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Mal día 2, un relato de Marco Granado

Nota del autor:

Ante la gran cantidad de peticiones telepáticas que me llegan, y puesto que desde que he dejado de tomar pastillas blancas que no aportan color a mi vida— me encuentro mucho más animado, he decidido escribir un nuevo capítulo de las aventuras narradas en «Mal día». Si Jack Vance lo hizo en «La saga de la Tierra moribunda», no veo por qué no puedo hacerlo yo.

Para los lectores olvidadizos (y que no quieran molestarse en pinchar en el enlace), nuestro zombi protagonista finalizaba su aventura enterrado hasta la cintura en una playa, en pleno crepúsculo, y con las olas a punto de llegar hasta él. Pobre.

 Tengo hambre.

La marea sube, el agua me llega ya al pecho. Yo sigo con los brazos perpendiculares al cuerpo, justo por encima del nivel de las olas. Un zombi que se precie nunca baja los brazos, a lo Rafa Nadal. La arena que me aprisiona se ablanda un poco. Me agito y lanzo varios de mis mejores gruñidos, para darme ánimos. Nada. Una ola me llena la boca de agua salada. Intento no beberla, sé que da sed. Bueno, a mí lo único que me entra es hambre.

Me asusto cuando el agua alcanza la altura de mis orejas. Ya es de noche. Si no puedo salir pronto, me voy a quedar aquí hasta que amanezca y el mar se retire de nuevo. No me queda otra: tendré que usar los brazos para empujarme. Nadie va a verme, no supondrá un deshonor. Yo no pienso decírselo a nadie. Miro a derecha e izquierda, todo está oscuro. Apoyo las manos en la arena, para hacer fuerza. Qué sensación tan extraña. Ni me acuerdo de la última vez que bajé los brazos. Los zombis tenemos nuestro código de honor, y los brazos altos es el primero de nuestros mandamientos. Bueno, no para todos, pero ese es otro tema.

Algo me pellizca el meñique izquierdo. Joer, qué daño. Es un cangrejo, me ha tomado por su cena y ha pillado cacho con su tenaza. Puto bicho. Yo sigo a lo mío. Llegan más cangrejos. ¿Es que nadie pone ya reteles? Así va el país, venga a importar crustáceos cuando aquí mismo tienes material para abastecer a un ejército. Algunos se me suben por la ropa. Qué rápido te recoloca la realidad en la cadena alimenticia. Aparco esos pensamientos filosóficos para centrarme en lo importante. Empujo, me agito, aplasto algún cangrejo de paso y consigo liberarme.

Sigo bajo el agua y tengo hambre.

Qué mal se anda en la profundidad del océano. Alterno caminar en círculos y en zigzag, lo que en teoría no debería ser una estrategia muy útil, pero consigo sacar la cabeza. Ya veo la orilla. Preparaos, humanos. Subo los brazos a su posición natural, al frente, perpendiculares al cuerpo. Mi salida del mar será imponente. Ríete tú de la película esa de James Bond en la que salía del agua una tía buenorra en bikini. Un clásico. Qué pena que no haya unas cámaras y unos focos para captar la escena. Un plano secuencia, primero asoma mi cabeza, luego los brazos, mi cuerpo emerge poco a poco entre las olas, me acerco a los cámaras y los técnicos de sonido y devoro sus cerebros.

Noche cerrada. No veo. Vagabundeo un buen rato por la playa y encuentro una zona de suelo liso y duro, parece una carretera. Las carreteras siempre llevan donde hay gente, y la gente está buena. Lanzo un gruñido de vez en cuando, por la imagen de marca. Escucho un estertor, no muy lejos. Un compañero. Gruño en respuesta y voy para allá. Es agradable tener compañía, sobre todo cuando está tan oscuro. La conversación es lo de menos. Tengo un truco: por la noche, o en lugares desconocidos, camino un par de pasos por detrás de los compis. Gracias a eso me he librado de despeñarme un par de veces. Cumplir el primer mandamiento, los brazos arriba, también ayuda, sobre todo con los árboles. El estertor se aproxima. Cuando llega a mi altura le gruño un poco y echa a andar. Le sigo.

