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Mal día, un relato de Marco Granado

Amanece. Tengo hambre. Me miro los pies, solo tengo un zapato, roto, me asoman los dedos por la puntera. Joer, que hambre tengo. Me comería a mi madre. No es una exageración, soy un zombi. Invítame a tu cumpleaños.

El sol asoma. Veo el suelo que piso. No es que me sirva de mucho. Los zombis nos movemos en base al sonido, oímos algo y allá vamos. Los brazos y las piernas estirados, anadeando, como Tyrion Lannister. Antes doblaba los codos y las rodillas, ahora paso.

Anoche escuché voces: “Eh, zombi”. Me fui detrás, sin ver nada. Me he tirado no sé cuántas horas andando y ahora estoy en un puto desierto. Todo es naturaleza, pero de la chunga, de la de piedras y matojos. Habrán sido esos críos, otra vez. Como están de vacaciones, sus padres les dejan salir después de la cena y ¡Venga! ¡Vamos a putear a los zombis! ¿Qué les enseñan a los chavales en la escuela hoy día? Como los pille me los como, y luego los mato.

Camino un rato largo, hasta que el sol está alto. Tengo reloj, pero como siempre llevo los brazos estirados no hay quien vea la hora. Igual se le han acabado las pilas y ni me he enterado. Lo primero es situarme. O mejor, situar algo de comida. Oigo algo, parece el mar, voy hacia allí. Me caigo un par de veces y acabo por arrastrarme. Al fin un golpe de suerte: es una playa, hay gente, toman el sol. Qué hambre tengo. Me lanzo a por ellos, a tumba abierta, gruñendo. No es fácil. Me gustaría veros caminar por la arena escayolados hasta las cejas. Un jubilado, sentado en una silla plegable, el “ABC” abierto por la página de las críticas a los nacionalismos, coge la sombrilla y me la planta delante, como un escudo. Dejo de ver al jubilado, solo atisbo bandas blancas y amarillas. Oigo detrás gritos de niños: “Eh, zombi, zombi” y alguien me arroja arena. Me vuelvo. Los niños, en bañador, algunos aún mojados tras el último chapuzón, dan vueltas a mi alrededor. Se ríen. Eso me pone de mala hostia. Tengo hambre. Eso me pone de más mala hostia aún. Se paran y se reúnen todos en fila, me retan: “Eh, zombi, ven. Aquí, zombi”. Allá voy. Joer, que hambre tengo. Ya no me acuerdo de cuando fue la última vez que comí. Cuando eres un muerto tienes que darte prisa en tragar, y no lo saboreas. Si te lo tomas con calma el tío al que estás mordiendo se transforma y ya no es lo mismo. La comida a treinta y seis grados, cuando se enfría no mola. Además, los zombis seremos muchas cosas, pero caníbales, no.

Tengo hambre. Voy a por los niños, me voy a dar un banquete de cojones. Del resto, también.

¡Coño! Me he caído, los cabrones de los chavales habían cavado un agujero. Iba tan ciego pensando en lo mío que no lo he visto. Más que un agujero parece una tumba, me llega hasta la cintura. Lo llenan de arena, trabajan rápido, no puedo salir. Gruño, agito los brazos, lanzo al aire mis estertores más horribles. Los niños bailan en torno a mí. Joder, qué frustración.

“Pablito, deja al zombi y ven a comerte el bocata”, llama un padre a su hijo. El chaval me tira un último puñado de arena y se va corriendo. Yo me debato y bufo. Una señora se queja: “Mañana vamos a la calita de las rocas, esta playa está llena de zombis”. “Mujer, si solo hay uno —dice el marido—. Si no le haces caso se acaba cansando”. “Pues en la calita de las rocas bien tranquilo que se está, que ahí no bajan”. El marido coge la indirecta, le quita el cubo a su hijo. Es de esos que venden para hacer castillos de arena, que a ver quién ha visto torreones con forma de pirámide truncada. Los torreones, de toda la vida, son cilíndricos o cuadrados, con almenas por arriba, ¿no? El tío me lo coloca en la cabeza. “¿Ves? Ya está arreglado”, dice. El niño llora, yo no veo nada. Dejo de gruñir, pero sigo teniendo hambre.

Hay menos luz ahora. De vez en cuando escucho pasos cerca, estiro los brazos y alguien pega un golpe en el cubo que me cubre la cabeza. Entonces me retumba todo. Cabrones.

Algo golpea el cubo, como una piedrecita. Agito los brazos. Luego otro golpe. Vuelvo a agitarlos. Pasa unos segundos y otra piedrecita contra el cubo. Yo sigo a lo mío, en modo molino de viento. Al cabo de veinte o treinta piedrecitas escucho al tipo de antes: “Venga, vamos al apartamento”, y me quitan el cubo de la cabeza. Tengo delante a una cría, como de siete años o así, sentada con las piernas cruzadas, estilo faquir, con un cubo lleno de conchas delante. Me tira otra, me da en un ojo. Estiro los brazos, no llego. La niña, con cara de aburrida, me sigue arrojando conchas cada diez segundos, hasta que se le acaban y se va. Cabrona.

Oscurece, no queda nadie en la playa. La marea sube, casi llega hasta donde estoy. No me gusta el agua, pero con un poco de suerte podré escaparme, será más fácil cuando me cubra.

Joder, qué hambre tengo.

3 comentarios en “Mal día, un relato de Marco Granado”

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