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De utopías, un artículo de Patricia Reimóndez

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Cuando oímos la palabra utopía, nuestra mente la asocia automáticamente a algo irrealizable, a la perfección inalcanzable. Sin embargo, cuando, a lo largo de nuestra historia, hemos intentado concretar qué sería exactamente una utopía, han surgido múltiples ideas sociales, políticas o religiosas tan dispares que, al final, podríamos concluir que una utopía no es difícil de conseguir por imposible, sino porque nunca nos pondríamos de acuerdo en cómo debería ser ese mundo ideal. “La utopía de unos es la distopía de otros”, eso dijo nuestra “amada líder” en la última tertulia cylconita. Y puede que tenga razón, puede. Sigue leyendo «De utopías, un artículo de Patricia Reimóndez»

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A propósito de los viajes temporales en la literatura de ciencia ficción: El anacronópete (1887) de Enrique Gaspar y Rimbau, un artículo de Héctor V. D. Asejo

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Introducción

«La historia de la ciencia ficción es también la historia de la evolución de las ideas del hombre acerca del tiempo y el espacio». (R. Scholes y E. S. Rabkin, 1982)

«Para nosotros, los que creemos en la Física, la distinción del pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, aunque sea una ilusión tenaz». (Albert Einstein, 1955)

El viaje temporal es uno de los temas más antiguos del género de la ciencia ficción. A raíz de los adelantos teóricos y técnicos del siglo XIX, la cuestión del tiempo proporcionó a muchos escritores un espacio fértil para la especulación científico-literaria. En este contexto cabe destacar la obra El Anacronópete —etimológicamente, «aquel que viaja hacia atrás»—, una novela de ciencia ficción escrita por el autor español Enrique Gaspar y Rimbau. Publicada en el año 1887,  El Anaconópete presenta la idea de la máquina del tiempo años antes de que H. G. Wells lo hiciera en su célebre The Time Machine (1895). La narración se sitúa en la Exposición Universal de París de 1878, donde el científico aragonés don Sindulfo García se dispone a presentar su hallazgo ante las principales personalidades del panorama científico: una máquina que permite retroceder en el tiempo.

Antes de analizar la obra será oportuno hablar brevemente del lugar que ocupa el viaje temporal en la literatura de ciencia ficción.

Tipología de los viajes temporales en la literatura de ciencia ficción

Las novelas de ciencia ficción son narraciones imaginarias, determinadas por unos temas y personajes que son radical o al menos significativamente distintos de los lugares, épocas y personajes de la literatura llamada «mimética» o «naturalista». Sin embargo, son aceptadas como factibles de acuerdo con las normas cognoscitivas de la época del autor (Suvin, 1984: 10). De esta forma, la ciencia ficción parte de una hipótesis ficticia o literaria que desarrolla con rigor «científico», dando como resultado el enfrentamiento de un sistema normativo fijo con un sistema nuevo. Es decir, se produce el extrañamiento formulado por el teórico ruso Viktor Shklovsky (Ibid., 28-29).

En estas novelas es frecuente que la noción de tiempo se aleje de la geometría tridimensional euclídea y se considere al propio tiempo como una cuarta dimensión. Como afirma H. G. Wells en La máquina del tiempo: «La única diferencia entre el Tiempo y las otras tres dimensiones del Espacio es que nuestra conciencia se desplaza a través de él». Se trata de una premisa discutible pero que ha servido como punto de partida a innumerables relatos de ciencia ficción.

Por tanto, a partir de la concepción del tiempo como una dimensión más, surgió toda una literatura en torno al viaje temporal, de la que se expone a continuación un intento de tipología.

1.Según el respeto del relato por el contexto de un cronotopo determinado (Moreno, 2010: 272):

1.1.Respeto estricto a los acontecimientos.