Voy pensando en mis cosas. Clarea. Me doy cuenta porque me veo los pies. He perdido el zapato que me quedaba, qué putada. Levanto la vista, para ver el aspecto de mi compañero.

Es un brazos caídos.

Llevo un par de horas andando con un puto brazos caídos y no me había dado cuenta.

Me dan ganas de partirle la crisma. Un zombi tiene que ir con los brazos bien altos, no a los lados, de paseo. Es indecente. ¿Cómo esperas atrapar a una presa si no vas en guardia? «Ya levantaré las manos, ya levantaré las manos», te responderían si pudieran. Gilipolleces. O estás o no estás. Y un zombi con los brazos apuntando al suelo es una vergüenza para el colectivo.

Me doy la vuelta sin decirle nada. Que se joda. Escucho un estertor de los suyos. Paso. Dime con quién andas y te diré quién eres. Sus estertores cogen más ritmo. Su voz se aleja, no me está llamando. Parece más bien alegre. Me giro, mosqueado, y veo a un grupo de nosotros apostados frente a una verja metálica.

Eso significa comida y tengo hambre.

Cuando adelanto al brazos caídos, aprovecho y le meto un viaje. Se cae de morros, no le ha dado tiempo a sacar los brazos y frenar el golpe. De refilón veo que se ha dejado la nariz sobre el asfalto. Uno que va a empezar a usar viseras en vez de gafas de sol. Aprende a ir como Dios manda, gilipollas.

Hay una multitud de zombis en torno a la verja metálica. Estamos de todos los pelajes: brazos caídos, brazos perpendiculares al suelo, sin brazos… Lo que no veo es a ninguno con los brazos hacia el cielo, o en cruz. No parecen comportamientos muy adaptativos, pero hablamos de zombis. Me abren pasillo cuando me lanzo a la verja. Está claro que en este grupo hacía falta un líder, alguien que tire del carro. Me esperaban a mí. Me viene un ramalazo fugaz, yo al frente de una multitud de zombis comiendo todo lo vivo, en modo marabunta. El rey de los zombis. Cuando me faltan centímetros otro ramalazo me avisa de que ninguno se acerca a la verja. El que menos está a un metro. Algo debe pasar. Toco el alambre, un fogonazo y salgo volando hacia atrás. Vaya hostia. En mi campo visual solo hay cielo, nubes y un brazos caídos sin nariz que aparece de repente. Suelta unos estertores con tono jocoso. Joder.

La verja electrificada rodea una finca amplia, con césped bien cortado, caminos de tierra apisonada y bancos a la sombra de árboles. Es bonito. La rodeo, debe haber una puerta en algún sitio. Conforme me alejo de la entrada principal, donde me ha pegado el calambre, el número de zombis disminuye. Como especie no seguimos un patrón de caza muy elaborado. Nada de trabajo en equipo, de emboscadas en manada como los leones o los lobos. Nosotros vamos al bulto y nos quedamos ahí. Algo de lo que un zombi listo puede sacar partido. La finca es grande de cojones. A la hora estoy solo. Perfecto. Tengo hambre y no me apetece repartir el almuerzo.

Veo comida.

Un chico joven, con pijama blanco como los de los hospitales, acompaña a una señora mayor que camina encorvada sobre un andador. Parece una residencia de ancianos de alto standing. Me relamería si tuviera labios. Siempre me ha gustado la carne bien curada. Se alejan hacia el interior, sin dedicarme ni un vistazo. Llego hasta un montón de trastos medio rotos: camillas, andadores, sillas de ruedas… Mucho pedigrí y luego se pasan por el forro el reciclaje y el respeto al medio ambiente. Frente al vertedero hay una puerta de servicio en la verja. Escucho voces. Un par de tipos con pijamas blancos se están fumando un canuto de maría detrás de un árbol. Hasta mí llega el olor. Parecen culturistas nórdicos, si se te ponen delante más que sombra provocan un eclipse. No me han visto, y la puerta está abierta.

