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Brígida de Kildare, un relato de Marco Granado

Llovía como si estuvieran vaciando las piscinas en el cielo, todas a la vez. El limpiaparabrisas se movía en plan péndulo, sin lograr que la carretera fuera algo más que una mancha amarillenta bajo la escasa luz de los faros. Iba a veinte por hora y a Rosa ya le parecía demasiado rápido.

—El próximo coche me lo compro con halógenos, antiniebla y focos encima.

Hablar sola y rascarse la cicatriz de la frente, de cuando un chaval le dio una pedrada con ocho años. Hay gente que tiene manías peores para cuando hay problemas. Fuera a dónde fuese, no tenía muy claro si iba o venía. Había olvidado cargar el móvil antes de salir y la pantalla estaba tan negra como su futuro. De todas formas, a la velocidad a la que rodaba igual desaparecía la carretera antes de que llegara a la nacional.

—Putos dólmenes.

Entró en el Páramo de Masa fascinada por Tumbas de gigantes, un libro precioso. La había llevado por caminos que alguien llamó carreteras en tiempos de Franco, por si colaba. Todo para ver piedras que otro alguien, con una visión de futuro un tanto extraña, había colocado en medio del campo, en tiempos en los que hablar del campo era como hablar del universo. Un homenaje a un alguien anterior, que desde su tumba se alegraba de no tener que soportar tanta tontería. Estuvo bien hasta que empezó a llover.

Algo explotó en la parte trasera y su viejo coche acusó el golpe, una especie de esguince mecánico. Amortiguado por la lluvia, le vino un golpeteo que reconocía sin haberlo escuchado antes, la cubierta de la rueda contra el suelo. Había pinchado. Frenó en mitad de la carretera. Si venía alguien, mejor que chocara contra ella a que pasara de largo.

El limpiaparabrisas, en plan metrónomo, acompañó una sinfonía improvisada de tacos y juramentos. Cuando ya llevaba varias vueltas de su no corto repertorio de mecagüenes, apagó los faros. No tenía sentido agotar la batería, quizás le hiciera falta de madrugada. Iba a hacer frío. En la oscuridad absoluta, una luz destacó débil al frente. No parecía estar lejos, aunque era imposible calcularlo con esa lluvia. ¿Merecía la pena acabar de destrozar el neumático para investigarlo? Las dudas le duraron cinco minutos. Lo único que podía cruzarse era algún discípulo de Noé buscando parejas de anfibios para su nueva arca.

Cinco minutos más y detuvo el coche en el arcén. En condiciones normales, habría llegado más rápido andando. La luz estaba oculta por la maleza y el terreno, y un camino de tierra a la izquierda se abría como su única esperanza. No iba a arriesgarse a meter por ahí su viejo coche, mucho menos con tres ruedas. Necesitaba algo para taparse, y le sonaba haber visto una manta en el maletero cuando su antiguo dueño le enseñó dónde estaba la rueda de repuesto. En la guantera llevaba una linterna, una de plástico amarillo que funcionaba al apretar un mando. Solo tenía que hacer un poco de ejercicio manual para encenderla, reclinar el asiento, reptar sobre él y levantar la bandeja posterior. Sostuvo la linterna con los dientes para apartar la caja de libros que quería donar no sabía a quién, la bolsa de envases y latas para el contenedor de los plásticos y otra bolsa que no recordaba haber metido ahí. Debajo, la manta, con polvo de viajes a lugares que Rosa no conocía.

—Hubiera estado mejor un paraguas.

Salió a la lluvia cubierta con la manta, ajustada en torno a su cuello con la mano izquierda, linterna y ojos al suelo. La escasa luz azulada apenas le permitía ver un par de metros por delante, lo justo para no pisar una mierda de vaca. No se imaginaba a una vaca saliendo de su establo con el propósito decidido de cagar en ese camino, pero siempre quedaba la opción del apretón intempestivo.

—Esos bichos comen hierba —dijo en voz alta—. Te puedes esperar cualquier cosa con una dieta así.

Tenía la casa delante. Con luz.

Una casa de campo vulgar, de piedras que deberían verse grises por la mañana, con un cobertizo a un lado. ¿A las vacas se las enseña a cagar fuera de casa, como a los perros? Apartó esa imagen de su cabeza y corrió hasta la puerta, de madera antigua. No había timbre.

