Nuestros socios escriben

Eternidad para mi pueblo, eternidad para mi valle, un relato de Sandra Sanz

Doña Juliana estaba sentada, como cada tarde, en lo que quedaba del viejo banco de piedra de la plaza de la iglesia del pueblo. Hacía lo mismo todos los días, cuando el tiempo se lo permitía: disfrutar de los rayos de sol que llegaban hasta allí abajo, el fondo del valle. Cerraba los ojos y dirigía su rostro al cielo, aunque llevara mucho tiempo sin verlo claramente, siempre oculto por aquellas cascadas de agua que la envolvían perpetuamente.

Estaba tan concentrada, quieta, estática, que tardó mucho en ver llegar a Ana. La mujer, con sus mismas arrugas y espalda encorvada, esperó a su lado hasta que una nube cubrió el sol y doña Juliana abrió los ojos. Parpadeó varias veces, abriéndose camino su visión en medio de la acuosidad, y la reconoció. Al instante. Sigue leyendo «Eternidad para mi pueblo, eternidad para mi valle, un relato de Sandra Sanz»

Anuncio publicitario