Tengo hambre. Se me ocurre una idea. Joer, qué astuto soy.

Engancho un andador del montón y atravieso la puerta. Me haré pasar por un residente para meterme hasta dentro. Mimetismo, lo llaman. Total, mi velocidad de marcha es más o menos la misma, y mi estabilidad anda por ahí. Además, todos van a lo suyo. Con mi andador, a ver quién se va a dar cuenta. Un brazos caídos no podría hacer nada con él. Yo lo llevo con elegancia, bien sujeto entre las manos. La virtud siempre sale recompensada. Por fin voy a comer.

Oigo voces, me han descubierto. Mierda, no lo entiendo. Vale que llevo el andador en volandas. Para que fuera por el suelo tendría que haber cogido uno con ruedas. Además, no voy a bajar los brazos por una tontería así. Los principios son los principios, y los brazos perpendiculares al suelo, eso no se negocia. Espero un golpe, algo, pero nadie viene a por mí. Los gritos vienen de la carretera, donde estaba la mayoría de compañeros. Los tipos que salieron a fumar cortarían la electricidad de la verja, algún zombi se dio cuenta y ya está liada. Suelto el andador y acelero. Como llegue tarde no voy a pillar ni las migajas. Joer, qué hambre tengo. Una mujer empuja una silla de ruedas con un hombre mayor sobre el césped. Me lanzo a por ella. Me gusta la gente responsable, la que no abandona a los ancianos a su suerte. Me gustan más si no son muy rápidas. La alcanzo y le pego un mordisco en el moflete.

Puagjjj. Qué asco. Carne muerta. Puto botox.

Uno de los dos mastodontes me pasa por encima. Literalmente. Tengo la boca llena de hierba, y no sabe bien. El segundo pisotea mi columna vertebral y mis cuatro extremidades se levantan diez centímetros del suelo, los mismos que se hunde mi cuerpo. Cuando consigo ponerme en pie están demasiado lejos. Uno lleva en volandas la silla de ruedas y otro a la mujer de la cara desnaturalizada. Si alguien te dijo que así ibas a estar más guapa te mintió, pero si se extiende que el botox es para los zombis como el ajo para los vampiros se van a forrar los cirujanos plásticos. O no. Tampoco es que los zombis seamos un reclamo publicitario. Solo nos usan los de las funerarias, para vender incineraciones y ataúdes de acero inoxidable.

Al poco me rodea una turba de zombis. Van en la dirección en la que ha huido mi almuerzo. Escucho disparos y me doy media vuelta. Las balas no se comen, aunque a los demás parece no importarles. Debería haber leyes contra eso. Una cohabitación pacífica sería lo deseable: tú corres más que yo, puedes escapar hasta con muletas; eso sí, si te pillo, date por jodido. Nada personal, son solo bisnes.

Vuelvo a la verja. Los porretas han vuelto a cerrar la puerta y tendré que ir hasta la carretera para salir de ahí. Cabrones. Por lo menos en este lado el césped está recortado, no hay maleza, como en el exterior. Los disparos son ya ráfagas de metralleta, y allá que van más compañeros. Cualquiera les dice nada. No te entrometas entre un zombi y lo que considera su cena, es un consejo de amigo. Yo, con mis brazos rectos, la mirada al frente. Muerto de hambre.

Aparece una pareja rara al exterior de la verja. Llevan túnicas y capirotes, como salidos de una procesión de Semana Santa. Solo les falta el cirio. Lo único que desmerece el conjunto es la mochila que el hombre lleva a la espalda y que se apoyan en una vara metálica larga acabada en un lazo. Si es para cazar conejos, no entiendo lo de los faldones y los capirotes.