—Abran, por favor —golpeó con los nudillos—. He tenido un accidente, necesito llamar por teléfono.

Unos pasos por el interior, sordos. Los visillos de la ventana a su izquierda se apartaron para dejar paso al rostro de una anciana, sonriente. Fue solo un momento, como si quisiera confirmar algo esperado.

—Hola, hola —dijo la mujer al abrir la puerta—. Eres Rita, ¿verdad?

Era menuda, con una dentadura completa y perfecta —¿sería postiza?— y ojos saltones. Llevaba un chal negro sobre los hombros.

—¿Yo? Si me deja pasar se lo explico todo…

—Claro —dijo, apartándose—. Te estaba esperando. Ven, tengo sopa caliente.

Rosa colgó la manta calada entre un chubasquero y un abrigo de lana y siguió a la anciana. Tenía una cocina de carbón, o de leña, de las que sirven también como estufa. La mujer removió un poco el contenido de una cazuela y echó unos cazos en un plato limpio al lado. En la mesa había cubiertos, servilleta, vaso, una botella de vino y un trozo de pan. La habría pillado a punto de cenar.

—Muchas gracias por dejarme entrar. Mi coche ha pinchado aquí mismo. Solo quiero llamar por teléfono a una grúa, o a un taxi.

—Tú primero te tomas esta sopita, que ya verás qué bien te sienta.

Le puso el plato humeante en la mesa, junto a los cubiertos, y se sentó enfrente. Sonreía.

—¿Usted no cena?

—Ya he cenado. Esto es para ti. Ya te he dicho que te estaba esperando.

La sopa olía bien. Despacio, como para no molestar, Rosa tomó un sorbo. Estaba buenísima. El caldo era de pollo, de esos que comen gusanos, trigo, cosas del campo. Y en medio del caldo, zanahoria, patata y acelgas.

Otra cucharada, ahora más llena.

—Está muy buena. Gracias.

—Come, come, Rita. Toda la que quieras. Hay más.

Apuntó con el dedo a su propia frente, y luego a la de Rosa, donde tenía la cicatriz

—¿Te duele?

—¿Esto? No, no. Fue hace muchos años.

Tres cucharadas más y reunió el valor necesario.

—Creo que me confunde con otra persona. Me llamo Rosa.

—Rosa. Claro, claro. Tú come. Así entrarás en calor.

Le llenó el vaso de vino.

—Tienes hambre, ¿eh? —Señaló el pan—. Pruébalo. Ya verás que pan más bueno.

Repitió sopa. Y vino. Tres vasos hasta arriba.

La modorra le vino de golpe, cuando alzaba las palmas de las manos para rechazar por tercera vez un postre. Más que modorra fue un caer en la inconsciencia. Apenas tuvo tiempo de apartar el plato antes de derrumbarse sobre la mesa.

Despertó dolorida, como si le hubieran pegado una paliza, apoyada en unos…  ¿barrotes? ¿La habían metido en una jaula?

Estaba en lo que parecía un semisótano, con un par de ventanucos pegados al techo y a los que apenas llegaría de un salto. El golpeteo incesante de la lluvia contra los cristales le retumbaba en la cabeza. La luz venía de velas encendidas, distribuidas aparentemente al azar. Unas escaleras de piedra ascendían pegadas a la pared frente a ella, hasta una puerta. Justo debajo de la puerta, una jaula como la suya. La mujer encerrada en ella se abalanzó hasta asomar el rostro entre los barrotes.

—¿Ya estás despierta? Venga, corre. Sal y ábreme.

—¿Dónde estamos?

—¿Dónde vamos a estar? En el sótano de esa arpía. Date prisa. Puede volver en cualquier momento.

Con los ojos entrecerrados tanteó la puerta de la jaula. Había un cerrojo echado por fuera, nada de candado o cerradura. La vieja no parecía demasiado competente como secuestradora. Corrió el cerrojo sin dificultad y salió. Al ponerse en pie, el dolor le hizo consciente de zonas de su cuerpo desatendidas durante años.

—Joder. ¿Cómo he llegado aquí?

