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Una nueva vida, un relato de Yolanda Fernández Benito

No hacía ni seis meses desde su llegada a España y ya tenían casa, trabajo y, lo que era más importante aún, una nueva identidad. Aunque en un principio no les hizo ninguna gracia volver a la vieja Europa, con todo lo que ello conllevaba, se tranquilizaron al saber que no tendrían que esconder su verdadera nacionalidad, ya que aquel era un pueblo serio y noble que no había olvidado quienes fueron sus amigos.

A Willi le gustaba aquella casa y se hubiesen quedado en ella esperando a un nuevo inquilino, si no hubiese sido por el entrometido del detective Kinderman, ¡qué pesadilla de hombre! No le bastó con lo que vio aquella noche. No, su mente científica fue incapaz de procesar aquella escena como real y siguió buscando culpables entre los simples mortales.

Willi culpaba a Karl por caer en la provocación de aquel borracho que intentaba dirigir la vida de la señora, dentro y fuera del rodaje. Su pequeña refriega llegó a oídos de Kinderman y el sabueso se agarró a ella como un náufrago a su tabla de salvación. En seguida deshechó la idea de que aquella adorable niñita tuviese suficiente fuerza como para haberle lanzado por la ventana y eligió al candidato más lógico, el mayordomo, que para darle más empaque a su teoría era el alemán, de pasado un tanto dudoso, al que el difunto había intentado dejar al descubierto.

Karl por su parte, recriminaba a su compañera que hubiese sido tan descuidada. Cientos de veces le había dicho que, si necesitaba hacer algún rito, y más si requerían profanar imágenes sagradas, se alejase lo suficiente del vecindario como para que no les salpicase. Tampoco ayudó que los vecinos comentasen entre susurros que el ama de llaves de la casa fuese la primera en llegar hasta el pobre padre defenestrado y que, por increíble que fuese, solo se preocupase por llenar una copa con la sangre de aquel desgraciado. Un jugoso comentario que todo el mundo tomaba por falso y que sin embargo no dejaba de ser una piedra más en su tortuoso camino.

Fuese como fuese aquello había quedado atrás gracias a Die Bruderschaft, como les gustaba llamarse a aquellos patriotas que no olvidaban a los suyos. Conocían de su existencia desde el mismo día que tuvieron que huir de su Alemania natal, pero hasta la fecha se las habían apañado muy bien solitos. En verdad, solos no habían estado nunca, su Señor escuchaba todas sus plegarias y recompensaba sus ofrendas. Hasta aquel aciago día en el que un insignificante mortal había burlado al Todopoderoso.

Después del exorcismo todo se volvió demasiado confuso. Aquel sabueso pisándoles los talones y la imposibilidad de llevar a cabo rituales con los que ganarse de nuevo la confianza de su Señor, hizo que tuviesen que recurrir a Die Bruderschaft para salir de aquella ratonera en la que aquel curilla entrometido les había metido.

Tirando de antiguos contactos no les costó localizarles y, lógicamente, no pudieron rechazar un caso tan jugoso como el suyo. Un par de citas clandestinas en casas, a las que eran conducidos con la cabeza metida en un saco para evitar ser localizados, bastó para que sus benefactores, que no resultaron ser otra cosa que un grupo de viejos nostálgicos, incapaces de pasar página, que no sabían cómo gastar su tiempo y fortuna, comprobasen que eran una pareja de antiguos patriotas que se veían acosados por aquellos incultos americanos debido a su heroico pasado.

Todo aquello había quedado atrás y volvían a estar en disposición de reconciliarse con sus Señor. Desde su llegada habían recibido asistencia de la cédula española de Die Bruderschaft. Anne y Klaus, como les habían rebautizado, se integraron perfectamente en el monótono ritmo de su nuevo hogar, aunque debido al carácter de aquella gente, se vieron obligados a blasfemar en contra de su Señor. Para no levantar sospechas, hasta que les facilitasen un destino acorde a sus conocimientos y valía, acudían a diario a una parroquia cercana al piso en el que se alojaban provisionalmente. No dudaban en comulgar. Recibían la hostia en la mano, una excentricidad que les permitía el sacerdote por su condición de extranjeros, aunque nunca llegaban a tomarla. Una nutrida cantidad de hostias consagradas fueron a parar al doble fondo de su maleta junto con la orina y el vómito de la niñita americana y la sangre del padre Karras, en espera de ser usadas convenientemente.

