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La parábola de los astronautas, un relato de Alex González

Estando el Libertario Máximo de paso en la capital del planeta se le acercó un estudiante con intención de comprometerlo y solicitó su consejo en el siguiente litigio:

Dos colonos habían obtenido una concesión de cinco años para la explotación de un nuevo planeta. El análisis con georadar desde órbita baja indicaba presencia abundante de agua y ambos solicitaron un asentamiento en un largo valle rico en recursos pero actualmente desértico.

El primero se instaló en la ladera noroeste dónde paleocauces torrenciales habían dejado al descubierto una rica veta de iridio. El segundo lo hizo en las tierras bajas del sur, con la esperanza de que sus prospecciones descubrieran bolsas de hidrocarburos pesados embebidas en los estratos porosos subyacentes.

Pasado un tiempo, el primer colono había desplegado una planta robótica de machaqueo y triturado y hornos de refino que permitían la producción constante de mineral de pureza media. No obstante, no había conseguido encontrar una fuente de agua y no podía implementar un proceso electrolítico para mejorar el refinado. Sus propias reservas personales estaban disminuyendo rápidamente, por lo que se decidió a visitar a su vecino y negociar con él un precio por parte de su agua.

Encontró al segundo colono trabajando en sus máquinas de prospección. Había dado con una gran bolsa de gas que licuaba y almacenaba en contenedores y, asociado a este yacimiento, un acuífero a presión que, sin esfuerzo, abastecía enormes embalses superficiales.

El primer colono se congratuló ante la perspectiva de tales masas de agua libre y en desuso y, explicando su problemática, se ofreció a comprar el exceso de agua por el doble de su coste de extracción.

El segundo colono meditó unos instantes. El primer colono obtendría un gran beneficio del uso del agua, al poder reducir muy considerablemente la masa inutil a transportar a órbita, con el consecuente ahorro de energía. Y, haciendo un cálculo rápido, le puso al agua un precio diez veces superior al que se le ofrecía.

El primer colono se indignó mucho y se marchó de allí con la idea de iniciar sus propias prospecciones.

No queriendo desatender la factoría de iridio, tardó algunos días en estar listo y, cuando descendió de la ladera para plantar la máquina perforadora, encontró que su vecino se le había adelantado. El valle estaba atestado de mástiles y torres que, insertas en el acuífero, lo agotaban a lo largo de decenas de kilómetros valle arriba.

La indignación dio paso a la cólera y el primer colono se encaró con su vecino, afeándole la conducta y reclamando que desistiera de su intento de acaparar el agua disponible. El segundo colono no se inmutó y por toda respuesta le mostró el contrato en el que se le concedía licencia para la extracción ilimitada de recursos subterráneos en cualquier área no reclamada del planeta. Además, razonó que, dado que él había tenido la suerte de encontrar una rica veta de iridio, no le parecía inadecuado pretender participar de sus beneficios al suministrarle un recurso que tanto necesitaba. Y, que si el precio no le satisfacía, nada le obligaba a aceptarlo, pero que encontraría muy difícil extraer agua en abundancia a una distancia tal que mereciera la pena.

Porfió en su demanda el primer colono, cada vez más encolerizado; porfió el segundo colono en su negativa a vender barato. La cólera se convirtió en furor y la discusión acabó en pelea. Una mano encontró una pesada herramienta y la herramienta encontró la cabeza, y la sangre del segundo colono tiñó el agua de los estanques.

Cuando la empresa recolectora visitó el planeta, encontró las posesiones del segundo colono intactas, el agua de los estanques aún almacenada, pero sus máquinas extractoras silenciosas, detenidas. El primer colono había puesto en marcha su propia perforadora y el abundante agua le había permitido instalar finalmente una fase de purificación electroquímica. La cantidad y calidad del iridio obtenido haría de él un hombre rico y la recolectora lanzó una opción de compra supeditada a la resolución del conflicto con el segundo colono.

—Siendo así las cosas —dijo el estudiante—, ¿qué debería hacerse?

El Libertario Máximo miró al estudiante a los ojos y sonrió con benevolencia.

—Según dices, el agua era un bien extremadamente abundante en el planeta.

—Así es, excelencia.

—En ese caso, el segundo colono no podía hacer un uso privativo de ella, ya que, al no ser un recurso crítico, su proyecto vital, cualquiera que fuese, no estaba comprometido. No tenía derecho a reclamar un precio más elevado que el de coste de extracción y su vecino del norte fue muy generoso al ofrecerle más que eso.

El Libertario Máximo hizo ademán de terminar la audiencia, pero el estudiante aún insistió.

—¿Y la muerte?

El Libertario Máximo suspiró.

—¿Robó algo el primer colono?

—No robó nada —admitió el estudiante.

—El segundo colono, ¿tenía esposa, hijos o herederos?

—No tenía a nadie, excelencia.

—En tal caso, ¿quién reclama la reparación del daño?

El estudiante calló e inclinó la cabeza, y el Libertario Máximo prosiguió su camino.

En la capital todos quedaron admirados de cómo había respondido y se maravillaban de su profundo conocimiento de la ley del mercado y de su ingenio.

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