—La vieja te arrastró por las escaleras con una manta. Tiene más fuerza de la que aparenta. ¿O pensabas que te había bajado en ascensor? Venga, sácame de una vez.

Faltaban diez minutos para las cuatro de la mañana. Tambaleándose, llegó hasta la jaula. Tenía el mismo cerrojo que la suya. Rosa lo tanteó, para comprobar que se abría sin problemas.

—Está abierto.

Se estiró un poco, las manos en los riñones. No entendía nada. La señora amable se había transformado en una vieja psicópata que secuestraba mujeres sin haber aprendido para qué sirve un candado.

—¡Shit! ¿Me vas a abrir o piensas seguir quejándote mucho rato?

—Ya te he dicho que está abierto.

—Está abierto, está abierto —repitió la mujer de la jaula, con tono de burla—. Ya sé que está abierto. Pero necesito que abras la puta puerta. Se aprende en primero de preescolar. No es tan difícil.

Rosa se inclinó para fijarse mejor. La mujer tenía todas las extremidades, y libres. Si no salía era porque no le daba la gana.

—Que te den. Yo me piro.

—Espera, espera —su tono cambió, ahora rozaba la súplica—. Escucha, sigue lloviendo. Si sales ahora, ya sabes lo que hay. Es mejor que esperes a que escampe.

Sin hacerle caso, subió por la escalera de piedra. La puerta no estaba cerrada, ni siquiera tenía cerradura. En la planta baja, totalmente a oscuras, el ruido de la lluvia era más intenso. La linterna seguía en su bolsillo, y gracias a la escasa batería que aún le quedaba, llegó a la puerta de la casa. Abierta. Se asomó al exterior. La mujer del sótano tenía razón. El agua no caía, golpeaba el suelo con saña. La perspectiva de encerrarse en su coche hasta vete tú a saber cuándo, calada hasta los huesos, no parecía demasiado sugerente.

—Explícame de qué va esta historia que os traéis la vieja y tú.

De pie frente a la jaula, para mirarla desde arriba. El ceño fruncido y la mandíbula apretada, en pose de amenaza, o de cabreo. O de cabreo amenazador. Descruzó los brazos para ponerlos en jarras. Un segundo después volvió a cruzarlos. La mujer, sentada en el extremo más alejado, la miraba aburrida.

—Me llamo Brígida —dijo—. Brígida de Kildare. Me da que mi nombre no te dice mucho.

—Yo, Rosa Gómez. Y no, no me dice nada. ¿Debería?

—Ya que vamos a entrar en confidencias, coge un vaso de la alacena y ponme una cerveza de ese barril. Puedes servirte tú también.

Había un barril pegado a la pared, no muy grande, como de cincuenta litros así a ojo. De madera, con pinta de antiguo. La cerveza era de un color rojizo, bastante suave y caliente. Brígida se la bebió de un trago y sacudió el vaso para que lo rellenara. Rosa apenas se había mojado los labios.

—Ya sé que no lo parece —continuó mientras le servía la tercera—, pero no puedo salir. Necesito que abras la jaula. Así podré ponerme las pintas yo misma.

—¿Tienes algún tipo de problema cerebral que no te permite correr cerrojos?

—Hay que joderse… Esta jaula es una especie de caja Dybbuk. Lo que imagino que te suena tan raro como mi nombre. Ponme otra, anda.

—La vieja se mosqueará si le vaciamos el tonelillo.

—¿Vaciarlo? —se rio—. No te preocupes por eso.

Brígida se acercó a los barrotes a recoger el vaso lleno. Estudiaba a Rosa, como si la mirase por primera vez.

—Yo le advertí a la vieja de que venías.

—¿Qué leches? ¿Y cómo podías saberlo?

—Bueno, hay muchas cosas que puedo hacer. Que la cerveza de ese barril no se acabe nunca, por ejemplo. Otra más: ¿a que te duele menos la espalda?

Rosa se enderezó, giró el cuello a ambos lados, sus manos buscaron las partes de su cuerpo en las que antes notaba dolor. Nada.

—Es la birra. Podría haberte impuesto las manos, pero mola más así, ¿no?

