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Aniquilación, un relato de Yolanda Fernández Benito

#orgullofrikiCYLCON

Esperando la batalla final no puedo dejar de reflexionar y buscar el motivo por el cual mi raza cae inexorablemente en una espiral de destrucción. Vivimos en un estado de urgencia constante, rogando que el apocalipsis que está por llegar no acabe con todo lo que hemos conseguido en nuestras miseras vidas.

Sabemos y somos conscientes de que pertenecemos a una raza muy superior a las otras miles que hemos conocido. Nuestros ancestros así nos lo contaron y así lo trasmitimos, una y otra vez, de generación en generación. Aunque sabemos defendernos, no somos guerreros, solo erramos por nuestro universo buscando un paraíso donde desarrollarnos dignamente y poder vivir en paz de una vez por todas.

He tenido suerte en mi vida. Soy uno de los más longevos de mi especie y aunque este sea mi último destino he sido distinguido con el honor de servir en varios puestos. Primero como explorador y más tarde como colono. Sé que ya nunca lo veré, pero aun así me consuela saber que en este momento mi estirpe se ha extendido por medio universo en busca del territorio libre que tanto ansiamos.

Satisfecho contemplo a mi prole agazapada en los puestos de defensa, esperando con entereza la batalla final. Sinceramente creía que esta vez lo habíamos logrado, no en balde conseguimos colonizar una gran extensión, aunque ni por asomo habíamos llegado a los confines de este delicioso mundo. Ayer las naves de reconocimiento nos localizaron y no fueron pocos los que cayeron. Con pesar, los supervivientes asistimos a la masacre, viendo como eran capturados y lanzados salvajemente contra el fondo del abismo. Aunque estamos preparados para ello, no dejan de extremecernos los crujidos que emiten nuestras corazas al ser aplastados sin piedad.

Hemos intentado huir, pero era demasiado tarde. Como patriarca del asentamiento he de reconocer mi parte de culpa. ¡Qué inocente fui al pensar que yo era el Mesías que había logrado llevar a su tribu a la tierra prometida! Tendría que haber diezmado mi prole enviando colonos a otros mundos. No lo hice por alimentar mi egocentrismo, como me han echado en cara algunos los individuos de segunda generación. Mi gran error fue albergar esperanza y ansiar un futuro mejor para ellos.

Ya puedo percibir los efluvios del gas venenoso y la falta de aire hace que nuestros cuerpos comiencen a encogerse. Aunque me duela respirar y mis seis extremidades estén empezando a fallar, obligándome a soltar el tronco tras el que me camuflo, me siento bien. Mis pensamientos más funestos se alejan dejando paso a recuerdos felices. Sonrío al recordar la fiesta de la noche anterior. Sabiendo que nos habían localizado y que nuestro destino iba a ser el más funesto posible, festejamos la vida que habíamos vivido sin nostalgia por la que no pudimos tener. Hoy nuestras corazas están tensas, a punto de reventar por la hinchazón de nuestros abdómenes, repletos de la dulce savia que este paraíso nos ha brindado y que la noche anterior habíamos libado hasta quedar saciados.

Poco a poco todos se van soltando de sus troncos y desapareciendo en la tóxica bruma que cubre la superficie. Pocos somos los que aún resistimos en nuestras posiciones. Con mi último aliento, admiro como los depósitos de las nuevas crías siguen anclados a los troncos y como sus tranquilos latidos aún resuenan con fuerza. ¡Sois nuestra esperanza! Les arengo con mis últimas fuerzas al comprobar que resisten al gas. Ellos serán la regeneración.

Resignado y viendo que mi vida está acabada poco a poco voy relajando mi cuerpo dejándome caer al abismo, con una sonrisa en los labios sabiendo que aún hay esperanza. Pero nuestra existencia es cruel hasta el final y no me permite morir tranquilo. Ya inmerso en la letal bruma, con desesperación, alcanzo a ver una nave de reconocimiento que ha detectado las huevas y las arranca de sus posiciones salvajemente. Afortunadamente los estertores finales que me provoca la bruma tóxica evitan que oíga los crujidos de las crías al estrellarse en el fondo del abismo.

Mi único deseo es que otros como yo, diseminados por el enorme universo que nos rodea, no fallen como yo lo hecho. No es justo que nuestra raza lleve tantos años vagando por el mundo sin conseguir el lugar que nos corresponde. No es justo.

****

—¡Ay! Que me haces daño —se quejó el pequeño entre lloros.

—Estate quieto o no acabaremos nunca, tienes el cuero cabelludo totalmente irritado, parece un campo de batalla. Y de mañana no pasa. ¡Ya está bien! O el colegio pone medios o aviso a sanidad —refunfuñó la madre mientras meticulosamente pasaba la liendrera por el pelo húmedo de su hijo.

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