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Top 9 peores consejos de escritura, un ranking de Kate Lynnon

¡Buenas tardes, blogosfera! Los que ya son libres (y vienen a despacharse a gusto) te saludan.

Si no me equivoco —hace ya unos años que no participo en estas cosas—, estamos en época de Camp NaNoWriMo y, en mi afán por mimetizarme con la temporada que toca, traigo algo acorde a tal evento y a la sequía veraniega. Quienes escriben, y me consta que en esta asociación somos un puñado, han leído en algún momento de su vida esos famosos consejos de otros autores o de personas que se consideran a sí mismas gurús de escritura (o de marketing o de cualquier otro asunto medianamente relacionado) que tanto abundan en Internet. Unas veces nos han parecido interesantes y los hemos seguido con mayor o menor éxito, mientras que otras… nos han hecho poner los ojos en blanco, resoplar y, en el peor de los casos, querer atravesar la pantalla del ordenador y dar dos hostias a quienes ofrecen tales «perlas de sabiduría». Hoy toca hablar de este segundo tipo de recomendaciones.

Antes de entrar en materia, quiero hacer una mención a nuestra amada lídel, pues llevábamos mucho tiempo hablando de hacer una entrada o serie de entradas similar a esta a modo de anti-coaching. Así que, Yolanda, va por ti. Espero estar a la altura.

9 «Hay que escribir con sinceridad y mostrarse vulnerable»

Empiezo por el más inofensivo, sobre todo porque este no me lo he encontrado tantas veces como los demás. De hecho, solo lo he oído una vez, pero me impactó tanto que me habría caído de culo si no hubiera estado sentada. Fue durante el curso de Neil Gaiman en MasterClass y la única sesión en la que pensé que al buen hombre se le había ido la pinza. Supongo que este consejo será algo así como el primo hermano del bueno y viejo «escribe de lo que sabes», porque si no, no me lo explico. Perdona, Neil, pero yo he venido aquí a hacer ficción y fantasía. A inventarme cosas, no a contarte mi vida y mis intimidades más profundas. Para lo otro ya tengo mi diario. Si fuera a escribir poesía, tal vez, pero ni siquiera.

Si es verdad que muchas veces proyectamos nuestros temores y nuestros deseos en lo que escribimos y nuestros personajes reflejan de algún modo aspectos de nuestra personalidad, pero suele ser de manera inconsciente, inevitable. Sin ir más lejos, gran parte de la ciencia-ficción que especula sobre el futuro nace de los problemas que nos preocupan en el presente.

Y otras veces, simplemente, queremos evadirnos y ver a gente lanzándose bolas de fuego o disparándose con cañones láser.

8 «Muestra, no cuentes»

Este también lo dejo en uno de los últimos puestos porque tiene su parte de verdad. Los detalles sensoriales hacen que una historia cobre vida en la mente del lector con más facilidad. No es lo mismo decir que una pizza está muy rica que describir el contraste de la masa crujiente con la inundación de queso en tu boca y el toque picante del pepperoni. El problema es que se nos ha ido un poco de las manos: lo tenemos tan grabado a fuego que ya no nos deja escribir en paz.

Sí, a mí también me pasa, lo reconozco. ¡Oh, dios mío! ¡He escrito una escena en la que dicho que mi personaje está montando a caballo por el campo! ¡No he descrito el olor de la hierba, ni el sonido de los cascos contra el suelo, ni el roce de la silla contra sus calzones, ni el rebotar de su trasero con cada trote, ni el tacto tosco de las riendas en sus manos! ¡Mañana mismo me quemarán en la pira de Malas Escritoras™!

A ver, a ver, tranquilidad y buenos alimentos. Que sí, que queda muy bonito todo eso, pero ¿de verdad es tan relevante esa escena? ¿Tanto significa para mi personaje montar a caballo como para que le fascinen todos esos detalles hasta ese punto? ¿Es su primera vez? ¿O una reina que solo se siente libre cuando cabalga porque así libera la tensión de gobernar su reino? Si no es así, a lo mejor deberíamos limitarnos a dedicarle solo un par de frases y reservar lo de recrearnos en todos los detalles y emociones para cuando venga el chambelán a darle la noticia de que su padre acaba de morir en la guerra contra los orcos y, por lo tanto, se ha convertido en la heredera al trono. Que lo de mostrar demasiado también puede hacer que una historia sea demasiado pesada.

