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Cuenta la leyenda: El castillo palacio de Magalia, por Kate Lynnon

Seguro que habéis oído hablar de un pueblo de Ávila, cercano a la frontera con Madrid, llamado Las Navas del Marqués. Entre otras muchas cosas, ese pueblo es famoso por su castillo: el Castillo-Palacio de Magalia, un edificio de estilo renacentista que hoy en día es una de las principales atracciones turísticas locales.

Lo que tal vez no sepáis es que ese castillo tiene su propia historia. Con fantasma incluido. Y salseo. Y más cosas divertidas. Ríete tú de Escocia.

Cuenta la leyenda (sí, era obligatorio empezar así) que el palacio lo mandó construir el primer marqués de Las Navas: don Pedro Dávila y Zúñiga. Este señor tan esdrújulo tenía una hija a la que puso de nombre Magalia. Cuando la niña alcanzó la edad casadera se puso de buen ver y, como era de esperar, se enamoró. Por desgracia, no se enamoró de un buen mozo abulense y cristiano de una familia de rancio abolengo. Oh, no. No iba a ser todo tan fácil. Ni siquiera de uno de esos infieles de allende los mares que rezan a Alá. O, peor aún, de un madrileño.

A la muchacha no se le ocurrió otra que enamorarse de… ¡un centauro!

Sí, amados lectores, me habéis leído bien: un centauro. Una de esas bestias mitad hombre, mitad caballo. Un engendro. Una abominación.

Por supuesto, un señoro de Ávila, y más de aquella época, no iba a ver una relación como aquella con buenos ojos, así que la parejita utilizaba un pasadizo secreto del castillo para verse. Como podréis imaginar, los cascos de un caballo en un castillo de piedra hacen mucho ruido, así que no tardaron mucho en pillarlos. Y así fue como se desató el infierno.

¿Qué hicieron nuestros pobrecitos Romeo y Julieta castizos? Pues lo que cualquier parejita enamorada con más sesera habría hecho: fugarse juntos. Nunca sabremos dónde fueron ni qué pasó con ellos, pero yo quiero pensar que la jugada les salió bien y que tuvieron un final feliz. Y que, estén donde estén, seguro que hace menos frío que en Ávila.

Pero volvamos por un momento a Las Navas. Al enterarse de la fuga de su única hija, don Pedro se quedó muy triste. Dicen que no pudo volver a dormir y que se pasaba las noches vagando por el castillo, preguntando una y otra vez «Magalia, ¿dónde estás?». Tal fue su obsesión que incluso hizo tallar la frase en latín bajo una de las ventanas de la fachada principal. En los días de mucho viento, se cuenta que, si te acercas al pie del castillo, todavía puedes oír sus lamentos.

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