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Muñecos, un relato de Marco Granado

El director puso cara de estar chupando un bombón de limón relleno de mierda. Por encima de su cabeza giraba un holograma de la residencia «Crepúsculo dorado». De vez en cuando la imagen tridimensional se centraba, como si hubiera un zoom, en una escena concreta. La de ahora mostraba a un enfermero joven y una sonrisa de oreja a oreja que cambiaba la ropa interior superabsorbente a una anciana con una sonrisa aún más grande.

—¿De qué cojones me habla? —preguntó al comercial.

Su interlocutor mantuvo su expresión de «tengo algo que te interesa». Era el decimotercer geriátrico que visitaba y en todos había encontrado la misma recepción. De no ser por la tarjeta de Holyaging bajo la que aparecía su nombre, los guardias de seguridad le hubieran devuelto al otro lado de la valla electrificada sin abrir la puerta. No era broma. Corría un rumor sobre un representante que entró sin cita previa en una residencia, a menos de veinte kilómetros de allí. Unos vigilantes especialmente animados le dejaron un pico, una pala y tres horas para que cavara un túnel bajo la verja. Tras las ventanas de la residencia, trabajadores y ancianos apostaron si saldría vivo o no antes de que los roboperros lo destrozaran a mordiscos. Al comercial no le contaron el fin de la historia, pero esas vallas se prolongaban al menos un par de metros bajo la superficie. Él las había vendido.

Colocó un maletín encima de la mesa.

—Le estoy ofreciendo algo que le permitirá incrementar un veinte por ciento las tarifas de su centro.

—¿Unos muñecos?

—Nosotros los llamamos androides de compañía.

Su maletín se desdobló en dos mitades, dos bloques de masa plástica transparente. Sumergidos en ella, como mamuts congelados en el hielo de Siberia, dieciocho figuras de algo menos de una cuarta de tamaño: un hombre negro barbudo, una mujer polinesia, un joven indoeuropeo de pelo rojo…

—Son reproducciones a escala de un ser humano. Perfectas, con todos los detalles. Cada androide se vincula a una persona y permanece fiel hasta que es desprogramado. Hablan, se emocionan y obedecen cualquier orden que les dé su dueño.

—O sea, como un roboperro parlante —comentó el director—. Este no es un asilo de beneficencia. Nuestros residentes están acostumbrados a lo mejor. Si solo saben hacer eso…

—Están programados para identificar necesidades y satisfacerlas, aunque su poseedor no sea consciente de ellas o no quiera reconocerlas. Pero nada mejor que una demostración… Elija uno.

El hombre tras la mesa arrugó las cejas, como si un prestidigitador hubiera anunciado que iba a robarle el reloj sin que se diera cuenta.

—Esa de ahí —señaló con el dedo—. La tercera.

El comercial apoyó su pulgar en un sensor del lateral del maletín y la superficie plástica vibró al ablandarse. Introdujo su mano y extrajo una geisha de quince centímetros, cara blanca, kimono floreado y moño negro y perfecto. La colocó de pie sobre la mesa, cara al director.

—Ahora vamos a proceder a la fijación. —Accionó un mando—. Diga cualquier cosa, para que el androide grabe su voz.

—¿Qué hable al muñeco? ¿Y qué más?

Antes de terminar la frase, la geisha ya se inclinaba ante su nuevo amo, espalda recta y las palmas de las manos juntas.

—Mi nombre es Myoko —dijo, la voz suave y clara.

—Vaya chorrada. Eso también lo hacen los robots que construye mi hijo de ocho años —continuó el director.

—Póngala a prueba.

—A ver —el director se inclinó sobre la mesa, sus antebrazos uno encima del otro y la cara a escasos centímetros del androide—. ¿Qué quiero que hagas ahora, monada?

La geisha se ruborizó bajo las capas de maquillaje blanco que cubrían su piel sintética y habló hacia sus diminutos zapatos de madera.

—Creo que no debo responder a su pregunta estando otro caballero presente, amo.

—Por supuesto, ese androide es gentileza de Holyaging —dijo el visitante—. Usted, como responsable del bienestar de los residentes, debe conocer los productos que les ofrece. Le dejaré un catálogo con los modelos y las personalizaciones disponibles.

Al salir del despacho, una anciana de ojos azules y redondos que flotaba en una silla a tres palmos del suelo agarró su brazo antes de que el cuidador que la acompañaba pudiera reaccionar. Al comercial le sorprendió la fuerza de esas manos, todo piel y huesos.

—Yo era presidenta de un banco, ¿sabe?

—Me alegro mucho, señora —respondió el hombre, sin lograr soltarse.

—Antes todo el mundo me obedecía, pero ahora nadie me hace caso. Piensan que estoy tonta.

—No se preocupe. Si habla con el director, ya verá como encuentra a alguien que le haga caso.

