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Su Futuro Deseado®, un relato de Marco Granado

15 de febrero

Julita entró por la puerta de «Su Futuro Deseado®» con cinco minutos de retraso. No le gustaba llegar tarde a ningún sitio, pero le habían puesto pegas con el crédito. Al final, había tenido que avalarlo con las joyas que heredó de su madre, para que Manolo no se enterase. Solo la reserva de hora le había costado cincuenta eurorrupias. Le iba a salir caro pero, si era cierto lo que prometían, merecería la pena.

El guardia de la puerta escaneó su implante de crédito para confirmar la reserva. Detrás del control se abría una sala semicircular de techo altísimo con una docena de puertas. Un chico joven, con el mono verde claro de la compañía, la acompañó a lo largo de un pasillo plagado de más puertas hasta un despacho vacío. Solo había dos sillas, separadas por un escritorio transparente. El chico le señaló un asiento y cerró tras de sí. Un saxo desgranaba melodías fácilmente olvidables. Julita tomó nota mental de que no se habían cruzado con nadie por el camino. Muy profesionales, cuidaban bien la privacidad. Un cuarto de hora después entró una mujer joven, con el mismo mono verde.

—Buenos días, doña Julia. Disculpe la espera. Organizamos nuestros horarios de manera muy rigurosa. Al no presentarse usted a la hora convenida, pasamos su turno a otro cliente.

—Ya que saca el tema, ¿cobrar por dar información? Me parece excesivo.

—Nuestra empresa factura por su tiempo. Queremos que nuestros clientes reciban la atención que merecen. Si atendiéramos a todas las personas que vienen aquí por simple curiosidad, eso nos resultaría imposible. Por cierto, su reserva cubría un periodo que ya ha transcurrido. En deferencia a usted, le ofrecemos una nueva cita de veinte minutos. Al mismo precio.

—Por lo que pone en sus folletos —dijo Julia, mientras su implante vibraba al realizarse el cargo—, ustedes pueden hacer que la gente consiga lo que quiere.

—No es exactamente así. Ofrecemos el servicio de nuestro exclusivo «Algoritmo Predictivo®». Incluye la cobertura de un seguro que garantiza los resultados contratados.

—No entiendo.

—Nuestra empresa le ofrece una predicción de su futuro, en base a la información disponible. Lógicamente, incrementar la precisión y el periodo de validez de nuestra estimación tiene un mayor coste. Le envío a su terminal una lista de tarifas, con validez hasta el fin de esta entrevista. Las peticiones que nos llegan crecen día a día, lo que nos obliga a actualizar el precio de nuestros servicios en tiempo real.

—O sea, que mejor que me dé prisa, ¿no? A ver, ¿doscientas cincuenta y siete eurorrupias para que me digan si voy a tener cáncer o no en los próximos diez años?

—Nuestro pack «Su salud deseada®» le ofrece una estimación garantizada de cualquier problema grave de salud durante el periodo que usted determine, a un precio muy competitivo.

—Ya veo. Ochocientas treinta y dos eurorrupias con veinticinco por decirme si me voy a morir o a quedarme inútil de aquí a siete años. No es esto lo que estaba buscando.

—Le escucho, doña Julia.

—Llámeme Julita. El único que me llama Julia es mi marido, cuando quiere tocarme los ovarios. Había oído que ustedes pueden hacer que uno cambie su futuro.

—Creo que se refiere a nuestra gama de servicios Premium®.

—Mientras funcione, como si lo llaman el pozo de los deseos.

—Ese servicio está reservado a los clientes Premium.

—¿Y qué hay que hacer para ser de esos?

Una vez abonadas otras mil eurorrupias, la joven continuó su explicación.

—A ver si lo he entendido bien —dijo Julia, cuando acabó—. Ustedes calcularán todos mis futuros posibles y harán lo que sea necesario para que ocurra lo que les haya pedido. ¿Es eso?