1.2. Alteración de los acontecimientos:

1.2.1. Por acción de un individuo.

1.2.2. Por acción de una organización fuera de las coordenadas temporales.

1.3. Creación de un universo posible debido al viaje.

2. Asimismo, hay dos tipos principales de viaje en el tiempo según la dirección temporal del mismo (Scholes y Rabkin, 1982: 195-196):

2.1. Prospectivo: el viaje hacia el futuro permite frecuentemente establecer un escenario irónico en el que enmarcar la crítica del mundo actual. En estas novelas la impredecibilidad e inconsistencia empírica del futuro lo aleja de las numerosas reglas sociales, históricas, culturales, económicas, etc., abriendo un abanico de posibilidades «poéticas» completamente nuevo (Moreno, 2010: 257).

2.2. Regresivo: el viaje hacia el pasado suele generar paradojas existenciales e historiográficas. Es el tópico de la intervención en el pasado que puede cambiar el curso del tiempo presente. La paradoja se suele resolver recurriendo a la creación de realidades paralelas próximas a la ucronía o a la llamada «historia ficción».

3. Por último, según el método del viaje en el tiempo vemos una clasificación más diversa (Moore, 1965: 190-196):

3.1. Viajes «pasivos»: los viajeros no retroceden ni avanzan en el tiempo por medios mecánicos, sino a través de otros fenómenos:

3.1.1. Drogas que poseen la virtud de retardar el paso del tiempo, como en Twelwe Stories and a Dream (1903) de H. G. Wells.

3.1.2. Viajero en estado de vida latente: personajes que experimentan momentos espaciados de consciencia que les permiten «saltar en el tiempo», ya sea por medio del letargo, de un sueño prolongado causado por hipnotismo o por el efecto de gases químicos conservadores. Estas soluciones narrativas aparecen en varias obras de Washington Irving, Edward Bellamy, Stephen Leacock y del propio Wells (The Sleeper Awakes, 1899). Asimismo, esta fórmula tiene también precedentes en obras grecolatinas, en Los viajes de Gulliver de J. Swift y en la obra de Lewis Carroll.

3.1.3. Métodos parapsicológicos: viajes temporales por medio de ondas mentales, teletraslación, etc., como en The Star Kings (1951) de Edmond Hamilton.

3.2. Viajes «activos»: los personajes recurren a mecanismos científicos o tecnológicos para retroceden o avanzar en el tiempo. Sirve de ejemplo The Clockwork Man (1923) de E. V. Odle, obra en la que los hombres del futuro han incorporado máquinas a sus cuerpos, entre ellas precisos relojes. Debido a un fallo en su reloj corporal, un hombre del año 8000 se ve transportado a 1923. También es común el uso de máquinas o naves que permiten viajar a gran velocidad, de manera que el propio tiempo queda retardado.

Cuarta dimensión y teoría de la relatividad especial

Algunas fórmulas literarias de viaje temporal, sobre todo en los mencionados viajes «activos», están en relación con la teoría de la relatividad especial formulada por Albert Einstein a principios del siglo XX, de la cual se ha inferido que existe una cuarta dimensión: el espacio-tiempo.

La teoría postula que la velocidad de la luz es una invariable en el espacio, es decir, es constante independientemente del observador. Esto se conoce como el principio de invariancia de la velocidad de la luz. De esta forma, se observa que la luz viaja siempre a la misma velocidad (en torno a 300.000 km/s), siempre y cuando el observador experimente un movimiento también constante. Incluso en condiciones espaciales y temporales diferentes, la luz sigue moviéndose a la misma velocidad. De esto se infiere, siguiendo la fórmula «V = d / t», que la única manera de que la velocidad de la luz se mantenga constante pasa por la compresión de los otros dos elementos de la fórmula, el tiempo y el espacio. Así puede tener lugar, por un lado, la llamada dilatación temporal, y, por otro lado, la contracción espacial o contracción de Lorentz.

Por tanto vemos que la escala artificial del tiempo basada en los movimientos de la Tierra, la Luna y el Sol no son aplicables a todo el universo. El tiempo no es un parámetro universal o una especie de reloj cósmico invariable, sino que es una dimensión que se puede recorrer. En esta teoría se apoya la idea de los viajes por medio de la «curvatura del tiempo» y los saltos temporales, tan frecuentes en la literatura de ciencia ficción.

