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T.D.R., un relato de Marco Granado

Era fácil identificar a los distintos grupos según cómo se acomodaban en las sillas. Aunque todes llevaban el pijama y las zapatillas blancas del uniforme y la corona de seguimiento con el piloto rojo encendido —un anacronismo inútil, pero que hacía bonito si se apagaban las luces—, las familias siempre se colocaban juntas, igual que les miembres de las congregaciones. Hombres, mujeres y niñes de diferentes edades, capturades durante una redada. Salteados, algunos individuos solitarios, como una chica en la primera fila, o el anciano de barba espesa y tirabuzones que le caían bajo la corona metálica, sentado al fondo para no dar la espalda a nadie. El T.D.R. desafiaba la creencia común de que las personas que padecen trastornos mentales graves niegan padecerlos, pero bajo él se camuflaban con frecuencia otras patologías.

Desde el estrado, la Lideresa aguantó el aire en su pecho un instante, resignada por una parte a otra sesión y por otra anhelando que las cosas fueran mejor que la última vez. Veintiséis personas en la pantalla, cinco menos que la semana anterior. El negocio decaía, y aunque eso fuera bueno en términos políticos, era también una advertencia de cara a su futuro profesional. Recordaba cuando aún eran imprescindibles les guardias y los drones de vigilancia. Luego llegaron las coronas de seguimiento y se perdió el romanticismo de la primera época. Ahora podía ver en su pantalla los datos biográficos y la actividad cerebral de cada asistente, sin que desde la sala vieran nada. Las coronas, además, inyectaban medicación para contener las situaciones desagradables. Una vez, un enfermo intentó practicar con ella uno de sus ritos. Seguía siendo un misterio cómo había desactivado la corona e introducido en la sala el agua bendita. No pasó nada grave, pero acabó empapada y tuvo que cambiarse antes de continuar. Una anécdota más qué contar cuando algún ligue ocasional le preguntaba por su trabajo.

Frunció el ceño al reconocer una cara. Los repetidores eran siempre un problema.

—Buenos días. Están aquí como parte de su proceso de rehabilitación…

—Yo no quiero rehabilitarme —dijo la chica de la primera fila. Tenía una mochila bajo el asiento, lo que contravenía todas las normas y procedimientos. La Lideresa tomó nota mental para consignar una no conformidad grave tan pronto acabara la sesión.

—Nosotros tampoco —dijo un hombre con barba, entre otros de aspecto similar. Sentades detrás, varias mujeres y niñes.

—Sus aportaciones son interesantes, pero les agradeceré que me permitan continuar. Al finalizar abriremos un turno de ruegos y preguntas.

Hubo algunos murmullos y comentarios. No sabían que las coronas grababan todo lo que decían, hasta algunos pensamientos demasiado intensos, que aparecieron en la pantalla sobre cada paciente: «vaya mierda»; «papá, tengo pis»; «malditos herejes»… La Lideresa mantuvo su sonrisa, modelada ante las cámaras del programa de entrenamiento, y esperó a que callaran.

—Bien. Todes ustedes han sido diagnosticados de T.D.R.

—Pues conmigo se han equivocado —dijo un hombre calvo—. Yo hace años que no oigo voces. Y ya no me como el pelo.

—Lo de comerse el pelo se llama tricofagia —dijo la chica de la primera fila—. El T.D.R. es el Trastorno Delirante Religioso.

«Vaya, una listilla», pensó la Lideresa, asintiendo en dirección a la chica.

—Muy bien. Sigamos, por favor. Su trastorno tiene ahora un tratamiento rápido y eficaz. Con una simple Higiene Mental®, absolutamente indolora y sin apenas efectos secundarios, dejarán a un lado sus creencias limitantes y se reintegrarán en la sociedad…

—¿Tiene contraindicaciones? —preguntó un hombre. Llevaba el pijama abotonado hasta el cuello, como la mujer y los dos niños sentados a su lado—. Mi hijo y yo somos celiacos.

—En tu caso no. Ya eres gilipollas, eso no va a cambiar —dijo el repetidor. Tenía el aspecto de un estibador noruego, melena rubia y cada brazo como el muslo de una persona normal.

—¿Está usted insultando a mi esposo? —La compañera del que había hablado se puso en pie, desafiante—. No toleraré ofensas de un hereje paleto.

—Dadme una espada y verás lo que es una ofensa de verdad —rugió el repetidor, tirando varias sillas de una patada.

La Lideresa pulsó en su pantalla y una dosis de Relaxín® —triple para el estibador— fluyó desde las coronas a sus respectivos sistemas límbicos. Ambes volvieron a sus asientos, aunque la sonrisa del rubio de la melena era de todo menos apacible.

—Como les iba diciendo, ahora pasarán en orden a la sala de higienización, donde se procederá a…

—Perdón, pero creo que se han equivocado conmigo —interrumpió la chica de la primera fila—. Yo no soy religiosa.

Sobre la pantalla aparecieron los motivos de su detención.

—Usted cree en los dragones. A efectos prácticos, es lo mismo.

—Los dragones existen, tan cierto como que Gandalf el Blanco derrotó al Balrog en Moria. Pero no les pongo velitas ni rezo orientada a Erebor.

