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¿Por qué nos gusta Harry Potter?

Los primeros días de mayo siempre nos traen un montón de fechas destacadas: el día del trabajo, el de la madre y el del orgullo friki entre otros.

Dado que lo del trabajo no es muy de frikis y de  lo del frikismo y la maternidad ya nos ocupamos el año pasado, hemos querido inaugurar la programación del mes del blog con otra fecha insigne como es la conmemoración de la Batalla de Hogwarts, que tuvo lugar entre el 2 y el 3 de mayo de 1.998 y que puso fin a la Segunda Guerra Mágica en el universo de Harry Potter.

¿Y que mejor forma de conmemorar esta insigne efemérides que compartir nuestras experiencias como seguidores de esta saga, contar cómo nos hicimos fans de ella y mostrar nuestros tesoros mágicos más queridos? Pues la verdad,  no se nos ha ocurrido ninguna mejor, así que vamos allá.

Raquel Linares: «Hace mucho tiempo, bueno en verdad fue hace unos 5 años, mis padres me propusieron ver Harry Potter. A mí no me convencía mucho la idea, pero igualmente la vimos y no me arrepiento de nada. Me enamoré de la saga y yo con mi mente de niña de 7 años elegí la casa de Gryffindor, ya que era la casa en la que estaba mi personaje favorito (Hermione). Fueron pasando los años y gracias a la saga reforcé amistades, empecé a leer los libros y seguía con la misma opinión, defendiendo a Gryffindor hasta la muerte, pero llegué a quinto de primaria. Ese año mi tutor nos preparó un curso increíble con una gamificación de Harry Potter: teníamos unas casas asignadas, puntos, gran comedor, quidditch… Yo el primer día pensé, «seguro que me toca en Gryffindor o en Ravenclaw (que también me gustaba bastante)». Llegué y me dijeron: «Raquel, eres Hufflepuff.» No me lo podía creer, ¡aunque a una de mis mejores amigas le pusieron en Slytherin, que para nosotras en esa época era lo peor que te podía pasar!, y así fue transcurriendo el curso pero yo me seguía considerando una Gryffindor.

Ya en sexto, el año de la cuarentena, fue cuando me di cuenta de lo que me estaba perdiendo. Busqué en internet información sobre esta casa y me di cuenta de que tengo la personalidad de una Hufflepuff: trabajadora, leal, modesta, justa… Me da rabia que tanto en las pelis como en el libro se le dé poca importancia o visibilidad a Hufflepuff. ¿Recuerdas que dije que para nosotras lo peor que te podía pasar era estar en Hufflepuff o que Slytherin era lo peor del mundo?, pues adivina cuales son ahora mis casas favoritas. Y orgullosa de ello».

Yolanda Fernández Benito: «Ya hace unos años que mi pequeña cylconita Raquel quedó prendada de los libros y películas de Harry Potter.  Por aquellos entonces mi padre invertía su tiempo de ocio en hacer bastones de madera con diseños bastante originales y claro, la niña sumó dos más dos y con su más dulce y angelical carita le pidió al abuelo que intentase hacerle una varita. Pues dicho y hecho, con mucha paciencia, ya que sus manos ya no eran las de un chaval, comenzó con diseños sencillos como los de las varitas de Viktor Krum, Ginny Weasley o Luna Lovegood. Mi padre se convirtió en el señor Ollivander de Valladolid.

Un par de años después fuimos a visitar los estudios de Harry Potter en Londres y dio la casualidad de que el taller de la semana era la fabricación de varitas, y ¡Oye! ¡qué las de mi padre no tenían nada que envidiar a las originales!

Desde entonces el señor Ollivander de Valladolid ha hecho juegos de varitas a todos los nietos, amigos y demás, y ha inventado nuevos diseños que lucirían perfectos en manos de cualquier estudiante de Hogwarts».