Que Rosa supiera, la cerveza normal no tenía efectos analgésicos. Al menos mientras se mantenía la consciencia. Rellenó de nuevo su vaso, por si el efecto era temporal, y se sentó frente a la mujer enjaulada.

—La vieja me llamó Rita.

—Fue lo primero que se me ocurrió, por la señal en tu frente. Tenía que convencerla para que te trajera aquí.

—Ya.

Definitivamente estaba pirada, y mucho. No parecía peligrosa, al menos mientras no saliera de la jaula. Desde luego, si pensaba que no podía salir, no iba a ser Rosa la que se lo pusiera fácil. Por si acaso, sacó la linterna, le dio un rato al mando para cargarla y se puso a buscar algo que pudiera servir de arma.

—Lo que te voy a contar te sonará raro. Si lo piensas bien, todo lo que te ha pasado desde que llegaste a esta casa ha sido flipante, ¿sabes cómo te digo?

—Puedes decir lo que quieras —dijo Rosa, mientras sacaba un martillo de una caja de herramientas y lo sacudía para comprobar su peso—. Mejor que no salgas de ahí o me asustaré mucho, y asustada puedo hacer cosas con las que seguro que fliparías tú.

Permanecieron un rato en silencio. Rosa, sentada sobre una caja frente a la jaula de su compañera, con un ojo puesto en la puerta del sótano. Dudaba si subir a esperar, incluso sorprender a la vieja en su cama, si es que dormía. Ella era la que la había secuestrado primero. Aunque, llegado el caso, veía difícil que un martillazo a una anciana en su propia cama pudiera considerarse legítima defensa. No sabía si en la casa había teléfono, y registrarla de noche y con una linterna que sonaba como una carraca cada vez que se cargaba no era una opción que encajase con su idea de sigilo. Demasiadas incertidumbres.

—Imagínate por un momento —dijo Brígida— que nadie te ha mentido. La vieja sabía que venías porque yo se lo había advertido. La cerveza de ese tonel cura. Si se acabara, podrías llenarla de agua de lluvia y se transformaría en auténtica cerveza ale irlandesa. La mejor. Y me caes bien, porque en general me caen bien las mujeres, y siempre he pensado que lo único malo de nuestro sexo es que necesitamos espermatozoides para hacer más mujeres.

—Y no puedes salir de esa jaula porque está embrujada, ¿no?

—Exacto.

—¿Y cómo he podido salir yo de la mía?

—Las jaulas son contenedores para seres sobrenaturales. Como la botella del genio de Aladino, para que te sitúes. No sé cómo llegó a construirlas la vieja, pero funcionan. Tú eres una mujer normal, a ti no te afectan.

—Ya. Y tú eres una genia, lo bastante tonta para dejarse atrapar por una anciana. ¿Me concedes un deseo? Cállate.

—Mira tú la listilla, la incapturable. Me engañó, igual que a ti. Si tu móvil funcionase, podrías buscarme en internet. Oh, perdona. Se le acabó la batería, y como te has educado en la democracia, no tienes ni puta idea de historia religiosa.

¿Cómo podía saber que se había quedado sin batería? Bueno, si estaba ahí era porque no tenía móvil. Lo primero que hubiera hecho era llamar a alguien pidiendo ayuda. Claro que se lo podía haber quitado… Pero la anciana la esperaba, se lo dijo.

—¿Le dijiste tú a la vieja que me llamaba Rita?

—Lo dije por Santa Rita de Casia. Ni puta idea, ¿no? Rita apareció una mañana con una astilla de la Santa Cruz clavada en la frente, le tardó unos cuantos años en curar. Se me ocurrió al ver tu cicatriz, la de la pedrada. Tenía que engatusar a la vieja para que te dejara entrar y te bajara aquí.

Rosa se tocó la cicatriz. Cada vez estaba más confundida.

—¿Cómo sabías tú eso? ¿Y que me la hicieron con una piedra?

—No sé, alguna explicación habrá. ¿Quizás que te estoy diciendo la verdad? Ábreme de una vez y dejemos las adivinanzas.

La vieja apareció por la puerta del sótano. Mirar a Rosa sentada fuera de la jaula y abrir la boca fue todo uno. Bajó corriendo las escaleras y se plantó frente a ella. Rosa la esperaba en pie, con el martillo en la mano derecha y la izquierda estirada al frente.