Al llegar a su destino definitivo, no dieron crédito a la suerte que habían tenido. De la noche a la mañana se habían convertido en el personal de servicio de la casa de la sierra de una de las familias más acomodadas de Madrid. Los señores de Almeida-Pérez solo iban allí en vacaciones y algún que otro fin de semana en compañía de amigos de confianza. Según pudieron saber el matrimonio, por más que lo intentó, solo logró engendrar un muchacho que en breve cumpliría la mayoría de edad y que era la luz de sus ojos.

Durante todo el invierno vivieron felices, aislados, en aquella enorme casa, en medio del campo, donde podían llevar a cabo todo tipo de rituales en honor a su Señor. Los sacrificios de animales, las profanaciones de imágenes religiosas y los ritos más oscuros eran realizados sin ningún disimulo en la capilla anexa a la residencia principal. Poco a poco, fueron congraciándose de nuevo con el innombrable y recibiendo sus parabienes. Aunque iban por el buen camino, eran conscientes de que su Señor, tarde o temprano, les reclamaría un alma inocente a la que corromper.

El propio diablo se entretenía poseyendo sus ancianos cuerpos y obligándoles a vagar como depredadores salvajes por aquella sierra, en busca de animales a los que devorar. Cabras, perdices y alguna que otra oveja eran encontradas en estado de putrefacción, con los órganos internos esparcidos a su alrededor formando curiosos figuras que, dentro de su incultura, ninguno de los aldeanos fue capaz de interpretar. Se hicieron batidas en busca del extraño animal salvaje que merodeaba por la zona, pero las autoridades prefirieron atribuir las victimas a un perro salvaje cortando de raíz las historias, un tanto fantásticas, que empezaban a correr por la zona.

Anne y Klaus sabían que había líneas que no se debían cruzar y, aunque no sería difícil hacerse con alguno de los mocosos desarrapados que abundaban en la zona, no querían visitas inesperadas de la Guardia Civil. La premura en la búsqueda de almas cesó al saber que sus señores, a los que todavía no conocían, iban a visitar la finca en quince días. Un escueto telegrama anunciaba su visita y les comunicaban que tenían la intención de acudir con varios amigos para celebrar la mayoría de edad de su adorado hijo. Asimismo, les conminaban a que tuviesen la vivienda preparada para el festejo.

Día a día con ilusiones renovadas se dedicaron preparar la finca para tan señalada ocasión. Varios mozos de reparto llenaron las despensas de manjares que pocos se podían permitir e incluso enviaron a una joven de la ciudad para ayudar con la limpieza. María se llamaba la moza, según ella doncella y muy devota se la Virgen del Pilar. A Anne no le costó que la muchacha se centrase en las tareas que ella le encargaba y que no fisgase por los rincones. Las monjitas que la criaron habían hecho un buen trabajo.

A falta de un par de horas para la llegada de los señores y sus acompañantes, todo estaba dispuesto. Las habitaciones estaban preparadas para que los huéspedes pudiesen disfrutar de un merecido descanso. Las velas aromáticas distribuidas por toda la casa enmascaraban el ligero olor de la sangre y las vísceras con las que habían pintado con espero la marca de su Señor. Los licores de la camarera tenían un color más pardo de lo habitual, pero ni en su olor y ni sabor se podía distinguir matiz alguno de la orina de virgen poseída que contenían. Decidieron agasajar a los invitados con un postre típico de su tierra, un strudel de manzana aderezado para la ocasión con las hostias consagradas profanadas con el vómito de su Señor.

Todo estaba preparado para dar la bienvenida al rebaño que ofrecerían a su Señor para que eligiese en quién reencarnarse y poder congraciarse con él de una vez por todas. Desde la puerta principal ya se oían los ruidosos motores de los coches en los que llegaba la comitiva. En ese momento, Klaus recordó que aún faltaba un detalle que facilitaría su labor. Dejó a Anne y a María en la puerta con cara de sorpresa y corrió hasta las dependencias del servicio. Del doble fondo de su maleta sacó la vieja Ouija que había heredado de su padre y corrió a colocarla en la habitación del señorito, entre los juguetes de su infancia.