—¿Por qué tenemos que aguantar tanta insolencia? —gritó el anciano de los tirabuzones desde la última fila—. Las palabras de esa gentil son un insulto al Señor.

—Creo que nos saltaremos la presentación —dijo la Lideresa—. Por favor, cuando se abran las puertas, vayan pasando a la sala…

—Nosotros no vamos a ningún sitio con estos infieles —dijo el hombre de la barba que había hablado al principio.

Varias personas le increparon, otres se dirigieron a la Lideresa, algunes hablaban entre sí o abrazaban a sus hijes. La pantalla no daba de sí para recoger todos los comentarios.

El estibador se puso en pie. Apretó los dientes y, con ambas manos, se arrancó la corona de la cabeza. Lanzó un alarido triunfante y se giró hacia les demás sosteniéndola con su brazo alzado. Del aro de metal, con el piloto aún encendido, sobresalían cinco centímetros de agujas hipodérmicas que goteaban sangre. Se hizo el silencio.

—¿Sabéis lo que pretenden? Quieren arrebatarnos el alma. Ya entré una vez en esa sala. Al salir, no me importaba nada. Estuve un mes así. Cuando no pude más, busqué una banda de asesinos y les provoqué. Quería morir en una pelea, con dignidad. Casi lo consigo. Pero el trueno de Thor sonó mientras me golpeaban. Un rayo iluminó el cielo y mi espíritu renació. Maté o herí a varios de ellos. No lo sé, tampoco me importa. En el hospital, recuperándome de mis heridas, juré que volvería aquí. —Miró a la familia de camisas abotonadas—. Hasta la creencia en un dios afeminado es preferible a lo que esta mujer quiere hacer de vosotros.

Con la corona en la mano, se dirigió hacia el estrado en línea recta, apartando las sillas a patadas. Su sonrisa, excesiva, no era indicador de nada bueno salvo de unas pautas bien asentadas de higiene dental. La Lideresa activó Relaxín® y Dormitod® en modo generalizado. Todo el mundo seguía de pie. Volvió a dar la orden. El estibador avanzaba inexorable. En la primera fila, la chica que creía en dragones agitó un inhibidor de señales sacado de su mochila. Les más pacífiques se quedaron en sus sitios o se retiraron al fondo de la sala. Les demás se unieron al rubio. Muches se arrancaban los aros metálicos de la cabeza.

En su ruta hacia la Lideresa, el estibador chocó contra la pantalla. Tras un instante de sorpresa, lanzó una silla contra la barrera invisible. Las dos primeras rebotaron, la tercera la agrietó. Varies asistentes se unieron al vikingo en su creativa utilización del mobiliario de la sala. El anciano de los tirabuzones, desde atrás, les acercaba sillas. Probablemente, para mantenerles ocupades y que no buscasen a nadie más a quién linchar. La grieta se extendió por todo el frente. La chica del inhibidor llegó hasta el extremo de la pantalla y dio la vuelta. Desde el otro lado, hizo gestos al grupo de asaltantes y se apartó para dejarles paso. Silbaba música, la banda sonora de una serie de la antigua televisión. La Lideresa  había oído hablar de ella; sus fieles creían que cuando se publicara el séptimo libro de la saga el mundo llegaría a su fin.

La situación exigía de medidas desesperadas. Segundos antes de que la masa la alcanzara, la Lideresa se autoinyectó una dosis triple de Dormitod®.

Recuperó el conocimiento sobre una camilla. Notaba la boca seca, efecto secundario del Despertadorim®. Una de las médicas de la Unidad la miraba con cara aburrida.

—¿Cómo ha acabado todo? ¿Me falta algún miembro?

—No, tranquila, hemos llegado a tiempo. Cuando entramos se peleaban los partidarios de lapidarte con los que preferían la hoguera. Solo tienes alguna magulladura. Has debido hacértela al caer inconsciente.

—Esto va a peor. Hace ya un mes que pedí una Campana Aislante®, y ya ves el caso que me han hecho. ¿Alguna fuga?

—Solo una chica, joven. Creo que estaba sola.

«La que creía en los dragones —recordó la Lideresa—. Menuda cabrona».

—No irá muy lejos, el recinto está vallado. ¿La han capturado ya?

—Qué va. Alguien la ayudó a escapar. Destruyeron los drones exteriores y abrieron un boquete en la pared con un lanzallamas de tamaño industrial. Ha desaparecido, como si se hubiera ido volando. El caso es que nadie más intentó huir. Les que no intentaban lincharte rezaban arrodillades y hablaban de Satanás, del fin del mundo y cosas así. Una reagudización de sus delirios. Es raro.

La médica le tendió un vaso.

—¿Un poco de agua?

2 comentarios en “T.D.R., un relato de Marco Granado”

  1. Jajaja… Muy divertido, «la creencia en un dios afeminado…». Oye, una pregunta: ¿el lenguaje inclusivo es para este cuento en particular, como recurso de estilo, o lo usas habitualmente?

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  2. Muy aguda la reconversión del gran Hermano en esta historia, incluyendo a la lavacerebros de la lideresa y a la chavala reaccionaria (tampoco voy a decir mucho porque no quiero destripar la historia).
    Me parece que está muy bien construída y es muy divertida aunque tiene un fallo gordo y es que ¡¡¡necesita urgentemente una secuela!!

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