—¿Cómo te has escapado?

—No se acerque —dijo Rosa, agitando el martillo.

La anciana se giró hacia la mujer que seguía enjaulada.

—Tú —apuntó su dedo hacia ella—. Me has engañado. No es Santa Rita. ¿Y qué va a pasar ahora con mi jardín? Ya me había hecho la ilusión.

—¿De qué leches habla? —preguntó Rosa.

—No la hagas caso —dijo Brígida—. Santa Rita tenía buena mano con las rosas. Más o menos como yo con la cerveza. Aunque lo mío mola más ¿eh?

Hubo un momento de silencio, mientras cada una pensaba qué hacer a continuación. La vieja fue la primera en decidirse. Se plantó de espaldas a la jaula de Brígida, con el dedo en dirección a las escaleras.

—Vete. Ha sido un malentendido. Vuelve a tu coche. Cuando amanezca pasará gente por la carretera, te llevarán al pueblo.

—¿Y ella?

—Ella se queda aquí. No es asunto tuyo.

Brígida se sentó en el otro extremo de la jaula, apoyada en los barrotes.

—Adiós, Rosa. Cuídate.

No podía irse así, sin pagar por lo menos la última ronda.

—Voy a ponerle una cerveza más a mi amiga, si no le importa.

Dejó caer el martillo. La vieja pegó el culo a la puerta de la jaula, las manos aferradas a los barrotes, vigilante. Brígida abrió un poco los ojos, a la expectativa. Despacio, como si le apuntaran con un arma, Rosa cogió el vaso vacío. Del grifo fue manando la cerveza roja, hasta dejar un dedo de espuma clara a punto de rebosar. Bien tirada. Y de vuelta a la jaula, el vaso sujeto con las dos manos, para no derramarla.

Se lo tiró a la vieja a la cara.

La muy arpía no soltó los barrotes a la primera. Tuvo que retorcerle un dedo, mientras la vieja la mordía en el cuello. Estaba claro, los dientes tan perfectos eran suyos. Al parecer la cerveza del barril sanaba también las dentaduras. Gritando de dolor, consiguió correr el cerrojo. Al caer para atrás, sobre la anciana, la puerta de la jaula se abrió.

Un instante después, Brígida de Kildare le tendía la mano para ayudarla a levantarse.

—No ha sido tan difícil, ¿no? Bueno, el final un poco dramático para mi gusto.

—¿Y ahora?

—Ahora tú te vuelves a tu coche. A las seis menos cinco pasará Eulogio con su ranchera. Si le haces señas te llevará al pueblo, o te dejará llamar con su móvil a una grúa, lo que prefieras. Por esta —señaló a la vieja— no te preocupes. Nunca hago daño a una mujer. Al menos no un daño que no pueda reparar. Antes me va a contar cómo ha conseguido montar estas jaulas, y me aseguraré de que no secuestre a nadie más. Cogeré mi barril y hasta luego, Lucas.

La vieja se acariciaba el dedo retorcido, acurrucada contra la pared. Rosa se acordó del dolor en su cuello. Tenía sangre, la había mordido a conciencia. Brígida le puso la mano sobre la herida. Notó un calor agradable.

—Si no quieres otra birra, es hora de que te vayas, Rosa. Ha sido un placer conocerte. Te debo una.

Seguía lloviendo, con menos fuerza. Volvió a su coche, a la luz de la linterna y cubierta con su manta. Las cinco en punto. Un poco menos de una hora para que pasara Eulogio. Dentro, se buscó en el cuello la marca de los dientes de la vieja. Nada. Algo de sangre, una leve mancha, que se fue con un poco de saliva sin dejar nada debajo aparte de su piel intacta.

—A ver dónde encuentro yo en Burgos cerveza roja de esa —dijo en voz alta.

El uno de febrero se celebra la festividad de Santa Brígida de Kildare. Una santa cuya leyenda rompe muchos tópicos. Este relato no es tanto un homenaje a su figura como a lo que el autor entiende que representa. Más información interesante aquí.

1 comentario en “Brígida de Kildare, un relato de Marco Granado”

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