julia Mesa—, y aún en ayunas, su anfitrión le acompañó a la litera.

—La escasez de gladiadores en Roma pasará a ser algo anecdótico. Julia tendrá una ristra de fanáticos dispuestos a morir… ¡Cuidado!

Seyo Salustio dio una patada a la piedra con la que había estado a punto de tropezar al entrar. Acabó en el suelo, con las rodillas en carne viva. Por suerte, la tablilla cayó del lado de la madera, y sus preciosas notas grabadas en cera se salvaron. Seyo tuvo una sensación extraña, como si estuviera frente a un augurio.

El ianator le ayudó a levantarse, cuidando de que el romano no viera su sonrisa. Marco Pronio apoyó una mano sobre el hombro de su antiguo discípulo.

—Habla con Julia Mesa, convéncela. Una vez tenga en mi poder el oro necesario, yo mismo me ocuparé de todo. Es mejor así. Alguien alejado de la vida pública puede actuar con libertad.

Ya tumbado en la basterna, antes de correr las cortinas y volver a Ostia, donde le esperaba su barco, escuchó la despedida de Marco Pronio.

—Gracias por haber contado conmigo, Seyo. Esta será la obra de mi vida. Vendrán años de gloria, y tú formarás parte de ellos.

El traqueteo de la litera sobre la tierra y el hambre apenas lograron distraerle de la sensación que le había venido en la puerta. Como si algo acababa de encajar en el cosmos. Algo que no estaba seguro de que le fuera a gustar.

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