Kate Lynnon: «Aunque ya me lo habían intentado a colar en alguna feria del libro y cosas por el estilo (creo que Cataluña y Baleares llegó un poco antes que al resto de España), el boom de Harry Potter me pilló ya casi de adolescente. En la «generación» (lo digo como si tuvieran veinte años menos que yo, y solo nos llevamos cinco escasos, jajajaja) de mi hermana eran muy fans, así que yo pensaba «Bah, esto es para niños, no creo que me guste». Todo cambió cuando se estrenó la primera película cerca de las vacaciones de navidad y fuimos a verla al cine. Me gustó tanto que decidí leer el libro el próximo verano, ya que solo leía durante las vacaciones para no saturarme durante el curso.

No recuerdo muy bien por qué, pero teníamos los tres primeros libros en casa (por aquel entonces habían salido hasta el cuarto), y me los merendé en una semana. Tuve que ir corriendo a comprar el cuarto porque necesitaba más. Así fue como empezó la obsesión. Luego recuerdo leer traducciones muy malas hechas por fans del quinto porque este solo salió en determinados países y en inglés (¡menudo cabreo!), pero que tuve la suerte de estar en Irlanda cuando salió el último y que ese sí me lo leí en versión original. He visto todas las películas, fuera en el cine o en casa, y alguna incluso fui a verla al cine disfrazada. Iba vestida de bruja con una chapa en la que ponía «No quedaban disfraces de muggle».

Tengo poco merchandising: una camiseta, una sudadera, un pijama y un juego de mesa. Por desgracia, no puedo enseñarlos ahora mismo. Tampoco tengo claro a qué casa pertenezco porque siempre estuve segura de ser Ravenclaw, pero Pottermore decidió que encajaba mejor en Slytherin. Hermione Granger es y será siempre uno de mis personajes favoritos junto con Luna Lovegood, Nymphadora Tonks, Remus Lupin, Sirius Black y Sybill Trelawney. Mi libro favorito de la saga es El prisionero de Azkaban, ya que me hizo reír mucho y tenía algunos momentos de mucha intriga».

Jorge Pérez García nos comenta que leyó los libros prestados por biblioteca y que como en la suya tardaban mucho en tener cada novedad, le tocaba esperar hasta que se lo conseguían en otra biblioteca. Cuando se convirtió en una persona pudiente hizo feliz al librero de Mayor, ya que compró toda la saga y ahí fue cuando la releyó. Las películas las ha visto un montón de veces, incluso tuvo la colección completa en Blu-ray, aunque al ser de su hermano en cuanto se emancipó se le acabó el chollo. De merchandising no tiene nada, pero ha jugado a Un año en Hogwarts y aunque había normas confusas,  sí le gustó.

Su película y libro favorito es el El cáliz de fuego y ante la pregunta de cual es su casa es lo tiene claro: «nunca he sabido qué casa se ajusta más a mí. Soy de los que deja que los demás se peguen por mí y quién venza, pues con ellos me voy 😅».

 Beatriz Alcaná: «¿Por qué soy Hufflepuff?

Hace tiempo que sostengo la idea de que si hay tanto potterhead de la casa del tejón es porque alguien le pegó un telefonazo a la Rowling y le advirtió que el merchandising amarillo funcionaba regular. Reconozcámoslo, es un color feo; y lo de identificarse con un mamífero medio cegato que se alimenta de insectos tampoco vende. Money talks, así que la madre de hechiceros dijo: “Sujétame el té Earl Grey, darling”, movió un par de hilos y a partir de entonces el test de Pottermore ―actualmente reconvertido en Wizarding World― comenzó a enviarnos a Hufflepuff sí o también. Y ahí ando yo, en los sótanos de Hogwarts, cerquita de las cocinas, con el resto de aspirantes a magos y brujas que fueron desdeñados por los fundadores de las otras casas. Admitámoslo, Helga Hufflepuff se quedó con las sobras. Somos el niño gordo al que elegían el último en la clase de gimnasia.