—Bueno, «todos los futuros posibles» es algo que, hoy por hoy, escapa incluso a nuestra capacidad. No obstante, «Su Futuro Deseado®» está en condiciones de estimar y garantizar la obtención de una muy amplia gama de desenlaces. En algún caso, el cliente debe realizar alguna acción simple para que se produzca el resultado: contratar determinado servicio bancario; hacerse una revisión médica; ir a determinada hora a un lugar concreto… Por supuesto, sus elecciones determinarán el coste del servicio.

—Veo en el folleto que, si quiero que me toquen veinte mil eurorrupias a la lotería, tendré que pagar cincuenta mil. ¿Me toman el pelo?

—Para algunos desenlaces, el precio a pagar puede resultar, aparentemente, un poco alto. Tenga en cuenta que nuestras tarifas incluyen tanto el coste de las estimaciones como el de las acciones que puedan requerirse.

—¿Y qué ganaría yo con eso?

—Prestigio social, la alegría de conseguir un premio… «Su Futuro Deseado®» nunca cuestiona las motivaciones de sus clientes. Esas, como los términos del contrato, entran dentro de la más estricta confidencialidad.

—Esto no será como el cuento ese de la mano del mono, que uno consigue una cosa pero pierde más de lo que ha ganado…

—Descuide. En el contrato aparecerán claramente recogidos y garantizados los términos y costes vinculados a la consecución de los resultados. Y le recuerdo que se incluye un seguro. Aunque el prestigio de nuestra empresa es suficiente garantía.

—¿Y se puede pedir algo no muy ético, por decirlo de alguna forma?

—Como le comentaba hace un momento, doña Julita, sus elecciones determinarán el coste del servicio. Cuanto más específicas sean, este, lógicamente, se verá incrementado.

—¿Por cuánto me saldría desembarazarme de mi marido y sustituirlo por Keano Ríos? Ya sabe, el actor.

—Está planteando dos desenlaces distintos, que entiendo vinculados. Cuando habla de «desembarazarse de su marido», ¿se refiere a opciones no habituales, como un divorcio?

—Eso mismo. Un accidente, algo así. Manolo nunca accedería a un divorcio.

—Perfecto. Con respecto al segundo desenlace, he de adelantarle que el coste podría ser prohibitivo. Si hay un futuro posible en el que Keano Ríos y usted formen una pareja, lo encontraremos. Ahora bien, garantizar su ocurrencia puede exigir un esfuerzo demasiado grande.

Lo dijo con la misma sonrisa con la que le había pedido cincuenta eurorrupias para seguir hablando. Esa gente estaba desaprovechando su vida, pensó Julita. Deberían estar en una mesa de póquer.

—Bien. Olvidémonos de Keano, por ahora. Paso a paso, que decía mi madre. ¿Por cuánto me sale el trágico accidente de mi marido?

—El cálculo de posibilidades exige la firma de un contrato. Es necesario especificar algunos parámetros para la búsqueda. Como ya le dije, cuánto más específicos…

—Ya, ya. No hace falta que me lo repita.

Un nuevo pago de doce mil eurorrupias y empezaron a concretar los detalles. Un accidente mortal, a ocurrir en un plazo de uno a cuatro meses, totalmente fortuito. Quedaban sin determinar el tipo de accidente y el grado de sufrimiento de la víctima.

—¿Desea estar presente cuando ocurra? ¿Que su marido reciba algún tipo de aviso previo de lo que le va a pasar?

—¿Qué? No, no. Qué crueldad. Además, últimamente está más agradable. ¿Hay gente que pide esas cosas?

—Nunca hablamos de los términos de nuestros contratos —de nuevo, esa sonrisa—. Bien, es suficiente. Acérquese para un escáner de retina y ponga su dedo en el recuadro para la firma de ADN.

En la mesa transparente apareció el contrato. Julita apoyó su pulgar en un recuadro bajo su nombre. Un láser enfocó un instante su ojo y sintió un levísimo pinchazo en el dedo. Al levantarlo vio un punto rojo de sangre. Un holograma semitransparente, con figuras y textos que se renovaban continuamente y que ella no podía leer, surgió a un lado de la empleada. Tras un minuto, la pantalla se estabilizó.

—Bueno, ¿por cuánto me va a salir?