Como era de esperar, los señores de la casa fueron los primeros en llegar, saludando con educación, pero con distancia, a la pareja encargada de la finca. En menos de cinco minutos habían inspeccionado la casa y felicitado a Anne y a Klaus por su excelente trabajo. Fue entonces cuando el resto llegó a la casa. Un par de horas más tarde los trece componentes del grupo estaban alojados y dispuestos para la cena.

Anne y Klaus observaron a unos y a otros, y para su satisfacción constataron que todos eran devotos cristianos. Medallas y cruces por doquier adornaban sus cuellos y sus pacatas indumentarias los señalaban como tales. Casi aplauden cuando uno de los más jóvenes del grupo comenzó a bendecir la mesa según el ritual que se seguía en el seminario en el que cursaba estudios de teología. ¡Extraordinario ramillete de almas para que Pazuzu eligiera!

A los postres fue servido el strudel, para regocijo de todos los comensales que en aquel momento ya levantaban la voz más de la cuenta por el efecto del vino. El joven señorito sopló las velas y agradeció el detalle a la pareja de alemanes. Aunque no era propio de la gente de clase alta, el señorito les ofreció una copa de champagne que no pudieron rechazar. Mientras bebían, un denso silencio se apoderó de la sala mientras todos los ojos se clavaban en la pareja. Cuando apuraron las copas, el silencio fue roto por un ensordecedor aplauso.

Los comensales volvieron a centrarse en sus platos y en sus copas, hasta que Anne se desmayó. Klaus intentó correr para auxiliarla, pero las piernas le fallaron y acabó tumbado en la alfombra. Desde su posición y con la visión borrosa fue testigo de un ir y venir de piernas. Creyó ver como aquellas gentes piadosas se desprendían de sus ropas mientras reían y les señalaban.

Klaus perdió el sentido durante lo que hubiese jurado fueron apenas unos segundos. Cuando se despertó no acertaba a entender lo que estaba sucediendo en lo que había sido un pulcro comedor. Desde una extraña perspectiva, que achacó a las drogas que, supuso, le habían dado con el champagne, pudo ver a la mayoría de los invitados ataviados únicamente con unas capas negras que cubrían sus cabezas y sus desnudos cuerpos. Todos entonaban un cántico monótono en un idioma que no pudo distinguir. La mesa había sido despejada y en el centro de ella una pareja de jóvenes fornicaba de manera salvaje, sus cuerpos sudorosos estaban embadurnados de un liquido rojo y denso que no podía ser otra cosa que sangre. Le costó centrar la vista y reconocer a la muchacha que, montada a horcajadas, cabalgaba de forma descontrolada sobre el señorito, era María. Los encapuchados aceleraron el ritmo de los cánticos mientras mojaban sus manos en unas rústicas artesas negras rebosantes de aquel líquido rojo y denso. Sin el menor decoró acariciaban los cuerpos jóvenes que retozaban en la mesa untando cada centímetro de sus cuerpos con aquel líquido.

Con urgencia recorrió la habitación buscando a Anne y no pudo reprimir el vómito, ácido y doloroso, al descubrir de donde provenía toda aquella sangre. Su cuerpo colgaba de una viga y presentaba un gran corte en la garganta, como si de un cerdo en la matanza se tratase.

Klaus se repuso e irónicamente pensó en que su señor estaría dichoso con semejante ofrenda, si no fuese porque aquello no era más que una pantomima, un ritual inventado por ricachones aburridos y desengañados de los dioses que les habían impuesto al nacer. Una forma de dar rienda suelta a todos instintos salvajes que durante años habían sido reprimidos bajo el corsé de una sociedad tan caduca como hipócrita.

Un grito le sacó de sus cavilaciones, al parecer María y el señorito habían culminado su apareamiento y ambos descansaban desfallecidos sobre la mesa. Fue consciente de que su cuerpo comenzaba a ser izado para seguir los pasos de Anne, pero aun así Klaus sonrió. No estaba todo perdido, solo él había visto vagar entre los presentes un aurea negra hasta lograr su objetivo. Su Señor había conseguido el alma más pura que se pudiese poseer. Murió satisfecho, contento de dar su sangre para que, María y el niño que se acababa de gestar en su vientre, fueran ungidos con ella.

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