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En terapia, un relato de Kate Lynnon

—¡Bienvenidos todos a vuestra primera sesión grupal! —saludó la doctora alegremente—. ¿A quién le gustaría ser el primero en presentarse?

Los allí presentes se miraron entre ellos con recelo, pero nadie dijo nada. Si un estepicursor hubiera cruzado rodando el círculo de sillas, no habría estado fuera de lugar. La doctora suspiró, pero miró a sus nuevos pacientes sin perder la sonrisa.

—De acuerdo, empezaré yo para romper el hielo. Mi nombre es Anna Frank. En realidad ya debería estar muerta desde hace mucho, pero alguien llamado McGyver creó una máquina capaz de resucitar personas y me trajo de vuelta. Al principio, fue durísimo: los recuerdos del Holocausto me asaltaban y me sentía completamente fuera de lugar en esta época. Sin embargo, gracias a las terapias contra el estrés postraumático, he conseguido ver la vida de otra manera. Por eso estoy aquí: para ayudaros a vosotros. Y ahora, pregunto de nuevo: ¿quién quiere ser el primero?

Incómodo, un niño al que los pies le colgaban de la silla levantó un brazo que parecía hecho de madera.

—Me llamo Pinocho —comenzó—. Y estoy aquí para superar mi fobia a las alturas.

Apenas había terminado de decir la frase cuando su nariz respingona comenzó a aumentar de tamaño. El grupo entero soltó una exclamación.

—Perdón —se disculpó Pinocho—. En realidad, lo que me pasa es que tengo un problema de alcoholismo. —Su apéndice nasal creció de nuevo—. ¡Vale, vale! Soy mentiroso compulsivo. Ya está, ya lo he dicho.

—¡Eso no es nada! —replicó una hermosa mujer de tez pálida y cabello negro como el ébano—. Hola a todos, me llamo Blancanieves y no puedo dejar de comer manzanas rojas. ¡Soy una adicta! Una vez comí tantas que casi me muero.

—Yo también tengo una adicción —dijo un señor con voz ronca—: me gusta comer personas. De hecho, estoy viendo a la muchacha de aquí al lado y no dejo de imaginarme las maneras en las que la cocinaría.

La adolescente que estaba sentada junto a él puso los ojos en blanco. Soltó un resoplido y habló con una cara totalmente inexpresiva.

—Si no le dejé hacerlo a mi ex novio, ¿por qué crees que te iba a dejar a ti? —se dirigió al resto de pacientes—. Yo soy Bella y siento atracción sexual por los monstruos: vampiros, hombres-lobo, zombies…

El último que quedaba en el círculo era un hombre muy delgado y más largo que un día sin pan. Un orinal adornaba su cabeza. Miró a todos los demás con desdén y se puso en pie.

—¡Pardiez! ¡Estoy rodeado de dementes! —Su expresión cambió por completo al mirar al infinito—. ¡Son los gigantes de nuevo! ¡En guardia, malandrines!

Y dicho esto, se enzarzó a sillazos con una de las columnas de la sala. Al contemplarlo, la doctora Frank comprendió que iba a tener mucho trabajo que hacer…

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