Pero no pasa nada. Es mejor eso que morirse. Soy potterhead hasta la médula y acepto sin rechistar los mandatos del sombrero seleccionador. Hay que reconocer, eso sí, que los Hufflepuff carecemos del carisma de los bravos Gryffindor ―que para algo son los protas―, del glamour de los Slytherin ―nuestros villanos favoritos―, y hasta del sex appeal intelectualoide de los Ravenclaw. A lo sumo resultamos achuchables, como Newt Scamander, o interesantes, como Cedric Diggory o Nymphadora Tonks, que, mira tú por dónde, sí se murieron. O los mataron. Para el caso es lo mismo.

Ser de Hufflepuff es un incordio como otro cualquiera. Como ser del Rayo Vallecano o del Real Valladolid. ¿Vamos a ganar la Copa de Quidditch Interescolar? Por supuesto que no. ¿Tenemos alguna posibilidad en el Torneo de los Tres Magos? Ya te digo yo que tampoco. ¿Va a manipular Dumbledore el recuento de puntos a la hora de hacer entrega de la Copa de las Casas para que nos la llevemos alguna vez? Ja, ja, ja. Muy buena. No me hagáis reír. Ni siquiera nos queda el consuelo de ser los empollones de turno y restregarles nuestras buenas notas a los demás al final del curso, porque para eso ya están a los Ravenclaw.

Lo curioso es que, a pesar de todo, me siento orgullosa de pertenecer a la casa amarilla, aunque sigo pensando que es un color horroroso. Si no fuera una Hufflepuff devota no le habría perdonado a la franquicia que Alfonso Cuarón no siguiera dirigiendo el resto de películas después del pedazo de maravilla que se marcó con El prisionero de Azkaban, aunque es probable que ya para empezar no hubiera podido superar el hecho de que se desechara la idea original de dejar toda la saga en manos de Terry Gilliam, Eso habría sido demasiado bonito. De no ser una tejona leal, tampoco habría sido capaz de disculpar esa especie de obra de teatro con ínfulas de fanfic que pergeñó la Rowling en connivencia con otros dos compinches y que recibió el nombre de Harry Potter y el legado maldito. Es más, si no hubiera sido una Hufflepuff entregada no habría pataleado tras quedarme sin entradas para ir a ver la función en el West End londinense. Tampoco estaría esperando como agua de mayo la tercera entrega de Animales fantásticos después del chasco de la segunda parte y de la injusticia que se cometió con el personaje de Queenie Goldstein, por no mencionar el desmán de pretender hacer pasar el cementerio de Highgate por el de Père-Lachaise. Somos potterheads, ¿en serio pensabais que no nos daríamos cuenta?

Pues sí, pese a tantos sinsabores, lo cierto es que me siento profundamente orgullosa de ser una Hufflepuff. Después de todo lo que he despotricado, os preguntaréis la razón. Bueno, la razón es que, como ya he dicho, además de Hufflepuff soy potterhead de todo corazón. Descubrí las novelas ya de adulta y consiguieron devolverme a la infancia como jamás creí que pudiera hacerlo ningún libro. Me leí los siete del tirón, uno tras otro, sumergiéndome en un universo de ficción como si tuviera once años. Harry Potter me hizo volver a creer en la magia de la literatura y por eso desarrollé una lealtad propia de tejón hacia el mundo fantástico de J. K. Rowling y hacia la propia creadora, que a veces ―no pocas― me ha decepcionado, pero a la que le debo muchos de los mejores ratos de mi vida lectora. Y si algo somos los Hufflepuff es leales. También somos honestos, y en consecuencia procuramos actuar de acuerdo a la conducta moral que consideramos apropiada. No siempre es fácil conciliar esas dos virtudes. Igual a la Rowling se le olvidó añadir a la lista de nuestras peculiaridades que los Hufflepuff además somos contradictorios. Sea como sea, conmigo el sombrero ―o el algoritmo― no se equivocó.

Soy Hufflepuff y a mucha honra».

(No quejarse del spoiler, que los libros tienen veinte años. Haberlos leído antes).

Peña Cid nos muestra todas sus cositas de Harry Potter, que para no ser muy fan no son pocas. Hasta el álbum lo tiene casi terminado.

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