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Cuenta la leyenda: el Tio Tragaldabas, por Yolanda Fernández

Con el final del verano y la llegada del mes de septiembre muchas localidades de nuestra comunidad se resisten a entrar de lleno en la rutina y, a modo de despedida, disfrutan de las últimas fiestas del verano dedicadas al Cristo, a la Virgen (eso sí, cada una la suya) o algún santo o santa. El caso es tener una excusa para festejar.

Aunque personalmente cada vez me gustan menos los barullos de gente y todo lo que conllevan las fiestas, será que me estoy volviendo una rancia, no me resisto a tirar de nostalgia y recordar con cariño las fiestas de mi ciudad, aquella semana en la que disfrutábamos de atracciones excepcionales que se nos negaban a diario.

Ahora que lo pienso, lo del cariño es relativo porque parecía que, en vez de divertirnos, lo que pretendían era aterrorizarnos. Que levante la mano la criatura a la que no le diesen miedo los gigantes y cabezudos que recorrían las calles danzando a ritmo de dulzainas, que no llorase asustado por los estampidos de los fuegos artificiales o que no lo hiciese por el dolor físico del escobazo recibido por el psicópata que regentaba el Tren de la Bruja, que en aquella época ni globitos ni amagar el golpe se estilaba.

Eso sí, con lo que realmente disfrutábamos la chavalada de la época era con el Tío Tragaldabas. Hacíamos colas interminables con la ilusión de ser tragados y cagados por aquel descomunal paisano. Era lo único que no arrancaba lágrimas y todo por el desconocimiento, porque ¿quién es realmente el personaje de aspecto bonachón que devora una tarta?

 

«Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo una abuela vivía con sus tres nietas en un caserón. Las tres niñas, a cambio de una rebanada de pan con miel, colaboraban gustosas en las tareas del hogar.

Un día el Tragaldabas, un ogro comilón que merodeaba por la zona, se sintió atraído por el olor de la miel y otras viandas que atestaban la bodega de la abuela y allí se coló a darse un festín.

Aquella tarde, cuando la nieta mayor terminó la tarea encomendada, bajo a la despensa a buscar su recompensa. Desde lo más profundo de la oscura bodega oyó una gutural voz, apenas humana, que le decía:

—Niña, niña, no vengas acá, que soy el tragaldabas y te voy a tragar.

La nieta mayor no reaccionó a tiempo y el ogro la engulló sin mayor miramiento.

Minutos más tarde, con el beneplácito de la abuela, la segunda hermana bajó a por su recompensa. Ya que bajaba, la anciana le encomendó la misión de hacer que la golosa de su hermana saliese de la bodega.

—Niña, niña, no vengas acá, que soy el tragaldabas y te voy a tragar —se volvió a escuchar en la bodega.

En este caso, el ansia por comer la miel hizo que la niña siguiese avanzando hasta acabar en el estómago del ogro, y lo mismo ocurrió con la pequeña.

La abuela, al ver que ninguna de sus adorables nietas subía, decidió bajar a ver que estaba pasando. Antes de pisar el último escalón, escuchó desde la penumbra la voz del ogro.

—Abuela, abuela, no vengas acá, que soy el tragaldabas y te voy a tragar.

A diferencia de las niñas, ella sí conocía la fama de tragón del Tragaldabas y, como alma que lleva al diablo, subió las escaleras de dos en dos y logró escapar de las fauces de aquel inesperado huésped. Desolada, se sentó a la puerta de su casa y comenzó a llorar. Al verla un aceitero que pasaba por allí, le preguntó:

—Abuela, ¿por qué llora?

La abuela, entre hipo e hipo, le contó lo que había pasado y el buen aceitero la consoló con sus palabras:

—No se preocupe buena mujer, bajaré a la bodega y ya verá que con un buen trago de aceite se purgará y expulsará a sus nietas.

Dicho y hecho, el aceitero se adentró en la oscura bodega armado con una de sus aceiteras.

—Aceitero, aceitero, no vengas acá, que soy el tragaldabas y te voy a tragar.