7 «Si no escribes ocho horas todos los días, no eres nada»

Aquí Kate no entra aún en la furia berserker, pero ya empieza a resoplar y a apretar los labios para no soltar algún improperio.

Que sí, que la constancia es una virtud. Que la práctica hace al maestro. Que la combinación entre las dos es fundamental para mejorar y para tener éxito en cualquier actividad. Que sí, que sí, que todos lo sabemos. ¿Y sabéis qué es muy bueno también? Tener una vida. Decirle a la gente que escribe que es o sacrificar absolutamente todo su tiempo o fracasar solo sirve para hacerles sentir muy culpables y presionados.

Yo soy muy afortunada porque tengo un trabajo que me deja bastante tiempo libre (aunque alguna vez, por desgracia y por muy bien que me lo monte para evitarlo, me toca llevarme tareas a casa), pero además de comer y dormir, también me gusta hacer otras actividades que no tienen nada que ver con la escritura. En ocasiones juego a videojuegos y juegos de mesa, leo, veo series o canto. ¡Y qué coño! Hay días que surgen otras cosas. A veces me duele la cabeza y no me apetece pasar horas frente a una pantalla. O me entra sueño. O alguien me necesita. O tengo que salir de casa por algún motivo. Y si eso me pasa a mí, que gozo de una cierta libertad, imagínate la gente que, aparte de trabajos más exigentes, también tiene cargas familiares.

6 «No uses adverbios acabados en -mente»

Cada vez que veo esta, me pongo a gritar y a correr en círculos. Sobre todo cuando alguien atribuye la frasecita a Stephen King. Vamos a ver, ¿cómo cojones va a decir un señor estadounidense que no se pueden usar adverbios acabados en –mente cuando en su lengua nativa solo hay como dos o tres adverbios de uso común que no acaben en –ly? Soy traductora y profesora de inglés, así que algo entiendo de esto.

He estado indagando un poco más y, según he encontrado, ha sido un caso de «teléfono escacharrado» o como llamaseis a ese juego infantil en el que los niños se sientan en corro y se van susurrando una frase al oído para ver cómo se va deformando el mensaje: lo que el Estefenquín este dijo es que la mayoría de los adverbios son innecesarios, acaben en lo que acaben, ya que suele haber maneras más efectivas de expresar lo mismo. Pero maticemos: la mayoría, no todos. En muchas páginas de consejos de escritura suele aparecer el siguiente ejemplo porque viva la originalidad: «¿Para qué decir “caminar rápidamente” cuando puedes decir “correr”?» Pues… no sé, pero yo diría que no es lo mismo. Y sé de un tal Mariano que también estaría de acuerdo conmigo.

Además, en algunos casos los adverbios sí aportan información que no podemos transmitir con otras palabras; por ejemplo, el «cómo». «Me miró fijamente». Que sí, podría haber empleado «Me clavó la mirada», pero ¿y si esa expresión me resulta demasiado agresiva para el contexto? ¡O yo qué sé! Igual la escena ocurre en una carpintería y va a quedar muy repetitivo o parecer de cachondeo. Otra cosa es que, a lo mejor, por tus preferencias, decidas cambiar «Me miró fijamente» por «Me miró con fijeza» o para evitar cacofonías y rimas internas porque en español tenemos muchos «–antes» y «–entes».

En fin, que yo rompo una lanza a favor de los adverbios con o sin terminación. Sin abusar, por supuesto, pero no hace falta desterrarlos tajantemente.

5 «Así no se empieza una historia»

¿Hablar del tiempo? Golpe de remo. ¿Personaje que despierta de un sueño? Golpe de remo. ¿Descripciones de personas o de paisajes? Golpe de remo. ¿Diálogos? Golpe de remo. ¿«Érase una vez»? Oh, eso sí que es golpe de remo.