          —Mira, Paco —le dice una mujer—. Uno que va en dirección contraria a los demás.

          —Será más gilipollas de lo habitual —dice él.

          —O más listo. Igual hemos encontrado al Eslabón Perdido.

          Echo un vistazo rápido y no veo un agujero por el que pueda llegar hasta ellos. Me paro delante y se me escapa un gruñido. Al Paco ese le tengo ganas, me ha despertado el apetito. La mujer se queda pegada a la valla y me hace señas.

          —Eh, tú. Ven aquí —yo me acerco—. Buen chico.

          Me apetece más el Paco, por insultarme, pero no le haría ascos a la chica. Tiene arrugas, bien. Zona libre de botox.

          —Fíjate. Estoy segura de que me entiende. Nos quedamos con él.

          Es un flechazo. Definitivamente, me como al Paco y a ella la dejo de postre. Caminan por su lado de la verja, despacio, para que pueda seguirlos. Gente educada, de colegio de pago. Mi chica se llama Puri. No me quitan ojo, ni yo a ellos. Joer, que hambre tengo. Aún se escucha algún disparo a lo lejos. Cerca del boquete en la valla vemos a algunos compañeros.

          —Oye —me dice Puri—. Nosotros paramos, que hay demasiados colegas tuyos en esta zona. Continúa, cruzas por donde puedas y te vienes para aquí. Te esperamos.

          Se esconden detrás de un árbol. Yo dudo. La mujer me hace gestos con la mano, para que me vaya. Ya entiendo. No quieren que les comparta con los colegas. Algún tipo extraño de perversión, o son de los que piensan que la solidaridad está sobrevalorada. Me cruzo con muchos zombis que se siguen los unos a los otros, en plan ovejas sin pastor ni perro que les muerda las canillas si se apartan del rebaño. Yo, contracorriente, disimulando. Intento silbar el Himno a la alegría mientras me dirijo a la brecha en la valla. Solo me salen gruñidos. Todo bien, ninguno se fija en mí. Cruzo al otro lado y deshago el camino hecho. Por la posición del sol, ya es más de mediodía, o sea que me espera la merienda. Cojonudo.

          La maleza está como la recordaba: alta y desagradable. Es difícil andar por ahí, su propio nombre da pistas de lo que puedes esperar al introducirte en ella. Me parece escuchar algo detrás de mí, como unos pasos sigilosos. Me vuelvo y no veo nada. Será el hambre. Al cabo de un buen rato me desanimo. ¿Y si me han gastado un bromazo? Los vivos tienen un sentido del humor muy extraño, y el tipo ese, Paco, me llamó gilipollas. Yo sigo, no tengo nada mejor que hacer. Sigo escuchando los pasos tras de mí. Al cabo de otro rato, a punto de  pensar que tampoco tengo nada peor que hacer, distingo a Puri con su capirote tras un álamo gordo. Me llama: «Cu, cu». Acelero, a riesgo de esmorrarme. Qué hambre tengo. Hubiera preferido empezar por Paco, pero el orden de los factores no altera el producto. Eso decían en el colegio, hasta recuerdo haberlo leído en un libro, y todo lo que viene en los libros es verdad, ¿no? En mitad de la reflexión una soga me rodea el cuello y me frena en seco.

          —Ya lo tengo —escucho la voz de Paco a mi espalda—. Te lo dije, es gilipollas.

          —Pues a mí me parece encantador. Venga, vamos a la furgoneta.

          Ahora entiendo para qué tenían esas varas acabadas en lazos. Además de para atrapar conejos las usan para cazar a incautos como yo. Me giro para hincarle el diente. El palo está bien pensado, me mantiene a distancia. De refilón, veo algo conocido que se esconde a nuestra espalda. Claro, con los brazos pegados al cuerpo se pone detrás de un árbol y disimula. Gruño para advertirlos.