Antes de que pudiese ofrecerle la aceitera para que la tragara, ya le había engullido. Al ver que el aceitero tampoco subía la desesperación de la anciana se acrecentaba, hasta que un pimentonero se detuvo en su puerta. 

—Abuela, ¿por qué llora?

—El Tragaldabas está en mi bodega y se ha tragado a mis tres nietas y al aceitero —acertó a contestar la abuela.

—No se preocupe que un buen puñado de pimentón en la cara le hará estornudar y todos saldrán cantando.

De nuevo no tardó en escucharse la cantinela del ogro:

—Pimentonero, pimentonero, no vengas acá, que soy el tragaldabas y te voy a tragar.

El pobre pimentonero no tuvo oportunidad de ejecutar su magnífico plan y acabó también en el estómago del zampón, provocando que la abuela continuase con sus llantos.

Alertados por los lamentos de la abuela, una pareja de la guardia civil acudió a ver que pasaba. Como en ocasiones anteriores, la abuela, entre sollozo y sollozo, relató lo sucedido. Ambos no dudaron ni por un momento en adentrarse, rifle en mano, en la oscura bodega.

—Guardias, guardias, no vengáis acá, que soy el tragaldabas y os voy a tragar.

Ni un tiro se oyó y por supuesto ninguno regresó. La abuela al borde de la desesperación siguió llorando y lamentando su desgracia, convencida de que ya nadie la podría ayudar.

—Abuela, ¿por qué llora? —se oyó.

La abuela tardó en descubrir de dónde procedía aquella vocecilla. Una diminuta hormiga esperaba contestación mientras intentaba esquivar las copiosas lágrimas de la anciana. Una vez repuesta de la sorpresa, contestó:

—El Tragaldabas se ha metido en mi bodega y ha engullido a mis tres nietas, al aceitero, al pimentonero y a una pareja de la guardia civil. Estoy desesperada porque ya no queda quién me ayude.

—¡Solo es eso! No os preocupéis. Voy a bajar y le daré tal picotazo en el culo que ya verá como en un abrir y cerrar de ojos todos suben cantando y bailando. 

Atónita, la abuela no fue capaz de replicar a la diminuta hormiga que se encaminaba hacia la oscura bodega.

—Hormiguita, hormiguita, no vengas acá, que soy el Tragaldabas y te voy a tragar.

—¡Soy una hormiguita de este pedregal, te muerdo en el culo y te hago bailar! —fue la contestación del diminuto animal, mientras evitaba las enormes manazas de ogro y se deslizaba hasta su trasero.

El dolor que le causó hizo que comenzase a saltar y a moverse para librarse de los mordiscos de la diminuta hormiga, consiguiendo que todos lograsen salir de su descomunal panza.

Cuando la abuela vio salir de la bodega al Tragaldabas rascando se el culo y dando gritos de pavor, seguido de sus nietas, el aceitero, el pimentonero, la pareja de la guardia civil y la hormiga que cantaban y bailaban, sus penares desaparecieron y también cantó y bailó.

Aunque la abuela insistió en darle cuanto poseía, la buena hormiga solo aceptó como recompensa un grano de trigo que era lo único que cabía en su taleguilla».

Y así acaba el cuento que da origen a la atracción de feria que tanto disfrutábamos de críos. En otras versiones, la abuela era una auténtica bruja que explotaba a las nietas, el insaciable Tragaldabas también se comía a un cantero, a un rebaño de ovejas y hasta a un pelotón de soldados, vamos que la panza del ogro estaba más atestada que la Plaza Mayor de Valladolid en la tarde del pregón, o el Tragaldabas no se escapaba con solo un mordisco de hormiga. Eso sí, evitaré ponerme escatológica y mencionar la forma de expulsión y la pinta que debían de tener al salir, que en los cuentos eso siempre se omite.

Si a más de uno les hubiesen contado este cuento, seguro que alguna lágrima que otra se hubiese derramado en la interminable cola del Tío Tragaldabas.

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