No, Maricarmen, no puedes hacer eso. Cualquiera de estos principios es la manera perfecta de asegurarse de que tu lector tire tu libro por la ventana nada más leer la primera línea. Tu principio tiene que ser grandioso, ingenioso, glorioso, todos los osos, un acontecimiento cercano al advenimiento del nuevo Mesías. Pero sin contar el nacimiento de tu personaje, claro, que eso también está muy visto. Más bien tiene que ser una explosión de intriga y elocuencia, el equivalente literario a una caja sorpresa de esas que al abrirse activan un resorte y de ellas sale un puño directo a tu cara.

¡Anda y vete a cagar!

En primer lugar, con la cantidad de principios prohibidos que hay, va a llegar un momento en el que nos quedaremos sin maneras de empezar una novela. Acabaremos poniendo una cortinilla de estrella, pasando directamente al segundo capítulo y que cada uno se imagine lo que quiera. He visto a Expertos™ poner tanta presión con eso de «atrapar a tu lector desde las primeras palabras» y con los finales, pero ese tema me daría para otro artículo que no me extraña que más de uno sienta el impulso de salir corriendo en sentido contrario cuando ve una página en blanco. «Llamadme Ishmael», «En un lugar de la Mancha…», «El día que iba a morir…» y sus primos hermanos son célebres precisamente porque son el 1%. El otro 99% son frases absolutamente normales, y os puedo asegurar que no por ello acaban defenestradas.  Yo misma no me acuerdo de cómo empezaba casi ninguna, por no decir ninguna, de mis novelas favoritas.

Ah, y no es por tirarme flores, pero cierto relato mío que mis compañeros cylconitas conocen muy bien (y me atrevería a decir que hasta le tienen cierto cariño) empieza con la protagonista abriendo los ojos. Lo más divertido es que una de las primeras cosas que hace nada más despertarse es soltar una palabrota, lo cual nos da una idea de qué tipo de personaje es (de las que no se callan ni una) y nos deja con la curiosidad de en qué lío se habrá metido para empezar tan mal. Más de una vez habréis oído que todo está inventado y que todo es un cliché, pero… eso no significa que hasta el estereotipo más usado y abusado no pueda ser útil e incluso divertido.

4 «Planifícalo todo y documéntate hasta la muerte»

Permíteme que te estampe mi hermosa brújula en toda la cara.

Hay gente a la que planificar le funciona y necesita tener al menos un pequeño resumen de lo que quiere contar y quizás unas cuantas fichas de sus protagonistas —ilustradas o adornadas con aesthetics o moodboards, si es posible— para arrancar. Puede que hasta creen una lista de reproducción durante esta fase para tenerla en bucle de fondo mientras escriben. Hay autoras que necesitan tener un dossier de quinientas páginas con mapas del mundo en el que se ambienta su historia, los árboles genealógicos de la familia real, planos del castillo y callejeros de las ciudades principales, escaletas milimetradas de toda la trama, líneas del tiempo de la historia reciente, diseños de los trajes que llevan los habitantes del reino, partituras de las canciones más famosas de los bardos, recetas de toda la gastronomía local y hasta una descripción detallada del sistema de económico con las conversiones a las divisas de los territorios vecinos antes de ponerse a crear su historia.

Y luego estoy yo, que soy brujulera hasta la médula y, si mi fase de planificación consiste en algo más que un resumen de dos líneas de cada capítulo (que probablemente modifique y retoque constantemente sobre la marcha), lo más probable es que abandone la historia a la mitad porque ya esté aburridísima de ella. ¿Worldbuilding? Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él: si la protagonista visita el país de los unicornios, ya nos preocuparemos de cómo son los unicornios, qué comen, qué relación tienen con otras razas y criaturas —con las que nos importan, claro; ¿para qué quiero saber que han estado cuatro siglos en guerra con los elfos si no va a salir ni un solo elfo en la historia?—, si tienen superpoderes o no, cómo se comunican, etc. ¿Documentación? Cuanto más la pueda evitar, mejor. ¿Por qué creéis que me metí a escribir fantasía? Mi proceso de documentación suele limitarse a preguntar a gente que conozco por sus experiencias («Oye, Amigo Que Fue A Una Sesión de Observación Astronómica, ¿podrías contarme cómo funciona eso?»), ver fotos o vídeos cortos y poco más, y todo suele ser sobre cosas muy concretas.

