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De utopías, un artículo de Patricia Reimóndez

#uto,disto,ucro…las3íasCYLCON

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Cuando oímos la palabra utopía, nuestra mente la asocia automáticamente a algo irrealizable, a la perfección inalcanzable. Sin embargo, cuando, a lo largo de nuestra historia, hemos intentado concretar qué sería exactamente una utopía, han surgido múltiples ideas sociales, políticas o religiosas tan dispares que, al final, podríamos concluir que una utopía no es difícil de conseguir por imposible, sino porque nunca nos pondríamos de acuerdo en cómo debería ser ese mundo ideal. “La utopía de unos es la distopía de otros”, eso dijo nuestra “amada líder” en la última tertulia cylconita. Y puede que tenga razón, puede.

La ciencia ficción es uno de los géneros que más ha abordado este tema, intentando mostrar sociedades futuras donde la justicia sea plena para todos y en la que cada individuo sea lo más feliz posible. Pero, casi siempre, hay un precio que pagar. A cambio de, por ejemplo, evitar la enfermedad o la muerte, tenemos que entregar parte de nuestra humanidad (Gattaca, Matrix). A cambio de la seguridad y el confort, debemos renunciar a nuestra intimidad (Minority report, 1984). A cambio de la igualdad o el equilibrio, nos resignaremos a perder nuestro derecho a decidir quiénes queremos ser (Un mundo feliz). Así que, nuestra aparente utopía, en realidad es una distopía.

Imagen de ParallelVision en Pixabay

Al parecer, muchos creen que no es fácil escribir una historia así, que no tiene ningún tipo de interés, porque, si todo es perfecto, ¿qué vas a contar? Necesitamos el conflicto como motor, el obstáculo para crear tensión y emoción. Así que, al final, todo se nos llena de distopías, de mundos futuros imperfectos con unos pocos privilegiados en lo alto de la pirámide y millones de oprimidos bajos sus pies. Quizás, como humanidad, tengamos un problema: solo nos interesan las desgracias, la dificultad, el horror. Somos más propensos a creernos las malas noticias que las buenas. Y a las historias positivas las llamamos despectivamente “buenrollistas”. No en vano uno de los subgéneros de la ciencia ficción más criticado es el hopepunk. Por blando, simple, poco realista… Y solo porque sus historias, a pesar de que sus mundos pueden ser incluso más crueles que los postapocalípticos, siempre mantienen a salvo, guardada entre sus páginas como la caja de Pandora, una cosa: la esperanza.

Hace unas semanas (muchas semanas), una amiga y yo nos pusimos a comentar la película que acabábamos de ver en el cine. Nos preguntamos qué pediríamos si un genio nos concediera un deseo. Las dos coincidimos. Tranquilidad, nada más y nada menos que tranquilidad. Nada de ser ricas, ni famosas. Nada de tener el mundo en la palma de la mano. Solo una vida tranquila. Tener una casa. Tener un trabajo que te permita pagar, no solo lo necesario para sobrevivir, sino lo suficiente para no tener que estar contando cada céntimo para llegar a fin de mes y concederte un “capricho” de vez en cuando para ti y los tuyos. Que tus hijos puedan aspirar a estudiar donde quieran. Que no tengas miedo a ponerte enfermo porque tienes la seguridad de que te atenderán y cuidarán hasta que te recuperes. Y tiempo, tiempo para disfrutar del ocio o para no hacer nada.

Una vida tranquila es lo que buscan los que huyen de sus países y los que simplemente emigran en busca de una oportunidad. Una vida sencilla los que saltan vallas, los que cruzan fronteras con lo puesto arriesgándose a morir. Quizá la ciencia ficción se equivoque, no queremos un mundo sin dolor, queremos que este sea llevadero y que no te deje secuelas para siempre, ni que no exista la muerte, solo que llegue después de vivir muchos años y que podamos elegir cómo queremos que sea. No queremos la perfección. Para la inmensa mayoría de la humanidad (sobre todo llegados a cierta edad), la verdadera utopía es algo tan sencillo como el estado del bienestar. La bandera que muchos políticos hondean y dicen defender, pero a la hora de la verdad… Pensadlo bien, ¿qué hay más justo que eso? Un estado del bienestar universal, garantizado para todos sin importar el lugar del mundo en el que nazcan. Sí, lo sé, es una utopía. Irrealizable. Inalcanzable. Con la que millones de personas solo pueden soñar. Y esa es nuestra distopía.

 

4 comentarios en “De utopías, un artículo de Patricia Reimóndez”

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