—Ha tenido suerte. De forma excepcional, puedo ofrecerle una opción de contrato por un precio extraordinariamente bajo. Le garantizamos el fallecimiento de su marido en los términos convenidos por solo cuarenta y siete mil doscientas veintidós eurorrupias con diecisiete céntimos. Esta oferta solo es válida durante los próximos treinta y dos segundos. No incluye el seguro.

Una cuenta atrás en rojo brillante apareció sobre la mesa. Treinta y uno. Treinta…

—¿Y con seguro? ¿Cuánto me costaría?

—El sistema no me ofrece ese dato. Debería volver a calcularlo. Claro está, sin coste para usted. Pero, de hacerlo, la oferta caducaría y el coste será mucho más alto, puedo garantizárselo. —Diecinueve, dieciocho…—. Solo hay un requisito: deberá hacerse un seguro de vida junto a su marido. Compensará los gastos, hasta podría ganar dinero.

—¿Él estará de acuerdo?

—Tiene nuestra palabra.

Nueve segundos.

—Venga, vale. De perdidas, al río.

El nuevo contrato apareció al instante en la mesa. Se sucedieron la vibración de su implante de crédito, el láser sobre su retina y el pinchazo en el dedo. La chica sonreía. Julita también.

24 de febrero

Julita y su marido estaban en la correduría de un amigo de la infancia de ella, para firmar la póliza del seguro. Un millón de eurorrupias, que recibiría cualquiera de los cónyuges en caso de fallecimiento del otro. Julita insistió en incluir una cláusula por la que, en caso de que ambos murieran a la vez, el dinero fuera a parar a una entidad benéfica. Para disimular. Su marido la miró extrañado, pero estuvo de acuerdo. Seguía notándole menos gritón que de costumbre, como feliz. Además, últimamente quería ir con ella a todas partes: la llevaba a comer fuera, al cine, al teatro ­­—él, que se dormía siempre pusieran lo que pusieran­—. Ella tampoco lo trataba igual, hasta se mostraba amable con él, por la cosa de endulzarle sus últimos días.

­—No es necesario que firméis ahora mismo —dijo el amigo de Julita. Había estado extraño desde que los vio aparecer por la puerta—. Esto lleva un poco de papeleo. Lo digo para no entreteneros, que sé que Manolo es un hombre ocupado.

—Por eso mismo —dijo él—. Si no firmamos ahora, nos vamos a otro lado. A mí me da igual. Si hemos venido aquí ha sido por ella.

­—Venga, haznos el favor —intercedió Julita—. Si hay que esperar, esperamos.

Cinco minutos después, firmada la póliza, Manolo se despidió. Tenía que volver a su fábrica, a controlar a los inútiles de sus empleados. Ella se levantó también, pero su amigo le hizo un gesto disimulado con la mano, para que se quedara.

—Es solo un momento, Julita. Sabemos que Manolo estuvo en la empresa nueva esa, la que promete que te conseguirán lo que quieras.

—No será «Su Futuro Deseado®»…

—Esa.

—¿Cómo lo sabes?

—El Consorcio de Seguros lleva meses investigándolos. Controlamos a todos los que entran. Últimamente estamos recibiendo una avalancha de matrimonios para hacerse pólizas como la vuestra, o de hijos que se la hacen a sus padres. Y en la mayoría de los casos, uno de los beneficiarios ha pasado antes por esa empresa. ¿Te imaginas? Nuestro negocio se basa en la incertidumbre y en las probabilidades. Nos están llevando a la quiebra. Y justo ahora venís vosotros…

—¿Cuándo dices que fue allí?

—Un mes, más o menos. Espera, te lo confirmo. El veintiocho de enero.

Un mes. El tiempo que Manolo llevaba feliz. Ahora entendía por qué la acompañaba a todas partes. El muy cabrón había contratado el pack completo.

—Son una mafia. Eso sí, todo muy legal. No matan a nadie, no se les puede pillar. Espera… Me ha saltado otra alerta, estaba tan pendiente de lo de tu marido que se me había pasado. Tú también estuviste allí, hace nueve días. Julita, déjame preguntarte algo: ¿firmaste algo con ellos?

»¿Tendrás alguna garantía, no?