Lo que quiero decir es que no, NO NECESITAS SABER ABSOLUTAMENTE TODO sobre tu mundo ni sobre tus personajes. Que no te engañen. El número de pie, si echa antes los cereales o la leche y con qué pájaro se identifica el compañero de piso de tu protagonista son datos divertidos, pero absolutamente irrelevantes para un personaje que va a aparecer en cuatro escenas. Diría que ni siquiera necesitas conocer ese nivel de detalle de tu protagonista. Y si lo que importa de tu mundo es que hay una revuelta política porque las brujas están hartas de que se las trate como ciudadanas de segunda, ¿para qué necesitamos saber cómo funciona el alcantarillado?

Hmm, por otro lado, esto liga irónicamente bien con lo siguiente…

3 «Solo si aporta algo a la trama»

Ganas de matar aumentando. No, aquí no me refiero al hermano Chejov y su amada pistolita. Es evidente que no nos vamos a dedicar a meter escenas gratuitas de batallas de unicornios/tiroteos con pistolas láser/monsterfucking/gente haciendo tartas cada par de capítulos solo porque mola si no tienen ninguna relevancia para el resto de la historia. Aunque, si se me permite la unpopular opinion, algo de relleno pastelero (je, je, je) también viene bien de vez en cuando. O no vamos a pararnos a describir lo divina de la muerte que es la espada del protagonista si solo la va a llevar de adorno, colgada del cinto durante todo el relato. Pero ¿y lo gracioso e inesperado que sería que luego solo la usase para cortar la tarta? ¡Calla, maldito cerebro disperso!

Lo que me jode, hablando en plata, de esta muletilla es que se usa muchas veces para despreciar ciertas decisiones que tomamos los autores. «Sí, está bien meter representación LGBT+, pero… solo si aporta algo a la trama». ¿Qué has querido decir con eso, José Antonio? ¿Que solo puedo dejar claro que la orientación e identidad sexual de mis personajes es distinta de la que se asume por defecto (cishetero) si eso forma parte de la trama? O sea, ¿que solo puede haber personajes queer en historias que tratan sobre ser queer? ¡Por supuesto! Igual que solo hay personajes rubios en historias sobre ser rubio. Y lo mismo con cualquier otro colectivo tradicionalmente oprimido: mujeres, razas distintas de la caucásica, discapacidades, neurodivergencias, formas físicas… Que, oye, lo contrario tampoco es obligatorio; aquí cada cual que escriba sobre quienes le apetezca, pero no deja de ser curioso que los hombres blancos cisheteros y en plena forma sean los únicos que no tengan que justificar su papel en la trama.

¡Ah! Y esto no solo va de minorías no tan minoritarias. En los últimos años también se lleva mucho eso de «No entiendo por qué todos los libros tienen que estar ambientados en países anglófonos, ¿acaso eso aporta algo a la trama?» Mira, Manolo, no me toques lo que no me tienes que tocar. Llevas toda tu puta vida viendo series y películas estadounidenses sin ponerles ninguna pega. ¿Qué pasa? ¿Que porque leas que la autora se llama Pepita Pérez ya asumes que se ha dejado influenciar por la malvada globalización? ¿Y tú qué coño sabes? ¿Te has leído su biografía? ¿Y si Pepita Pérez es un seudónimo y en realidad se llama Ashley Johnson? ¿Y si es hija de españoles que emigraron a Wisconsin? Y aunque no sea el caso, ¿qué te importa? A lo mejor tiene un doctorado en Estudios Culturales de los Estados Unidos y sabe mucho más que tú. O no. No es asunto tuyo.

Moraleja: dejadnos escribir lo que nos dé la gana y ya basta de justificar vuestros prejuicios contra determinados detalles con que son innecesarios o que no tienen valor narrativo.

2 «Para escribir hay que leer mucho»

¡¡¡AAARRRGGGHHH!!!

Si de mí dependiera, este se llevaría el primer puesto, pero hay otro que creo que el resto de cylconitas apreciarán más. Y tengo varios motivos para odiar esta perla:

  1. Es una perogrullada.
  2. Cuando alguien me suelta eso, tengo la impresión de que está asumiendo que no leo lo suficiente, y eso me hace sentir insultada.
  3. De todos modos, leer está terriblemente sobrevalorado.