          —Tranquilo, colega —dice Paco—. Ya casi estamos.

—Somos de la Iglesia de la Nueva Vida tras la Muerte —me dice ella—. Hoy es el Día. El principio de una era de felicidad e inmortalidad. Y tú serás el Eslabón, la puerta que nos…

Escucho un estertor, un grito y la cuerda tira de mí al suelo. El puto brazos caídos desnarigado ha saltado al cuello de Paco, le ha abierto la yugular de un trisco y ahora se ensaña con sus mofletes. Para eso sí levantas las manos, ¿eh? Yo también quiero. El tío grita y grita pidiendo ayuda sin soltar el palo que tengo al cuello. No puedo acercarme ni levantarme. El brazos caídos se pone con el esternocleidomastoideo, qué envidia, con lo que me gusta. Llega Puri, coge la vara de las manos de su colega y tira de mí.

—Paco, nos veremos en la inmortalidad. Tu sacrificio no será en vano.

Los quejidos de Paco y los ruidos de la masticación se apagan, solo quedan nuestros pasos frenéticos y los jadeos de ella. Es capaz de correr con la túnica, sujetarse el capirote sobre la cabeza con una mano y con la otra tirar de mí con el lazo. No es fácil seguir su ritmo sin doblar las rodillas, porque ya sabéis que mis piernas no se doblan si no es a la fuerza. Llegamos a una carretera secundaria, a unos veinte metros de una furgoneta. Tiene los cristales tintados, como las que usan los psicópatas. Da mal rollo. Ella abre la puerta lateral. Hay cuerdas, túnicas y capirotes de repuesto, envases de pizza, latas de cerveza y grasa debajo, encima y en medio de todo eso. Gruño e intento morderla. Me mantiene a distancia con el palo, mira al interior de la furgo, sin saber qué hacer.

—El capullo de Paco dejándose comer en vez de echarme una mano. Joder, por algo íbamos dos…

Coge un saco de arpillera con la mano libre. Prueba a echármelo por encima de la cabeza mientras yo sigo a lo mío, gruñe que gruñe. Diez minutos después me zancadillea, se pone de rodillas sobre mi espalda, me enchufa el saco y me lo ata a la cintura. Mis brazos quedan aprisionados, pegados al cuerpo. Qué ignominia. Es lo peor que podía hacerme. Si tengo que morir, que sea con los brazos bien altos. Me empuja a la parte de atrás de la furgoneta.

—Tranquilo —me dice mientras conduce—. Nos dirigimos a la gran ceremonia de la elevación inmaterial de la inmortalidad eterna. Tú, el Eslabón, serás nuestro faro y nuestro guía.

No sé de qué cojones habla. Soy un zombi, hablarme de inmortalidad es cómo explicarle lo que es un fax a un adolescente. Lo tengo superado. Gruño y me agito, tengo mucha hambre. Paco ya es historia, solo me interesa el postre.

Por fin paramos. Oscurece, apenas unos rayos de luz atraviesan la arpillera. Hay más gente, me bajan de la furgoneta y me llevan con el saco puesto.

—¿Y Paco? —pregunta una voz de hombre.

—Nos aguarda en la inmortalidad. Se ha sacrificado para que el Eslabón pudiera guiarnos en la ceremonia.

—Amén —dicen varios.

Caminamos sobre arena, la noto bajo mis pies. No me gusta la arena.

—¿Dónde está el Tótem sagrado? —pregunta Puri.

—No hemos podido traerlo —responde otra mujer—. Mi marido necesitaba la furgoneta, y en el coche no cabe, ya lo sabes.

—Y yo le he dejado a mi hija el cuatro por cuatro para irse a un festival de rock, a ver si se enrolla de una vez con no sé quién, que la tiene loca a ella y ella locos a todos los demás.

—¿Y qué hacemos? Necesitamos el Tótem para sujetar al Eslabón. Si le soltamos y empieza a perseguirnos no va a haber manera de recitar las oraciones sagradas.