El viaje temporal en El Anacronópete

Habíamos dejado a don Sindulfo García a punto de presentar su extraño invento en la Feria de París. El acontecimiento causa entre los asistentes una expectación similar a la que despertaron los hallazgos paleoantropológicos en los círculos científicos de la época. Así describe la especie de nave que le permitirá «deshacer» el tiempo:

«El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su nombre a tres voces griegas: Ana, que significa hacia atrás; crono, el tiempo, y petes, el que vuela, justificando así su misión de volar hacia atrás en el tiempo; porque en efecto, merced a él puede uno desayunarse a las siete en París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra —si tiene con qué aquel día— y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las playas de la virgen América» (Gaspar y Rimbau, 1887: 27).

Para explicar el funcionamiento de la máquina, el sabio aragonés no se apoya, evidentemente, en la teoría de la relatividad especial, que el autor no podía conocer. Recurre, en cambio, a la teoría del calórico, extendida en la sociedad de fin de siglo decimonónica. De esta forma argumenta el origen de la rotación terrestre, sobre la que el Anacronópete basa su funcionamiento:

«La Tierra en un principio estaba sumida en el caos; era una inmensa bola de fuego que, como todo cuerpo incandescente, exhalaba esos vapores que conocemos con el nombre de irradiación. Fija en su eje, pues como obra acabada de crear no había empezado aún las revoluciones que el Hacedor le impuso, su calor era infinitamente más intenso por Oriente en virtud de la influencia del sol que constantemente la estaba bañando por aquella parte […] Ahora bien, si al dispararse un cañonazo, la repercusión hace que el cañón retroceda, cada descarga de la irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la esfera terráquea. Y como las descargas se repetían con más frecuencia e intensidad por la parte Oriente del planeta en razón del mayor calórico que el sol le suministraba, los repetidos retrocesos originados hacia aquel lado por las constantes sacudidas dieron por resultado la rotación del esferoide sobre su eje […]». (Gaspar y Rimbau, 1887: 18)

Este movimiento producido por el «desprendimiento de calórico» habría solidificado la corteza y formado, con el tiempo, montañas, mares, flora y fauna. Don Sindulfo concluye que «la Tierra se mueve para hacer tiempo», y que este tiempo se ha acumulado en forma de capas en la atmósfera. Por tanto, su máquina procederá a descomponer esta acumulación atmosférica en sentido contrario a la rotación mediante una serie de aparatos neumáticos, fijos en sus extremos angulares, cuya función es «destejer» el propio tiempo.

Sin duda, Enrique de Gaspar y Rimbau aporta muchos más detalles sobre la máquina del tiempo, aunque pseudocientíficos, que H. G. Wells en The Time Machine. Éste último había recogido la noción de viaje temporal que aparecía en Looking Backward (1888) de E. Bellamy, pero dotándola de una base «mecánica». Sin embargo Wells, por boca del Viajero del Tiempo, no hace sino una parca descripción de la máquina; hecha de níquel, marfil y cristal de roca, dispone de un asiento, barras de cristal y algunas palancas. La descripción del viaje es también sucinta y el viajero no sufre ningún tipo de efecto por el paso del tiempo.

El Anacronópete, en cambio, es un navío aéreo con capacidad para varias decenas de personas que funciona por energía eléctrica y viaja a gran velocidad a altura atmosférica. Asimismo, a medida que los viajeros retroceden, los objetos a bordo «rejuvenecen» hasta el punto de desaparecer. Esto recuerda vagamente a la norma vigente en la obra The Business, As usual (1952) de M. Reynolds, en la que un personaje afirma: «Obviamente se pueden llevar cosas en el tiempo hacia adelante, pues ese es el flujo natural de la dimensión, pero nada en absoluto, ni siquiera recuerdos, hacia atrás, contra corriente» (Scholes, 1982: 195). Para evitar la desaparición de los propios viajeros, don Sindulfo ha ideado un fluido —el Fluido García— que procura su inalterabilidad a través de lo que parecen descargas electromagnéticas. Esta condición provoca todo tipo de situaciones inverosímiles a lo largo del relato y no pocas intervenciones deus ex machina. Los viajeros retroceden hasta la China del siglo III, la Pompeya del siglo I e incluso a los tiempos bíblicos de Noé. Al final se precipitan inexorablemente hacia el origen de los tiempos, desapareciendo en una fortísima explosión. ¿Estamos tal vez ante una intuición premonitoria del Big Bang, tres décadas antes de que la teoría empezase a ser formulada?