Se fue feliz. Había cerrado otra venta.

Dos meses después el comercial volvía a traspasar la puerta de la residencia. Identificó varios androides mientras avanzaba por el jardín exterior: uno, sentado sobre los hombros de su dueña, le leía un cuento al oído; otros escuchaban con los ojos muy abiertos recuerdos de setenta, ochenta o cien años atrás; en el interior de una cúpula transparente, un androide cabalgaba a lomos de un hámster, jaleado por un par de ancianos. Todo parecía ir bien. El director esperaba en la puerta del edificio principal.

—Menos mal que ha venido —le dijo al entrar en el edificio—. Esto se nos está yendo de las manos.

—¿A qué se refiere?

—Vamos a mi despacho.

La mano del director acompañó la espalda del comercial para acelerar su paso. Pasaron por delante de un salón en el que un androide femenino, embutido en cuero negro, clavaba sus tacones finos como agujas en el brazo de un residente.

—Soy una mierda, soy una mierda —decía el anciano.

—Más alto, bastardo, o te arrepentirás —le amenazaba la androide.

Una cuidadora llegó corriendo y agarró a la pequeña dominatriz. Mientras se alejaba, el androide continuó gritando al anciano.

»Volveré, malnacido, y te daré lo tuyo.

—Eso no es nada —comentó el director, ya dentro del despacho—. Los masoquistas son controlables.

Abrió un cajón de su escritorio, recogió con cuidado a su geisha y la depositó sobre la mesa. La androide cabeceaba suavemente, como para contener las lágrimas, que no obstante dejaban surcos color carne en la superficie blanca de su rostro maquillado.

—Llévesela —dijo el director.

—No me repudies, amo —suplicó la geisha de quince centímetros—. Me quedaré siempre en el cajón. Tu esposa no volverá a verme.

—Está decidido. Llévesela.

El comercial accionó un mando, paralizó a la androide y la guardó en su maletín.

—Al principio todo fue bien —explicó el director—. Informamos a los residentes y a sus familias de los beneficios terapéuticos de contar con un bicho de esos y a la mayoría le pareció bien. Usamos a Myoko para aclarar dudas y su papel fue muy satisfactorio…

—Estoy seguro de eso.

El director vaciló un poco, como para desentrañar la expresión neutra del comercial, hasta que decidió que tenía asuntos más urgentes qué atender.

—Al cabo de un par de semanas recibimos quejas de hurtos. Un androide robó joyas de algún residente. Al parecer su dueño era algo envidioso. Restituimos las posesiones, pero a la semana varios bichos coordinados intentaron linchar al ladrón. Y a los pocos días, unos muñecos drogaron a los cuidadores nocturnos y varios ancianos organizaron una batalla nocturna. Dos bichos acabaron decapitados, y a otros tres les faltan brazos o piernas.

—Por supuesto, las reparaciones entran dentro de la garantía. Y no se repetirá. Basta con elevar el inhibidor de conductas delictivas. Una simple reprogramación. A veces el factor empático se sobrecarga y afecta al rendimiento. Pasa cuando los dueños están muy necesitados de afecto.

—¿Afecto? No me haga reír —dijo el director—. Decidimos pasar revista a los bichos dos veces al día y ponerlos a buen recaudo por las noches, para evitar sorpresas. Ahora nos falta uno, llevamos tres días buscándolo. Su dueña no es precisamente alguien que destile buenos sentimientos.

—El pack avanzado incluye un sistema de localización. Si me permite acceder a un mapa de sus instalaciones, le llevaré hasta el androide.

En menos de un minuto, un punto rojo parpadeaba en el plano holográfico frente a los dos hombres.

—Es el cuarto de la dueña del bicho. Usted, venga conmigo.

Los dos hombres llegaron a la habitación. El comercial reconoció a la anciana de ojos redondos que le había agarrado del brazo. Sentada en su silla flotante último modelo, en un extremo de la habitación, se frotaba las manos como si se esparciera crema. Le hizo un gesto de saludo, pero la mujer miraba al suelo. Le recordó a una niña a la que hubieran descubierto una travesura. En la mesilla, varios hologramas de personas, probablemente familiares, y una Biblia de papel y cubierta de piel, un objeto de lujo. Sobre la cama, en la pared, colgaba un crucifijo de madera.

—¿Y el bicho? —preguntó el director.

La pantalla portátil indicaba la pared frente a ellos. El comercial se fijó en el crucifijo. Sobresalía demasiado, como si escondiera algo detrás. Le dio la vuelta. El androide, desnudo salvo por un trozo de tela a la cintura, yacía clavado con alfileres a los travesaños de madera, como un Cristo actualizado.

—¿Por qué? –preguntó a la anciana.

—Me dijo que quería sacrificarse por mí —respondió esta, con una medio sonrisa—. Fue muy insistente.

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