—Podemos cortarle las piernas —dice uno—. He traído un serrucho.

—Joder, Luisma —dice Puri—. Que es el Eslabón a la inmortalidad.

—Le transportaríamos cómodamente, en una parihuela. O mejor, en una camilla de esas de hospital. La enderezamos un poco y lo va viendo todo.

—Para eso, una silla de ruedas —apostilla otra—. Mucho más manejable.

Hay un instante de silencio. Iba a gruñir, pero me callo, no vayan a pensar que estoy de acuerdo.

—Por si acaso, hemos cavado un hoyo. Le cubrimos de arena hasta el cuello, que solo asome la cabeza. No es lo mismo que el Tótem sagrado, pero podremos sentarnos tranquilos a su alrededor.

Gruño un poco. Entre malo y peor, lo malo conocido de toda la vida. Si hace falta doblo las piernas para que no tengáis que cavar tanto.

Efectivamente, no se habían molestado mucho en hacer el agujero. Con las rodillas dobladas y todo me llega poco más allá de la cintura. Cuando me quitan el saco de la cabeza mis brazos se liberan también y puedo estirarlos como Dios manda. Ya es de noche, encienden unas lámparas portátiles de esas de camping. No son muchos, siete u ocho, no veo a los que tengo detrás, todos con túnica y capirotes. Puri recita una salmodia incomprensible, repetida cada tanto por el resto de acólitos. Me rocían con líquidos que huelen a flores y respondo con gruñidos. A saber qué quieren hacer estos ahora.

—Llegó el momento —dice Puri—. El Eslabón está purificado. ¿Quién va a ser el primero?

Se miran los unos a los otros. Luego suben o bajan la cabeza, súbitamente interesados en la arena o las estrellas.

—El honor debe ser tuyo, suma sacerdotisa —dice Luisma—. Tú has sido nuestro faro y nuestra guía. Te seguiremos.

Todos asienten con energía. Unas manos me sujetan por la espalda y la cabeza, mientras Puri se arremanga el brazo y lo acerca a mi boca. Al fin una buena idea. Muerdo con toda mi alma y me separan las mandíbulas a la fuerza. Solo les falta meterme un palo en la boca. Apenas me ha dado tiempo a saborear unas gotitas de sangre, nada que masticar. La miel en los labios.

— Venga, Luisma —dice Puri, frotándose las marcas de mis dientes en su piel—. Ahora tú.

—¿Y dices que Paco ya ha alcanzado la inmortalidad?

—Sí.

—Pues yo esperaría a hablar con él, a ver qué cuenta. O bueno, si ya estás tú. Mañana te llamo y me dices.

—Eso, eso —dice alguien a mi espalda—. Total, no hay prisa, ¿no? La inmortalidad es lo que tiene.

—Se ha hecho tarde —dice otra—. Esta semana tenemos auditoría en el curro, mi jefa me mata si no voy.

Empiezan a hablar en grupillos. Puri está sentada frente a mí, como aletargada. Una mujer se levanta y se sacude la arena de la túnica.

—Tengo sitio en el coche. ¿Quién viene?

En dos minutos nos quedamos solos en la playa, Puri y yo. Ella se ha caído de lado, convulsiona y suelta espumajos por la boca. Me estiro pero no hay forma de agarrarla. En un rato no habrá quién le hinque el diente. Pasa el tiempo, las olas se acercan y Puri se levanta, zombi perdida. Estira los brazos en todas las direcciones posibles y acaban apuntando a las estrellas, con las manos hacia fuera. Es la primera zombi que veo de ese tipo. Será cosa del ritual que han hecho. Desaparece corriendo, tendrá hambre.

Y aquí me quedo yo, enterrado hasta el pecho en la arena. Una ola me moja y un cangrejo se acerca, moviéndose de lado. Siento sus ojos sobre mí.

Joder, qué hambre tengo.

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