¡ALERTA ROJA! ¡ALERTA ROJA! ¡KATE ACABA DE COMETER UNA BLASFEMIA!

Antes de que me llevéis directa a la pira de Malas Escritoras™, dejad que me explique. Soy perfectamente consciente de que esta es una unpopular opinion y de que esta es la colina en la que moriré, pero para contar historias lo que hay que hacer es consumir historias, y leer no es la única manera. Jugar a rol o ciertos tipos de videojuegos, ver cine y series, hacer teatro e incluso escuchar música son otras formas de consumir historias. Yo siempre he dicho que la mayoría de mis influencias son más audiovisuales que literarias. Que sí, que el lenguaje de estas historias es muy distinto de la palabra escrita, pero también ayuda. ¡Ojo! No digo que debamos dejar de leer por completo, todo lo contrario, solo digo que de todo se puede aprender. De hecho, me atrevería a decir que el rol y el teatro te pueden enseñar más sobre creación de personajes que la lectura. Lo que pasa es que tenemos los libros muy endiosados por razones históricas en las que no voy a entrar ahora… y que los escritores los defenderemos a capa y espada hasta la muerte porque son los negocios, baby.

  1. No, cariño, a escribir no se aprende leyendo…

…sino escribiendo. Practicando, experimentando y teniendo el valor de enseñarle esos experimentos a alguien de confianza que pueda guiarte sobre cómo mejorar. Cuando te encuentras con un crío que dice que quiere ser futbolista, ¿lo primero que le dices es «oh, pues tendrás que ver muchos partidos»? ¡No! Obviamente, aparte de sacudir la cabeza y pensar «¡pobrecito!» o mirarle con infinito desprecio si eres yo, le das una palmadita en el hombro y le animas a unirse a un equipo y empezar a entrenar con todo su ahínco lo antes posible. Es absurdo pensar que una habilidad se puede desarrollar únicamente a través de la observación pasiva. Yo me pasé media adolescencia escuchando a Mike Oldfield, ¿significa eso que ahora, por arte de magia, sabré tocar como él si me ponen una guitarra en la mano? Pues ojalá, pero no.

1 «¿Cuándo vas a escribir algo serio?»

Ha llegado el momento que todos estabais esperando: la frase que todo autor de fantasía, ciencia-ficción y terror ha oído alguna vez en su vida. Y también cualquiera que haya escrito literatura juvenil, romántica/erótica o humor. Suele salir de la boca de nuestros padres o de algún amigo, y (quiero pensar) normalmente con buena intención: «A lo mejor si escribes algo menos minoritario, tendrás más público, venderás más y quizás alcanzarás la fama y podrás dedicarte plenamente a esto». Por desgracia, esa gente no se da cuenta de que a) el mercado no funciona así y b) tal desprecio por esos géneros que tanto amamos nos rompe un poco el corazón. Así que respondemos con una sonrisa sardónica y un encogimiento de hombros mientras nos tragamos las ganas de romperles la nariz de un puñetazo. Bueno, eso en algunos casos. En otros, esa pregunta aparentemente inocente se traduce en «Leo estas mierdas porque eres tú, pero ya va siendo hora de que madures y escribas Literatura™ de verdad». Perdona, ¿me has visto cara de fruta o algo así?

Poco tengo que decirle a esa gente salvo que, en nombre de todos los autores de géneros despreciados por el gran público, pueden ir besando mi brillante culo metálico.

Terminaré diciendo que, similar a los Diez Mandamientos™, mi respuesta a estas nueve atrocidades se reduce a una sola moraleja: DEJAD A LA GENTE ESCRIBIR LO QUE LE SALGA DEL CO… RAZÓN. Y si sois escritores, no dejéis que nadie os diga lo que tenéis que hacer (o lo que no podéis hacer, que diría John Locke de Perdidos).

Saludos con furia berserker,

Vuestra Kate

2 comentarios en “Top 9 peores consejos de escritura, un ranking de Kate Lynnon”

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