Otro de los temas principales que aparece en la obra es la manipulación del pasado; el riesgo de intervenir y modificar los acontecimientos pasados plantea cierto debate entre los tripulantes del Anacronópete. Ante esta posibilidad suelen aparecer dos opciones: la tópica paradoja —si uno mata a sus padres en el pasado, ¿dejaría de existir en el presente?— y la ucronía que genera realidades paralelas. Como afirma el teórico y especialista en ciencia ficción Fernando Ángel Moreno: «la idea de poder cambiar el pasado, así como las consecuencias de ese cambio en el presente […] se encuentra mucho más limitada que en el caso del futuro, pues en la ucronía el autor debe guardar cierta coherencia con las reglas impuestas por el propio pasado —de no funcionar de este modo, la ucronía fracasaría […]» (2010: 258). En ocasiones, por tratarse de problemas demasiado complejos, los personajes acaban desistiendo de realizar ninguna modificación en la línea temporal de la Historia humana y dejan el desarrollo de los acontecimientos en manos del propio devenir del universo. Éste es el caso de El fin de la eternidad (1955) de Isaac Asimov, quien señala que «la ética de las decisiones históricas no puede ceñirse a reglas estrictas que eludan las propias características del momento» (Ibid., 271).

Conclusiones

El Anacronópete de Enrique Gaspar y Rimbau propone una fórmula de viaje en el tiempo original para la época, adelantándose al propio H. G. Wells. Aunque las explicaciones científicas pequen de fantasiosas bajo la perspectiva actual, no debían resultar demasiado incoherentes o inverosímiles para la sociedad de finales del siglo XIX. Asimismo, Gaspar y Rimbau cubre intencionadamente de un barniz irónico toda su obra, quizás con la intención de parodiar las obras de Julio Verne, tan populares en su tiempo. Es preciso también recordar que las novelas de ciencia ficción, incluidas aquellas sobre viajes temporales, aunque traten aparentemente de cuestiones en torno a la ciencia, en realidad tan sólo se sirven de ella —con rigor o sin él— para alcanzar su objetivo fundamental: explorar la vida y el espíritu del hombre (Scholes y Rabkin, 1982: 131). El Anacronópete de Enrique Gaspar y Rimbau es, por ende, un ejemplo reseñable de este género en castellano, tal vez no tanto por su calidad literaria sino más bien por su naturaleza original y adelantada.

Bibliografía consultada

– GASPAR Y RIMBAU, E. (1887), El Anacronópete. Viaje a China-Metempsícosis, ed. Daniel Cortezo, Barcelona.

– HESLES SÄNCHEZ, G. J. (2013), El viaje en el tiempo en la literatura de ciencia ficción española, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.

– MOORE, P. (1965), Ciencia y ficción, Taurus, Madrid.

– MORENO, F. A. (2010), Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción: Poética y retórica de lo prospectivo, Portal, Vitoria.

– SCHOLES, R. y RABKIN, E. (1982), La ciencia ficción: historia, ciencia, perspectiva, Taurus, Madrid.

– SUVIN, D. (1984), Metamorfosis de la ciencia ficción. Sobre la poética y la historia de un género literario, Fondo de Cultura Económica, México D.F.

– WELLS, H. G. (2001): La máquina del tiempo y otros relatos. La historia de Plattner y otras narraciones, Valdemar, Madrid.

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