25 de febrero

Julita estaba de nuevo en un despacho de «Su Futuro Deseado®». Esta vez había llegado con veinticinco minutos de adelanto. A la hora de su cita en punto entró un chico joven, con el mismo mono verde y la misma sonrisa.

­—Buenos días, doña Julita. Veo que usted ya es cliente nuestra. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quiero saber qué hay que hacer para rescindir un contrato.

­—Me temo que eso no es posible. Está claramente especificado en la cláusula ocho, apartado dos: «Una vez abonada por el cliente la…»

­—Ya me lo he leído. Tres veces. Pues les advierto que les voy a demandar. Tengo pruebas de que han prometido futuros incompatibles a dos personas.

—Nunca hablamos de los términos de nuestros contratos.

—Una de ellas soy yo.

—Su contrato no incluía seguro. Eso imposibilita en la práctica cualquier demanda por parte de usted o sus descendientes a nuestra compañía. Cláusula veinticuatro, apartado uno: «La empresa no se hace responsable…»

Julita se paró a pensar un momento, ante la sonrisa perenne del empleado.

—De acuerdo. Mis cincuenta eurorrupias cubren un poco más de su tiempo. Tengo un par de preguntas más qué hacerle.

26 de febrero

Manolo parecía estar muy relajado. Era sábado, había reservado para cenar en un restaurante japonés y hasta hizo una broma cuando le entraron arcadas con el sushi. El muy mastuerzo no había probado bocado. Cuando volviera a casa se comería un bocadillo de chorizo, pero ahora, cada uno frente a un vasito de sake, sonreía y miraba cada poco a su alrededor, como si esperase algo.

—Manolo, he de confesarte algo. ¿Has oído hablar de la empresa esa nueva, «Su Futuro Deseado®»?

—Me suenan —dijo él, a la defensiva—. ¿No son unos que adivinan el futuro? Lo que no sé es si usan una bola de cristal o echan el tarot. Timos para gente crédula.

—No, no. Son serios. El caso es que fui a verlos…

—¿Tú? No me jodas. ¿Cuándo?

Una vez, Julita fue a la fábrica de su marido a por unas llaves y estaba un inspector de trabajo. La cara de Manolo era igual a la que tenía entonces.

—Hará un par de meses, por navidades. En esa época estabas insoportable, y yo… En fin, perdóname.

—Bueno, bueno. No pasa nada. ¿Y qué te dijeron allí?

­—El caso es que firmé un contrato con ellos.

—¿Qué? Joder. ¿Y qué tipo de contrato?

—Uno muy malo.

—Hostia. ¿Cómo de malo?

—De lo peor. Para ti. A muy largo plazo. Estoy muy arrepentida. Intenté anularlo y me dijeron que no se podía.

—Hostia. Hostia.

—Solo me ofrecieron una solución.

28 de febrero

Julita y Manolo estaban sentados de nuevo frente a un joven sonriente de «Su Futuro Deseado®». Los cálculos ya estaban realizados y sus respectivas copias del contrato aparecían en el escritorio.

—Bien —dijo Manolo—. Entonces, nos aseguran que nuestros futuros respectivos no se verán afectados por ningún contrato previo o futuro que ustedes puedan realizar, con nosotros o con cualquier otra persona, para perjudicarnos.

—O para beneficiarles —apostilló el joven—. Serán eliminados de nuestra base de datos. Lo que les ocurra estará totalmente al margen de «Su Futuro Deseado®».

Los ojos de Manolo volvieron a las seis cifras, todas ellas altas, del precio.

—¿Y para eso tenemos que pagarles este pastón?

—Es un servicio exclusivo.

Salieron juntos. Manolo le cogió la mano a Julita. A los dos segundos, ella se soltó para rebuscar en su bolso un pañuelo de papel y sonarse la nariz. Luego se puso los guantes. No hacía frío.

—Oye, Manolo. ¿Cómo se llamaba eso que hacía la mafia, lo de cobrar a los comerciantes un seguro de incendio, y si no lo pagaban les quemaban el local?

—¿Extorsión?

—Sí, eso. No me venía.

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