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Cuenta la leyenda: Imagine Dragons… in Ledesma, por Beatriz Mabbut

El pasado mes de marzo, después de retrasarlo varias veces, al fin tuve la oportunidad de acercarme a Sevilla para disfrutar de una exposición a la que le tenía muchas ganas: la que el Museo de Bellas Artes de Sevilla dedicaba al artista Juan de Valdés Leal con motivo de su cuarto centenario. No es que me tenga yo por morbosa, ni mucho menos. A Valdés Leal se le conoce (un tanto injustamente) como «el pintor de los muertos». Y muertos pintó, efectivamente. Dos de sus obras más famosas, In ictu oculi y Finis gloriae mundi dan buena prueba de ello, pero recordemos que estábamos en el Barroco y en las vanitas se estilaba mucho el fiambre. A fin de cuentas, ¿qué mejor alegoría para recordarnos la fragilidad de la vida, la brevedad de la existencia?

Ya lo decían Siniestro Total: «como me ves te verás».

A todo esto, igual estáis pensando que una exposición en la capital de Andalucía en honor de unos de los máximos representantes de la Escuela sevillana de pintura poco puede tener que ver con esta nuestra comunidad (Castilla y León) y menos aún con nuestras leyendas. Eso creía yo, por lo menos hasta que llegué a una de las últimas salas y me di de bruces con un paisano salmantino. No, no era un turista desnortado. Era un dragón. De Ledesma nada menos.

¿Qué hacía ese bicho con la lengua fuera y en un cuadro de un señor de tan al sur?

Me dio por investigar (fue fácil) y descubrí que al bueno de Valdés Leal le habían encargado en su día una serie de dieciocho pinturas para el Monasterio de San Jerónimo de Buenavista. La idea era ilustrar la historia de la orden y, claro, no podía faltar la «hazaña» del fraile Juan de Ledesma, que, según cuenta la leyenda, estranguló con sus propias manos a un dragón que tenía atemorizada a toda la población. De que la historia es absolutamente cierta no nos cabe duda alguna. Fe de ella dio el mismísimo padre Sigüenza en su Historia de la orden de San Jerónimo, una obra monumental dividida en tres tomos que se conservan en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Si la veracidad de esta historia os despierta suspicacias, solo tenéis que pasaros por allí y convencer al conservador de turno de que os deje echarle un vistazo al manuscrito en cuestión.

Por mi parte solo me queda lamentar que fray Juan de Ledesma no tuviera otra ocurrencia que darle matarile al dragoncito. Si en lugar de matarlo hubiera aprendido a darle amor (como sabiamente hicieron Daenerys Targaryen, Astrid Hofferson o Asno), ahora todavía tendríamos dragones en Salamanca.

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