Nuestros socios escriben

Cuenta la leyenda: Güela, por Isabel Pedrero

La anciana se despertó cuando los primeros rayos de sol comenzaban a clarear el cielo. Le gustaban las mañanas, sobre todo las mañanas de verano como aquella, en la que el aire se colaba limpio y fresco por las ventanas abiertas. Se echó una toquilla sobre los hombros y salió al exterior, llenando sus pulmones de naturaleza viva. El Lucero del Alba brillaba aún con fuerza y los pájaros todavía no habían comenzado a trinar. Pudo ver la sombra de Lobo acercarse con paso tranquilo hasta colocarse a su lado, restregando el lomo contra su pierna.

—Buenos días para ti también. ¿Has tenido una buena noche? —preguntó con una sonrisa.

Lobo bostezó con fuerza, dejando claro que no había dormido demasiado. La mujer rio y el sonido de su risa tintineó entre las montañas. El viento meció las hayas y pareció que sus hojas se estremecían de alegría al escucharla y los pájaros comenzaron a trinar, dando por comenzado el nuevo día. El verano estaba siendo largo y dichoso.

Entró de nuevo a la casa, dejando la puerta abierta para que Lobo pudiera pasar a comer, o acurrucarse junto al fogón para dormitar durante el día. Al coger el frasco de cristal de la alacena, se dejó embriagar por el característico olor de la masa madre en su punto perfecto de fermentación. La heredó de la anterior anciana que había habitado aquella casa y la había mantenido viva desde entonces, refrescándola a diario con el agua del manantial y la harina molida a la piedra. Esa masa madre era todo. No había más secreto.

Dejó la toquilla sobre el banco de madera de la cocina y comenzó a trabajar la masa, moldeándola sin mayor esfuerzo, a pesar de su edad, gracias a la fuerza de unos brazos acostumbrados a trabajar. Formó cinco hogazas que dejó reposando bajo la tela de lino y salió de nuevo.

Se calzó las madreñas, más por costumbre que por necesidad —estaba siendo un verano demasiado seco—, y caminó hasta el horno de piedra construido junto a la casa. Comprobó que la leña comenzaba a escasear. No le importó. Sabía que esa misma mañana se acercaría uno de los leñadores del pueblo y le dejaría un buen atado. Ellos siempre se preocupaban de que tuviera suficiente para su horno. A ellos les gustaba dejarle lo poco que tenían como pago, a pesar de que ella nunca les habría pedido nada a cambio.

—Ya soy demasiado vieja —murmuró mientras encendía el horno con esfuerzo—. No me quedan demasiados inviernos. Debo hablar con las janas para que busquen una nueva muchacha y que vaya aprendiendo lo que hay que hacer para cuando llegue el momento.

Recordó con añoranza cuando aún era joven y no necesitaba ayuda para esas cosas, pero no fue capaz de recordar cuántos años habían pasado desde aquello. Demasiados, de eso estaba segura, puede que cuatro o cinco generaciones. Suspiró, sintiéndose cansada.

El sol calentaba ya con fuerza cuando sacó las hogazas perfectamente cocidas del horno y Lobo apareció a su lado, moviendo la cola de alegría al olor del pan recién hecho.

—Aún no, está demasiado caliente y te fermentará las tripas —dijo de forma maternal.

Lobo respondió con un lloriqueo fingido y ella le acarició la cabeza con una sonrisa. El animal levantó las orejas poniéndose en alerta, pero dejando claro que quien se acercaba, no era una amenaza. La anciana le observó y sonrió tranquila. En realidad, nunca había subido nadie hasta ese cerro que hubiera sido una amenaza. Quien llegaba hasta allí arriba, casi sin resuello, eran solo aquellos que la iban buscando. Se ajustó el pañuelo negro en la cabeza, colocando los mechones rebeldes que se le habían escapado, y esperó mientras se secaba las manos en el mandil.

—¡Buenos días, güela! —gritó con alegría el hombre que se acercaba.

—¡Buenos son, sí señor! Este año el Reñubero está tranquilo y nos está dejando pasar el verano sin enviarnos demasiadas lluvias. Aunque habrá que esperar a las suertes de agosto a ver cómo nos viene el año.

El hombre asintió pensativo, como si esa misma conversación no la hubiera tenido ya cien veces con Antonia, sentados en el zaguán mirando las estrellas, y hubieran llegado a la misma conclusión.

—¿Qué tal tus guajes? —preguntó la anciana, sacándole de sus pensamientos.

—Creciendo como la mala hierba.

—Son buenos críos, como su madre.

—¿Solo su madre? —preguntó haciéndose el ofendido.

—¡Ay, Bernardo! ¡Que los dos sabemos la mala vida que le diste a tus pobres padres!

El hombre bajó la cabeza, avergonzado. A menudo se le olvidaba los años que tenía la Vieya y la cantidad de conversaciones que su padre habría tenido con ella, al igual que lo hacía él ahora.

No pudo evitar acordarse de sí mismo cuando era pequeño y esperaba impaciente a que su padre llegara a casa.

—¿A que no sabes quién me ha preguntado por ti? —le solía preguntar.

—¡La Vieya’l Monte! —gritaba él, con el corazón desbocado de alegría.

Y saltaba corriendo para revolver en su zurrón buscando los regalos que la Vieya le hubiera dado para él, mientras su padre le contaba que ella estaba preocupada porque no ayudaba lo suficiente en casa, o porque desatendía a los animales para correr a bañarse en el riachuelo. Él bajaba la cabeza avergonzado, del mismo modo que lo había hecho ahora, siendo consciente de cuánta razón tenía y haciéndose la promesa de que sería la última vez que ella le tuviera que regañar, aunque nunca lo cumplía más de dos días seguidos.

Después, sentado en la hierba frente a su casa, disfrutaba de aquella comida que ella le había mandado, como sellando un trato. Ningún otro pan sabía mejor ni ninguna otra manzana estuvo más dulce que los de la Vieya. Ahora, era él quien le llevaba aquellos pequeños regalos a sus propios hijos y el corazón le volvía a saltar de alegría a ver la misma emoción en sus ojos. La Vieya’l Monte, la güela de todos.

La anciana entró en su casa, regresando con un buen pedazo de hogaza recién hecha en una mano y un puñado de nueces en la otra, disculpándose de pasada porque el manzano aún no había dado frutos mientras se los colocaba en el zurrón. El hombre lo aceptó sin rechistar, sabía que aquello era para sus guajes y que ellos lo estarían esperando ansiosos. Se lo agradeció con la mirada.

—Son buenos críos, Bernardo. Déjales disfrutar mientras puedan, igual que tú disfrutaste de tu infancia —le dijo en un susurro.

El hombre asintió, le dejó un atado de leña junto al horno y le dio un beso en la mejilla como despedida. Lobo se acercó a la mujer buscando de nuevo sus caricias mientras le veían desaparecer entre el hayedo.

—No conoceré a sus nietos —sentenció—. Es hora de hablar con las janas.

Lobo la miró con ojos tristes. Él tampoco les conocería.

Este relato está inspirado en la Vieja del Monte, una “bruja buena” de los montes de León. La Vieja del Monte es un poco como el ratoncito Pérez de la montaña. Los pastores subían a la montaña con los rebaños y, al volver a sus casas, siempre guardaban un poco de pan o de queso de sus propias comidas y se los daban a sus hijos, diciéndoles que era un regalo de la Vieja del Monte por haber sido buenos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.